No sé si las demás durmieron aquí o si se fueron al amanecer. Lo único seguro es que, cuando me desperté a las diez, la chica ya estaba limpiando como siempre.
—¿Las demás? —le pregunté, tras un saludo que ella correspondió con la debida formalidad.
—Desayunaron y después se fueron —contestó con una calma que no encajaba en absoluto.
Noté de inmediato la tensión en su cuerpo, esa rigidez que delata dolor físico.
—¿Se siente bien? —pregunté, arqueando una ceja.
—Sí, señora —respondió, sin rastro de vacilación en su voz.
Supe que le dolían tanto el cuerpo como la cabeza. Es la primera vez que la dedicación de una empleada me molesta. ¿Qué la impulsa a trabajar incluso sufriendo?
Continuó limpiando como si yo no estuviera allí. No lo permití.
—Venga conmigo —dije: una orden clara.
Sabía que me obedecería; no suelo repetir mis indicaciones. Escuché sus pasos cortos detrás de mí.
La llevé directo a mi pequeña farmacia. Seleccioné con cuidado un analgésico: sabía exactamente lo que su cuerpo necesitaba.
Sé mucho de medicinas; se vuelve una necesidad cuando debes medicarte constantemente por vivir con algo que no puedes controlar.
—Vaya a la cocina —ordené—. Tómese estas pastillas y luego suba a su habitación a descansar.
Me miró unos segundos, como si fuera a protestar.
—Pero no he terminado…
—Le dije que se fuera a su habitación —repetí; no era una sugerencia—. Es una orden y la va a cumplir. Le doy cinco minutos. Si no lo hace, queda despedida.
Su rigidez aumentó y decidió obedecer. Me sorprendió notar que no estaba del todo asustada. Parecía que la autoridad, por el contrario, la atraía.
La seguí hasta la cocina para asegurarme de que se tomara las pastillas, y luego hasta su habitación: quería que sintiera mi presencia y control. Me gustaba esa sensación.
—Descanse —ordené una vez más—. Puede ver televisión: tiene Netflix, Prime Video, HBO Max. Y si se aburre, vaya a la librería y lea.
Se metió en la cama como una niña regañada. Cualquier otra persona se habría sentido feliz por no trabajar y pasar todo el día descansando, pero ella solo parecía incómoda.
—Y por una vez, desde que llegó: no limpie —le indiqué antes de cerrar la puerta—. No quiero problemas legales porque mi empleada muera por hacerla trabajar estando enferma.
Una vez que ella se acomodó, pude prepararme mentalmente para salir. Y digo mentalmente porque requiero toda mi fuerza para lo que voy a hacer.
Tengo que hablar con Mafe.
La puerta de su consultorio estaba entreabierta. Como de costumbre, solía entrar sin tocar: era una señal de la confianza que compartíamos.
Pero esa tarde, al abrirla, me quedé sin aliento. Empecé a cerrar la puerta lentamente mientras Mafe me miraba.
Ahí, de espaldas a mí, estaba Sofía. Esa maldita loca obsesionada conmigo.
Fue inútil: sintió mi presencia, como un animal percibe el peligro.
—¡Gray! —exclamó. Su voz me puso los nervios de punta.
—No —susurré, y extendí las manos para detenerla antes de que me tocara.
No quería ni el más mínimo contacto, pero para ella, mi evidente desprecio nunca fue suficiente.
La viva imagen de lo que es el migajerismo.
—Suéltame —dije entre dientes.
Se aferró a mí como un piojo, como chicle: esas cosas que no se despegan nunca.
—¿Por qué me evitas? —preguntó con un enojo que no le correspondía en absoluto.
—¡Porque no somos nada! —le espeté—. ¡Tienes que entenderlo de una vez por todas!
No cedió; se acercó intentando besarme, pero me esquivé con un simple movimiento.
Finalmente la empujé, con la fuerza justa para alejarla. No era la primera vez: la había apartado una y otra vez, pero seguía detrás de mí, como una sombra persistente.
Esa mujer necesitaba urgentemente una buena dosis de amor propio.
—Sofía, no estoy enamorada de ti —le expliqué por milésima vez—. Jamás voy a tener un romance contigo, entiéndelo de una vez.
Se cruzó de brazos, mientras Mafe nos observaba en silencio, tratando de procesar lo que ocurría.
—Te lo he dicho una y otra vez: no me interesas.
—Quizás lo dijiste —respondió Sofía, con una sonrisa que anunciaba tormenta—. Pero me cogiste tan duro que no me convence.
La mandíbula de Mafe cayó. Me miró a mí, luego a Sofía, y volvió a mirarme. Los ojos entrecerrados de Sofía se clavaron en los míos.
—No me hubieras hecho gritar tanto si querías que escuchara…
Mafe la interrumpió, la tomó del brazo con una fuerza que no esperaba de ella y la arrastró hasta la puerta.
—Escúchame bien: a Gray no le interesas —dijo Mafe sin rodeos—. Hablamos tú y yo después; necesitas terapia y mucho amor propio.
Sin darle tregua, la sacó y cerró la puerta de un golpe. Se giró hacia mí de inmediato, con una mirada de juicio que me taladró.
—¿Te acostaste con mi sobrina, Gray? —preguntó con una voz que exigía la verdad absoluta.
—Le dije que no me interesaba —me defendí.
—Pero sabías que estaba obsesionada contigo. ¿Creías que no se obsesionaría más? ¿No lo pensaste mientras estabas con ella?
Tenía que cambiar de tema, darle la vuelta a esta conversación ahora mismo. Tragué saliva, sintiendo que el aire se me atascaba en la garganta.
—Lo siento —murmuré, casi imperceptiblemente.
Mafe arqueó una ceja; su mirada se volvió más incisiva que nunca.
—¿Tienes tanta prisa por cambiar de tema que incluso te disculpas, Gray?
—¿Por qué te sorprende? —me indigné.
—Porque casi nunca lo haces —respondió ella, sin apartar los ojos de mí—. Casi nunca te disculpas.
—Bueno, tatúate esta fecha porque lo digo en serio —dije, y en ese momento así lo sentía.
De verdad lo sentía.
Ella suspiró y la rigidez de su rostro se suavizó. Se sentó sobre su escritorio y me miró fijamente.
—Siento haber presionado para que hablaras de algo que no quieres —dijo con calma—. Me preocupo por ti, pero si no quieres hablar de lo que te duele, no te obligaré.
Lleva años intentando que le cuente sobre mis dolores. Pero mis dolores pertenecen al pasado; y cuando hablo de él, esa tortura que no puedo controlar regresa con más fuerza que nunca.
—Puedes contarme lo que sea, lo sabes —insistió Mafe con dulzura—. Puedes empezar por algo fácil.
Podría contarle lo menos terrible: el primer trauma de una lista que no tiene fin.
—Mafe, ¿recuerdas que en la universidad parecía alguien inútil?
Mafe sonrió.
—No conocías la mayoría de esas cosas básicas que casi todos los adolescentes sabían.
Hizo una pausa, y yo solté la bomba sin un ápice de emoción, como si no estuviera hablando de uno de los peores traumas de mi vida.
—Bueno, desconocía tantas cosas porque mis padres me encerraron hasta los catorce años —dije con calma.
Mafe se puso de pie de golpe. Su semblante, antes comprensivo, se transformó en uno de completo shock. Sabía que no estaba mintiendo.
De todos mis traumas, ese era el más leve, el más sencillo de verbalizar.
Y Mafe estaba a punto de escuchar cómo mi madre me ocultó durante doce años, y mi padre me mantuvo encerrada los dos siguientes.
Solo espero que esto me ayude, y no despierte aquello que hasta ahora solo mi madre sabía controlar.
Diooo miooo