Conducía hacia casa, donde sabía que la criatura me esperaba; seguramente estaría al borde del colapso tras unos días sola.Qué ternura.
Pasé junto a una cancha de fútbol cuando una voz me obligó a frenar en seco.
—¡Gray!
La reconocí al instante: era Mafe.
Me giré y la vi allí, radiante como en un anuncio perfecto, con su sonrisa eterna y rodeada de niños. Ella ama eso: el ruido, la gente pequeña, el caos. Me llamó como si le hubiera salvado la vida, y antes de pensarlo bien, ya corría hacia mi auto.
—¿Qué pasa? —pregunté con cautela; su tono ya me olía a problema.
—Gray, ¿harías algo por mí? —pidió con esa mirada suya que mezcla súplica, culpa y manipulación al nivel más experto.
Me quedé quieta, sopesando riesgos. ¿Sería algo ilegal? ¿O peor: algo vergonzoso? Lo ilegal lo resuelvo; lo ridículo no tanto.Pero es Mafe, y ella siempre ha estado. Suspiré.
—Está bien. Dime qué necesitas.
Estacioné bajo la sombra de un árbol. Diez minutos después, ya me estaba maldiciendo a mí misma.
—Mafe, ¿qué demonios es esto? —pregunté, con los brazos casi cruzados —el relleno del disfraz apenas me dejaba moverme—.
Era imposible: me sentía absurda.
—La persona que debía ponerse esto no pudo venir —explicó por milésima vez—. Son solo niños, no te juzgarán.
—¡No me importan los niños! —reclamé—. ¿Sabes qué pensarían si me vieran así? ¿Un juez, un abogado? Imagina a la fiscal Gutiérrez perdiendo la dignidad vestida de una maldita fresa gigante.
—Cuida tu vocabulario —dijo con la calma de quien disfruta mi sufrimiento—. Aceptaste ayudar, así que no te quejes ahora.
—Sí, pero no me advertiste que era esto.
Mafe seguía inflando globos como si no me oyera, tarareando una tonada infantil.
—Ya aceptaste —sentenció al final, sonriendo—. ¿Qué canciones infantiles te sabes?
¿Perdón? ¿Quería decir que yo también cantara?
—No me sé ninguna —respondí, aferrándome a lo poco de dignidad que me quedaba, mientras el disfraz se me resbalaba por un hombro.
—Entonces yo canto y tú bailas —soltó, encantada.
—¿Insinúas que tengo que bailar con esta ridícula cosa? —pregunté, mezcla de amenaza y súplica.
Y justo entonces, ocurrió lo peor.
Sentí un tirón en el traje y una vocecita detrás de mí:
—Mira, mamá… ¡una fresa! —dijo una niña emocionada—. ¿Me tomas una foto?
Maldita sea. Justo lo que faltaba: mi reputación, inmortalizada en la memoria de un celular barato.
Ya había aguantado más allá de mi dignidad: una canción, aplausos torpes, tres niños que casi me pisan.Basta.
—Mafe, fue un placer ayudarte en tu obra benéfica, pero me retiro antes de que alguien grabe esto y mi carrera termine en TikTok —dije, girándome con lo poco que el disfraz me dejaba de porte.
Intenté avanzar firme, pero el maldito traje se enganchaba en todo: césped, cuerdas, mi propio orgullo.
—¿A dónde vas, Gray? —preguntó ella, con una sonrisa que ya olía a maldad pura.
—A recuperar mi dignidad, si es que sobrevive —respondí.
Ladeó la cabeza con inocencia fingida.
—¡Niños! —alzó la voz—. ¡Juego nuevo! ¡Atrapen a la fresa!
Me giré despacio.
—No…
—¡Atrapen a la fresa! ¡No la dejen escapar! —gritó, encantada.
En menos de tres segundos, una horda de pequeños demonios corrió hacia mí.
—¡Corre, fresa, corre! —reía Mafe.
Lo intenté huir, lo juro. Pero el disfraz pesaba como si llevara dentro un colchón inflable y todos mis errores del pasado.Di un paso, otro, y cuando por fin tomaba velocidad, el pie se me enganchó en una raíz.
—Ay, no… —alcancé a decir antes de perder el equilibrio.
Rodé cuesta abajo envuelta en felpa roja. Los niños gritaban arriba, emocionados:
—¡Rueda! ¡La fresa rueda!
Y yo, la dignísima fiscal Gutiérrez, descendía girando sin ver nada más que el acolchado, mientras mi vida pasaba en cámara lenta.
Al detenerme, tenía media cara llena de pasto y el gorro torcido.
—¿Gray? —escuché a Mafe, conteniendo la risa a duras penas.
—Estoy viva… lamentablemente —respondí desde el suelo.
Bajaron corriendo y, antes de levantarme, ya me rodeaban: abrazaban mi cabeza, se subían a mi espalda, gritaban que me habían atrapado.
Perfecto. Derrotada por una banda de infantes, mientras mi mejor amiga se divertía.
—Te odio —dije con voz plana, mirando al cielo.
—Te ves adorable —respondió entre risas.
—Voy a recordar esto, Mafe.
Siguió riendo mientras yo seguía aplastada, intentando no asfixiarme bajo el peso de la infancia y mi desgracia.
—Vamos, te daré un refrigerio —dijo al ayudarme a levantarme.
Recogí los restos de mi dignidad y acepté. Terminé con una cajita de jugo en la mano, bebiendo en silencio antes de irme.
—Mafe —pregunté con calma, fingiendo desinterés—: ¿no crees que Julia y Nessy tienen cierto parecido?
Se detuvo, aunque mantuvo la serenidad.
—Quizás —respondió tras una pausa—. Es curioso porque ni siquiera se topan.
Por supuesto que lo sabía. No insistí.
Volví al auto con la dignidad hecha pedazos y la humillación ardiendo en la piel.
—No olvidaré esto —le advertí, mientras el motor rugía y arrancaba.
El camino se me hizo eterno: el recuerdo del disfraz me torturaba sin tregua. Al llegar, la criatura ya me esperaba en la sala.
—Hola, Gray —dijo ella, con esa sonrisa dulce e ingenua que la define.
—Hola —respondí, sintiendo todavía la vergüenza clavada en la piel.
—¿Se encuentra bien? —preguntó al instante, con una preocupación genuina que me desarmaba.
Me giré despacio hacia ella.
—Sí, solo me golpeé la cara contra el pasto —admití, cruzándome de brazos para ocultar el resto.
Jugueteó con sus manos; ese gesto suyo que me irrita y me enternece a partes iguales.
—Gracias por cambiarme a Gastronomía —dijo con suavidad—. Significa todo para mí.
—No es nada —resté importancia, aunque aún sentía el rubor en las mejillas.
Necesitaba cambiar el foco, recuperar el control después del ridiculo que hice con los niños.
—¿Su mano sigue bien? —indagué.
—Perfectamente —aseguró, sonriendo.
—¿Está segura? —dudé.
—Completamente —respondió con firmeza—. Ya podría dar masajes con ellas.
Arqueé una ceja.No es mala idea.
La sostuve con la mirada; esa sonrisa suya no tiene idea del fuego que enciende cuando la observo tanto tiempo.
—¿Ah, sí? —se me escapó una media sonrisa—. Entonces: me hará uno.
No esperé respuesta. Me desabotoné la camisa con la misma calma con la que sé apuntar y disparar; dejé que la tela resbalara por los brazos hasta caer al suelo.
Se quedó petrificada, en shock.
Le hice un gesto con los dedos, llamándola.
—Venga.
Subí las escaleras sin mirar atrás.Al llegar arriba, llevé las manos a la espalda y desabroché el sostén con lentitud calculada. Sabía que sus ojos me seguían.
—No me gusta repetir órdenes, Ness —susurré, sin volverme.
El aire se volvió denso, cortante. Sabía que vendría; siempre lo hace.
Entré a mi habitación, tomé un frasco de aceite y lo dejé a la vista con calma; me tendí boca abajo sobre el colchón, dejando que el silencio la empujara a cruzar el umbral.
Y no fallé. Escuché el crujido leve de la puerta al abrirse. Entró con su bata suelta, las manos entrelazadas y esa mirada que pide permiso incluso cuando ya tiene entrada libre.
—Comience —susurré, apenas un hilo de voz, bajo como una orden disfrazada de deseo.
Dudó un segundo: miró el aceite y luego mi cuerpo.
La vi acercarse, tomarlo con delicadeza y subir a la cama con pasos mesurados.Sentí el hundimiento suave del colchón antes de sentir el calor de sus manos.Y supe entonces que ya no había regreso.
Sus manos temblaban; intentaba disimularlo, pero lo notaba en cada roce, en cada respiración que no terminaba de soltarse.
El masaje debía ser algo inocente, pero hay cosas que no pueden fingirse. Su piel hablaba más que sus palabras, y su respiración era una delatora perfecta.
Entonces llegó: un sonido ahogado, pequeño y caliente.
Sonreí contra la almohada.
—¿Acaba de gemir, Nessy?
Sus manos se detuvieron en seco.
—No.
—Estoy casi segura de que sí.
—Le digo que no.
Quiso sonar firme, pero la voz le temblaba. Me divertía demasiado verla luchar consigo misma.
—Mmm —murmuré, dejando que el silencio se estirara, denso como una cuerda a punto de romperse—. Entonces debí imaginarlo.
Me quedé inmóvil, esperando. Y como era de esperarse volvió a suceder: un murmullo apenas perceptible, entre dientes, cuando mis músculos cedieron bajo sus dedos.
Giré la cabeza lo suficiente para encontrarla con la mirada.
—Otra vez —susurré.
—No fue un gemido —se apresuró a replicar.
—¿No? —mi sonrisa se amplió apenas—. Entonces quiero escuchar cómo suenan los verdaderos.
Llevé una mano hacia atrás, encontrando su muñeca. La piel me ardió al contacto. Tiré de ella con calma, sin brusquedad, con la fuerza necesaria para dejarle claro que no había salida.
Sentí cómo se tensaba a mis espaldas; despacio, me giré sin soltarla. Me deleité en su expresión cuando nuestras miradas se cruzaron: esa mezcla de miedo, curiosidad y deseo.
Era deliciosa.
Tiré un poco más. La guié con paciencia; no hizo falta empujar: bastaba el cierre de mi mano, mi presencia y voluntad.
Me recosté boca arriba, sin dejar de sostenerla.
—Gray… —susurró, casi inaudible.
—Shh —la acallé, acercándome hasta sentir su aliento sobre los labios—. No se asuste, Nessy. Solo quiero comprobar si tiene razón.
Se quedó rígida, sin atreverse a moverse.
—Siéntese sobre mí —ordené.
Su confusión era palpable, casi tierna.
—¿Q-qué…?
—Siéntese —repetí, más bajo, más grave, marcando que no había alternativa.
Y cuando obedeció, cuando se acomodó temblando sobre mí, sentí que el mundo se reducía a ese punto exacto de contacto: el aire, su respiración y el temblor de su cuerpo.
Todo lo que había intuido estaba ahí, justo frente a mí.
Jaja pobre fresita
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