Gray

Quedarme sola tras el entierro de mi madre fue una odisea cargada de dolor y remordimiento. Es imposible no culparme: gran parte de su sufrimiento nació de mi propia inocencia.

Recuerdo cómo me mantenía resguardada en esta casa y aun así lo arruiné todo, solo por el deseo de conocer ese maldito río que escuchaba fluir cada noche desde mi ventana.

Aproveché un descuido solo para verlo. Mi vida se rompió en ese camino. Aquello de lo que ella intentaba protegerme me encontró primero.

Ese río no es agua: es mi condena. Si no hubiera salido, quizá seguiría viva. Ella me encerró para salvarme; yo abrí la puerta y la perdí.

Repasaba todo esto en mi habitación cuando la criatura apareció. Ni siquiera tocó; entró como si tuviera permiso para irrumpir en mis ruinas.

—Perdone —dijo al fin—. Quería traerle algo. Algo que pueda ayudarla a calmarse.

Me tendió las manos: en ellas sostenía un peluche gris, de orejas grandes y expresión tranquila.

—¿Un burro nostálgico? —pregunté, alzando una ceja.

—Está diseñado para aliviar la ansiedad —explicó con su habitual dulzura—. Simuló respiración y pensé que, si le gusta estar sola, podría estarlo con él.

Es un encanto. Demasiado. Una ternura que debería llevar advertencia médica.

—Esa es una forma muy sutil de decirme que ya no quiere volver a dormir conmigo —respondí, observándola con calma.

—¡No, sí quiero! —se apresuró a decir, sonrojándose—. Claro, si usted quiere. A mí no me molesta en absoluto.

Su entusiasmo era tan genuino que me desarmó. ¿Cómo puede alguien sonreír tanto sin que le duelan las mejillas?

Noté que traía algo más escondido entre las manos.

—¿Y eso? —señalé la cajita que llevaba.

—Ah… también horneé algo —confesó, casi orgullosa—. Supuse que no tendría mucho apetito, así que preparé un pastelito pequeño.

Sonrió aún más, con esa alegría tan suya.

—No es receta de libro, es mía. Espero que le guste.

Me lo entregó con cuidado: algo sencillo, pero hecho con el corazón. Se quedó quieta, a la espera de mi reacción.

Lo probé con cautela. Maldición, estaba delicioso.

No exagero: ese horno costoso llevaba años sin usarse, y ella acababa de darle sentido. Tiene talento para esto; debería estar estudiando gastronomía, no contabilidad. Dos mundos opuestos.

—Demasiado dulce —murmuré.

Su sonrisa se apagó al instante.

—Qué extraño, calculé bien la azúcar. La próxima vez mejoraré.

—No hablaba del pastel —la interrumpí.

Parpadeó, confundida. Tardó unos segundos en comprender.

Entonces guardé silencio y aclaré, con más suavidad de la que esperaba:

—Hablaba de usted, pero no cambie.

Su sonrisa regresó despacio, hermosa, llenando la habitación de calor.

—¿Quiere decir que no le molesta mi dulzura? —preguntó, jugueteando nerviosa con sus dedos.

—Siempre y cuando no sea así con nadie más —respondí, antes de volver a saborear el postre.

Ella soltó una risa baja y, en ese instante, algo en mi pecho cambió. No era solo calma: era eso que llaman dopamina, ese impulso que te hace creer, aunque sea por un momento, que la vida aún puede valer la pena.

Y si la dopamina tuviera nombre, se llamaría Nessy. Una sobredosis de ternura capaz de darme diabetes y aun así, me la seguiría administrando sin dudarlo.

No lo voy a negar: esa dulzura se volvió una necesidad. Nadie se había preocupado por mí con tanta intensidad, con esa mezcla de torpeza y cariño que me desarma sin remedio. Incluso faltó varios días a clases para no dejarme sola durante el luto; le aterraba que sufriera una crisis.

Pero ya era demasiado. Me irrita que se olvide de sí misma para cuidarme. Ese día estaba decidida a poner límites.

La esperaba en la sala. Se vestía con una lentitud que parecía deliberada, como si retrasar el momento le diera la ilusión de quedarse.

—¡Nessy! —exclamé impaciente—. ¡Muévase!

Bajó las escaleras con resignación, el ceño apenas fruncido, ese aire inocente que hace imposible guardarle rencor.

—Escuche bien —dije al tenerla frente a mí, sin alzar la voz pero con firmeza—: hoy va a la universidad. Y no quiero volver a escuchar que se queda solo porque cree que me hace falta.

Ella bajó la mirada, con una media sonrisa.

—No es que crea —susurró con suavidad— es que sé que me necesita.

La observé un instante. No respondí, pero mi sola respiración bastó para confirmar que tenía razón.

Aun así, debía estudiar.

—La llevo —decidí, tomando las llaves—. Aprovecharé para hacer unos trámites allí.

Me siguió en silencio. Aunque caminaba despacio, sus ojos estaban fijos en mí, como si quisiera grabar cada gesto antes de irse.

La hice subir al auto casi a regañadientes y cerré su puerta con seguridad. Durante el trayecto, apenas hubo palabras: yo atenta a la carretera; ella, a mis manos sobre el volante. Era un silencio denso, pero cómodo, lleno de todo lo que nos costaba decir.

Al llegar a la entrada, se giró hacia mí con esa sonrisa temblorosa que me desespera.

—Va a necesitarme, Gray —dijo casi sin voz—. Lo sabe, ¿verdad?

Arqueé una ceja, manteniendo la compostura.

—Puedo sobrevivir unas horas sin usted —respondí con soberbia fingida—… con tal de recibir mi dosis.

—¿Una dosis? —repitió, confundida.

No respondí. Solté el volante despacio, me incliné hacia ella y la observé unos segundos. Su respiración se detuvo cuando acorté la distancia.

La besé. Fue lento, cálido, con ese temblor de quien duda pero ya no puede contenerse.

Al principio se quedó inmóvil, sorprendida. Luego, sin pensarlo más, correspondió con la misma suavidad con la que siempre me mira.

Al separarnos, aún tenía los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.

—Esa es mi dosis para unas horas —susurré, recuperando el aliento y la altivez—. Ahora vaya a lo suyo.

Sonrió apenas, y supe —aunque me cueste admitirlo— que si la dopamina tuviera nombre, sería el suyo.

Me quedé observándola desde el coche mientras se abría paso entre la multitud. Había algo en su andar, esa mezcla de ingenuidad y firmeza, que me apretaba el estómago.

Su ternura ya no me incomodaba, me asustaba. Porque tenía algo familiar, como si la vida me devolviera el reflejo de algo que había intentado borrar.

No la odiaba, era imposible. Pero me recordaba demasiado a aquello que sí llegué a aborrecer.

Y mientras la veía desaparecer tras las puertas, una punzada helada me atravesó el pecho.

Lo presentí. Ese “algo” estaba cerca otra vez y esta vez, no vendría solo.

Antes de arrancar hacia el estacionamiento, un mensaje de Mafe cortó mis pensamientos en seco:

«Gray… Julia necesita hablar contigo».

Sentí una punzada fría y desagradable en el estómago. Últimamente había sentido algo parecido con Nessy, pero era imposible vincularlo a Julia ni al profundo rechazo que le profeso. No, mi criatura no podía tener ningún vínculo con ella. Si fuera así, nada terminaría bien.

«Tengo asuntos pendientes… tendrá que esperar», respondí.

¿Qué demonios tendría que decirme? ¿Por qué ahora?

Aun con ganas de ignorarlo, terminé dirigiéndome al consultorio de Mafe. Iba con el tiempo encima, sin haber resuelto nada en la universidad. Sin darme cuenta, llevaba en la mano la cédula de Nessy; ni siquiera noté cuándo la tomé, y ella tampoco debía advertirlo.

Al llegar, Julia ya estaba allí: sentada, envuelta de pies a cabeza, como si quisiera esconderse del frío, del mundo o de mí. La miré de reojo y me acerqué a Mafe.

—No sé —susurró ella—… pidió hablar contigo.

Dejé la identidad sobre el escritorio, despacio, como si fuera algo peligroso, y me planté frente a mi rival con los brazos cruzados. Vi que Mafe tomó la tarjeta rápido y la ocultó bajo sus piernas, pero no le di importancia.

—¿Qué quieres? —pregunté sin disimular la rabia—. ¿Te carcome la culpa y vienes a pedir perdón?

Julia suspiró; ni siquiera se atrevió a levantar la vista.

—Solo quería avisarte que Gerardo me buscó —dijo con voz apagada, casi un hilo roto.

Me contuve para no acercarme demasiado.

—Lógico —respondí con sequedad—. Su hermano murió en tu casa, en tu habitación.

Ella alzó la mirada con destello de miedo.

—A quien busca es a ti —susurró.

Ladeé la cabeza, incrédula.

—Claro, y sabes que es por tu culpa, ¿no? ¿Qué pretendes ahora? ¿Entregarme otra vez a alguien que sabe cómo arruinarme la vida?

Mi tono subió sin darme cuenta; Mafe dio un paso adelante, anticipando la explosión.

—Tranquilas… —intentó calmar.

Julia se puso de pie, tambaleante, como si el peso de mis palabras la derribara.

—¿Por qué no aceptas de una vez que todo fue tu culpa? —la ataqué con furia—. No lo harás porque eres demasiado cobarde, ¿verdad?

Apretó la mandíbula y respondió con un tono que rozaba el desafío:

—Llámalo como quieras, yo solo protejo a mis hijos.

Eso encendió la mecha.

—¡Eso dijiste la última vez y terminé en la UCI por tu culpa! —estallé—. ¡Eres despreciable y aun así te atreves a hacerte la víctima!

Mafe estaba lista para interponerse; se notaba que no solo mediaba, sino que también escuchaba revelaciones.

—¿Qué habrías hecho si yo hubiera muerto? —la miré fijamente—. ¿También habrías usado a tus hijos para salvarte de tu propio infierno?

El golpe fue certero. Julia pareció desmoronarse por dentro: sin respuesta, sin excusas. Por un segundo creí que admitía mi verdad, pero su cuerpo se desplomó de golpe.

El sonido seco contra el suelo retumbó en todo el lugar.

—¡Julia! —exclamó Mafe, arrodillándose a su lado.

No reaccionó: se había desmayado.

Me quedé inmóvil, con la respiración agitada. Tenerla así, tan cerca y sin defensa, era una situación que nunca debió darse. Era el escenario perfecto para que su peor pesadilla se cumpliera… y yo podría cruzarme con sus hijos.

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Vero
4 days ago

Wow