El hecho de que se asustara tanto por haber mojado la cama es de una ternura que me desarma. ¿Cómo puede ser tan dulce, incluso en un momento así?
Sigue temblando levemente contra mi pecho, un resto de pánico que contrasta ya con su respiración profunda y tranquila. Su pierna se ancló sobre la mía; la sentí acurrucarse más, buscando el hueco perfecto. Acaricié la curva de su muslo, despacio, para recordarle que todo está bien.
Se siente distinto cuando el fin del sexo no es anestesiarme. Ella es como dopamina, sí, pero es mucho más: es alguien que realmente se esfuerza por hacerme feliz sin obligación. Y esa, al final, es la verdadera ternura.
Pasó la noche entera en mis brazos. Por la mañana, no me atreví a despertarla; sé que se levantaría de inmediato a arreglarlo todo. Al menos hoy, que se dé el lujo de despertar tarde. Trabaja con una obsesión que me desespera, como si la deuda del mundo fuera solo suya.
Mientras la criatura dormía, me deslicé fuera de la cama y fui al baño.
—Dios mío… —susurré al verme al espejo, siguiendo las marcas rojas en mis hombros.También pensé en las que lleva mi espalda.
Encendí el móvil y hablé con Daniel. Me puso al tanto del caso de Gerardo: ese hijo de perra tenía beneficio de «casa por cárcel». Es ridículo este país: los ves pasear con el grillete en el tobillo y nadie hace nada. La rabia me subió de golpe.
Las declaraciones de su abogado me daban ganas de estallar. Mi mente gritaba: «Sí, claro, triple hijueputa. Como si yo hubiera nacido ayer, malparido». Pero si no quiero que me aparten del caso, tengo que saber canalizar esa furia. La traduje a la jerga: «El planteamiento puede coincidir con la apariencia, pero carece de respaldo probatorio y, por tanto, de relevancia procesal». Es decir, lo mismo, pero con la elegancia necesaria.
Justo tenía pendiente hablar con Daniel sobre cómo proceder contra ese maldito.
Un rato después, la criatura despertó, se bañó y, como era de esperarse, se puso al frente del desayuno.
—Gray, ¿ya desayunó algo? —preguntó, con esa mirada suya de cuidado exagerado.
—Sí, ya tomé café —respondí con calma.
Me sostuvo la mirada: juicio puro.
—Eso no es un desayuno —reprochó.
—Es mi desayuno —insistí.
—No, no lo es —replicó, con un brillo desafiante en los ojos—. Voy a traerle algo —agregó, con una calma que roza lo mandona, y se marchó a la cocina.
¿Cómo se atrevía a decidir si vivo o no a base de cafeína? Pero bueno, un bocado no me vendrá mal.
Antes de que regresara, escuché el portón. Era Daniel; ya me había avisado. Como siempre, entró sin llamar.
—¡Gray! —gritó apenas cruzó—. Estaba pensando: hagamos un almuerzo entre primos. Yo pongo los fósforos.
Siempre con sus chistes, aunque en realidad veníamos a tratar algo serio: traer a la abuela aquí. Con Gerardo suelto, dejarla sola no era opción.
—Llama a Zafiro, a su amiguita nueva y, por último pero no menos importante, a Mafe —dijo, dejándose caer en el sofá como si fuera su casa—. No es buena idea reunir a tres Gutiérrez bajo el mismo techo sin supervisión profesional.
Lo miré, sintiendo cómo me subía la irritación.
—Creí que venías a hablar de algo más importante —dije, cruzándome de brazos.
—Claro que sí —respondió imperturbable—. Pero dame el sí al almuerzo y te lo cuento… si no, no.
—¿Pones un almuerzo como condición para algo que suena a vida o muerte? —arqueé una ceja.
—No comer es de vida o muerte, blanco y negro —replicó tan tranquilo como siempre.
Rodé los ojos y puse las manos en la cintura.
—Está bien, idiota —cedí—. Hagamos el almuerzo.
Sus ojos bajaron hacia mi blusa, o mejor dicho, hacia lo que esta no cubría.
—¿Fue una noche de pasión o más bien un exorcismo? —preguntó con una sonrisa amplia—. Deberías pedirles que se corten las uñas antes.
—Me gusta que me marquen —respondí, dejando clara mi exasperación.
—¿Y quién fue la afortunada? —alzó las cejas, divertido.
—Mafe —dije solo por joder.
Su sonrisa se borró al instante. Entrecerró los ojos, buscando la broma en mi postura firme y los brazos cruzados. El juego dejó de gustarle.
—¿Hablamos de lo serio o no? —preguntó, molesto.
—Eso estaba esperando —sonreí.
Se puso de pie con calma.
—¿Julia habló contigo?
Solo escuchar ese nombre me encendió la sangre. Maldición, ¿por qué Julia?
—Tranquila —continuó—. Solo hablo de su vínculo con Gerardo. Incluso podría ayudarnos.
—¿Siendo carnada? —solté, irritada.
—Carnada para nosotros o para él, que quiere usarla en tu contra —aclaró—. Sabe que es ingenua y, además, que le tiene miedo.
Hubo un silencio pesado.
—Lo aceptes o no, esa mujer ya te arruinó la vida una vez.
—Porque yo era inmadura e ingenua —repliqué.
—Y ella tenía miedo —insistió él—. Ahora vuelve a tenerlo, Gray. Y todos sabemos de lo que es capaz cuando se siente acorralada.
—Bien, ¿a dónde quieres llegar? —corté, impaciente.
Daniel suspiró.
—A esto: si para ti es imposible creer que Julia esté de nuestro lado, entonces estará del de Gerardo. No por dinero, por pánico.
—¿Crees que se aliaría con él? —dudé—. Siempre huyó de ese tipo.
—Esta vez no tiene escapatoria —hizo una pausa—. No pudo hablar contigo, así que buscó la forma de hablar conmigo.
Lo observé atenta.
—¿Qué te dijo?
Bajó la voz.
—Que Gerardo la amenazó con sus hijos, especialmente con la mayor.
Ahí estaba: su punto débil, el origen de todos sus errores y crueldades pasadas.
—¿Qué exactamente? —presioné.
—En resumen: que su hija sufriría más de lo que sufrió ella. Que no es la primera vez que tortura, mata y hace desaparecer a una mujer —contenió su ira al decirlo—. Al parecer Julia tiene problemas con sus hijos; una se le escapó de las manos y teme que él la encuentre primero.
Iba a responder cuando un estruendo seco nos cortó la palabra: platos estrellándose contra el suelo.
Era Nessy.
Pero lo extraño fue que no se agachó de inmediato a recogerlos, como yo esperaba.
—¿Ness? ¿Estás bien? —pregunté.
En ese momento creí que solo había sido un descuido. No sabía que la mujer a la que Gerardo amenazaba con torturar, matar y borrar… era ella.
No lo sabía.
Y entre todos estos secretos, tardaría mucho en comprender el peso mortal de esas palabras.
Wow