Nessy

Pasar la noche con Gray fue algo que no sabría explicar con palabras. Me llenó quedarme a su lado, asegurarme de que nada malo le ocurriera. Tenía terror de cerrar los ojos y que, al hacerlo, ella desapareciera.

No quería dormir; deseaba quedarme velando su respiración, como si mi sola mirada pudiera mantenerla a salvo.
Pero el sueño me venció.

Al despertar, la cama estaba vacía y fría. Me incorporé tan rápido que el corazón me golpeó con fuerza contra el pecho.

—Gray… —susurré, buscando a todos lados, esperando en vano una respuesta.

Salí corriendo de la habitación y bajé las escaleras descalza. En la sala, Mafe hojeaba algo con calma, como si el mundo no se estuviera acabando.

—¡Mafe! —exclamé al llegar abajo, casi sin aliento—. ¿Dónde está Gray?

Ella levantó la vista, serena como siempre.

—Está con Daniel y Zafiro. Dijo que debía iniciar los trámites cuanto antes. Nadie pudo detenerla.

Trámites, claro. Para poder despedirse de su madre.

El pecho se me apretó. No quise insistir más, pero ella advirtió mi inquietud.

—Sube a tu cuarto, prepárate y bajemos a desayunar —me pidió con dulzura.

Asentí; tenía hambre, por cierto: el día anterior apenas había probado bocado.

Durante la comida, el silencio pesaba más que el aire. Mafe removía su café con lentitud, observándome. Sabía que tenía algo que decir.

—Nessy —empezó al fin en voz baja—. ¿Sientes algo por Gray?

Sentí cómo el calor me subía de golpe al rostro y no supe qué responder. ¿Cómo negar algo que se me notaba en cada mirada, en cada desvelo, en cada temor?

Suspiré hondo.

—La quiero muchísimo —confesé—. No me pregunte por qué, no lo sé. Pero la quiero demasiado.

Mafe no se sorprendió, sino que se mostró más bien preocupada. Y la entendía.

—Sé que mi madre y Gray tienen una relación complicada —añadí antes de que ella pudiera hablar—. Pero ese es su conflicto, no el mío.

Ella bajó la mirada, pensativa.

—Debes tener mucho cuidado, Ness —me aconsejó con tono maternal—. No conocemos todo el peso de lo que hubo entre ellas.

—Pero usted podría averiguarlo —le respondí de inmediato.

Ella esbozó una media sonrisa, de esas que dicen más que mil palabras.

—¿No cree que en ese conflicto reside la respuesta a lo que les duele? A ella y a mi mamá.

Mafe volvió a suspirar.

—Del dolor de tu madre sé mucho… —murmuró sin levantar la vista.

—¿Qué sabe? —la interrumpí al instante.

—Yo guardo tus secretos, Nessy… y respeto también los de tu madre —fue todo lo que dijo.

Ese silencio fue su «no», aunque dejó una puerta entreabierta.

Después de ese momento, el desayuno transcurrió con calma. Mafe decidió llevarme con ella para no dejarme sola en una casa tan inmensa y vacía. Y cuando le pedí pasar por el centro comercial, no se negó.

Quería comprarle algo a Gray: algo a lo que pudiera abrazar cuando no quisiera ver a nadie.

—¿Un peluche de Igor? —preguntó Mafe, observándome mientras pagaba.

Sonreí.

—Es para la ansiedad —corregí—. Este modelo simula respiración y ayuda a calmarse. Y lo elegí gris; dudo que a Gray le guste el rosa.

Mafe me sostuvo la mirada unos segundos antes de esbozar una sonrisa leve, casi resignada.

—Es muy considerado, Nessy. Ella lo necesitará y te necesitará a ti.

Tenía razón. Pronto llegaría el momento de la despedida definitiva.

Y ese día llegó unos después.

Gray decidió darle sepultura. Dijo que no podía cargar con las cenizas; que el amor no debe pesar, sino enseñar a soltar.

El cielo tenía un gris pálido, casi blanco: uno de esos días en los que hasta el viento camina con cuidado para no romper el silencio.

Gray permanecía de pie frente al ataúd, inmóvil, con las manos entrelazadas. No lloraba ni gritaba, pero en sus ojos se leía todo el dolor del mundo.

Se agachó junto a la caja y apoyó una mano sobre la madera, rozándola apenas con las yemas.

—Te dejo ir —susurró tan bajo que solo el aire pudo oírlo—. Pero no te olvido, mamá.

Su voz tembló, aunque su rostro siguió impasible. Se quedó unos segundos más viendo cómo la tierra caía sobre lo que guardaba todos sus recuerdos; cada golpe seco contra la madera parecía fracturarla por dentro.

Se arrodilló ante la tumba recién cerrada y sacó un ramo elegido por ella misma: lirios blancos, margaritas y una sola rosa azul en el centro. Sabía que su madre prefería las flores sencillas, esas que crecen sin pedir permiso. La azul era por su nombre: Marina.

Las fue acomodando una a una, con devoción casi sagrada. Pasó los dedos por los pétalos, limpiando la tierra que los manchaba, y las dispuso en círculo alrededor de la lápida.

No dijo nada más; solo respiró hondo y se sentó en el suelo, dejando que el viento le alborotara el cabello y moviera suavemente las flores.

Cerca de mí, escuché la conversación entre Mafe y esa mujer insoportable de Sofía.

—Entre ustedes solo hubo sexo —le dijo Mafe con esa calma afilada que usa para poner límites—. Lo sabías; supéralo.

No pude evitar sonreír. Me llenaba de gusto que dijera en voz alta lo que todos veían: que Gray nunca la soportó. Me encantaba ver cómo su propia tía la desarmaba sin esfuerzo.

Sofía, al notar que la había escuchado, se giró hacia mí con esa mirada cargada de veneno que parecía su sello.

—¿Qué haces aquí? —soltó con desprecio—. ¿No deberías estar sirviendo café? ¿O limpiando la casa para cuando regrese tu jefa?

Estuve a punto de darme la vuelta e ignorarla, pero no pude contenerme.

—Yo solo obedezco a Gray —le respondí con serenidad, sin bajar la vista—… no a sus juguetes sexuales.

El silencio que siguió fue delicioso. Percibí cómo se le tensaba la mandíbula, pero no me importó.

Me giré con calma, dejándola allí, y caminé hacia donde estaba ella: todavía sentada junto a la tumba de su madre.

No dije nada; simplemente la abracé. Fue un abrazo largo, firme y sincero, de esos que dicen «estoy aquí» sin palabras.

Y lo mejor fue que me correspondió. Sus brazos me rodearon con la misma fuerza, con una necesidad que ya no intentaba ocultar. Apoyó el rostro en mi hombro y, por un instante, sentí que respiraba en paz.

En ese momento, sentí la mirada de Sofía clavada en mi espalda como una daga. La vi de reojo: rígida, los labios apretados, los ojos llenos de ese odio silencioso que solo nace en quien ha perdido algo que creía suyo.

Pero no me importó. Podía odiarme cuanto quisiera, desear mi desaparición si le daba la gana. Nada de eso tenía peso, porque entre mis brazos Gray estaba tranquila, y eso era lo único que realmente importaba.

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Saturno25
saturnito
16 days ago

Eso Nessy no te dejes

Mar luna
14 days ago

Jaja eso Nessy

Vero
4 days ago

Nessy marcando territorio