Gray 

Estaba allí, encogida y temblando, intentando contenerme. Sentía las uñas clavándose en mis brazos y sabía que, si me dejaba caer del todo, la crisis me arrastraría a rasguños y moretones. Todo en mi cuerpo anunciaba que estaba a un paso de romperme.

De pronto, sentí una mano apoyarse en mi brazo. Una presión ligera y constante, como si quisiera devolverme al mundo.
Bastó ese toque para reconocerla: era la mano de Nessy.

La misma a la que ya había lastimado dos veces una mano. La misma que ahora, con su mano sana, buscaba girarme con cuidado. Sabía que si apoyaba la otra, la herida en su muñeca le dolería muchísimo más, pero aun así se atrevía. Y en medio de mi temblor, por un instante de lucidez, fui yo misma quien se giró boca arriba para no dañarla más.

Sería demasiado indiferente de mi parte ignorar su dolor mientras ella se esforzaba.

Ella atrapó mi mano con la suya sana, asegurándola, como si pensara: «Si llega la crisis, que no pueda autolesionarse».
Lo vi en sus ojos: estaba dispuesta a lastimarse a sí misma con tal de evitar que yo me hiciera daño.

Un espasmo recorrió mi cuerpo entero y sentí cómo se asustaba; parecía que solo necesitó presenciar una de mis crisis para saber lo que vendría después.

Fue casi instintivo: ella se sentó sobre mí para inmovilizarme, hallando la manera de retener mis dos manos debajo de su peso.

Mis piernas se encogieron y mi cuerpo intentó liberarse por reflejo, pero ella no se movió, aunque era obvio que su fuerza no superaba la mía.

Sabía que, sin intención, yo podría lastimarla, pero aun así me sostuvo, temblando también, sin soltarme. Y no guardó silencio.

Su voz me llegó en susurros, como un hilo de luz en una habitación sin ventanas:

—Shhh… estoy aquí, Gray —dijo con dulzura, apenas audible sobre mi respiración entrecortada—. Le juro que no voy a dejar que este abismo la consuma; yo la cuidaré aunque usted no quiera. No está sola.

Sus palabras me atravesaron como un eco, porque eran casi las mismas que me decía mi madre cuando era niña, cuando las crisis me devoraban y ella me sostenía entre sus brazos.

—Escúcheme —continuó Nessy, con un temblor de emoción en la voz—. No deje que esto la arrastre. No deje que ese abismo gane. Estoy aquí, conmigo no tiene que pelear sola.

Mi respiración se hizo más pesada; mi cuerpo aún luchaba, pero su voz era un ancla.

Qué empleada tan dedicada… cuida como quien ama.

—No está sola —repitió, acercando su rostro al mío y obligándome a mirarla—. Míreme. Estoy aquí.

Ese «estoy aquí» me perforó y me vi, por un segundo, en los brazos de mi madre, escuchando su tono sereno, casi idéntico. Me vi de niña, llorando en medio de una crisis, y ella repitiéndome: «No estás sola, Gray, yo estoy aquí, respira conmigo».
Mis manos temblaban atrapadas bajo las de Nessy y los ojos se me llenaron de lágrimas mientras la respiración se me cortaba.

—Estoy aquí, la voy a cuidar. Y si ese vacío vuelve a jalarla, lo juro, voy a jalar más fuerte para traerla de vuelta.
Las mismas palabras, ese mismo tono…

Mi mamá.

Supe que ella intentaba hacer lo mismo: rescatarme de ese lugar oscuro donde nadie más se atrevía a entrar.

No estaba perdiendo la conciencia; ella no lo permitía. Y aunque el temblor persistía, ya no era violento. Su voz y su tacto lo sostenían todo, como si su sola presencia bastara para mantenerme a flote.

Seguía intranquila, claro, pero no había caído del todo en la crisis. Era una sensación parecida a lo que el sexo solía provocarme: el cuerpo respondiendo, la mente buscando refugio.

Pero esta vez se sentía distinta: más real y humana.

Porque Nessy no buscaba poseerme ni entenderme del todo, solo estar allí. Tan dulce, tan paciente, tan fuera de lugar en este mundo que yo misma contaminé.

Por eso desde el principio me negué a usarla como medicina. Ella no lo merecía. Merecía mucho más que eso.

Y quizá lo único que yo necesitaba era su presencia.

Su voz me alcanzaba como una corriente tibia, bajando por la piel y suavizando los espasmos. Cada palabra era una caricia; y aunque apenas podía mantener los ojos abiertos, la escuchaba con devoción.

—Tranquila —susurró—, yo estoy con usted.

El tono era tan tierno que dolía.

Sus dedos se posaron en mis mejillas y empezaron a limpiar mis lágrimas con la delicadeza de quien teme romper algo frágil. Sin prisas, solo con paciencia y amor.

Me alzó el rostro con una mano y, por primera vez, no desvió la mirada. Nessy siempre había sido tímida, siempre buscaba un rincón para huir de mis ojos pero esa noche no.

Esa noche me sostuvo la mirada como si todo lo que existe en el mundo cupiera en mis pupilas.

Y entonces la vi: la calma en su expresión, la ternura oculta tras el miedo, la fuerza que ni ella misma sabía tener. En sus ojos brillaba esa paz que yo llamo mía, como si hubiera ganado una guerra solo con evitar que mi dolor me consumiera.

Seguía débil, pero supe que no me haría daño. No mientras ella estuviera allí.

Sus dedos siguieron el recorrido del llanto y las secó una a una, como si contarlas diera sentido a su vida. Logré abrir bien los ojos y la mirar con claridad por primera vez.

No eran exactamente cafés: eran miel. Miel líquida con el reflejo de un atardecer. Cálidos, profundos y hermosos.

Ojitos miel.

Qué bonito.

En ese instante, con ella mirándome así, con su respiración aún temblorosa y su cuerpo protegiéndome, me sentí segura en esa calma que solo ella sabe darme.

El tiempo pareció detenerse y el mundo desapareció; solo quedaban sus ojos y mi respiración intentando acompasarlos.

Hasta que una voz rompió el silencio:

—¡Gray!

Era Zafiro. Sonaba desesperada, cargada de preocupación.

Pero por un instante, solo un segundo más, me permití quedarme en ese pequeño universo de ojos miel.

Después llegó Mafe. La vi aparecer con esa carga de quien sostiene el mundo y aun así halla fuerzas para cuidarme. No sé cómo lo hace; soy tan difícil de llevar y ahí sigue siempre.

Tuve que tragarme mi orgullo para dejarme ayudar; me sentía tan débil que apenas podía sostenerme. Odio que me carguen: me hace sentir frágil y ridícula. Pero no tenía opción.

Lo curioso: Nessy no soltó mi mano. La sostuvo con la mano durante todo el camino, como si ese fuera el hilo que me une a la realidad. Me preocupaba su muñeca; tras el esfuerzo seguro le dolía, pero no cedió.

Mafe y Zafiro me acomodaron con cuidado en la cama, como si el gesto pudiera cerrar las grietas en mi pecho. Antes de que Mafe se alejara, alcancé a decir con voz herida:

—Mafe, la criatura… su mano.

Me entendió sin palabras y asintió con promesa silenciosa.

De pronto, el portón: ese sonido seco, metálico, inconfundible. Sabía quién era; solo uno más tenía ese acceso aparte de Zafiro: Daniel.

Me tensé al instante; el corazón se me subió a la garganta. Sabía que traía esa noticia.

Intenté incorporarme con prisa, pero Zafiro posó una mano firme en mi pecho para detenerme.

—Tranquila, prima —dijo con dulzura—. Estamos aquí contigo. No deberías estar de pie.

Su mano era cálida y segura; me quedé recostada mientras escuchaba los pasos inconfundibles de Daniel acercarse. Cada paso resonaba en mi estómago como un presagio inevitable.

Daniel habló un instante con Mafe en voz baja, algo que no logré distinguir. Las voces se mezclaban en un murmullo lejano, como si yo estuviera sumergida. Pero finalmente, caminó hasta el centro de la habitación con documentos en la mano.

Lo leí en su mirada: no traía esperanza.

—Gray… —susurró mi nombre.

Lo observé fijamente, las cejas contraídas entre la expectativa y el terror.

—Tenías razón —dijo al fin, con la voz apenas un hilo—. Se trata de ella.

El aire se me escapó de golpe. No lloré, no grité. Mi cuerpo simplemente se rindió; caí contra la almohada como si hubieran cortado los hilos que me sostenían. Me cubrí el rostro con rapidez, deseando hundirme en esa oscuridad suave.

Sin embargo, mi reacción no fue la esperada: no hubo colapso ni desesperación. Lo que sentí fue algo más profundo y complejo: resignación y, de algún modo, paz.

Me dolía, Dios, me partía en dos, pero la incertidumbre había sido mucho peor. El no saber dónde estaba, qué había sido de ella, si aún descansaba… esa duda me había devorado durante años.

Ahora era una verdad definitiva. Había cumplido mi promesa de hallarla; o mejor dicho, Nessy la había encontrado por mí.
El dolor me ahogaba, pero al menos podía despedirme. Ya no estaba perdida en ningún limbo; por fin tenía un final.

Sentía todas las miradas sobre mí: preocupación, compasión e impotencia. Sabía que Zafiro estaba a punto de abrazarme, que Mafe contenía palabras para no herirme más. Pero solo pedía una cosa:

—Por favor, déjenme sola —supliqué con la voz destrozada.

No era rechazo. Necesitaba ese espacio para llorar por ella, por mí, para darle un cierre a esa herida que había sangrado tanto tiempo.

El silencio se llenó de duda y temor; parecía que todas temían moverse y romperme en pedazos.

—Mereces tu tiempo —concedió Mafe al fin, con un hilo de voz inseguro—. Pero la puerta permanecerá abierta y volveremos pronto.

No respondí; me quedé inmóvil, aferrada al silencio como lo único que podía controlar.

—Nessy, ven, te ayudaré con esa mano —dijo Mafe al salir.

Pero ella no se movió de inmediato. Se quedó allí, con esos ojos miel que me habían sostenido minutos antes, como si le doliera irse, como si cada paso fuera una traición a mi fragilidad. Al final, con la pena dibujada en la mirada, salió tras Mafe.

Daniel y Zafiro se quedaron unos segundos más, observándome con esa mezcla de cariño y desamparo que a veces duele más que las palabras. Asintieron al fin, comprendiendo que lo que necesitaba era mi espacio, aunque estuviera lleno de sombras.

Así, cuando la habitación quedó casi vacía —la puerta entreabierta y el eco de sus pasos alejándose—, los recuerdos me invadieron. No entraron suavemente; me golpearon como una ola helada.

Recordé aquella última noche con mi madre, esa crisis final. Yo, temblando, encogida contra su pecho, buscando un refugio que ya entonces se sentía frágil.

Ella, con la voz casi apagada por el dolor, me acariciaba el cabello y susurraba:

«Mi niña… ante las pruebas, los buenos se hacen mejores y los malos, peores. No veas a nadie como monstruos que quisieron hacernos daño. Míralos como almas que no supieron qué hacer con el valor que llevábamos dentro».

Era demasiado pequeña para comprenderlo todo, pero entendí bien lo que me pidió prometer.
Una promesa que no pude cumplir.

«Prométeme que no guardarás rencor, que nunca harás daño. Porque tú no eres como ellos. Tus manos jamás deben lastimar a nadie».

Mi madre era tan pura, tan bondadosa, que creía que todos mostrábamos lo que llevamos en el corazón. Me miraba a los ojos y añadía con dulzura:

«Tú no tienes nada podrido ahí dentro».

Al recordarlo, sentí un nudo en la garganta: sé que hoy estaría decepcionada de la mujer en la que me convertí. Sé que mi corazón ya no es aquel que ella veía.

—Por favor, perdóname, mamá —susurré en el silencio.

Cerré los ojos con fuerza, luchando por mantener la calma y evitar que la crisis regresara. Pero el temblor era incontrolable. Hasta que percibí una presencia: sin pasos, sin aliento, pero segura. Sabía que estaba allí.

Abrí los ojos despacio y la vi, a unos metros de la cama, con la mano vendada y una expresión entre culpa y timidez.

—Lo siento —dijo bajito, sobresaltada al notar que la descubrí—, solo quería saber si estaba bien.

Su voz, siempre tan suave, desarmaba lo poco que me quedaba de defensas. Justo cuando estoy al borde del abismo, ella aparece y el aire se vuelve más ligero, más fácil de respirar.

—Ya me voy —murmuró, dándose la vuelta, nerviosa.

—Venga —la detuve al instante.

Se giró confundida; sus ojos miel dudaban entre quedarse y huir.

—Recuéstese a mi lado —le pedí; mi voz sonó más frágil de lo que pretendía—. Es una orden.

Casi no hizo falta decirlo: ella ya se acercaba. Con movimientos lentos se sentó en el borde y luego se acomodó junto a mí. Sin preguntas, sin palabras innecesarias; solo estuvo allí.

Y a veces, eso es todo lo que necesito.

Su calor fue suficiente para calmar mi mente. No tuve que repetirlo ni explicar nada, ella simplemente comprende.

Mi mamá habría amado a Nessy. Su ternura, inocencia y porque en este mundo que duele tanto, ella aún sabe ser buena conmigo.

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Mar luna
14 days ago

🥺🥺🥺

Vero
4 days ago

🥹🥹🥹