Nessy

Íbamos de nuevo en el auto. Atrás, Sol y Zafiro, ebrias, parecían haberse rendido al sueño, abrazadas la una a la otra. Había sido divertido verlas tropezar, reírse y besarse frente a todos pero la risa se me había quedado atascada en la garganta.
No me sentía bien.

Mentirle a Gray me estaba comiendo viva. Y lo peor era saber que me resultaba más fácil confesarle todo a mi madre que a ella.

De pronto sentí cómo unos dedos suaves me levantaban la barbilla.

—¿Pasa algo? —preguntó Gray, y su voz era tan calmada que dolía.

Tragué saliva y no pude decir nada; me costaba demasiado sostenerle la mirada. ¿Cómo hacerlo cuando sé que, tarde o temprano, tendré que destrozar esa paz?

—Estás temblando —dijo en voz baja—. ¿Por qué estás asustada?

Bajé la mirada de nuevo. Ojalá no fuera tan observadora, o al menos que no notara cómo me estoy rompiendo por dentro.
—¿No me lo dirás? —insistió.

El corazón me dio un vuelco: no me había dicho «usted», y su voz sonó distinta, más cercana.

El silencio volvió y ella siguió conduciendo despacio, tan despacio que parecía querer alargar el momento.

—Bueno —murmuró al fin, soltando un suspiro—. Las cosas rotas pueden arreglarse, aunque no sepamos cómo se rompieron.

Eso sonaba tan bonito, pero no tan ella.

—Eso me lo dijo una psicóloga una vez —agregó con una pequeña sonrisa.

Sí, definitivamente es algo que Mafe diría.

Sonreí apenas, y ella hizo lo mismo.

El resto del trayecto transcurrió en silencio: un silencio denso, pero no incómodo. De esos que duelen y abrazan al mismo tiempo.

Hasta que, de pronto, Gray detuvo el auto. Giró hacia mí y, sin decir palabra, me secó las lágrimas con la yema de los dedos. Sus movimientos eran lentos, delicados, casi temerosos, como si su toque pudiera rasgarme la piel.

La miré y ella no apartó los ojos. Esa mirada suya me hacía desear besarla… moría por hacerlo.

—¡Un aplauso para esta pareja que está enamorada! —gritó Zafiro desde atrás.

Gray apretó el claxon, haciendo retumbar el vehículo entero.

—¡Cállate, Zafiro! —gruñó, exasperada.

El momento se hizo trizas, pero no pude evitar reírme. Gray resopló y volvió a poner las manos en el volante.

—Quédate quieta —le dijo sin mirarla—. Te vas a marear, y si vomitas en mi auto, te juro que te dejo irte caminando.
El resto del viaje fue más o menos tranquilo, al menos por fuera.

Por dentro, yo sentía que todo estaba a punto de romperse.

Al llegar a casa, Zafiro y Sol estaban tan ebrias que no duraron ni cinco minutos despiertas: una se desplomó en el sofá y la otra terminó abrazada al suelo.

Gray, en cambio, parecía agotada. Ni una palabra más, solo un suspiro cansado antes de desaparecer rumbo a su habitación.
Yo me quedé en la sala, en silencio, mirando la nada. Sentía que algo dentro de mí dolía, aunque no lograba precisar qué. Tal vez porque todo dolía un poco.

El miedo a que Gray me apartara, a que descubriera todo, me estaba devorando.

—Ness —escuché su voz desde la habitación.

Me limpié las lágrimas con torpeza y subí despacio las escaleras, temblando con cada paso.

Empujé la puerta apenas un poco y la vi allí, recostada justo al borde de la cama. Su cabello caía desordenado sobre la almohada y en sus manos sostenía a Igor, el pequeño peluche que le regalé.

—Sirve más de lo que pensé —dijo en voz baja, mientras me tendía a Igor.

Quería dármelo; supongo que había notado que algo me carcomía.

—Abrazar algo parece ser bueno —añadió.

Algo o alguien como ella. No lo pensé dos veces, apenas rocé el peluche con los dedos y me lancé hacia ella, subiéndome a la cama y abrazándola con fuerza. Esperé a que me apartara, pero no lo hizo. Al contrario, una de sus manos se deslizó por mi espalda y me rodeó con cuidado, como si tuviera miedo de romperme.

Nos quedamos así, en silencio, durante varios minutos. Solo el sonido de nuestras respiraciones, lentas y entrelazadas.

Cuando por fin levanté la cabeza, la vi jugando con algo entre los dedos: el anillo de mi madre. El corazón me dio un salto; ya no podía con la duda, tenía que preguntar.

—Gray —susurré.

—Mmm —murmuró sin apartar la vista del anillo.

—¿Usted…?

Su mano libre me apretó la cintura, suave pero firme, recordándome que no debía olvidarme de lo que me dijo.

—¿Te has casado? —logré decir, con la voz apenas un hilo.

Ella sonrió, esa sonrisa tranquila que siempre me desarma.

—Ni siquiera me he acercado a comprometerme —respondió con calma.

—¿Y ese anillo? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan curiosa.

—No es mío —aclaró despacio—. Lo tomé pensando que el pasado dolería menos si lo tenía cerca.

¿El pasado? ¿Y por qué precisamente el anillo de mi madre?

Fruncí el ceño sin poder ocultarlo.

—No te confundas ni te estreses —dijo de repente, con ese tono sereno que no dejaba espacio para discutir—. Mi pasado es un pesar solo mío.

No, no solo suyo. Yo también formo parte de ese pasado.

—¿No quieres que nada de tu pasado vuelva a estar en tu vida? —pregunté con cuidado.

Su mirada se volvió fría, cortante.

—No —respondió tajante—. No quiero ni la cosa más mínima de mi pasado. Porque ese algo o me daña a mí, o yo lo termino dañando a él.

Mierda. Ahora lo entendía: ella tenía miedo y yo también. Porque si mi madre fue parte de ese pasado que ella odia, ¿qué soy yo para ella entonces? ¿Una herida abierta o una amenaza de volver a sangrar?

Temblé, no solo por el miedo, sino por el peso de todo lo que estaba sintiendo.

Ella dejó el anillo sobre la mesa, con un movimiento lento, casi reverente, antes de rodearme la cintura con ambas manos. Tiró suavemente de mí, guiándome hasta levantarme, hasta que nuestros rostros quedaron tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.

Su mirada buscó la mía, como si me pidiera permiso sin decir una sola palabra. Y antes de que pudiera pensar en lo que estaba por pasar, una de sus manos se deslizó por mi cabello, enredando los dedos con delicadeza antes de levantar mi rostro.

Y entonces me besó.

Fue un beso que no buscaba respuestas, sino alivio. Lento, profundo y casi torpe por la emoción que lo sostenía. Sus labios se movían con una dulzura que me rompía por dentro, como si tuviera miedo de hacerme daño, pero al mismo tiempo no pudiera evitar querer más.

Y yo le correspondí.

Aun sabiendo todo lo que nos separa, aun sabiendo lo que significa, aun sabiendo que tal vez mañana esto duela. Decidí perderme allí. Si algo iba a romperse, al menos lo haría disfrutando de la forma en que sus labios sabían a calma y peligro al mismo tiempo.

Sus manos subieron por mi espalda como si temiera que me desvaneciera. Las mías, en cambio, buscaron su cuello, su rostro, sus mejillas; quise memorizar su piel con las yemas de los dedos, guardar en mi memoria cada temblor, cada suspiro.

Cuando el beso se detuvo, apenas un segundo, ella apoyó su frente contra la mía. Ninguna de las dos dijo nada; solo respiramos juntas, como si el aire nos perteneciera a las dos.

Allí me quedé, entre sus brazos, sintiendo su tacto recorrer mi espalda con suavidad, como si dibujara en mi piel una promesa que sabía que no podría cumplir.

Allí me quedaría toda la noche, si me lo permitiera. Porque aunque el futuro fuera incierto, en ese instante lo único real era ella.

A la mañana siguiente, me desperté con una sola idea en mente. No eran los problemas ni los remordimientos, era la necesidad de preparar una buena sopa para aliviar el mal trago a las pobres de Zafiro y Sol.

Cuando bajé, parecían un par de almas en pena. Sol tenía el cabello enredado como si hubiera peleado con su propia sombra, y Zafiro todavía seguía abrazada al suelo.

Aun así, aceptaron la sopa sin protestar.

Aprovechando que Sol seguía medio ida por el cansancio, decidí tantear el terreno con una broma suave.

—Creo que si voy a mi antigua casa en Zipaquirá podría averiguar algo —murmuré en voz baja, probando el terreno.
Sol levantó la mirada, con la voz ronca y seria.

—¿Qué? Ness, han pasado años…

—Lo sé, pero quiero saber qué fue de esa casa y del cadáver —dije con total calma, removiendo la sopa como si hablara del clima—. Que la policía nunca investigara, ¿no te parece raro?

—Calma —susurró Sol, inclinándose un poco hacia mí—. Si dices que la asesina era tu jefa, probablemente ella arregló todo. Ness, no vayas allá, y menos sola.

Rodé los ojos, aunque en el fondo sabía que tenía razón.

Aun así, algo dentro de mí seguía latiendo con fuerza, como si me llamara a volver. ¿A nadie más le parece tentador? Ver qué ha sido de la casa, de los vecinos, de los rumores…

Pero no ahora.

Si voy a buscar respuestas, empezaré por donde más duele.

Por mi madre.

Con la intención de que, por una maldita vez en su vida, sea sincera conmigo.

Así que cuando me tocó asistir a esa supuesta «terapia familiar» con Mafe, fui decidida. Mi único objetivo era claro: sacarle toda la verdad de una vez por todas.

Y esta vez, no voy a dejar que me mienta.

La sesión había estado colgando de un hilo frágil. Había una tensión palpable, una especie de electricidad estática en la habitación desde que Mafe y mi madre tuvieron ese enfrentamiento silencioso hace unos días.

Algo se había roto.

Aparentemente, Mafe se había enfadado con ella por algo que no me atrevía a preguntar, pero aun así, mantenía su profesionalismo como ancla: se mantenía firme, intentando que ese circo siguiera en pie.

Sin embargo, había pasado una semana y la bomba estaba a punto de estallar. Solo rogaba que Mafe no revelara la peor parte.

—Solo que le diga que trabajo para Gray. Solo eso —musité para mis adentros.

Mi madre quizás podría tolerar que fuese la empleada de la mujer que detestaba. Pero jamás, jamás aceptaría que estaba perdidamente enamorada de ella. Que mi amor por Gray era un incendio que me consumía.

—Ness…

El susurro de Mafe sonó resignado. Era la voz de alguien que se sentía agotado.

—Me habías prometido algo.

No hizo falta más; el aire se volvió pesado y denso. Giré de inmediato hacia mi madre. Estaba allí, cabizbaja, tan quieta que parecía una estatua de sal, y pálida.

Joder, estaba demasiado pálida. ¿No se está alimentando bien? Está delgada, con ojeras profundas, y palidez. Parece el reflejo de un desgaste emocional terrible. Quería gritarle que me explicara, que me dijera qué la estaba consumiendo, pero sabía que no lo haría.

Mafe rompió el silencio, recuperando la firmeza de su tono profesional.

—Ness, estamos aquí para…

—Mafe —la interrumpí, con voz áspera, sin apartar la vista de mi madre—. Sé que tengo que confesarle algo, es parte del acuerdo. Pero no lo haré hasta que ella decida ser sincera conmigo.

Mi madre levantó la mirada por primera vez, con los ojos confusos, casi perdidos.

—¿Sobre qué?

Esa pregunta, tan vacía, me encendió por completo. Su negación, su eterna evasión, me hizo perder el control.

—¡De todo! —mi voz salió como un latigazo—. ¡Empieza por por qué me odias y por eso me mandaste a ese correccional de mierda!

Mi madre se encogió, los ojos se le abrieron de par en par.

—Ness, yo no te odio —se defendió deprisa, con una urgencia que sonaba patética y desgarradora a la vez.

—No me quieres como una madre a su hija —insistí, con la voz temblando—. Mafe lo sabe, tú lo sabes, y yo lo siento. Soy un error para ti, y lo reflejas con cada cosa que haces. Con cada mentira.

Ella apretó los ojos con fuerza y se negó a sostener mi mirada, encogiéndose aún más sobre sí misma.

—Me encerraste allí porque supuestamente era «lo mejor para mí» —le recordé, y el veneno en mi tono quemaba—. Me hiciste creer que sería temporal, que había un proceso y fueron cuatro malditos años. ¿Y la razón? No es difícil ser sincera, solo dime que no puedes quererme lo suficiente.

El silencio era opresivo. Mafe, por su parte, se mantuvo en su silla. Sus manos, antes juntas, se abrieron lentamente sobre su regazo. Su rostro reflejaba una lucha interna intensa: el deber profesional de intervenir frente a la verdad dura que se estaba desvelando. Finalmente, su voz sonó como un susurro firme, un ancla en medio de la tormenta.

—Julia —dijo Mafe—. Ness ha expuesto una verdad emocional muy profunda. En este espacio necesitamos honestidad para avanzar. ¿Puedes responder a su pregunta sobre el desapego y el centro sin ponerte a la defensiva?

Mi madre permaneció en silencio. Y yo, con el corazón quebrándose al pensarlo, lancé mi puñalada final, la que más me dolía.

—Cuando decidí no volver a casa, ¿fuiste feliz? ¿Sentiste alivio?

Mi madre finalmente levantó la mirada. Esta vez no había confusión, sino un dolor crudo, tan pesado que dolía solo mirarlo.

—Yo no decidí nacer —agregué, fingiendo una calma que no sentía, intentando amortiguar el golpe de lo que creía ser para ella: una carga.

Y fue entonces cuando ella se rompió por completo.

—¡Bueno, yo tampoco lo quería!

La exclamación cortó el aire, resonando en la pequeña habitación como un disparo. El silencio que siguió fue de un dolor helado, desgarrador.

Escucharlo, sentir la confirmación de aquello que siempre temí, me dejó sin aliento.

—Pero ¿crees que me quedó otra opción? —prosiguió—. ¿Crees que con catorce años, sin nadie, a merced de ese bastardo, yo podía decidir si tenerte o no?

Apreté los labios, sintiendo cómo mi cuerpo entero comenzaba a temblar. El giro era inesperado, brutal.

Mafe se había quedado boquiabierta; su profesionalismo quedó momentáneamente olvidado ante la confesión.

—Era una maldita niña criando a otra niña bajo la sombra de un hombre que no hacía más que golpearme desde el maldito día en que supo que eras niña —agregó, con los ojos hechos añicos por el dolor.

El aire se me escapó de los pulmones. ¿Golpes? ¿Mi padre?

Mafe reaccionó, inclinándose ligeramente hacia ella.

—Necesitamos pausar ese pensamiento. Estamos aquí por Ness. Hablemos del centro —dirigió Mafe, con un tono suave pero firme, intentando retomar el rumbo sin permitir que mi madre se perdiera en su propia historia.

Mi madre bajó la mirada, vencida.

—Sí, prefería que estuvieras lejos de mí, pero teniéndolo todo. Si estabas allí era porque le temía al daño que sentía que iba a hacerte cada vez que te veía y recordaba mi dolor, mis golpes.

—¿Daño? ¿Y un centro de menores fue lo único que se te ocurrió? —mi voz era apenas un hilo, más un lamento que una acusación—. ¡¿Sabes el infierno que viví allí?!

Ella suspiró con ese gesto de quien ya no tiene fuerzas.

—No es una cárcel. Me dijeron que sería bueno para ti, que tendrías comida, un techo…

—¿Y que así no tendrías que soportar verme sin querer golpearme?

—Y que así conocerías a más personas…y que te olvidarías de esa maldita mujer, que dejaras de buscarla.

El verdadero motivo no era odio, sino miedo y la desesperada intención de arrancarme a Gray de la cabeza.

—Tú no sabes nada de eso —atiné a decir, con una defensa patética.

Mi madre, en un último arranque de dolorosa lucidez, alzó la voz.

—¿Ah no? ¿De la mujer que dibujabas en cualquier lado y por la que preguntabas todo el tiempo? ¿Crees que no se me hizo evidente esa obsesión que tenías con la maldita asesina?

El aire en la habitación se volvió espeso, sofocante. La verdad sobre el centro ya era un puñal, pero la mención de Gray la convirtió en una mina a punto de estallar.

—Julia —intervino Mafe con una calma helada—, estás hablando de mi mejor amiga.

—Sigue siendo una asesina.

La respuesta de Mafe cayó como un latigazo.

—Y tú la volviste así —espetó, como si por fin soltara el peso de un secreto que llevaba años cargando.

Mi cerebro trabajaba a mil por hora, uniendo los puntos: la rabia contenida de Mafe, el miedo de mi madre…

—Algo hiciste y ahora tienes miedo de que ese «algo» me alcance a mí, ¿verdad? —indagué, obligando a mi voz a tragarse el dolor punzante de todo lo que acababa de escuchar.

Mi madre se sentó de golpe, como si la gravedad misma la estuviera venciendo. Se veía al borde del colapso.

—Lo único que quería era salir de ahí —murmuró, con la voz hecha pedazos.

Entonces sí, le hizo algo a Gray. Algo imperdonable.

Mafe se inclinó hacia adelante; su profesionalismo se desvaneció, reemplazado por rabia genuina.

—¿Qué hiciste, Julia?

La pregunta no venía de una terapeuta, sino de una mujer dolida y furiosa. Yo no aguanté más. El nudo en la garganta se transformó en ira pura. Golpeé la mesa con la palma.

—No seas cobarde y dímelo ya —exigí.

Se notaba que la culpa la estaba devorando viva. Cerró los ojos, y cuando los abrió, la verdad salió como algo que no podía retener:

—Fui yo quien encendió la mecha que la llevó a matarlo. Yo no tenía valor para hacerlo con mis propias manos —confesó por fin, y un escalofrío helado me recorrió la espalda—. Solo quería sacarnos de allí, a ti y a mí… y jamás confié en que las autoridades me ayudarían.

Mafe soltó un jadeo ahogado, rompiendo el silencio.

Mi madre parecía deshecha, arrepentida hasta los huesos. Yo, en cambio, estaba aturdida, intentando armar el rompecabezas horroroso que ella misma me entregaba.

—La entregué —prosiguió, con la mirada perdida en la nada—. Le dije a él dónde estaba ella. Le dije que viniera a buscarla y él le hizo daño. Demasiado daño… tanto que rompió la única promesa que la detenía.

La imagen se formó en mi mente con una claridad que me dolió: Gray había hecho un juramento, quizás de no quitarle la vida a nadie. Mi padre la habría lastimado hasta el límite y había orquestado ese encuentro sabiendo que solo un dolor casi mortal la empujaría a romper su palabra y matar al hombre que nos destruía.

—El daño lo causaste tú —sentencié, con ese sabor amargo que me dejó la comprensión total de lo ocurrido—. Tú lo provocaste.

La ira desplazó al dolor.

—¿Y si él la hubiera matado a ella? ¿Te habría bastado? ¿Eso te habría hecho feliz?

Hasta Mafe se quedó sin palabras. Solo podía imaginar la traición: Gray había confiado en mi madre, le había abierto su pecho y ella la había entregado a su verdugo solo para salvarse a sí misma.

Con razón Julia vive aterrada. Su miedo no es paranoia: es culpa justificada, repugnante.

—Eres despreciable —le dije, sin contenerme ya—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a Gray?

No podía seguir allí. Necesitaba aire, alejarme de su veneno.

—Prefiero mil veces estar con esa «asesina» que contigo —escupí, y puse la mano en el picaporte, lista para irme.

Mi madre se levantó de un salto, su voz se convirtió en una última advertencia desesperada.

—No te acerques a ella, Ness.

—Pues resulta que ya la conozco —le solté, con un sarcasmo que cortaba como cuchillo—. Y la quiero. Mucho.

Iba a girar la manija, pero su voz, rota y casi un susurro, me detuvo:

—Haré lo que sea incluso si tengo que perderme, para mantenerte lejos de ella.

Apreté los dientes. No creo que Gray me haga más daño del que ella podría hacerme.

Cerré la puerta con una rabia que me estaba consumiendo. Me detuve un instante afuera, intentando procesar la traición. Escuché su voz, un débil murmullo arrepentido detrás de la madera:

—Dejar que esto me consuma es lo más sensato, ¿verdad?

La respuesta de Mafe cortó su autocompasión.

—Nada de lo que has hecho parece sensato, Julia —afirmó con calma, pero con firmeza—. Pero esto sigue siendo lo más injusto. Injusto para ti e injusto para ellos dos.

Me alejé de allí, forzándome a seguir adelante: mi trabajo, mi clase de gastronomía. Pero el peso de la verdad era insoportable. Sabía que había algo más que no me habían dicho, una conexión aún más profunda que me habían ocultado.
Y ese algo más… ese era el factor que tenía un peso directo sobre mi amor por Gray.

Tenía que ingeniármelas. El plan era simple: continuar con mi día y dejar que el torrente emocional provocado por la confesión de mi madre se ahogara bajo el ruido de las clases.

Pero, en mi clase de gastronomía, el intento fue un fracaso rotundo. Mis movimientos eran torpes y mi mirada, vacía. Era obvio que algo me estaba afectando.

Nos dieron un pequeño receso para comer algo y me quedé sola, jugueteando con una cuchara. Fue entonces cuando ella se acercó: la profesora.

—Génesis, ¿está bien? —preguntó con voz suave y cálida, teñida de una genuina preocupación.

Era una profesora de cabello café recogido, conocida por ser increíblemente amable y accesible. A diferencia de otros instructores, Claudia siempre dedicaba un momento a sus alumnos.

—Problemas personales —dije sin más, con la voz seca y ronca.

Ella sonrió apenas, transmitiendo calma, y se sentó a mi lado sin invadir mi espacio. No dijo nada; solo se quedó allí, paciente, en ese silencio que, de alguna manera, era un consuelo.

Si fuese mi amada Gray, ya me habría abalanzado sobre ella. Me moriría por sentir ese abrazo envolvente, esa sensación de seguridad absoluta que solo Gray podía darme. Pero ella no es Gray.

La profesora rompió el silencio con una voz dulce y baja.

—Sabe, Génesis, la cocina es un gran espejo. Hoy, tu plato sabía que estabas pensando en mil cosas a la vez y, créeme, esa no es una buena receta —se inclinó un poco—. A veces, cuando el mundo se siente demasiado pesado, hay que recordar que no podemos hacer nada si nuestro corazón está quemándose.

Me miró a los ojos y su intensidad profesional resultó reconfortante.

—Te voy a dar una tarea para el resto del día: por cada pensamiento triste que te llegue, vas a pensar en algo lindo. Algo que te haga sonreír. ¿Entendido? Eres demasiado talentosa.

Asentí levemente, agradecida por el enfoque indirecto. No me presionó; simplemente me ofreció una pequeña vía de escape.

—¿Algo lindo? —pregunté, intentando seguirle el juego, aunque me costara.

—Sí.

No creo que me funcione. Lo que yo necesito y quiero se apellida Gutiérrez. Pero pensar en Gray me hizo sonreír.

—Eso es —dijo ella, con una satisfacción tranquila—. Mantenlo en mente. Eres fuerte, Génesis.

El receso terminó y ella se puso de pie con la misma calma con la que había llegado.

—Espero verte más animada en la siguiente clase. Y recuerda: no importa qué tan mal se ponga la situación, siempre puedes crear algo hermoso con lo que te queda —me dijo, con un tono totalmente profesional de nuevo, el de una mentora.

Cuando se disponía a marcharse, se detuvo y se giró. Me dedicó una sonrisa completa, radiante, que no había visto antes.

—Y, por cierto, Génesis —su voz bajó un tono, haciéndose más íntima, casi juguetona. Su mirada recorrió mi rostro—. Si necesita desahogarse más allá, mi oficina está abierta. O, ya sabe, mi número lo tiene en la lista de contactos —dijo, con un guiño apenas perceptible.

El gesto fue fugaz, un quiebre del profesionalismo. Ella era solo una distracción. Tengo que irme de aquí, ver a Gray y ser honesta con ella.

Cuando la clase terminó, el cielo se vino abajo. La lluvia caía con furia, golpeando contra los vidrios y haciendo que el aire oliera a tierra fría y cansancio. Solo pensar en caminar hasta la estación de TransMilenio me helaba los huesos.

El frío era insoportable, las gotas me calaban hasta el alma y lo único que quería era llegar a casa. Pensé en pedir un taxi o un Uber, aunque jamás lo había hecho y la idea de subirme con un extraño me daba cierta ansiedad.

—¿Quiere que la lleve hasta la estación? —preguntó mi profesora, Claudia, con esa calma amable que siempre tenía.
No iba a mentir: me sería útil. Solo era hasta la estación, nada más, y a ella ya la conocía más o menos. Uno no puede negarse a la caridad. Además, me daba miedo llamar a Gray por una tontería así. Seguramente estaría ocupada con sus asuntos importantes.

Ambas salimos del edificio, cubriéndonos lo mejor que pudimos con los bolsos, corriendo entre los charcos como si eso hiciera alguna diferencia. El auto de Claudia, un sedán gris impecable, nos esperaba bajo una farola, reluciente incluso bajo la lluvia.

—Suba rápido, antes de que se empape —dijo ella, abriendo la puerta del copiloto.

Iba a hacerlo. Ya tenía un pie dentro cuando un rugido de motor nos interrumpió.

Un Mercedes negro frenó con brusquedad a pocos metros, salpicando agua por todos lados. El reflejo de las luces me cegó por un segundo, pero no necesitaba mirar dos veces. Conocía ese auto, y ese estilo de entrada solo podía pertenecerle a una persona.

—Dios, me vinieron a recoger —murmuré, con una mezcla de alivio y resignación.

Gray bajó la ventanilla lentamente. Su mirada me recorrió de arriba abajo, evaluando, calculando y reconociendo. Al notar a Claudia a mi lado, su mandíbula se tensó apenas, un gesto tan pequeño que cualquiera podría pasar por alto pero no yo.

—Gray, ella es mi profesora, Claudia —dije, intentando sonar relajada—. Me iba a llevar a la estación para que no me mojara.

Gray asintió con un movimiento breve, pero su mirada permaneció fija en Claudia, pesada e inquisitiva. El aire se volvió denso; incluso la lluvia parecía caer más despacio.

—Qué amable de su parte —dijo Gray. Su voz era baja pero con ese filo cortante escondido detrás—. Pero Ness no necesita que la lleven.

Claudia respondió con una sonrisa profesional.

—Solo quería ayudarla a evitar el diluvio, señora. Pensé que podría necesitar una segunda opción.

—Gray —la interrumpió con calma helada, sin apartar la vista de ella—. Y créame, sé muy bien lo que Ness necesita.
Era una declaración disfrazada de cortesía. Gray podía ser elegante, pero sus celos eran otra forma de arte.

—No lo dudo, «Gray» —replicó Claudia, con una ironía apenas perceptible—. Pero solo estaba siendo amable. Y usted parece una mujer bastante ocupada.

Gray arqueó una ceja despacio, con esa sonrisa casi invisible que precedía a sus comentarios más venenosos.

—Mi agenda siempre tiene espacio para lo esencial. ¿O acaso asume, profesora, que soy descuidada con lo que me pertenece?

Claudia no parpadeó. Sostuvo la mirada como si entendiera exactamente lo que Gray estaba diciendo.

—En absoluto. Simplemente creo que, a veces, las personas tienen vidas independientes fuera de sus «obligaciones» —y luego, con un dejo de desafío, añadió—. ¿Y usted qué o quién es para ella? ¿Su jefa? ¿O algo más?

Mi alma salió corriendo sin mí.

Gray sonrió. Ese tipo de sonrisa no tranquilizaba; advertía.

—Soy la responsable de que no se moje, de que no la toquen y de que llegue a casa sin subirse al carro de desconocidos. Le agradezco su intención, pero yo me encargo de Ness.

Fue un golpe limpio pero con suficiente veneno para que Claudia retrocediera medio paso. Y bueno, tenía que admitirlo: Gray celosa era una visión tan absurda como fascinante. Hay celos inseguros y celos posesivos… los de Gray son de los segundos, y me fascinan.

—Nessy, vámonos ya —ordenó al fin, con voz fría, sin molestarse en disimular.

Yo asentí rápidamente.

—Adiós, profesora. Nos vemos la próxima semana.

Abrí la puerta del Mercedes, sintiendo el olor a cuero y el calor seco del interior. Gray ni siquiera esperó a que la cerrara bien antes de poner la reversa. El motor rugió, las llantas levantaron agua y nos alejamos, dejando a Claudia bajo la lluvia, inmóvil, observándonos con una expresión que no supe descifrar.

Sentía en la mirada de Claudia algo de malicia o, quizás, enojo. ¿De verdad le molestó que Gray apareciera? ¿Por qué?
El silencio se instaló entre nosotras, interrumpido solo por el golpeteo constante de la lluvia sobre el parabrisas. Los celos de Gray eran un gusto culposo, ridículo y deliciosamente posesivo.

Ahora, atrapadas en el mismo auto, sabía perfectamente lo que venía: el interrogatorio, la mirada filosa y la inevitable frase: «¿Por qué no me llamaste a mí primero?».

—¿Qué hace… qué haces aquí? —me atreví a preguntar, todavía con el pulso acelerado por verla tan cerca. Su presencia era un huracán inesperado.

A veces se me olvida que ya no quiere que la llame de «usted».

—¿Pretendías que no estuviera? —replicó enseguida, con ese tono que era miel y veneno a partes iguales, herido por una ironía brutal.

—No, me fascina que te apropies de mí —respondí, sonriendo con un dejo de burla que, en realidad, era puro nervio—. Solo que… esperaba un mensaje, una advertencia.

Ella soltó un suspiro contenido, un bufido apenas audible que encerraba una furia inmensa, sin apartar la vista del asfalto.

—Es sencillo: sabía que, con la lluvia, se te haría complicado el transporte —dijo, con una calma tan gélida que cortaba el aire—. Aunque, por lo visto, no perdiste ni un segundo en buscar reemplazo.

Su voz no tenía filo; era una hoja afilada. Y no solo era molestia: era territorio marcado. No desconfiaba de mi profesora, la detestaba, y lo peor era que ni siquiera intentaba disimularlo. Gray no era de las que pedían permiso; ella reclamaba.

—¿Tenías que subirte con tanta confianza al auto de cualquier desconocida? ¿Qué necesidad tenías de exponerte? —soltó, y su tono no era sobreprotector; era territorial.

—No es una desconocida —respondí, luchando por contener una sonrisa que me delataba.

—La conoces desde hace como dos días y ya le permites cruzar límites que nadie más debería —replicó, girando apenas el rostro para clavarme una mirada que era una advertencia silenciosa: eres mía.

—Lo consideré mejor que un Uber. Me pareció eficiente —dije, casi divertida por su evidente e hirviente incomodidad—. Ella se ofreció.

Gray apretó la mandíbula con tanta fuerza que noté cómo el músculo se tensaba. Detuvo el auto de golpe por el tráfico.

—Pues le vas a dejar muy claro a esa «ofrecida» que no necesitas de ningún jodido transporte, ni ahora ni nunca —respondió, con la voz convertida en un gruñido—. Para eso estoy yo.

El desafío era un fuego abrasador en mi garganta. Podía sentirlo entre nosotras, esa chispa invisible y electrizante que siempre terminaba encendiendo algo prohibido.

—¿Y qué me ofrece un viaje contigo que no me ofrezca otro? —pregunté con una intención deliciosa, sosteniéndole la mirada con la misma fiereza.

Ella giró el rostro despacio, su expresión una mezcla letal de paciencia agotada, deseo puro y una advertencia que prometía castigo. La pausa en el tráfico, eterna, le dio el tiempo perfecto para responder con algo que trascendiera las palabras.

Con una calma que era la antesala de la tormenta, se desabrochó el cinturón de seguridad. Luego, se golpeó el muslo con la palma abierta, un sonido seco y definitivo, sin apartar los ojos de los míos. Era una orden, una invitación y una amenaza en un solo gesto.

—Sube —ordenó, en un tono bajo, absoluto y sin espacio para réplicas.

Me mordí el labio inferior con fuerza, el corazón martillándome en el pecho como un tambor frenético. No lo pensé demasiado; la adrenalina me empujó. Solté el cinturón y me deslicé hasta ella.

Gray me tomó por la cintura con una posesividad que me dejó sin aliento, guiándome para hacerme encajar sobre sus piernas, exactamente donde quería tenerme, donde sabía que era suya. Su respiración era lenta, medida; el control absoluto en medio del caos. La mía, en cambio, era un desastre delicioso.

No dijo una palabra más; no hacía falta. El silencio era la declaración más posesiva de todas.

Gray no perdió un solo instante. Apenas me acomodé sobre su regazo, su mano fuerte y firme abandonó mi cintura y viajó directamente a mi mandíbula. La tomó, no la acarició, obligándome a levantar el rostro con un toque que era más sujeción que caricia.

La intensidad de sus ojos era un incendio; ya no había paciencia, solo ardiente posesión.

—Escúchame bien, Ness —su voz era un susurro gutural, peligroso—. Tú no tomas decisiones sobre quién te acerca o te toca. ¿Entendido? Ese tipo de libertad la dejaste en mi cama la primera vez que te hice mía.

Su pulgar rozó el borde de mi labio inferior, limpiando la pequeña marca que me había hecho al mordérmelo. El gesto era cuidadoso y amenazante a la vez.

—La próxima vez que pienses en depender de la supuesta «amabilidad» de un extraño, recuerda esto —dijo, y se acercó más.
Podía sentir el calor de su aliento, el olor limpio y fuerte. Era todo lo que me faltaba y, al mismo tiempo, me aterraba.

—¿Recordar qué? —El desafío era automático. Mi cuerpo ardía, pero mi voz aún luchaba por conservar su autonomía.

Ella sonrió. No fue una sonrisa amable; fue la sonrisa depredadora de quien sabe que va a ganar.

—Recordar que no hay nada que otra persona pueda ofrecerte que yo no pueda superar diez veces —dejó la mandíbula para deslizar su mano hacia mi nuca. Ahora me tenía completamente inmovilizada.

La otra mano, entretanto, se había deslizado bajo mi falda, posesivamente, hasta aferrarse a mi muslo. El contacto era firme y exigente, un ancla de posesión que me impedía cualquier movimiento o retirada. Me sentía atrapada entre su mirada, su agarre en mi cuello y su mano dominante en mi pierna.

—Tú no necesitas un viaje; tú me necesitas a mí —sentenció.

Su voz había bajado un octavo, haciendo de la declaración una orden íntima y absoluta.

Y entonces, sin más preámbulos, inclinó la cabeza y tomó mi boca con la autoridad de un rey reclamando su corona. No fue un beso; fue un acto de apropiación, un recordatorio físico y urgente de por qué ningún otro vehículo ni ninguna otra persona deberían ser una opción.

Cuando se separó apenas unos milímetros, sus ojos se fijaron en mi garganta y vi el destello frío de la estrategia.
—Y para que la profesora entienda el mensaje… —susurró, con un tono lleno de satisfacción.

Sin darme tiempo a reaccionar, Gray se inclinó hacia mi cuello. Sentí sus labios fríos y succionadores justo debajo del borde de mi mandíbula. Fue una succión rápida, fuerte y deliberada. Luego otra, un poco más abajo, y una tercera en la clavícula.

Cada marca era un martillazo en el tablero, una señal visible e inconfundible de propiedad.

Cuando Gray se enderezó, la calma había regresado a su rostro, pero sus ojos brillaban con un triunfo brutal. Deslizó la mano que sujetaba mi nuca y pasó las yemas de los dedos sobre el área recién marcada.

Su mano en mi muslo apretó una vez más. Un escalofrío que no era de frío recorrió mi cuerpo mientras se acercaba peligrosamente a mi entrepierna. Ese contacto me erizó la piel. Una de mis manos fue directamente a su cuello y la otra se enredó en su cabello.

Pero allí, bajo mis dedos, sentí algo más: una cicatriz.

—Gray, ¿qué es esto? —pregunté, y mi voz se quebró.

No quería romper la burbuja, pero el miedo por ella me inundó.

—Una cicatriz —dijo, con una calma que me pareció inhumana.

—¿Por qué? —pregunté. El temblor se extendió desde mi voz hasta mis manos.

Ella sonrió. Fue una sonrisa vacía y dolorosa.

—Bueno, digamos que tuvieron que operarme por un pequeño y descuidado golpecito en la cabeza —dijo, sin darle mayor importancia.

Me tensé de inmediato. No. Mi madre no podía tener que ver con esto. El claxon impaciente de un carro detrás nos gritó que debíamos movernos.

Me acomodé de nuevo en mi asiento y cerré los ojos con fuerza, con la imagen de mi madre y la violencia de mi padre fusionándose con el dolor de Gray. Esa cicatriz no era un accidente; era una secuela, una prueba palpable de la vida que mi familia le había destrozado.

Ya no podía cargar con esa mentira. Estaba traicionando no solo mi propio amor, sino también el sufrimiento que Gray había soportado.

Sentí de repente su mano sobre mi muslo, un ancla de control, mientras la lluvia seguía golpeando con furia el parabrisas.

—¿Estás bien? —preguntó.

Su mirada sobre la mía era demasiado penetrante, demasiado perspicaz. El tráfico se había detenido de nuevo.

—¿Quieres decirme algo? —insistió.

Era el momento. No podía mentirle, no ahora que su mano estaba sobre mí y que su dolor estaba tan cerca.

—Gray —dije, antes de detenerme para tragar saliva—, mi mamá no se llama Rosario.

—¿Eso es todo? —preguntó con una calma aterradora—. ¿El nombre de su madre te está causando esta depresión? Increíble.

Bajé la mirada. Mis manos se frotaban la piel de las rodillas sin cesar.

—Cálmate —dijo Gray, tranquila—. Todo está bien.

—Nada está bien —murmuré apenas.

Todo se había desvanecido. No había tráfico, no había lluvia; solo el aire pesado de nuestra verdad.

—Gray —murmuré, forzando su nombre para que se grabara en el aire—. Mi mamá se llama Julia.

Su reacción no fue una explosión, sino un colapso silencioso. Su respiración se volvió errática, como si el aire la estuviera asfixiando.

Pude notar cómo sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Sabía que estaba viendo a la Julia que le había destruido la vida, que la había marcado.

Se dejó caer en el asiento con fuerza y golpeó el claxon con la palma.

—¡ME TENÉS QUE ESTAR JODIENDO! —gritó, con una rabia que escaló de cero a cien en un latigazo.

El sonido de su furia me paralizó.

—Gray… —Intenté alargar su nombre, una súplica, un intento desesperado por tocarla y calmarla.
Alcé una mano, temblorosa, para tocar su hombro.

—¡NO ME TOQUES!

El grito fue un latigazo tan violento que me encogí en mi asiento, presa del miedo visceral de la niña asustada que siempre fui. Era la primera vez que me gritaba así. Sus ojos eran dos pozos de rabia pura y, por un instante, no me vio a mí: vio a mi madre.

—Yo sabía que algo de esa maldita tenía que regresar a mi vida —dijo, con una voz rota que me destrozó el corazón.

Un coche detrás pitó incesantemente para que avanzáramos. Gray se frustró y su pie presionó con furia el acelerador. La rabia se reflejaba en cada músculo de su rostro contraído.

Yo estaba pegada a la puerta, aterrorizada.

Ella se había concentrado tanto en el odio ardiente que le tenía a mi madre que no se fijó en que el tráfico se había detenido de nuevo, a pocos metros.

Sus ojos se abrieron con horror tardío y un segundo de claridad absoluta antes de que su pie se lanzara al freno. El chirrido fue espantoso, un lamento metálico y agudo que cortó el sonido de la lluvia. El auto se detuvo en seco, arrojándonos hacia adelante con una brutalidad que me quitó el aliento.

Pero la sacudida no terminó ahí. Un instante después, llegó el estruendo. El golpe fue una explosión sorda y atronadora que destrozó la calma. El auto de atrás nos había embestido con toda su fuerza. Yo no llevaba el cinturón de seguridad puesto. La inercia me tomó, me levantó y me lanzó. Lo último que vieron mis ojos, en un destello aterrador, fue el tablero y el parabrisas acercándose peligrosamente, dolorosamente rápido.

Luego, solo hubo oscuridad. Y silencio.

Cuando mis ojos se abrieron de nuevo, no supe si habían pasado horas o segundos. Lo primero que vi, borroso y distante, fue la luz. Me hizo parpadear incontables veces para enfocarla.

—Gray —fue lo único que pude susurrar, sintiendo el raspado en mi garganta.

Ahí estaba ella, de pie junto a la camilla. Pero su mirada no tenía ni rastro de la rabia furiosa del accidente. Ahora era peor: una calma helada, severa y dolorosa.

Me dolía cada centímetro del cuerpo, un dolor sordo y constante. Pero ella parecía seguir envuelta en la misma fría determinación que nos había destrozado.

—Usted se va a recuperar —dijo, y su tono me heló la sangre. No era una promesa; era una orden sin afecto.
Me llamó «usted» otra vez.

Esa distancia formal me rompía más que cualquier hueso que pudiera tener roto. Era el rechazo absoluto, la prueba de que ya no éramos nosotras.

—Cuando se recupere irá por sus cosas y regresará con su madre —agregó, con un enojo tan sepulcral y controlado que resonó en el silencio de la habitación. No había gritos, solo la sentencia.

Era como si el accidente, la confesión y el dolor no fueran más que una molestia inconveniente. Había tomado su decisión.

Como si nada, con la misma frialdad con la que había pronunciado mi destierro, se dio la vuelta. Su espalda, rígida y distante, fue lo último que vi antes de que comenzara a alejarse.

Me estaba dejando allí, sola, magullada y destrozada.

Intenté seguirla, impulsada por un pánico desesperado, pero una punzada aguda en el torso me congeló de nuevo en la camilla. Me quedé inmóvil, observando cómo su silueta se hacía cada vez más pequeña, hasta que el sonido de sus pasos desapareció por completo.

—No te vayas, Gray —susurré. Una súplica ahogada que se perdió en el aire estéril de la habitación—. Por favor.

Pero ya era tarde. El silencio de la habitación fue la única respuesta…

Ella se había ido.

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Vero
2 days ago

Nooooo, diooos miooo