Nessy

Tuve que salir de la universidad a toda prisa cuando Mafe me llamó para avisarme que mi madre estaba en el hospital. Fue cuidadosa, eso sí: me advirtió que me tomara un poco de tiempo, pero con precaución, porque Gray andaba cerca.

Hice exactamente lo que me pidió.

Cuando el doctor abrió la puerta de la habitación, sentí un alivio genuino al comprobar que Gray no estaba por ningún lado.

—Mamá —susurré, acercándome despacio a la camilla.

Podemos tener todos los problemas del mundo, pero eso no borra la preocupación: es mi madre, y lo será siempre. Sin embargo, el ambiente se sentía extrañamente tenso. Mafe no tenía esa expresión serena y comprensiva que la define; parecía hervir en silencio.

—Las dejaré a solas —anunció de repente.
No esperó respuesta. Simplemente se marchó: sus pasos resonaron firmes y apresurados por el pasillo, sin volver la vista ni despedirse.

Me quedé confundida. ¿Cómo es posible que Mafe esté tan enojada? Eso me preocupa profundamente.

—¿Estás bien? —me giré hacia ella—. ¿Qué fue lo que pasó?

—No es grave —respondió con esa calma que usa siempre para evadir lo que duele.

—No es la primera vez que te veo en un hospital —insistí, sintiendo cómo se formaba un nudo en mi estómago—. Algo más tiene que estar ocurriendo.

Ella desvió la mirada hacia el techo.

—Consecuencias de años de golpes —admitió al fin, con una voz plana, intentando restarle importancia al daño—. Pero no te angusties, no hay nada de qué alarmarse.

Parecía que le darían el alta esa misma noche, lo que sugería que quizás su estado no era tan crítico o que me estaba mintiendo otra vez. Aunque no quisiera decirme la verdad, decidí quedarme a su lado durante lo que restaba de la estancia.
Minutos después, el doctor confirmó que podía irse. Ella no esperó ni un segundo: se levantó con prisa, ansiosa por huir de ese lugar. 

La acompañé hasta la salida, mientras el médico le entregaba los documentos con su historial clínico.

Era pasada la medianoche, pero Mafe estaba decidida a llevarnos a cada una a su casa para descansar.

Por supuesto, primero fuimos a dejar a mi madre; jamás me dejaría a mí en la casa de Gray antes que a ella.

—Bien, ya llegamos —dijo Mafe con un tono tan cortante que me heló el aire en los pulmones.

Mi madre soltó un suspiro; entendí que el enojo era con ella. Se notó en la prisa con la que bajó del auto, como si quisiera evitar preguntas o reclamos.

Mafe siempre ha sido tan dulce que ese cambio era un mal augurio.

—¿Todo bien? —le pregunté cuando nos quedamos solas, observando su perfil tenso.

—Sí —respondió; apoyó las manos en el volante, aferrándolo con fuerza, y arrancó—. Solo estoy un poco cansada.

¿Cansada? No, algo anda mal. Se nota que está furiosa, no agotada.

No soy ingenua: sé distinguirlo, y más tratándose de ella, que suele ser tan serena y tranquila.

Me dejó en mi lugar. A pesar de la tensión, sentí una chispa de emoción al ver la casa de mi jefa.

Pero esa alegría se desvaneció rápido: aunque ya era tan tarde, el lugar estaba totalmente vacío. Su auto no aparecía, y esa soledad me pesó de inmediato.

—Ya lo sabías… —me susurré a mí misma, mirando la oscuridad.

Tengo que acostumbrarme. Sé perfectamente que Gray podría pasar días sin aparecer por aquí.

Con esa sensación de abandono empecé a subir las escaleras.

Y al día siguiente, tampoco se hizo presente. La angustia crecía.

Ningún aviso, ni un mensaje. Nada.

Tuve ganas de llamarla, claro, pero ¿con qué derecho? Es su vida, su tiempo. Aunque no puedo evitar pensar: si yo fuera la que faltara, ella no dudaría en buscarme.

Pasé así todo el día, sola, alimentándome de silencio y dudas, hasta que llegó la hora de volver a la universidad.

Pero surgió un problema apenas intenté entrar a clase con normalidad: el profesor aseguró que mi nombre no figuraba en su lista.

—Eso no tiene sentido —le dije, con la voz agitada por la confusión—. Ayer estuve aquí.

—No es asunto mío —replicó con frialdad, sin siquiera levantar la vista de sus papeles.

El corazón se me disparó; necesitaba respuestas claras, saber qué demonios estaba ocurriendo. Fui directo a administración, exigiendo una explicación.

Le di mi número de cédula a una de las funcionarias, con la respiración entrecortada, para que revisara por qué parecía haber desaparecido del sistema.

—Señorita —dijo ella, recorriendo la pantalla con el dedo—: aparece en trámite de cambio de carrera.

Arqueé una ceja, completamente desconcertada. ¿Qué cambio? Ayer todo estaba normal. ¿Cómo se atreven a decidir por mí sin preguntar?

Sentía que iba a estallar, dispuesta a reclamar hasta el último peso de mi matrícula.

—Estamos a la espera de confirmación: pasó a Gastronomía —anunció de repente.

—¿A qué? —pregunté, incapaz de procesar la palabra.

—Gastronomía. Cuando todo esté listo, le asignarán horarios y materias nuevas —explicó con su sonrisa protocolaria.

La furia se desvaneció de golpe, reemplazada por una mezcla de asombro y alegría inmensa.

—¿Está segura? —cuestioné, con la voz temblorosa.

—Sí… —empezó ella, confundida al ver mi reacción—. ¿Es un error? Porque ya está abonado el…

—¡No, para nada! —la interrumpí, con una sonrisa que me llegaba a las orejas—. ¡Está perfecto, no lo modifique y muchas gracias!

Me di la vuelta y salí apresurada. El caos se transformó en una sola certeza: alguien había hecho el trámite por mí y había pagado. Pensé en Zafiro, en Mafe, pero mi corazón solo supo verla a ella: mi jefa, maravillosa, atenta, incluso con ese toque suyo tan suyo.

¡Gray se preocupa por mí, sabe lo que quiero y lo que me gusta!

Sonreí como una tonta, a punto de dar un salto de felicidad. Tuve que contenerme para no llamar la atención, pero la emoción me desbordaba. Sentí ese calor dulce en el pecho, el que solo da el cariño verdadero, y salí de allí con paso rápido, segura de que, a pesar de todo, había alguien que me conocía y cuidaba de mi futuro.

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Mar luna
14 days ago

Tan linda gray

Vero
4 days ago

Gray la más clasista pero la más atenta amooo