Gray

Mientras la criatura hablaba con Mafe, yo estaba junto a Daniel, que no dejaba de observar… no a Mafe, sino a Ness.

—¿Qué miras tanto? —le solté, dándole un codazo en las costillas.

Se llevó la mano de inmediato justo donde lo había golpeado.

—Nada, solo —hizo una pausa, ladeando la cabeza—… ¿no te parece que tu empleada tiene un aire a Julia?

Me quedé en silencio unos segundos. No, eso no podía ser posible.

—Lo mismo pensé —admití al fin—. Pero la madre de Nessy se llama Rosario.

Y había más.

—Además, se apellida Sandoval. No tiene por ningún lado el apellido del esposo de Julia —añadí—. Y Mafe…

Centré la mirada en la psicóloga, que permanecía tranquila.

—Mafe las conoce a ambas y negó cualquier relación entre ellas —concluí, con la confianza que solo se tiene hacia alguien de toda la vida—. Y Mafe no mentiría.

Mucho menos a mí.

Daniel se encogió de hombros y todo volvió a la aparente normalidad. La tarde siguió tranquila hasta que Mafe se levantó para despedirse.

—Tengo que irme. Tengo una charla de seguridad para niños —dijo con su típica serenidad.

—¿Seguridad? —repetí con una sonrisa burlona—. Un fiscal podría serte de gran ayuda.

Mafe se giró, arqueando una ceja en mi dirección. Luego sonrió, como si la idea no fuera tan mala después de todo.

—Aunque yo no puedo acompañarte —añadí con calma—, te prestaré a mi primo.

Daniel me miró sorprendido.

—¿Y soy bueno al menos? —preguntó, divertido.

—Buenísimo —respondí con una sonrisa maliciosa—. Así que, Daniel, acompaña a la psicóloga a dar su charla.

Mafe suspiró; sabía que no se lo quitaría de encima. Y yo, francamente, no pensaba dejarla escapar tan fácil.

Después de todo, ella me hizo rodar por una colina con un disfraz ridículo mientras una manada de niños me perseguía. Lo mínimo que merecía era lidiar un rato con el coqueteo incesante de mi primo.

Me acerqué lo suficiente para susurrarle:

—Es bueno con los niños y terco cuando decide no salir de tu camino —dije con una sonrisa—. Recuerda que casi te atropella.

Mafe entrecerró los ojos.

—Además —añadí con tono inocente—, es un potencial paciente.

Soltó otro suspiro.

—Está bien —dijo finalmente—. Por cierto, es como una versión masculina de ti.

—Exactamente —respondí con orgullo.

Mafe se dio la vuelta una vez más antes de marcharse.

—¡Vamos, fiscal! —gritó al alejarse.

La observé irse con una sonrisa divertida. Harían una buena pareja: una mujer serena y equilibrada junto a un desequilibrado encantador.

Aunque, pensándolo bien… tal vez ella terminaría siendo su freno. O quizás, solo quizás, él logrará sacarla un poco de su calma eterna.

Todo pareció quedar en calma y durante los días siguientes no pasó nada fuera de lo común.

Finalmente llegó el primer día de clases de gastronomía de la criatura, y precisamente por eso se negó a ir a una fiesta con Zafiro y Sol.

Yo tenía mis pendientes como fiscal, así que me iría mientras ella se quedaba en casa. Total, ya no le daba miedo que un espíritu saliera de la pared y le jalara los pies.

Antes de salir, la vi en la sala, completamente concentrada en un cuaderno.

—Hasta luego, señora —dijo, con una formalidad que me heló el gesto.

Nessy había estado rara: callada, distante. Más reservada, como si de repente hubiera vuelto a ser solo mi empleada.
¿Y me molesta? Claro que me molesta.

Pasar de despertar abrazada a ella a que me hable con tanta cortesía impersonal me jode. Me molesta no tener su atención, no saber qué le pasa y me molesta aún más pensar que eso se deba a alguien más.

Me di la vuelta para irme, pero entonces ella me llamó y me detuvo en seco.

—¿Le gusta? —preguntó, mostrándome el cuaderno.

Curioso. A pesar de mantener distancia, se había esmerado en el dibujo que le pedí… uno jodidamente explícito.

Me encantó. Aunque no estaba terminado, me fascinaba lo detallado que era: había grabado cada línea, cada sombra y cada maldito detalle en su mente.

Solo con mirarlo, lo reviví todo.

—Qué obediente, Ness —murmuré con una sonrisa—. Pero creo que le faltan detalles.

Ella bajó la mirada al dibujo, con el ceño apenas fruncido.

—Le diré cuáles —añadí, ensanchando la sonrisa.

Si algo la estaba empujando a alejarse, lo voy a mandar al carajo.

Sin darle tiempo a reaccionar, la tomé de la blusa y la atraje hacia mí. Le robé un beso: directo, sin aviso, como advertencia y reclamo a la vez. Mi mano se deslizó a su cintura, asegurándome de que ese distanciamiento se fuera al diablo.

Pero no se resistió. Al contrario, me siguió el ritmo con una necesidad que llevaba días conteniendo.

Y eso me bastó. Si hay algo que la hace querer mantenerse lejos, también parece que le importa un carajo.

Mordí su labio inferior antes de soltarla, dejándola con la respiración entrecortada.

—Aprende bien —murmuré con calma, soltándola.

Se quedó quieta un instante, con una sonrisa apenas curvada en los labios y el cuaderno apretado contra el pecho.

Me despedí así, con esa sonrisa suya que me jode más de lo que admito.

Sigue siendo una ternura que, igual que el maldito peluche, me gusta más de lo que quisiera aceptar.

Fui directo a ver a Daniel; había un asunto urgente que tratar. No hacía falta explicarlo: ya sabía a qué iba.

—Estará listo, Gray —dijo con tono neutro, aunque su sonrisa no dejó lugar a dudas—. Hagamos lo que sabemos.

Matar.

Tomar la justicia por mano propia no suele caer bien en los círculos correctos, pero me importa un bledo. Si eres violador o maltratador, me encargo de que termines en la cárcel o en otro lugar del que no se vuelve.

Y lo confieso: la segunda opción me reconforta.

—Lo preparamos todo —dije, volviendo al expediente—. Pero antes… ¿cómo te fue con Mafe en la charla de seguridad?

Sonreí. Era la pregunta necesaria, la cuota de normalidad antes de entrar en los detalles del plan.

—¿Qué tal? —insistí, curiosa.

Se recostó en la silla con esa arrogancia relajada que le sale tan natural.

—Los niños me preguntaron si era su esposo —respondió, satisfecho.

Arqueé una ceja.

—¿Eso lo tomas como triunfo?

—Por supuesto —replicó—. Hasta los niños saben que haríamos buena pareja.

Tenía un punto.

Seguimos revisando el caso horas enteras: mapas, testimonios, tiempos, nombres. Aun así, una idea me tiraba de la manga: la criatura tenía su primera clase de gastronomía y no podía quedarme sin saber cómo le iba.

Porque no tiene a nadie que la apoye y alguien tiene que estar ahí.

—Vuelvo en un rato —anuncié poniéndome la chaqueta—. Necesito ver cómo le va a mi futura chef.

—Vete, pero no te tardes —dijo Daniel sin apartar la vista de los papeles.

Asentí y salí.

Había algo más importante que asesinatos legales por un momento.

Llegué a la universidad con una actitud sobreprotectora mezclada con la de una fiscal que se cree dueña de su empleada.

No quería decirlo en voz alta, pero sí: iba a espiar.

—Salón de gastronomía —murmuré, revisando puerta por puerta como si estuviera en mi propia casa.

Tras caminar por tres edificios, dos pasillos idénticos y casi entrar por error a una sala de profesores, por fin la vi.

Allí estaba Nessy: sonriente, con el cabello recogido y esa concentración de quien hace lo que realmente ama.

Y junto a ella, una profesora. Demasiado cerca.

¿No debería estar frente al grupo? ¿Qué hace pegada así?

La tipa le hablaba bajito, con esa vocecita de «soy tan dulce y didáctica», mientras le tomaba la mano para mostrarle yo no sé qué procedimiento porque no entiendo una mierda de cocina.

Hasta ahí todo bien. Profesional, ¿no?

Hasta que la escuché decir:

—Tiene unas manos muy bonitas para esto, ¿no le parece?

¿Perdón? ¿Qué dijo?

No sé si me tensé primero los hombros o la mandíbula, pero de pronto me descubrí apretando los puños como si fueran a estallar.

«Manos muy bonitas», se repitió en mi cabeza como un eco maldito.

Claro. Seguro se lo dice a todos los alumnos de este maldito salón.

Pero entonces la profesora le sonrió. Y Nessy, la condenada criatura, le devolvió la sonrisa.

Ya está.

Oficialmente me odio a mí misma, porque no puedo entrar a reclamar sin parecer una celosa desquiciada.

Y no estoy celosa, solo me parece inapropiado ese tipo de contacto.

Intenté respirar hondo, pero lo único que respiré fue molestia y ego herido. Así que giré sobre mis talones con toda la dignidad que me quedaba —que era poca— y salí fingiendo que no me importaba.

Solo que caminaba tan rápido que casi atropello a un estudiante en el pasillo. Y mi cara debía ser un poema, porque el guardia me dijo:

—¿Todo bien, licenciada?

—Perfectamente —gruñí, abriendo la puerta del auto como si me debiera algo.

La cerré de un golpe. El portazo retumbó como si hubiera declarado la tercera guerra mundial.

Me quedé un segundo mirando por el parabrisas.

Sí, Gray, tranquila. Solo es una profesora amable…

Una profesora amable con ojos bonitos, voz suave y aparentemente encantada con las manos de MI criatura.

Porque es mía.

Encendí el auto con tanta fuerza que casi arranco el volante.

—«Unas manos muy bonitas» —repetí con sarcasmo—. Sí, claro, maldita perra.

Aceleré y salí del estacionamiento con elegancia y furia. Casi como una mujer celosa.

¿Celosa yo? Jamás.

Solo detesto a las profesoras metiches. Eso es todo.

Cuando regresé al despacho, bastó con que Daniel me viera la cara para saber que algo no andaba bien.

—¿Qué tienes? —preguntó abriendo el cajón donde guardaba a Dieguito, su ridículo puerquito antiestrés.

Me detuve frente a su escritorio, con los brazos cruzados y la respiración agitada como si hubiera venido corriendo desde el otro lado de la ciudad.

—Casi atropello a un maldito peatón —dije entre dientes—. Y la grúa se llevó mi auto porque, aparentemente, yo soy la culpable del «incidente».

Daniel arqueó una ceja.

—Las malas lenguas dicen que subiste dos llantas al andén.

—¡Quería subir las cuatro! —repliqué sin un gramo de arrepentimiento.

Soltó una carcajada y me estiró el puerquito.

—Gray, no mientas. Te vi llegar, el auto no se lo llevaron. ¿Qué te pasa de verdad?

Suspiré fuerte y dejé caer al puerquito sin suavidad alguna. Me incliné sobre el escritorio, apoyando las manos con fuerza mientras lo miraba a los ojos.

—En una situación hipotética —empecé, con voz contenida pero con la vena de la sien latiéndome—, ¿crees que está bien que una profesora esté casi encima de una alumna para explicarle algo, cuando claramente podría hacerlo desde el maldito pizarrón?

Daniel parpadeó, confundido.

—¿Qué?

—¡Respóndeme! —insistí—. ¿El pizarrón es de adorno o qué? ¿Para qué sirve?

Me observó en silencio, con el ceño fruncido y una mezcla de miedo y diversión.

—Gray… ¿esto es por tu empleada, cierto? ¿Fuiste a su universidad?

Me enderecé de golpe.

—¡No! —respondí rápida—. ¿Por qué siempre asumes que tiene que ver con ella?

Se recostó en su silla y suspiró.

—Porque estás roja, estás furiosa y porque cada vez que dices «en una situación hipotética», en realidad estás hablando de ti.

—¡Por supuesto que no! —exclamé indignada—. Solo hablo de límites profesionales. Esa mujer estaba demasiado cerca. Literalmente encima. ¡Eso no es enseñar, eso es acoso!

—¿Acoso? —repitió Daniel, conteniendo la risa.

—¡Sí! —grité—. Tenía la mano puesta sobre la suya, encima, y todavía le suelta: «qué manos tan bonitas tienes». ¿Qué clase de comentario académico es ese, dime?

Daniel intentó mantener la compostura, pero no lo logró.

—Gray, suena muchísimo a que estás celosa de la profesora de tu empleada.

—¿Celosa yo? —reí sin nada de gracia—. Por favor.

—Claro —asintió él con falsa seriedad—. No estás celosa, solo estás indignada porque la profesora usó la técnica equivocada para enseñar.

—Exacto —respondí con firmeza—. ¡Y además le sonreía! ¿Qué clase de profesional hace eso? ¿Intentaba distraerla?

—Definitivamente no estás celosa —concluyó Daniel.

—¡No lo estoy! —insistí—. Solo creo que la universidad debería revisar sus protocolos.

Me observó unos segundos y luego apoyó la cabeza en una mano.

—¿Y qué hiciste después de ver «la situación hipotética»?

—Nada, me fui. Bueno, más o menos. Tal vez azoté un poco la puerta del auto.

—¿Un poco?

—Bueno, se rompió el vidrio, pero eso fue culpa del diseño del carro, no mía.

Daniel suspiró con fuerza.

—Gray, Nessy está tomando una clase y su profesora la está guiando.

—Tú no lo entiendes —dije, empezando a pasearme por la oficina—. Esa mujer la miraba como si fuera un postre. Y Ness estaba ahí, toda concentrada sobre la masa, toda inocente, sin darse cuenta de que la otra le coqueteaba descaradamente.
Daniel se masajeó las sienes.

—Ajá y tú solo fuiste a «observar», ¿cierto?

—¡Sí! Y me fui, muy civilizadamente.

—Claro. Civilizadamente, con intento de homicidio vehicular y un portazo que se oyó hasta la otra cuadra.

—¡Ya te dije que no fue por eso! —repliqué cruzándome de brazos—. Fue por… por la injusticia. Por los límites éticos, por la educación moderna…

Suspiró hondo.

—¿Ya terminaste? —preguntó, agotado.

Asentí con firmeza.

—Sí.

Pasaron tres segundos de silencio.

—Pero es que de verdad —volví a decir—, ¿quién demonios le dice a una alumna que tiene manos bonitas? ¿Estamos locos o qué?

Daniel se hundió la cara entre las manos.

—Dios mío, esto va para largo.

Y sí, fue largo. Cuarenta y siete minutos de «principios éticos», «distancia profesional», «miradas sospechosas» y «gestos inapropiados».

Hasta que, cuando creyó que ya me había calmado, tomé aire de nuevo.

—Y además —continué, fulminando el aire con la mirada—, ¿desde cuándo las profesoras usan blusas con escote en clases de gastronomía? ¿Eso no es antihigiénico?

Daniel alzó las manos en señal de rendición.

—Perfecto, Gray. Enviaré una carta al ministerio pero por favor, cállate.

Suspiré y traté de relajarme. Ni siquiera entiendo por qué estoy tan alterada… es solo una profesora, y Nessy y yo no somos nada.

Nada.

Dos personas que respiran el mismo aire. Eso es todo. No tiene por qué importarme.

Suspiré otra vez, más fuerte, intentando convencerme. Fue entonces cuando sonó mi celular.

Número desconocido.

Genial, lo único que faltaba. Seguramente un call center ofreciéndome un plan que no necesito, justo cuando estoy al borde del colapso emocional. Respiré hondo, recuperé la compostura y contesté. Apenas escuché la voz, supe quién era.

—Hola, Zafiro —dije con calma.

Daniel levantó la mirada de inmediato; solo el nombre de su hermana bastaba para ponerlo en alerta.

—Gray, tú sabes que yo te quiero muchísimo —empezó ella, arrastrando las palabras y soltando una risita entre medias.
Arqueé una ceja. No hacía falta más.

—¿Estás borracha, Zafiro? —pregunté, ya temiéndome lo peor. Se suponía que la fiesta era «tranquila».

—No estoy borracha —respondió, muy seria de repente—. ¿Sabes qué estoy?

—¿Drogada? —intenté.

—¡Fría! —hizo una pausa y luego soltó una carcajada que resonó como si estuviera en un baño público vacío—. Es un lugar. Muy, muy frío.

Me froté la sien.

—¿Estás en un hospital? ¿En una morgue?

—Vamos, Gray, sé creativa —murmuró entre risas.

—Zafiro, por favor, solo dime dónde estás.

—Se te acaba el tiempo —dijo con un tonito misterioso.

—¿Qué?

—Ya se terminó su llamada, señorita, es solo un minuto. Y por favor, deje de pedirle cantar champeta a la policía de turno —se escuchó decir a alguien al fondo.

¡Mierda!

—¡¿Zafiro, estás retenida en un CAI?! —grité, poniéndome de pie de un salto.

Daniel levantó la cabeza del todo, con los ojos como platos.

—¡Ven a buscarmeeee! —fue lo último que alcanzó a decir antes de que colgaran.

A pesar del ruido, entendí en qué barrio estaba. Lo suficiente para preocuparme. Un barrio donde la parranda dura hasta el amanecer y las decisiones se toman con muy poco juicio.

Suspiré con resignación. Es obvio que está ebria; solo bajo los efectos del alcohol Zafiro logra meterse en problemas legales.
Me giré hacia Daniel, que seguía con cara de no dar crédito.

—A tu hermana la retuvo la policía —anuncié con calma—. Es mejor que vayamos a sacarla antes de que se le ocurra dejarnos en ridículo.

Se pasó la mano por la cara, resignado.

Y yo, por dentro, agradecí que Nessy no hubiera ido a esa fiesta. Aunque, ahora que lo pienso… ¿y si Sol sí fue? ¿Estará retenida también?

No había un solo CAI en la zona, así que nos dividimos la tarea: él iría por uno, yo por el otro. Había que ahorrar tiempo y ver a cuál de los dos le tocaba la «suerte» de cargar con la rizada.

Mientras conducía, el olor a diésel y fritanga del Transmilenio me avisó que estaba cerca.

Y entonces la vi: Nessy, junto a una estación, pequeña entre la gente, moviéndose con esa torpeza concentrada que le es tan propia. Probablemente intentando volver a casa por su cuenta.

Pisé el freno de golpe hasta que las llantas chirriaron en el asfalto.

—¡Ness! —la llamé.

Se giró rápido y vino hacia mí con la misma despreocupación que siempre. Estuvo a punto de que alguien la atropellara por cruzarse sin mirar.

—¡Cuidado! —solté al conductor, con rabia práctica—. ¿No miras por dónde vas?

Sé que debería regañarla a ella, pero alguien tiene más podía pagar.

—Súbase, la llevo —dije, intentando sonar impasible.

No dudó ni un segundo. Subió con calma, cerró la puerta y dejó sobre el asiento un aroma a algún dulce que se había comido por el camino. Era imposible mantener la dureza cuando se acomodaba ahí como un animalito confiado.

Quise mantener el ceño fruncido; lo de la universidad seguía picándome la nuca. Pero su voz, cargada de entusiasmo por la clase, empezó a desarmarme. Hablaba rápido, como una niña que no puede contenerse.

—La profesora me preguntó cuál era mi plato favorito —contó, con una sonrisa que le iluminaba la cara entera.

El nombre de la profesora me hizo fruncir el ceño otra vez. Volví a ver manos rozando manos, halagos que se me pegaban como moscas.

—¿Y qué le respondiste? —pregunté, intentando sonar despreocupada.

—Le dije «Gray» —soltó ella—, pero no entendió.

Por un segundo todo se detuvo: el tráfico, el humo, incluso mis ganas de seguir enojada. La imagen de Nessy diciendo mi nombre como si fuera algo dulce me atravesó entera.

La sonrisa se me escapó sin permiso. No era una sonrisa completa, ni decía «todo está bien»; era una pequeña rendición. Ella la notó.

—Le hubiera dicho que soy yo —murmuré, todavía a la defensiva—. A ver si la próxima vez sigue con su «tiene bonitas manos».

Parpadeó y luego sonrió más amplia, convencida quizás de que por fin me había descubierto celosa. Me miró con esa mezcla de inocencia y juego que siempre me hace perder la pelea.

Guardé silencio un tramo, las manos sobre el volante, notando cómo todo ese mal humor se disolvía en la simple imagen de mi nombre en su boca.

Y ahí, sin querer, tuve que reír. Fue una risa pequeña, contenida, pero honesta.

Definitivamente, esta mujer va a hacerme fracasar en la vida.

Tuve la «suerte» de ser yo quien encontrara a Zafiro.

Mientras Nessy se quedaba sentada en una de las sillas del CAI, yo intentaba negociar con el oficial para que la rizada saliera libre. No era tarea fácil cuando tu prima, ebria, se creía estrella de música y estaba ofreciendo un concierto gratuito a todos los presentes.

—¡Yo no estoy borracha, estoy inspiradaaa! —gritaba Zafiro, desafinando a niveles casi ilegales.

Por si fuera poco, también tuve que resolver lo de Sol: el carro terminó remolcado y, según el oficial, no lo recuperarán hasta que paguen la multa completa.

Perfecto.

—Increíble… —murmuré, frotándome el puente de la nariz.

Cuando por fin logré que las dejaran ir —Zafiro con la dignidad en coma y Sol muda del susto—, llamé a Daniel.

—Ya encontré a tu hermana —anuncié con una calma que ya no sentía.

Suspiró de alivio al otro lado de la línea. Me imaginé su sonrisa de hermano responsable hasta que habló.

—Bien —dijo con una tranquilidad insoportable—. Es tu problema ahora.

—¿Qué? —pregunté, apartando el teléfono de la oreja justo cuando escuché el clic de la llamada terminada.

Me quedé mirando la pantalla, incrédula, con Zafiro colgándose de mi hombro y cantando a media voz algo sobre la libertad.

—Maldito hijo de perra —murmuré entre dientes, mientras Nessy, sentada todavía, intentaba disimular la risa.

Una borracha, una cómplice que se ríe de mi desgracia, y un hermano que se lava las manos.

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Mar luna
14 days ago

Controla esos celos gray jaja

Vero
2 days ago

Gray celosa 10/10