nessy

Gray se acercó apenas unos pasos después de que los platos se me cayeran de las manos. Solo entonces reaccioné, agachándome con torpeza para recoger los pedazos.

—¿Ness, está bien? —preguntó con calma, aunque su tono dejaba ver una ligera preocupación.

—Sí —respondí rápido—, solo se me resbalaron.

No parecía creerme del todo.

—¿Está segura? —insistió, inclinando un poco la cabeza.

—Sí —repetí, esta vez con más firmeza de la que esperaba—. De verdad, solo se me resbalaron.

Me puse de pie apresurada, buscando cualquier excusa para escapar de su mirada.

—Iré por algo para limpiar esto —dije, dándome la vuelta.

Pero Gray me sujetó del brazo antes de que pudiera dar un paso. Su toque fue suave, aunque imposible de ignorar.

—Creo que está cansada —murmuró—. Vaya a su habitación y descanse.

Negué enseguida.

—No estoy cansada, ni sueño tengo.

Dormí de maravilla entre sus brazos.

Su mirada se clavó en la mía durante unos segundos que parecieron eternos.

—Entonces, deme una explicación coherente para eso —dijo, señalando el desastre en el suelo.

—Ya le dije que se me resbalaron.

—Síntoma clásico de cansancio —aseguró, con esa serenidad suya que siempre me desarmaba.Estaba a punto de replicar cuando, sin previo aviso, sentí sus manos en mi cintura. En un solo movimiento me levantó como si no pesara nada. Mis piernas, casi por reflejo, se enredaron alrededor de su cuerpo.

Está bien, tal vez podía considerar la posibilidad de estar un poco cansada si eso significaba que me llevaría así hasta la habitación.

Toda mi terquedad se desvaneció mientras la miraba desde esa posición. Y aunque no lo dijera, estar entre sus brazos era un descanso en sí mismo.

Gray me depositó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la fuerza con la que me había levantado. Lo hizo igual que aquella otra vez, como si temiera que pudiera romperme.

—Nessy, descanse —dijo al cerrar la puerta—. Y tómelo como una orden.

La puerta se cerró detrás de ella y me quedé allí, mirando el techo, sonriendo apenas.
Pero volvió en cuestión de segundos.

—¿Por qué no pasa un rato con su familia? —preguntó desde el umbral.

Mi familia.

Ese tema… no podía mentirle, pero tampoco podía decirle toda la verdad. No después de lo que había escuchado.

Tenía que dejar claro que no tenía ningún vínculo con Julia.

—Con mi hermano todo bien —respondí con calma—, pero está en un club deportivo que le consume todo el tiempo y casi no lo veo. Y con mi mamá Rosario no tenemos una buena relación.

Ella me observó con una expresión extraña, como si la simple idea de que yo pudiera ser cercana a mi madre le resultara impensable.

—Está bien —murmuró finalmente, encogiéndose de hombros.

Esta vez sí cerró la puerta, dejándome sola otra vez, atrapada entre mis pensamientos y esa sensación constante de que nada en mi vida está del todo bien.

Pero de pronto, sin previo aviso, me eché a llorar. Todo vino a la mente al mismo tiempo: Gerardo, ese hombre que quería usar a mi madre; que tenía algo contra Gray y Daniel y que, para completar, también quería matarme.

¿Por qué a mí?

El odio que Gray mostraba hacia mi madre también me removió algo muy hondo. Dios, ¿de verdad hay algo entre ella y yo que nos impida estar bien?

No podía controlar el llanto. Sentía esa corazonada punzante, esa sensación de que algo, en cualquier momento, iba a romperse en mil pedazos.

Pasó al menos media hora antes de que alguien tocara la puerta. El golpe me sobresaltó y, con torpeza, me limpié las lágrimas con la manga.

—¿Quién es? —pregunté, intentando que mi voz no sonara temblorosa.

—Soy yo, Ness —respondió la voz desde el otro lado.

Era Sol, mi mejor amiga.

Abrí la puerta enseguida y, en cuanto la vi, la abracé con fuerza. No la quería soltar.

Sin dejar de abrazarla, la hice pasar.

—Qué gusto verte, Sol —dije con una sonrisa entre temblorosa y dulce.

Pero era obvio que notaría que había estado llorando. Aun así, intenté cambiar de tema.

Ella había empezado a usar camisas de manga larga. Sabía que lo hacía para esconder las cicatrices que le había dejado Lincy.

—¿No te ha vuelto a molestar? —le pregunté con cuidado.

—A mí no, Ness —respondió tranquila—. Pero creo que la vi en la universidad. Y estoy casi segura de que está allí por ti, no por mí.

Perfecto, justo lo que necesitaba: otra sombra acechando. Nada más faltaba que se hiciera amiga de Sofía.

Con lo que son las dos, seguro terminarían confabuladas.

—Ness… —Sol me sacó de mis pensamientos—… ¿estabas llorando?

No me dio tiempo ni de negarlo.

—¿Por qué? —insistió.

Suspiré y me dejé caer pesadamente sobre la cama. Era mi mejor amiga, la única con la que podía bajar la guardia.

—Sol, de verdad quiero muchísimo a Gray —confesé, con la voz quebrada—. La quiero demasiado y desearía que me amara igual que yo a ella.

—¿Y qué te detiene? —preguntó con suavidad.

—Gray odia a mi madre —dije, y noté cómo se me quebraba el tono—. Siento que si llega a saber quién es ella, jamás podría verme con otros ojos. Tengo miedo, Sol. Miedo de que haya algo real que nos impida estar juntas.

Sol me miró en silencio unos segundos y luego habló con esa calma suya que a veces dolía.

—Ness… lo difícil aquí no es solo lo que sientes, sino todo lo que se está ocultando. A ella y a tu madre. Si realmente hay algo que las separa, es mejor que salga a la luz antes de que todo esto se salga de control.

Tenía razón, y eso era lo peor: que tenía razón.

—Debes decir la verdad —insistió.

Negué despacio.

—No puedo todavía.

Quise seguir hablando, desahogándome más, pero la puerta se abrió de pronto.

Apareció Zafiro, con su sonrisa de siempre.

—Chicas —anunció alegremente—, vamos a almorzar en el jardín.

Alguien debía ayudar a Zafiro y a Gray con la comida, porque claramente ninguna de las dos tenía ni idea de lo que hacía.
Por suerte, Daniel sí sabía cocinar, y muy bien.

Cuando llegamos al jardín, él ya estaba allí, ayudando con todo. Pero su atención duró poco hasta que el portón se abrió y apareció ella.

Mafe.

Daniel no apartaba la mirada de ella. Parecía fascinado con la serenidad con la que se movía, aunque él mismo fuera un completo desastre. Bastaba observar cómo la miraba mientras almorzábamos: esa mezcla entre admiración y torpeza que delata a cualquiera.

—¿Quién cocinó? —preguntó Mafe de repente, rompiendo el silencio.

—Yo —respondió Daniel con una sonrisa orgullosa.

Mafe lo observó un segundo, claramente dudando. Sabía que las primas Gutiérrez eran incapaces de hervir agua sin hacer un desastre, así que le resultaba curioso que él sí supiera.

—El hombre que está aquí —continuó Daniel con tono teatral—. Un excelente partido… y con el que te vas a casar.

El ego de los Gutiérrez, sin igual.

Mafe apenas sonrió, con esa calma suya que siempre esconde algo más. Pero su mirada, su atención real, estaba puesta en mí. Sabía que buscaría el momento para hablar conmigo a solas.

Y lo encontró.

Se acercó en silencio, mientras los demás seguían distraídos entre risas y comida.

—Ness —susurró, apenas audible—, ya no puedo seguir mintiéndole ni a Gray ni a tu madre.

Dios mío.

—Me siento terriblemente mal —continuó, con voz quebrada—. No quiero ser la mentirosa de esta historia. Si Gray descubre que le he ocultado algo, todo va a terminar mal, no me lo va a perdonar.

Guardé silencio y bajé la mirada, intentando que el miedo no se me notara en la cara.

—Tu madre y Gray se odian —insistió Mafe—. Y tú estás justo en medio sin saberlo todo. No está bien que sigas así.

Traté de contener las lágrimas, pero no lo logré del todo. Levanté la mirada y la sostuve.

—Dame una semana, Mafe —dije al fin, con la voz firme—. Lo averiguaré. Si descubro que hay algo que realmente nos separa, me alejaré de Gray. Y si no logro saber qué es, si todo esto me supera, también me iré.

Fácil de decir, difícil de cumplir: si existe algo que nos impida estar juntas, me alejo. Y si el peso de los secretos me vence, también me aparto.

Porque hay algo más aterrador que cualquier secreto o traición aquí: el miedo.

El miedo de que Gray me odie cuando sepa la verdad. Y el miedo, más profundo aún, de que una vez que sepa, pueda hacerme daño.

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Vero
3 days ago

Wow