Gray

Podré ser dura, incluso implacable, pero jamás me atrevería a tocar a nadie sin su consentimiento. Y Nessy es aún más frágil, tan llena de ternura que parece hecha de cristal. Cuando la vi llorar y pensé que era por mi culpa, sentí un peso que nunca antes había llevado. Me arrepentí de haberla tomado con tanta fuerza.

Ahora estaba sola en la sala. Solo alcanzaba a escuchar sus risas mezcladas con las de Zafiro, allá en la cocina.
¿Desde cuándo le ha gustado la cocina a mi prima?

Y lo más importante: ¿qué es lo que las hace reír con tanto entusiasmo?

Miré de reojo hacia allá y, como si hubiera descubierto mi espionaje, Zafiro me devolvió una sonrisa abierta y cómplice. Seguramente disfrutaba al saber que me carcomían los celos de verla tan unida a mi empleada.

Rodé los ojos y me levanté para encerrarme en mi cuarto. Me eché sobre la cama, apoyé el portátil en el regazo y fingí concentrarme en un caso que apenas podía leer. No dejaba de darle vueltas a lo cerca que estuve de perder el control con ella y a lo mucho que me aterraba esa vulnerabilidad repentina.

Porque siempre creí que mi único refugio debía ser la frialdad. Debería haberla despedido después de lo del médico y, sin embargo, sigue aquí.

Y aquí se quedará.

Pasaron minutos interminables, quizás horas. Yo estaba a punto de quedarme dormida sobre el teclado cuando la puerta se abrió de golpe.

—Yiyi —canturreó Zafiro, entrando con su habitual desparpajo.

—Por favor, cállate —gruñí, apurada; no podía permitir que Nessy supiera ese apodo.

—Solo vine a despedirme —su sonrisa se ensanchó con malicia—. Y hay un pastel esperándote en la cocina. Te va a gustar.

Se fue tan tranquila como había llegado.

Al principio no pensaba probarlo; no me apetecía nada dulce en ese momento. Pero el aroma me golpeó como un recuerdo enterrado. Cálido, suave y familiar. Mi cuerpo obedeció antes que mi mente: terminé de pie, caminando hacia la cocina.

Allí estaba ella. Mi empleada, limpiando como siempre, como si su destino fuera ordenar el caos que yo dejo a mi paso.

—¿Usted preparó un pastel? —pregunté, esforzándome por mantener la calma.

Ella se detuvo al instante, nerviosa.

—Encontré un recetario antiguo en la librería —confesó bajito—. Perdone si me excedí pero las recetas se veían tan especiales que no pude resistirme.

Alzó la vista, tímida y esperanzada.

—¿Quiere probarlo? —se atrevió a preguntar con dulzura.

Reconocí el libro de inmediato y tampoco pude resistirme. Tomé un plato y un tenedor allí mismo. El primer bocado fue un golpe directo al pecho: suave, esponjoso, con esa calidez que solo se cocina con amor.

Era igual a como los hacía mamá.

Cerré los ojos y, por un segundo, tuve miedo de romperme en pedazos.

—¿Sabe quién escribió ese libro? —preguntó ella, con esa curiosidad limpia que me desarma sin remedio.

Bajé la mirada.

—Mi madre —respondí, esforzándome por mantener la voz seca.

Su sonrisa se ensanchó con ternura.

—Entonces supongo que lo lee todo el tiempo.

—Jamás lo he abierto —confesé, antes de que pudiera seguir.

La sorpresa iluminó sus ojos, mezclada con algo más que no supe definir al instante.

—¿De verdad?

—Sí, yo solo hice la portada. Nunca fui capaz de pasar de ahí —las palabras se me escaparon más suaves de lo que pretendía.

Ella acarició la cubierta con la mirada y luego me miró a mí, como si descubriera algo sagrado en mi historia.

—Lo más hermoso es que usted formó parte de él —dijo con una dulzura que me atravesó la armadura.

Era idéntico a lo que mi madre me había dicho años atrás. Escucharlo ahora de la boca de Nessy me dejó sin aliento.
Tragué saliva y tomé otro pedazo de pastel.

—Cuando era pequeña —me escuché decir, sin planearlo—, mi madre preparaba uno igual cada fin de semana. Y uno especial, con más cuidado, para mi cumpleaños.

Sonreí, extrañamente aliviada. No imaginé que hablar de ella pudiera darme paz. No pensé que un recuerdo pudiera pesar más de amor que de dolor.

Nessy me observaba con esa admiración tímida que casi lograba hacerme olvidar quién soy.

—Suena maravilloso —susurró.

Sí. Lo fue.

De repente, le extendí el libro.

—Quédese con él. Usted sí tiene el valor de leerlo.

Si cada receta podía devolverme un instante así, preferí que fuera ella quien lo guardara.

—Vaya a descansar —ordené, recuperando mi tono cortante.

—Sí, señora. Solo lavaré los utensilios.

—No, yo me encargo —la interrumpí.

Como cuando lo hacía junto a mi madre.

No insistió. Solo abrazó el libro con delicadeza y retrocedió hacia la puerta, sonriendo. Tan torpe como dulce, chocó suavemente contra la esquina de la mesa.

—Buenas noches —dijo, con esa voz suave que parece curar más que cualquier medicina.

Me quedé sola en la cocina, acompañada por el aroma que aún flotaba y un corazón que, por primera vez en mucho tiempo, no dolía con fuerza.

Esa noche me fui a dormir con una calma extraña, casi olvidada. Era la primera vez que algo de mi pasado no me destrozaba; como si la herida siguiera ahí, pero por fin tuviera una venda nueva y suave que la cubría.

Incluso el sonido del río empedrado que corría junto a la casa, ese murmullo constante que solía traer mis recuerdos más oscuros, esta vez no despertó a los mismos fantasmas.

Al despertar, me sorprendí al no hallarla limpiando hasta el rincón más minúsculo. Estaba sentada en el suelo, con las piernas recogidas y el libro entre las manos, recorriéndolo como un secreto valioso. Sonreía sin darse cuenta, perdida en la lectura.

Me quedé allí, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola en silencio. No sé si fue mi aroma, algún ruido o el peso de mi mirada; poco a poco alzó la vista. Al verme, se puso de pie con torpeza, como si la hubiera sorprendido en un acto prohibido.

—¿Por qué se asusta? —pregunté con tono neutro—. Hoy es su día libre. ¿Por qué sigue aquí?

—Ah… —se acomodó de inmediato—, pronto saldré.

Parecía no tener ningún otro lugar a dónde ir.

Arqueé una ceja. La verdad es que no me importaba demasiado si se quedaba o se marchaba.

Pero esa pequeña Génesis a veces me desarma con tanta ternura. Incluso sus gemidos, cuando la tuve entre mis manos, mezclaban deseo y dulzura; algo que no debería afectarme y, sin embargo, lo hace.

Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos, cuando el golpe seco de Mafe sobre la mesa reclamó mi atención.
Estaba frente a ella y por momentos lo olvidaba.

—No te voy a preguntar por la marca que le dejaste —dijo de golpe, mirándome con severidad—. Es evidente que fuiste tú, y solo te diré una cosa.

Guardé silencio, esperando su advertencia.

—Si no pretendes nada serio con ella, no te aproveches —su tono fue firme.

—Cálmate, Mafe. No pasará de ahí —respondí con mi habitual aplomo, esa sonrisa que tantas veces me ha servido de escudo.

Ella entrecerró los ojos. No me creía; me conoce demasiado bien.

Decidí entonces desviar su atención, como siempre.

—Como te decía: nunca tuve contacto con otros niños durante mi infancia —retomé la conversación interrumpida días atrás.
Mafe frunció el ceño y la tristeza llenó su mirada.

—No entiendo cómo pudieron hacerte eso durante tantos años… tus padres, ambos.

Era lo único que podía relatar sin derrumbarme. Es decir, estaba aislada, pero a salvo.

—Ni siquiera hablabas bien —continuó ella—. ¿Te das cuenta de lo que significa aislarte tanto que, a los dieciséis años, tus habilidades fueran las de una niña mucho menor?

Me quedé inmóvil. Era tan inútil entonces. Recuerdo que en la escuela llegaron a pensar que tenía un retraso y terminé recibiendo educación “especial”. Si Mafe no hubiera aparecido, mi existencia habría sido un limbo eterno.

A ella le gustaba que hablara de mi pasado, sabía que era un terreno casi vedado.

—¿Cómo fue vivir así? —preguntó con suavidad.

Cerré los ojos unos segundos, evocando esos años en los que no disfruté de la lluvia, ni de la luz plena del sol, ni de la brisa. De nada.

—Sola —dije al fin, midiendo cada palabra—. Solo mi madre, yo y el mundo que ella construyó para nosotras.

—¿Sabes por qué lo hizo? —insistió, aprovechando mi apertura.

—Claro que sí. Nunca fue por egoísmo —respiré hondo—. Me encerró en lo que para ella era un refugio, para salvarme de un infierno.

Una punzada me atravesó el pecho. Nessy y su pastel habían removido algo en mi interior, una grieta por donde ahora se filtraba aire donde antes solo había silencio.

Quizás por eso me sentí capaz de hablar tanto hoy.

Pero después de eso, las palabras se me agotaron.

—¿Has llegado a tu límite? —susurró Mafe con ternura—. ¿Quieres un abrazo?

No me dio tiempo de responder; simplemente se inclinó hacia mí. Odio los abrazos, pero preferí aceptar antes que notara que estaba a punto de llorar.

—Hablaremos en otra ocasión —murmuró—. A ver si algún día me dejas comprender por qué esa niña inocente que conocí se ha vuelto tan distante y fría.

Es que cuando recoges tus propios pedazos, ya no puedes volver a ser ingenua. Con el miedo constante a romperte de nuevo, terminas prefiriendo ser dura o romper a los demás antes de que te rompan a ti.

—Ahora debes irte —dijo ella, recuperando su tono habitual.

—¿Me echas? —pregunté con fingida indignación.

—Tendré la visita de una paciente que detestas y no quiero conflictos —respondió, guiándome hacia la puerta.

Julia.

Sí, era mejor irme antes de que convirtiera su consultorio en una escena de violencia.

Siempre digo que se involucró con un hombre casado, pero ese no es el verdadero problema. Ni siquiera eso me afecta.

Lo que no perdono es que fuera capaz de ponerme al borde de la muerte solo para liberarse de él.

5 1 vote
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
1 Comment
Oldest
Newest Most Voted
Vero
5 days ago

Me encanta