Nessy

Me acomodé sobre su abdomen, temblando como una niña fuera de lugar. Pero Gray no tenía paciencia para esperas. Sus manos subieron a mi cintura y me arrastraron más abajo, hasta dejarme justo donde ella quería: sobre ese calor que no podía ocultar.

El rubor me subió a la cara de golpe; bajé la vista y me encontré con sus pechos desnudos.

—Muévase —me ordenó, clavándome la mirada como si en ella me impusiera su voluntad.

Me quedé rígida, paralizada por el asombro, y negué con la cabeza, tartamudeando:

—N-no. Yo nunca… no sé cómo hacerlo.

Gray arqueó una ceja, con una mezcla de peligro y diversión en la mirada. Sus dedos se cerraron con firmeza en mi cintura, sujetándome como un ancla.

—No le pregunté si sabía. Le di una orden.

—P-pero…

No terminé la frase: sus manos me empujaron suavemente hacia adelante y luego hacia atrás, guiando mi cuerpo para que se deslizara sobre el suyo en un movimiento lento, deliberado e incendiario. Un gemido traidor se me escapó, fue imposible de contener.

—Así, ahora solo existo yo —susurró ella, moldeándome con sus manos a su ritmo—. Déjeme enseñarle lo delicioso que es obedecerme.

Mordí mi labio inferior, temblando, sin saber si huir o hundirme para siempre. Pero cada vez que intentaba frenarme, apretaba un poco más mi cintura y me obligaba a continuar: un vaivén que poco a poco deshacía mi resistencia y la cambiaba por jadeos entrecortados.

No era solo obedecer a mi jefa, estaba entregándome por completo a la dueña de mi vida.

Mis manos se aferraron a sus hombros como único sostén mientras Gray me hacía deslizar sobre ella, guiándome con una firmeza que no dejaba duda. Intentaba mantener el control, ahogar los sonidos que me delataban, pero cada movimiento suyo me arrancaba gemidos más altos, temblorosos, imposibles de ocultar.

—No baje la mirada —ordenó de golpe, voz grave, absoluta—. No hay nada que ver allí abajo; solo debe sentir.

Alcé la vista como pude y me encontré con esos ojos grises ardiendo, fijos en mí como cuchillas que no dejan escapatoria. Sentí sus manos apretar más mi cintura, obligándome a acelerar, a dejar atrás la torpeza con la que intentaba esconderme.

—Así es —murmuró ella, con esa sonrisa torcida—. Guarde cada roce, cada detalle, cada sensación: todo se graba en mí.

Me movía temblando, cuando de pronto sus caderas se alzaron bajo las mías y me arrancaron un jadeo ahogado. No esperaba a que yo aprendiera: me usaba a su antojo, me guiaba hasta que mi cuerpo dejó de resistirse y se entregó por completo al ritmo que ella imponía.

—Gray, por favor… —susurré, sin reconocer mi propia voz.

—Dígalo bien —me cortó, los dedos hundiéndose en mi piel como marca de posesión—: «Señora».

Me mordí el labio, avergonzada, pero cuando sus manos me obligaron a chocar una vez más contra ella, la palabra brotó entre gemidos, rota y rendida:

—S-señora…

Ya no podía negarme, ni fingir que no me gustaba. Me encantaba.

—¿Ve, Nessy? —susurró satisfecha, su aliento rozándome el oído—. Le prometí que yo le enseñaría.

El rubor me ardía en la piel, y aun así, cuando volvió a alzarse con precisión, un gemido me traicionó otra vez. Gray sonrió lenta, depredadora; cada vez que intentaba frenar, mi cuerpo la buscaba solo, como si ya no supiera estar quieto.

—Pídalo —ordenó de golpe, sujetándome con una presión que me robaba el aire—. Si quiere más, pídalo.

Mi orgullo se resistió un instante; la voz se me quedó atascada.

Pero Gray no tenía intención de esperar. Con un movimiento brusco, me alzó por la cintura y me dejó caer de nuevo sobre ella, arrancándome un grito ahogado. Mis uñas se clavaron en su pecho sin que pudiera evitarlo.

—Dígalo —insistió, con la mirada clavada en la mía, tan cerca que me quemaba.

El miedo a que se cortara ese contacto me quebró por completo.

—M-más… —logré balbucear, con la voz hecha un hilo.

Gray arqueó una ceja, insatisfecha.

—¿Más qué?

Cerré los ojos, humillada por la exigencia, pero el calor de sus manos en mi piel me obligó a ceder.

—Más, señora…

Su sonrisa se torció, victoriosa, y al instante sus manos volvieron a guiarme, imponiendo un ritmo más rápido, más profundo, como si cada palabra de sumisión le diera derecho a reclamarme con más fuerza.

Me tomó una mano, solo una, y la llevó hasta su cuello, obligándome a sostenerla allí, a mantenerme erguida mientras ella seguía marcando el vaivén con la otra mano en mi cintura.

Levanté la vista y sus ojos me atraparon. Su sonrisa se curvó despacio, como la de un lobo satisfecho.

El calor me consumía; intentaba contenerlo, pero sus caderas se alzaron de golpe bajo las mías y me arrancaron un gemido tan desgarrado que quise taparme la boca.

Ella me lo impidió. Sujetó mi muñeca con firmeza y apartó mi mano de mis labios, dejándome totalmente expuesta.

—No se calle… quiero escucharla.

No aflojó, al contrario: me tomó por la nuca y me obligó a acercarme a su boca, rozando apenas mis labios sin darme el beso completo, tentándome y negándomelo a propósito.

—¿Lo quiere? —susurró, rozándome aún.

Jadeé, perdida, y solo pude asentir.

—Pídalo.

Tragué saliva, humillada pero rendida:

—B-béseme, señora…

Sus ojos se curvaron de triunfo, y entonces sí: sus labios tomaron los míos en un beso profundo y dominante que me robó el aire. Era cariño y posesión absoluta.

Su lengua entró sin pedir permiso, reclamando mi boca como antes mi cuerpo, mientras su mano me guiaba con más fuerza aún. Yo me arqueaba bajo su control, perdida; cada vez que intentaba alejarme, sus dedos en la nuca me sujetaban con más firmeza.

Al separarse, apenas me dejó respirar, y su voz me envolvió:

—Muy bien, Nessy. Así me gusta: obediente.

Y sin darme tregua, me giró con un movimiento seco. Quedó encima, inmovilizándome contra el colchón. Su cuerpo me aprisionó y su mirada me atravesó por completo.

—Le prometí que le enseñaría…

Gray se acomodó sobre mí: su peso firme, su rodilla presionando entre mis piernas para inmovilizarme por completo. Atrapó mis muñecas y las fijó contra las sábanas, por encima de mi cabeza.

—No se mueva… —murmuró, con esa voz que suena más a sentencia que a orden.

Jadeaba, buscando aire, pero sus ojos grises lo absorbían todo, sin dejarme escapatoria.

—Mírese —susurró, inclinándose apenas hasta que nuestros labios quedaron peligrosamente cerca—. No lucha por irse; lucha porque quiere más.

Me mordí el labio, temblando. La vergüenza me atravesó, junto con una corriente ardiente que me dejaba sin fuerzas. Mis piernas delataron su temblor, y ella lo notó.

—Nessy —su voz fue como un filo acariciando la piel—… y apenas la he rozado.

De pronto, soltó mis muñecas y se incorporó un poco; tomó mis manos y las llevó despacio hasta su propia cintura.

—Tóqueme.

Me quedé rígida, en shock, y negué con la cabeza.

—Yo no… no puedo.

Su risa baja me estremeció.

—No le pregunté si podía: le ordené que lo hiciera.

Con mis manos aún inmóviles sobre su cuerpo, ella deslizó las suyas encima y me guió despacio por la curva de sus caderas hasta llevarlas más arriba, justo donde quería.

Cerré los ojos, sintiendo cada detalle, y terminé apretando su pecho.

Sonrió satisfecha; bajó su mano hasta mi muslo, apretando con fuerza mientras me obligaba a explorarla más.

—Así es —susurró—. Si pretende que sea suya, tiene que tocarme hasta que mi cuerpo lo grite.

Un gemido se me escapó, ella lo atrapó con un beso brusco y posesivo, mordiendo apenas mi boca como castigo por tardar en obedecer.

Al separarse, me dejó jadeando; su sonrisa torcida me desarmó aún más.

—Muy bien, Nessy… ya empieza a entender, pero le falta mucho.

Me mantuvo boca arriba, con su mano firme en mi cintura impidiendo cualquier movimiento. Yo jadeaba contra las sábanas, temblando de pies a cabeza.

—Será mía —sentenció, sin espacio para réplica.

Mis labios se abrieron, pero no salió ni un sí ni una queja, sino un balbuceo quebrado que ni yo esperaba:

—Y yo quiero —la voz me tembló, más por vergüenza que por deseo—. Quiero, señora… pero tengo miedo.

El aire se congeló. Gray no respondió al instante. Sus dedos recorrieron mi piel despacio, ya no con brusquedad, sino con una suavidad que me desconcertó.

—¿Miedo? —preguntó, sin burla.

Apreté los ojos, sintiendo que me ardía por dentro.

—Nunca he hecho esto… —confesé, rota, escondiendo el rostro en la almohada como si quisiera desaparecer.

El silencio me asfixió hasta que ella habló: voz grave y firme, pero más baja, contenida.

—Así que es su primera vez…

Yo temblaba, atrapada entre el miedo y el fuego que me consumía.

Gray se inclinó; su aliento rozó mi oído.

—Escúcheme bien, Nessy: no voy a hacerle daño pero sí voy a enseñarle. Y lo único que debe hacer —sus labios rozaron apenas mi cuello— es obedecer.

Un escalofrío me recorrió entera.

—La cuidaré —agregó—. Yo siempre cuido lo que es mío. ¿Me entiende?

Claro que sí. Si quisiera, me tatuaría «propiedad de Gray» donde ella dijera.

—S-sí, señora… —susurré, casi sin voz.

Sonrió contra mi piel y me dio un beso breve, suave, casi delicado en la nuca: su forma retorcida de premiar mi rendición.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con lentitud, explorándome como si quisiera grabarse cada estremecimiento. Ya no había brusquedad, pero la firmeza seguía ahí: cada roce me recordaba que ella decidía.Gemí bajito y me odié por ese sonido.

—Nessy… míreme.

Obedecí, con el corazón galopando.

—Es su primera vez —no era pregunta, certeza—. Quiero que lo sepa: no me detendré si me dice que sí.

Tragué saliva, aferrada al colchón como si me salvara de un abismo.

—¿Me da su consentimiento? —preguntó con una calma tan solemne que me heló la sangre.

La palabra me atravesó: consentimiento. Incluso en su dominio absoluto, necesitaba saber que yo la elegía.

Mi voz tembló, rota pero segura:

—Sí, señora…

Su sonrisa fue lenta, peligrosa, pero distinta: satisfacción profunda, como si esa entrega valiera más que cualquier orden cumplida.

—Con todo el respeto que merece su primera vez… le mostraré qué significa ser mía, por dentro y por fuera.

Entonces sí me besó: profundo y posesivo, pero sin la brusquedad anterior. Un beso que me envolvía, que me reclamaba con cuidado calculado, como si quisiera quedarse grabado en mí.

Sus manos recorrieron cada rincón con una paciencia que me volvía loca. Ya no eran tirones: caricias firmes, seguras, guiándome paso a paso, haciéndome descubrir sensaciones que no sabía que existían.

Jadeaba, perdida, y cada vez que mi cuerpo se tensaba, Gray se detenía apenas, murmurando contra mi oído:

—Respire. Confíe en mí.

Mordí mi labio, temblando, y asentí.

Sus labios descendieron por mi pecho con una calma desesperante; rozaban apenas mi piel mientras abría mi bata, como si supiera que ese contacto ligero bastaba para enloquecerme. Solté un gemido ahogado, arqueando la espalda instintivamente, buscando más aunque la vergüenza me quemara por desearlo así.

Gray sonrió contra mi piel, esa sonrisa peligrosa que parece leer cada pensamiento oculto.

—Así es… ya empieza a entender que me pertenece.

Su mano se deslizó lenta por mi costado hasta aferrarse con firmeza a mi cadera: posesiva, segura, clavándome al colchón para recordarme que, incluso en la ternura, seguía siendo suya.

El corazón me latía con tanta fuerza que temí que fuera a romperse. Sus ojos grises eran un abismo y yo me lanzaba a él sin ninguna resistencia.

Entonces su mano bajó más, lenta pero segura, explorándome con esa paciencia capaz de arrancarme jadeos cada vez más profundos. Mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente: vergüenza, anhelo, miedo… todo mezclado a la vez.

De pronto, se detuvo justo en el límite, jugando con mi resistencia: me llevaba hacia arriba pero no me dejaba caer. Frustración y fuego me recorrían, haciéndome más consciente de que ya no había vuelta atrás.

Su voz bajó a un murmullo grave, seductor, que me heló la sangre y me encendió a la vez:

—Su primera vez será mía… y quiero que quede claro: después de esto, no existirá nadie más.

Mi respiración era un caos, mi cuerpo una entrega absoluta. Asentí desesperada, apenas capaz de hablar.

—S-sí… señora.

Su sonrisa se dibujó lenta, oscura, con un matiz de triunfo innegable.

—Muy bien, Nessy. Entonces se acabaron las dudas.

Se inclinó para reclamarme la boca otra vez, mientras su cuerpo se acomodaba sobre el mío, envolviéndome por completo. Sus manos me guiaban con una paciencia que dolía, llevándome más allá del miedo, directo hacia ese abismo del que ya no quería salir.

Esa maldita bata, que apenas cubría mi cuerpo, ya estaba abierta; mi desnudez y mi inocencia quedaron totalmente entregadas a ella.

Entonces, con una calma devastadora, me susurró al oído:

—Ahora aprenderá lo que significa ser mía.

Gray descendió con una lentitud peligrosa, dejando un rastro de fuego sobre mi piel. Se me atrapó el aire cuando llegó más abajo: sus labios rozaron ese punto exacto que me hizo arquear la espalda con violencia.

Un gemido se escapó de golpe, involuntario; la vergüenza me golpeó con la misma fuerza que el placer.

—Desvístase para mí —ordenó, voz grave, absoluta.

Mis manos temblaban al acercarse al borde de mi ropa interior. Me moví despacio, demasiado consciente de su mirada fija, de ese silencio expectante que pesaba en el aire.

Pero antes de avanzar, su mano detuvo la mía. Un toque firme, innegable.

Su palma se posó directo en mi centro ya desnudo; el contacto me arrancó un gemido más profundo, imposible de contener.

—Eso fue solo un roce —murmuró contra mi oído, con una amenaza dulce y espesa—. Si se detiene, puedo hacer que lo sienta con mucha más fuerza.

Me quedé sin aire, la piel ardiendo, sin saber si temblaba de miedo o de deseo.

—Termine de desvestirse despacio —repitió, con un tono más suave pero que me atravesó igual—. Relájese. No querrá sentirme dentro antes de que esté completamente húmeda y lista. Yo me encargaré de eso.

Su sonrisa era tan peligrosa como su calma; entendí que no había ninguna salida.

Su mano, firme aún en mi piel, se retiró con lentitud. No de golpe: deslizó la palma un centímetro a la vez, alargando la sensación hasta que el aire frío golpeó mi zona más sensible. Me encogí sin querer; su ausencia se sintió como un vacío punzante.

—¿Lo entendió? —fue un susurro grave que vibró en mi pecho.

No era pregunta: era una orden de asentir.

Apenas moví la cabeza, con la vista clavada en ella.

—Bien.

Se cruzó de brazos: postura de poder y paciencia infinita, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Despacio —repitió, como si hablara con una niña testaruda—. Quiero verlo todo. Si me aburre, buscaré cómo entretenerme.

Mis manos, inmóviles y temblorosas hasta entonces, se movieron de nuevo con una determinación forzada. El último velo cayó; quedé expuesta, vulnerable a su juicio y a su voluntad.

Ella no se movió. Me recorrió de arriba abajo con una aexpresión inescrutable. Esperé, con el corazón golpeándome las costillas, a la siguiente orden.

—Antes de seguir —dijo entonces, voz baja, extrañamente solemne—: ¿desea que continúe?

Esa pregunta me tomó por sorpresa.El nudo entre miedo y determinación se aflojó. No era una orden: era una elección. Y aunque sabía bien lo que implicaba, la sola idea de alejarme me aterraba más que entregarme.

Asentí de nuevo, con más fuerza esta vez, buscando sus ojos con los míos. Quería que lo viera: que, a pesar del temblor, mi deseo coincidía con el suyo.

—Bien.

Por fin su sonrisa llegó también a su mirada: pequeña, victoriosa y fugaz.

Entonces se movió. Se inclinó sobre mí; su aliento cálido rozó mi piel fría y, un instante después, la punta de su lengua se posó justo donde antes había estado su mano.

El contacto fue eléctrico, húmedo, profundo. A diferencia de la presión firme, era una caricia precisa, íntima y directa, que me arrancó un gemido ahogado. Me aferré a sus hombros con tanta fuerza que las uñas se clavaron; mi cuerpo se arqueó solo, buscando más, incapaz de contenerse.

Pero ella no se detuvo. Su lengua me arrancaba jadeos desesperados, recorriendo cada rincón, rozando la entrada, mientras yo me retorcía en las sábanas, dividida entre el vértigo de perder el control y la corriente que me arrastraba sin remedio.

Y entonces pensé de golpe: ¿No tengo que hacer nada? ¿Debería tocarla, corresponderle?

La ansiedad me mordió por dentro; la respiración se me aceleró, ya no solo por placer, sino por pánico a equivocarme.

—Gray —la voz se me quebró—. Y-yo… ¿qué… qué hago?

Levantó apenas la cabeza: labios húmedos, ojos grises clavados en mí con una intensidad que me desarmó. Su sonrisa no fue dulce, sino oscura y peligrosa… como si disfrutara de mi confusión.

—Es muy sencillo —su voz bajó, me besó brevemente solo para separarse y explicar—: Yo puse el comienzo… ahora le toca a usted moverse. Al ritmo que mi boca le marque.

Me quedé helada.

—Ahora —ordenó, sin moverse del sitio; su aliento me quemó antes de volver a tomar posesión.

Obedecí torpemente. Intenté alzar las caderas, pero el movimiento fue rígido, descoordinado: un bamboleo tembloroso, más espasmo que intención, y sentí su decepción como un peso.

Se detuvo de golpe. El silencio del placer fue una agonía.

—Mala alumna —dijo, y la frustración se notó en cada sílaba.

Presionó con ambas manos sobre mi cadera: no para detenerme, sino para guiarme.

Con fuerza tranquila, me mostró el ritmo, la fricción exacta. Me obligó a bajar contra ella, a deslizarme y volver a subir en un vaivén continuo. Una lección física, sin palabras sobrantes.

—Así —susurró, y volvió a su tarea, intensificando su juego al compás del movimiento que ella misma me imponía.

El impacto inicial se disipó cuando Gray retiró las manos de golpe.

—No se detenga… es su turno ahora —dijo, con la voz entrecortada por su propio esfuerzo.

De mi torpeza aprendida surgió algo nuevo: lo que ella me enseñó se fundió con la desesperación del placer que me daba y me negaba a la vez. Mis caderas se movían solas, impulsadas por una necesidad ya no ordenada, sino brutal: la de presionar contra su boca.

Me movía bajo su guía, pero era yo quien marcaba la intensidad. Por primera vez, tenía un rastro de control y fue esa pequeña cuota de poder lo que terminó de doblegarme.

—Bien —murmuró—. Muy bien.

Volvió a mi centro con una precisión devastadora, arrancándome sonidos que ni sabía que podía emitir. Y a cada movimiento, esa obediencia se hizo inevitable, empujándome directo al abismo donde me esperaba lo desconocido.

Gray no esperó más: con un movimiento calculado, me separó más las piernas y se acomodó entre ellas con seguridad absoluta. Se me atrapó el aire; el miedo me atravesaba, pero el deseo me arrastraba más fuerte.

—Tranquila —me envolvió su voz grave, lenta y firme—, voy a guiarla.

Sus manos me sujetaron con fuerza en las caderas; solté un gemido ahogado cuando la presión de su cuerpo contra el mío me confirmó que ya no había vuelta atrás. Mis dedos se clavaron en las sábanas, los nudillos blancos, temblando.

—Respire —ordenó, con los ojos fijos en los míos.

Obedecí, un jadeo tembloroso escapó de mí y entonces ocurrió. El primer roce de sus dedos me arrancó un gemido roto: mezcla de miedo y una sensación nueva que me sacudió entera. No era una caricia, era una entrada; mi cuerpo, virgen a esto, se encendió al instante.

—Eso es —murmuró ella, sin apartar la vista—… sienta cómo la reclamo.

La presión aumentó despacio; no sabía cómo relajarme, cómo soltar la tensión acumulada. Un dolor agudo me hizo arquear la espalda y apretar los dientes: era más profundo de lo que imaginé, y un sollozo me rompió la garganta.

Ella se inclinó al instante, besándome con una calma inesperada, y su mano subió a enredarse en mi cabello.

—Shhh… tranquila, pequeña. Es normal. Su cuerpo se está abriendo para mí.

Las lágrimas me nublaron la vista, pero su boca y su voz me sostuvieron. Poco a poco, el dolor se mezcló con otro calor: profundo, creciente, que me obligó a jadear una y otra vez.

Gray lo notó, su sonrisa peligrosa volvió, y el ritmo, contenido hasta entonces, se hizo implacable: medía cada límite, aguantaba mi colapso.

—Muy bien… ya empieza a rendirse.

Grité fuerte, incapaz de contener la marea. Mis manos buscaron su espalda, se aferraron con desesperación, mis uñas marcaron su piel y ella no las detuvo. El dolor se fundió en fuego voraz que me quemaba por dentro, rehaciéndome cada fibra.

—Así, Nessy —susurró posesiva en mi oído.

Entró de nuevo, más profundo, con más fuerza; mi grito se ahogó contra su boca cuando me besó: un sello sin dudas. El miedo se disolvió en caos abrumador, y mi cuerpo, que antes se resistía, respondió ahora con desesperación salvaje, buscando su roce por instinto.

—No se guarde nada —ordenó, sus labios sobre los míos, aliento cálido y agitado—. Quiero escucharla entregarse del todo.
Y lo hice: cada gemido, cada jadeo, cada temblor salió libre a cada embestida, arrancado por esa mezcla brutal de dominio y precisión.

Me sostuvo más fuerte, sus movimientos más feroces e insistentes, reclamándome hasta que no quedó nada de mi antigua voluntad: solo la certeza absoluta de que estaba siendo marcada, tomada y hecha suya para siempre.

—Mía —susurró con la voz rasposa, frente a la mía, ojos grises clavados—. Así… así se es mía.

No había escapatoria, ni la quería: en cada embestida, Gray no solo me enseñaba… estaba rompiendo mi molde anterior, deshaciendo mi vieja vida pieza a pieza, para construirme de nuevo, solo para ella.

Gray no se detuvo: empujó más hondo el dedo y luego añadió un segundo. El movimiento me arrancó un grito desgarrado que se ahogó contra su boca. El ardor inicial de mi resistencia me hizo temblar, pero ella me sostuvo firme con su peso, anclándome al colchón, obligándome a sentir cada centímetro.

—Así —jadeó, voz grave vibrando en mi piel—… abra más las piernas para mí, Nessy.

Obedecí sin pensar; mis muslos se separaron aún más, rendida aunque mi mente quisiera oponerse. Dolor y placer desconocido se mezclaban. Lo notó y cambió el ángulo: presionó justo en el punto más sensible con la punta.

—Así —repitió en susurro.

Esa presión precisa y cruel me arrancó gemidos cada vez más desesperados. Ya no era solo calor: una corriente eléctrica recorría mis entrañas, haciéndome sentir su posesión en cada empuje.

Me sujetó con fuerza en la cadera hasta que mi resistencia se rompió y los jadeos se volvieron súplicas inconscientes.

—Gray… —la voz se me quebró, más lamento que palabra.

Su sonrisa fue oscura, peligrosa.

—Así me gusta… que me llame cuando la desarmo.

Aceleró; su cuerpo golpeaba contra el mío, cada embestida hundiéndome más en el colchón. Mis uñas se clavaron más en su espalda; la garganta se me abría en sonidos que ya no podía controlar.

El dolor había desaparecido: quedaba un fuego salvaje consumiéndome por dentro. A cada entrada, temblaba entera, tensaba las piernas y la voz se me hacía ronca.

—Escúcheme bien, Ness —murmuró entre jadeos, sin frenar—: esta es su primera vez y será la única que recuerde. Nadie más la tocará. Nadie más la hará gritar como yo.

—S-sí señora —respondí en un sollozo cargado de deseo, totalmente vencida.

Tomó mis muñecas, las levantó sobre mi cabeza y las inmovilizó con una sola mano; con la otra guió el ritmo para que recibiera cada movimiento sin escape. Un sonido húmedo, presente hasta en los huesos.

—Muy bien. Sienta todo.

El mundo se redujo a su cuerpo dentro del mío, a sus mordidas en el cuello, a su voz llenándome de promesas. El placer creció tan rápido que me arrancó un grito ahogado; me arqueé bajo ella, sintiendo que me rompía.

—Eso es… ríndase —jadeó, acelerando sin piedad—. Quiero verla deshacerse para mí.

El clímax llegó brutal: me arqueé sin control, el grito rasgó mi garganta, y en medio del torbellino un pánico extraño me invadió. No entendía: el calor, los temblores, la fuerza que me reventaba por dentro… era demasiado. Mis uñas se clavaron en sus hombros, los ojos abiertos, asustada de golpe.

—Gray, no… no puedo —jadeé, entre el éxtasis y el terror.

Lo percibió al instante. Suavizó la fuerza, bajó un poco su peso para cubrirme sin aplastarme y llevó sus labios a mi oído.

—Shhh… tranquila, pequeña —susurró grave, con una ternura inesperada—. Lo que siente es normal: es su cuerpo entregándose.

Yo sollozaba, confundida por la magnitud. El placer me asustaba, como si me desbordara. Pero el pánico subió de nivel al sentir tanta humedad: empujé débilmente sus hombros, desesperada.

—¡No, espere! —grité con la voz rota—. Me… me mojé. La cama… es suya…

La vergüenza me atravesó; quise taparme la cara, esconderme y desaparecer. Era un miedo irracional pero me desbordaba.

Ella atrapó mis muñecas al instante, firmes contra el colchón para impedir que huyera de su mirada. Se acercó tanto que sentí su aliento.

—Míreme, Nessy —su voz cortó mi crisis en seco.

Temblaba, con lágrimas en los ojos, incapaz de levantar la vista, pero ella insistió con suavidad firme.

—No es un error. No está mal. Lo que pasó… es suyo… y mío.

—Pero lo ensucié todo —susurré, queriendo apartar el rostro.

Soltó una risa baja, oscura, que me heló y me calmó a la vez.

—No ensució nada: se entregó. Y eso es exactamente lo que quería —hizo una pausa, sonrió con malicia suave—. Si la acompleja tanto, la próxima vez me lo tragaré yo.

Me besó despacio pero con firmeza, sellando su verdad, y bajó el tono contra mi oído:

—¿Sabe lo que significa? Que ya no hay vuelta atrás.

Su primera vez quedó marcada aquí: en mi cama, en mí.

Un escalofrío me recorrió. La vergüenza seguía ahí, pero su seguridad, su orgullo por mi reacción, deshicieron el miedo poco a poco.

Me soltó las muñecas y pasó su mano a mi rostro, limpiando mis lágrimas con el pulgar.

—No vuelva a disculparse por obedecer a su cuerpo. Porque cada respuesta suya me pertenece.

Solté un sollozo entrecortado, más de alivio que de miedo, y me hundí contra su cuerpo, temblando todavía. Gray me sostuvo con fuerza, como si me anclara a la tierra; por primera vez entendí que incluso mi confusión le gustaba.

Aún jadeaba cuando me obligó a recostarme del todo. Intenté cubrirme, muerta de vergüenza por el desastre que había dejado, pero ella no me lo permitió.

—Tranquila —murmuró, casi divertida, al incorporarse un poco.

La vi alejarse un instante y el pánico me golpeó: creí que me dejaría sola. Mi pecho se contrajo, pero volvió enseguida, con una toalla y una seguridad absoluta en el gesto.

—Abra las piernas —su tono no admitía rechazo.

—P-pero… —balbuceé, ardiendo de pudor.

—Nessy… —me clavó la mirada, y ese nombre bastó para obedecer.

Con una calma que contrastaba con la tormenta aún en mi piel, comenzó a limpiarme. Sus movimientos eran firmes, cuidadosos; cerré los ojos, sintiéndome una niña indefensa, incapaz de nada más que dejarme hacer.

Al terminar, extendió otra toalla seca sobre el colchón y me acomodó allí con una delicadeza inesperada. Sus manos me guiaron como si fuera de porcelana; cuando estuve lista, me cubrió con la manta.

Me apartó el cabello húmedo de la frente y su voz bajó a un susurro que me erizó la piel:

—Así está bien. Ya pasó.

La miré, agotada, con los ojos brillantes de lágrimas y sudor.

—No pensé que me cuidaría después… —confesé apenas.

Una media sonrisa se dibujó en sus labios: de esas que no saben si tranquilizar o encadenar más.

—Claro que sí. Si es mía, debo cuidar lo que me pertenece.

Me besó la frente con una ternura que me desarmó por completo, luego me atrajo contra su pecho para que me acurrucara. Sus brazos me rodearon con fuerza, y el ritmo pausado de su respiración comenzó a arrullarme.

—Duerma, Nessy —su orden fue una promesa—. Aquí está segura, conmigo.

Y yo, vencida, cerré los ojos. Me dejé llevar por el sueño en su abrazo, con la certeza dulce y aterradora de que, aunque todo esto me asustara, ya no tenía ninguna salida.

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Saturno25
saturnito
16 days ago

Gray dejando la vara en alto🔥

Bluebell_145
12 days ago
Reply to  saturnito

El estándar 👑

Mar luna
14 days ago

Dios gray 🔥

Bluebell_145
12 days ago
Reply to  Mar luna

✨🏳️‍🌈🫦

Amigops21
10 days ago

Diablos señorita❤️‍🔥🔥

Vero
4 days ago

Gray es el bendito estándar, no tengo dudas de ello