Gray

Mafe pidió ayuda a uno de los vigilantes para levantar el cuerpo de Julia y llevarla hasta mi auto.

—Gray, usaremos tu auto —dijo con un tono que no admitía réplica.

Me crucé de brazos al instante, intentando disimular mi cara de asco. Dicen que parezco una niña berrinchuda pero, sinceramente, ¿cómo no iba a estar molesta? No logré ocultar mi expresión de disgusto y juro que, si la mirada de Mafe fuera un arma, ya me habría disparado tres veces en la cabeza. Estaba furiosa, y a mí me importaba muy poco.

Rodé los ojos y caminé con paso tan renegado que casi podía sentir su desesperación a mis espaldas.

—¡Gray! —me gritó con las manos en la cintura—. ¡Apúrate, carajo!

Tomé el picaporte, abrí la puerta del conductor y me hundí en el asiento. Puse las manos en el volante, respiré hondo y arranqué sin despegar la mirada del frente.

Mientras manejaba, mis pensamientos giraban sin descanso alrededor de ese maldito nombre: Gerardo.

¿En serio tenía que volver a arruinarme la vida justo ahora? Cuando acabo de perder a mi madre, cuando estoy al límite.
Y claro, no podría culpar a Julia de lo ocurrido aquella noche; Gerardo no me creería. Nos conoce demasiado bien: sabe perfectamente cuál de las dos sería capaz de sostener y disparar un arma sin parpadear.

Cuando llegamos al hospital, me quedé en el auto. No pensaba entrar, no después de todo lo que había pasado entre nosotras. Mafe bajó y la vi alejarse perdiéndose entre las luces blancas del pasillo.

Pasaron unos veinte minutos, quizás más, antes de que regresara.

—Creo que pasará la noche aquí —anunció sin mirarme directamente.

Perfecto. Menos razones para demorarme.

—Lo mejor será que te vayas —añadió.

Por supuesto que me iré. Pero antes…

—¿Tienes la cédula de Ness? —pregunté sin rodeos.

Mafe frunció el ceño.

—¿Qué piensas hacer con ella, Gray?

—Trámites de la criatura —respondí con total calma.

Suspiró, buscó en los bolsillos de su chaqueta y finalmente me la entregó. Parecía tener tanta prisa por deshacerse de mí como yo por irme. Quizás ya sabe que Julia se desvive por evitar que me cruce con alguno de sus hijos.

—Bien, puedes irte —dijo en seco, y añadió con un gesto cortante—: Muévete.

Asentí apenas, sin más. No tenía por qué quedarme, ni ganas.

Arranqué y salí del hospital sin mirar atrás. El motor rugía suave, pero en mi cabeza el ruido era ensordecedor: Gerardo, Julia, el pasado… todo volvía a abrirse.

Llegué a la universidad, estacioné y bajé con la cédula en la mano. Había algo que debía resolver; me tomaría más tiempo del previsto, pero no había opción. El trámite fue largo y tedioso —y por cierto, terminé gritándole a un directivo que era un inútil—. Cuando acabé, me fui directo a casa de Daniel.

Necesitaba hablarle de Gerardo. Nadie odia a ese tipo con tanta devoción como él.

Ni se me ocurrió avisar: entré como perro por su casa; tengo llaves, y así nos manejamos. Apenas crucé, escuché ruidos y una voz en la cocina: cantaba a gritos, o más bien aullaba vallenato.

—«Y le metiste el corazón, zón, zón…» —repetía, picando con el cuchillo, solo una toalla en la cintura—. «Y por eso estás así… sí, sí, sí…»

Me apoyé en la isla, cruzada de brazos, sin decir ni una palabra.

—«Buscándome pa’ que yo, yo, yo… te vuelva a poner el swing.»

Se giró al fin: plato en una mano, café en la otra. En el plato, un sándwich simple y huevos revueltos.

—¿En serio? —arqueé la ceja, señalando la comida con la barbilla.

Ni se inmutó; la sorpresa no existe entre nosotros. Podemos presentarnos sin avisar en cualquier lado.

—¿Qué? —dijo tranquilo, encogiéndose de hombros—. Es imposible conseguir buena yuca con suero o un bocachico decente en esta ciudad.

Supongo que extraña la comida de la costa.

—¿Y a qué debo tu visita? —preguntó, caminando hacia la sala.

—Estaba con Mafe y me acordé de algo urgente —respondí, siguiéndole el paso.

Casi se rompe el cuello al girarse de golpe.

—¿La psicóloga está contigo? —escaneó el pasillo detrás de mí.

Negué con la cabeza.

—¿Por qué? ¿Te gusta? —una sonrisa se me escapó.

Lo negó tan rápido que resultó sospechoso.

—Es solo que… necesito una psicóloga.

Me recosté en el marco, divertida.

—Perfecto: le diré a Mafe que tengo un primo fiscal con síndrome de mafioso, obsesionado con hacer desaparecer cuerpos y con problemas mentales —solté con media sonrisa burlona.

—Lo haces sonar turbio, Gray. ¿Con qué cara lo dices? —se indignó, dándole un mordisco al sándwich y un trago al café—. Esa no es forma de actuar.

Me miró con una seriedad absoluta, aunque solo llevara puesta una toalla.

—La secuestraré y luego le salvaré la vida —explicó con total calma—. Después le pediré una cita como un caballero.
Levanté ambas cejas, procesando el plan.

—Bueno, al menos es mejor que el intento de atropellarla. Casi la matas —admití, dejándome caer en una silla—. ¿No piensas vestirte?

Solo se apresuró a cubrirse el regazo con un cojín.

—No me vengas a dar lecciones de vestimenta en mi propia casa —replicó, asegurando bien la toalla—. Ahora dime: ¿a qué vinías realmente?

Su pregunta me devolvió al peso del asunto. Carraspeé, borrando la ligereza del momento para recuperar la gravedad.

—Resulta que Gerardo…

No terminé: Daniel soltó la taza contra la mesa de golpe; el café oscuro se derramó, manchando la madera.

—¡Jueputa! —escupió con asco, no solo por el desastre—. Ya se me amargó hasta la comida.

Es verdad: lo odia con toda su alma. Por eso lo aprecio: comparte esa rabia genuina contra los depredadores.

—¿Por qué lo metimos a la cárcel? —bramó, poniéndose de pie de golpe, imponente entre la toalla y la furia—. Debimos torturarlo hasta quebrarlo, quemarlo vivo y luego ahogarlo.

Arqueé una ceja, divertida por su intensidad.

—¿Y qué hace un psicópata como tú queriendo conquistar a una mujer tan recta como Mafe? —no pude evitar soltar.

Se giró hacia mí, rígido.

—Todo perro necesita su correa —respondió con frialdad—. Todo desequilibrado necesita un equilibrio y…

Se detuvo, y una chispa de descaro le suavizó la mirada.

—Además, está buenísima —remató sin vergüenza—. No es lo principal, pero no vamos a fingir que no lo está. Perfecta para alguien tan perfecto y hermoso como yo.

Su ego roza el mío, aunque jamás lo superará.

—Mafe no es el tema —lo corté en seco—. Julia asegura que Gerardo viene por mí.

Daniel entrecerró los ojos, cargado de sarcasmo.

—¿La misma Julia que te mandó a la UCI para salvarse ella sola?

—Esa misma… —asentí, forzándome a no flaquear—. Y aunque me duela admitirlo, le creo. El muy cobarde me llamó para darme el pésame por mi madre.

Daniel apretó el puño con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.

—Malparido —susurró, con la rabia vibrando en la voz—. Espero que en la cárcel le hayan cobrado cada una de las vidas que arruinó.

—Está claro que busca venganza —insistí.

—¿Cómo tiene el descaro? —estalló—.¿Vengarse por la muerte de su hermano, ese monstruo depravado y pedófilo?

Suspiré, pensando en ese monstruo que creí haber borrado de la sociedad.

—Yo no importo tanto —dije, manteniendo la voz firme—. Pero si se atreve a tocar a mi abuela, a Mafe, a Zafiro y a la criatura…

—¿Cuando dices “criatura” te refieres a la niña a la que le dejaste ese chupón enorme? —preguntó él, y la furia se le cambió de golpe por burla.

Me quedé callada un segundo.

—Ah, ya veo —empezó, fingiendo un tono dulce y empalagoso, ladeando la cabeza—. Tienes alma.

Levanté una ceja, mirándolo con los brazos cruzados.

—Pensé que eras una arpía con más ego que corazón, pero veo que no.

Entrecerré los ojos, fulminándolo con la mirada.

—Déjate de bromas, idiota retrasado —solté, impaciente—. Sabes que también podría ir por ti por haberlo encerrado.
El humor se desvaneció al instante. Daniel pasó de la burla a la seriedad sin escalas, clavándome la mirada. Su rostro se endureció por completo.

—No te preocupes —dijo con una calma que helaba la sangre—. Gerardo va a aprender de una vez qué es ser un hombre y cómo se respeta.

No había opción: o acabábamos con él, o él nos destruiría a todos.

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Vero
4 days ago

Fuertes declaraciones