Esa mañana me sentía extrañamente ligera, casi etérea; la sonrisa se me escapaba sin poder evitarlo. Había salido con Sol para hablar de todo lo que la noche anterior no pudimos, y su compañía me envolvía de calma.
—Estás radiante, Ness —comentó ella con esa dulzura que siempre me hace sentir en casa—. Me alegra tanto verte así.
Y tenía motivos: Lincy había dejado de rondarnos desde que Gray casi la estrella contra el autobús. Esa paz era nueva y frágil. El recuerdo del tacto de Gray, su gesto con el pastel, y ahora este momento con mi mejor amiga… todo eso me hacía intuir, por primera vez en mucho tiempo, que podía tener algo parecido a una vida normal.
Sin embargo, una inquietud me punzaba: tenía pendiente la cita con Mafe. Y aunque me alegraba acudir a ella, me pesaba la sensación de estar descuidando a Sol. ¿Pensaría que la estaba dejando de lado?
—Nos vemos luego, Ness —se despidió ella con esa serenidad que contagia—. Voy a enseñarle a tu amiga cómo cuido mi cabello.
—¿A Zafiro? —pregunté sorprendida.
—Sí, ya sabes… trucos de nosotras las rizadas.
Fue hermoso saber que ella compartía con alguien más, y mejor aún, saber que esa persona era Zafiro. Ambas irradiaban esa misma energía cálida, ese entusiasmo inagotable. Siempre abiertas, siempre dispuestas a dar cariño. Era natural que conectaran tan bien.
Me separé de Sol con un nudo en la garganta y me dirigí hacia el consultorio. Mi hermano estaba en la recepción, siguiendo un partido en la pantalla grande. Eso me dijo todo de inmediato: mi madre estaba allí adentro.
Mafe había organizado este encuentro.
Saludé a Ángel y charlé con él un buen rato, retrasando lo inevitable. Luego me acerqué a la puerta entreabierta y pegué el oído.
La voz de mi madre, inconfundible. Esa voz que fue mi refugio y mi laberinto a la vez. Me alejé cada vez que alguien pasaba, disimulando para que no descubrieran mi acecho. Era difícil escuchar con claridad, pero alcancé a oír frases que me cortaron como cuchillo.
—Usted sabe cuánto me he esforzado por no relacionar mi vínculo con Nessy con lo que revive en mí verla —decía ella con una gravedad que me heló la sangre.
¿Revivir? ¿Qué ve al mirarme? ¿Qué hay en mí que le causa tanto dolor?
—He procurado no herirla, ni tratarla con la rigidez de cuando era pequeña —continuó—. Intento no proyectar en ella todo el daño, las secuelas que este cuerpo carga.
Mis manos temblaron contra la madera. ¿De qué habla? ¿Por qué se refiere a mí como si fuera una herida abierta? ¿Qué culpa tengo yo?
—Sé que mantenerla alejada tanto tiempo quizás me ayudó a no hacerle daño, a no ser indiferente ante lo que sabía que estaba viviendo fuera.
Perfecto: mi madre no me quiere. Habla como si yo fuera culpable de algo, como si cargar conmigo hubiera sido un castigo.
Pero yo no le hice nada.
—En el fondo pensé que, si mis hijos me odiaban, se alejarían de mí y así no les haría daño —concluyó con la voz quebrada—. Al menos no el mismo daño que mi madre me hizo a mí.
Esas últimas palabras sonaron como un espejo rompiéndose contra el suelo. Luego vino un sollozo y una frase que me heló la sangre:
—Yo solo tenía catorce años.
Catorce… mi madre tiene treinta y tres. Yo nací cuando ella apenas tenía quince. De pronto, todo encajó en mi mente como una verdad que nunca quise aceptar: no fui una bendición, fui un accidente.
Sentí que algo en mi pecho se encogió. Me destrozaba la idea de ser fruto de algo que jamás deseó.
Me alejé de la puerta con el corazón hecho un ovillo y volví junto a mi hermano, que miraba la televisión ajeno a todo.
Él, al menos, parecía feliz. Él, al menos, no sabía nada.
Me esforcé por ocultar la confusión y el dolor que me habían dejado esas palabras.
Poco después, Mafe salió a la recepción con su sonrisa habitual.
—¡Ness! —me saludó con alegría—. Por un momento pensé que no vendrías.
Me acerqué a ella casi corriendo, con la emoción desbordada.
—Mafe, ¿esto era solo para hablar con mi madre? —pregunté, con un deje de reproche.
Ella soltó una risa suave.
—No exactamente. Ángel quería decirles algo importante —explicó amablemente—. Y además, quiero llevarlos a comer a mi casa, a los tres.
Seamos sinceros: esto gira en torno a Ángel, pero también busca que mi madre y yo podamos estar en el mismo espacio sin destrozarnos a palabras. Ángel parecía tan emocionado que, después de lo que escuché en la puerta, perdí por completo las ganas de iniciar ninguna pelea.
—Está bien —acepté al final.
¿Qué tan malo podría ser?
En casa de Mafe nos recibieron con la calidez habitual. Entre mi madre y yo reinaba un silencio tenso, hasta que ella, con una sonrisa suave, rompió esa atmósfera pesada:
—Ángel, ¿qué nos querías contar? —preguntó.
Él se puso de pie, con esa alegría que no se le borraba desde temprano.
—Mamá, Nessy —anunció con un aire casi teatral—. Me ofrecieron un lugar en el club deportivo Ángeles de Bogotá.
Por un instante nadie dijo nada; yo no tenía idea de clubes ni de carreras deportivas.
—Es uno de los mejores de la capital —aclaró Mafe—. Sería una oportunidad excepcional si su meta es llegar al fútbol profesional.
En ese momento comprendí la magnitud de lo que significaba para él.
—¿De verdad? —exclamé, poniéndome de pie a su lado.
Vi el brillo de ilusión en los ojos de mi madre, aunque se mantuvo a distancia, como si temiera arruinar el momento con su presencia.
Yo estaba radiante por él, feliz de verlo crecer y saber que su talento podría ser la llave para salir de nuestro pasado.
Pero entonces la voz de Mafe cambió de tono:
—Sin embargo, ingresar y mantenerse ahí no es fácil; exige una inversión altísima.
Perfecto. Siempre tiene que haber un obstáculo.
—Pero conozco gente —continuó ella—, y tengo recursos para lograr que el costo sea mucho menor.
Gracias, Mafe. De verdad no existe nadie más generoso…
—Pero para que Ángel aproveche esto al máximo —añadió con firmeza—, necesita una familia unida. Así que solo daré ese apoyo si ustedes ponen de su parte y aceptan comenzar terapia familiar.
¿Cómo?
—Mafe, tú eres la psicóloga aquí —dije, incrédula.
—¿Y eso qué? —replicó con calma.
—Se siente como una manipulación.
—Si usara los métodos que sé que funcionan de verdad, los tendría atadas a una silla —respondió ella, con seriedad—. Esto es mucho más suave.
Se puso de pie y se cruzó de brazos.
—Más allá de técnicas, me preocupa el futuro de Ángel. Él, aunque ustedes lo ignoren, necesita que esta familia sane —insistió—. Esperé a que buscaran ayuda por voluntad propia y si no lo hacen por ustedes, háganlo al menos por él.
Me quedé callada y miré a mi madre: ella tenía la vista fija en Mafe, evaluando cada palabra.
—La propuesta es clara —concluyó Mafe—: Yo cubro lo necesario para que él cumpla su sueño y no se sienta solo. A cambio, ustedes asisten y trabajan en esto. No daré más opciones.
Estaba dispuesta a jugar su última carta, aunque eso significara dejar atrás cualquier método pasivo.
—Sé que nadie cambia por obligación —añadió con firmeza—. Solo pido que lo intentemos. Con eso me basta.
Miré a mi hermano: se veía tan ilusionado que, Dios, no podía negarme. No sería yo quien le quitara la oportunidad de cumplir su sueño en un club de esa categoría.
—Está bien —acepté al fin.
Como Mafe sostenía su mirada sobre mí, comprendí que la decisión pendiente era la mía.
Si mi madre estaba dispuesta y Ángel también, yo era el único obstáculo.
Me quedé. Y ese día no solo compartimos la comida: por primera vez en mucho tiempo, mi madre y yo dejamos nuestras diferencias de lado para centrarnos en él. No tocamos temas profundos, pero verlo feliz.
Quizás intentarlo sea menos doloroso que seguir fingiendo que todo está bien.
Mientras ayudaba a Mafe con los platos, noté que sus ojos se posaban en mí con un brillo inquieto. Parecía buscar el momento oportuno desde hacía rato.
—Ness, pequeña —empezó con dulzura, aunque con evidente preocupación—, ¿pasa algo entre tú y Gray?
El aire se me atoró en la garganta. No podía mentirle; ya había visto la marca.
Guardé silencio, esperando que mi reserva respondiera por mí.
Mafe suspiró y bajó el tono.
—Ten muchísimo cuidado —advirtió suavemente, pero con seriedad—. Entre tu madre y Gray hay algo muy pesado.
Me volví hacia ella con urgencia.
—Por favor, no le diga a mamá quién es mi jefa —le supliqué, casi desesperada—. Sospecho que Gray tiene que ver con mi pasado y necesito averiguar la verdad.
Ella me miró con ternura, aunque sin ocultar su inquietud.
—Respetaré tu decisión y guardaré el secreto —prometió—. Pero escúchame bien: esto es grave. Ignoro qué ocurrió entre ellas, pero Julia jamás aceptaría que te acercaras a ella y Gray tampoco reaccionará bien cuando sepa quién eres realmente.
Lo sé. Me aterra pensar que me odie al descubrirlo, y más aún temo que ya lo sepa y que solo me esté usando en su venganza.
Aun así, no pienso alejarme. Hay demasiadas verdades que necesito desentrañar.
—Estaré bien —respondí, forzando la calma—. Pronto sabré qué hubo entre ellas. Es lo único que me importa ahora.
Lo que jamás confesaré es que estoy perdidamente enamorada de ella.
—Por favor, no se lo diga a ninguna de las dos —insistí, casi rogando.
Mafe se quedó en silencio unos segundos antes de asentir con pesadumbre.
—Solo si noto que esto empieza a destruirte, Ness. Por lo demás, guardaré silencio.
Con eso me bastaba; necesitaba tiempo. Tiempo junto a Gray y una de ellas me dará las respuestas.
Cuando mi madre volvió al trabajo, me quedé hablando con mi hermano. Al final, también tuve que pedirle lo mismo.
—No le digas a mamá cómo es la mujer para la que trabajo, ¿sí? —mi voz tembló apenas—. Por favor, Ángel. Es muy importante para mí.
Él tragó saliva, incómodo, como si morderse la lengua le costara más que cualquier golpe.
—Por favor… —supliqué de nuevo.
—Puedo… puedo intentarlo —cedió al fin.
Sonreí aliviada y lo abracé con fuerza.
—Gracias, hermanito.
Antes de soltarlo, le puse algo de dinero en la mano: para él y para mi madre, para que pudieran ayudarse.
Y aunque se suponía que era mi día libre, terminé regresando a casa de la mujer más hermosa, irónica y posesiva que he conocido: la fiscal para la que trabajo.
Me gusta estar allí.
¿A quién no le gustaría? Esa casa lo tenía todo: jardín, piscina, una pequeña librería, internet y la libertad de comer lo que quisiera.
Me puse al día con mi celular. Sol me había preparado una lista de aplicaciones: WhatsApp, Facebook, Instagram, Pinterest, TikTok, Wattpad y muchas más. Pasé horas explorando, peleando con la pantalla y tratando de crear ese maldito correo que parecía imposible.
Luego, al pasar frente a la habitación de Gray, noté que la puerta estaba entreabierta. Pensé que la encontraría allí pero estaba vacía. Aun así, el aire guardaba ese aroma costoso, exclusivo; como si cada objeto hubiera sido elegido con precisión obsesiva, aunque a menudo reinara cierto desorden.
Vi un cajón abierto y, claro, no pude evitarlo: esa necesidad absurda de ordenar se apoderó de mí.
Me acerqué para cerrarlo, pero terminé limpiando cada rincón y acomodando todo lo que había.
De abajo hacia arriba: doblando, apilando, clasificando. Una parte de mí se rió al imaginarla irritada buscando; según ella, en su desorden todo le resulta más fácil.
Entonces, algo llegó a mis manos: una pequeña fotografía. Una niña de ojos grises, sentada, sonriendo con una inocencia que dolía.
—Jefa… —susurré apenas, acariciando el borde—. Qué distinta eras antes. Cuánta luz había en esos ojos.
Se veía tan tierna y llena de vida. Esos cachetes redondos que daban ganas de llenar a besos.
Voy a dibujarla. Es inevitable.
La devolví a su lugar y seguí con la limpieza, hasta que di con una cajita negra, decorada con un lazo rojo. La tomé con cuidado, pero se me resbaló.
—¡Mierda!
Lo que contenía rodó bajo la cama. Me agaché, me estiré y, tras varios intentos, lo atrapé entre los dedos.
Era un anillo.
Al verlo, me quedé helada. El corazón me golpeó fuerte en el pecho y luego pareció detenerse.
—¿Qué…?
Lo reconocí al instante: era un anillo de bodas. Pero no uno cualquiera. Era el anillo de mi madre.
No había duda: el oro brillante, la perla roja, y en su interior, si te acercabas lo suficiente, una rosa diminuta grabada como un secreto.
Ese anillo había desaparecido tras la muerte de mi padre. Lo recordaba perfectamente.
Y ahora lo tenía Gray.
¿Por qué? ¿Por qué lo guarda con tanto celo?
¿Por qué siento que detrás de este gesto se oculta algo terrible?
Más preguntas quw respuestas