Estaba aterrada. No quería alejarme de Gray, no podía.
Me moví tanto en la camilla que terminé al borde y, en un segundo, el mundo se inclinó. Sentí el golpe contra el suelo y luego, nada.
Oscuridad y silencio.
—Ness… —una voz se coló entre la niebla.
Un roce en mi hombro me estremeció mientras yo temblaba y lloraba sin saber por qué. Una sacudida me devolvió al aire.
—¡Nessy!
La voz de Gray me arrancó del sueño como si me sacara de aguas heladas. Abrí los ojos con un jadeo. Estaba en el auto. Todo estaba igual. Ya habíamos llegado a casa.
¿En qué momento me quedé dormida?
—Algo malo te pasa —dijo ella, mirándome de reojo. Su voz era tranquila, pero sus ojos no.
No supe qué responder. Tenía tanto miedo de decirle la verdad. Si ese sueño me dolió tanto, ¿cómo sería ponerlo en palabras? ¿Podría perderla por eso?
Gray bajó del auto con esa calma que siempre parecía tenerlo todo bajo control. Yo la seguí, intentando no romperme. El frío me caló hasta los huesos. Me quité la ropa mojada lo más rápido que pude y me metí a la ducha. El agua caliente me abrazó como un intento torpe de borrar el temblor de mis manos, pero no podía.
Vi las marcas rojas en mi piel y recordé sus labios, sus manos, la forma en que me había hecho olvidar el mundo por unas horas. Y ahora, un maldito sueño había destrozado toda la fuerza que tenía para enfrentarla.
Cuando salí, ella estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa mirada que podía calmarme y desnudarme al mismo tiempo. —¿Quieres donas? —preguntó, sin moverse.
Parpadeé. Era tarde y mi cuerpo solo pedía dormir, pero si Gray quería donas, yo quería donas con ella.
Asentí, apenas.
—Ven por ellas —dijo, girándose despacio antes de perderse en el pasillo.
La seguí. Sus pasos eran suaves, pero firmes. Pensé que iríamos a la sala, pero, al pasar frente a su habitación, me detuve. Allí estaba: sentada en la cama, con la caja de donas sobre las piernas, mirándome.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—P-pensé que sería en la sala —dije, entrando con timidez.Ella tomó una dona y le dio un mordisco con calma, como si nada en el mundo la apurara.
—¿Por qué tan distante? —preguntó sin apartar la vista de mí—. Tómalas. Son más para ti que para mí. No disfruto mucho de lo dulce.
—¿No disfrutas mucho de mí? —intenté bromear, acercándome.
Gray sonrió apenas, esa sonrisa pequeña que siempre me derrite.
—Bueno… —dijo, extendiéndome una dona—, son dulzuras diferentes.La tomé con ambas manos, cuidando de no rozar sus dedos. No sé si por miedo o por deseo.
—La gente que intenta ser tierna me da pena ajena —dijo, casi como un pensamiento suelto—, pero tú eres naturalmente tierna y eso, aunque nunca lo había pensado, me gusta.
Mi pecho se apretó. Era raro escucharla decir algo así. Gray no era de halagos, pero, cuando lo hacía, sonaba tan sincera que dolía. Sonreí, intentando ocultar lo mucho que me temblaban las manos.
El televisor seguía encendido, con una serie de asesinos en pantalla. Ella observaba tranquila, como si eso también fuera una parte suya que yo debía aceptar. Las donas sobre su regazo contrastaban con la sangre en la televisión, pero así era Gray: caos y calma, todo al mismo tiempo.
—¿Ahora me dirás qué te pasó? —preguntó, sin apartar la vista del televisor.
Su tono era suave, pero había algo detrás: una curiosidad contenida, una necesidad.
Tragué saliva. Por una vez, solo una… debería no mentirle.
—Mi mamá hoy me dijo que… —hice una pausa larga, porque dolía incluso pronunciarlo— que jamás quiso que yo naciera.
Tragué saliva.
—Dice que prefiere mantenerme lejos, para no dañarme —agregué, mientras una lágrima se deslizaba sin permiso por mi mejilla—. Por eso me encerró cuatro años en la correccional.
Mordí un pedazo de dona, fingiendo calma, intentando no quebrarme del todo frente a ella.
—Sé que habría interrumpido el embarazo si hubiera podido.
Gray no me interrumpió; solo me miró. Su silencio era diferente al de los demás: no juzgaba, no presionaba. Simplemente acompañaba.
—Quiero pensar que ella pasó por algo muy difícil —dijo al fin, con su voz suave y templada—. Es una frase muy difícil de procesar.
—¿Su mamá llegó a decirle algo así? —pregunté, buscando consuelo en sus ojos.
—No, fue mi papá, de hecho —respondió con una serenidad que solo se gana después de tanto dolor—. Pero mi mamá, ella era una romántica empedernida. Decía que bastaba con que alguien viera un universo en tus ojos para entender que, para esa persona, la vida no sería la misma si tú no hubieses nacido.
Sus palabras me envolvieron como un abrazo invisible. La madre de Gray debía haber sido una mujer increíble, cálida, luminosa. Ojalá la hubiera conocido.
Gray siguió hablando con ese tono tranquilo que hacía que todo sonara soportable, incluso lo insoportable.
—Y yo, a pesar de tener a mi madre, me preguntaba por qué mi padre no me quería, si nunca le hice daño. Pero, con el tiempo, entendí que hay padres que simplemente no pueden amar, aunque deberían. No todos los padres desean a sus hijos, no todos saben cómo hacerlo.
Masticaba cada vez más despacio. Cada palabra suya se me quedaba grabada.
—Y el daño que hacen es enorme —continuó ella—, porque uno no decide nacer ni cargar con el rechazo de quienes deberían cuidarte. A veces hay razones y es bueno comprenderlas. Pero, cuando no las hay, solo queda demostrarle a alguien más que en nuestros ojos hay un universo que vale la pena mirar.
Me quedé callada, observándola. Era tan madura, tan fuerte. Maldita sea, todo en ella me desarmaba. Y, mientras la escuchaba, solo podía pensar que yo ya había encontrado mi universo en sus ojos. Quizás, con suerte, ella podría encontrar el suyo en los míos.
De pronto, su voz rompió el silencio.
—Acertaste con el asesino —dijo, señalando el televisor.
Giré la cabeza. Tenía razón. El asesino era exactamente quien había dicho. Sonreí, y verla sonreír orgullosa de mí me hizo sentir ligera.
—Mucho mejor —comentó, aún sonriendo.
Me acerqué un poco más, buscando el calor de su cuerpo, escuchar su voz cerca.
—Me siento mejor —dije, casi en un suspiro.
—Qué bueno, Nessy —respondió, con esa calma suya que lo cura todo.
Me acurruqué junto a ella, aunque mi mente seguía pesando en la cicatriz que ocultaba bajo el cabello.
—Gray —murmuré con cuidado—. ¿Fue muy difícil la operación y todo lo que significó?
Ella no pareció sorprenderse por la pregunta.
—No mucho —respondió con naturalidad—. Estuve en coma, me operaron y luego pasé un par de meses en recuperación.
Lo decía como si hablara de un resfriado.
—Lo único realmente malo —añadió, esbozando una sonrisa ligera— es lo poco que me crece el cabello en esa zona. Pero —bajó un poco la voz—, muchas cosas que me pasaron fueron mucho peores.
Eso solo fue un detonante. Y ahí lo sentí: el peso invisible de todo lo que ella callaba.
Solo me quedó una duda que me quemaba por dentro: ¿cuánto daño le hizo mi padre a Gray y por qué?
—Yo habría estado contigo —le dije con dulzura, casi temiendo sonar ridícula—. En cada proceso, en cada recuperación, si te hubiese conocido antes.
Gray me miró y, por un momento, juraría que su calma se rompió apenas un segundo.
—No lo dudo —susurró.
Me acurruqué más contra Gray, buscando refugio en su calor, hasta el punto de quedar recostada sobre sus pechos. La suavidad familiar me envolvió, recordándome aquella primera vez que me permitió tocarlos. La memoria fue un dulce escalofrío.
Mi cuerpo se hundía en ellos, evidenciando la comodidad.
—¿Quieres que te amamante? —preguntó Gray, y el tono de su voz era una caricia de broma.
Levanté la cabeza para encontrar su mirada. La broma, sin embargo, desató algo instintivo: un mordisco en mi labio inferior, una chispa de deseo que no pude esconder.
Ella sonrió. Supo exactamente lo que había provocado.
—¿Quieres? —insistió. La pregunta ahora no era un juego, sino un desafío.
Tomó mi rostro entre sus manos, sus pulgares rozando mis pómulos.
—¿Quieres probarme? —cuestionó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo—. Es lo único que me gusta más que me hagan a que yo lo haga.
La invitación me golpeó. ¿De verdad me estaba invitando a chuparle las tetas? Eran grandes y perfectas, y no podía negarme al deseo.
Quiero.
—Vuelve a morderte los labios si de verdad lo deseas —me retó, y en sus ojos se encendió el mismo fuego.
Fue un acto reflejo, no un pensamiento. Sin dudar, mis dientes marcaron mis labios con una determinación ardiente.
Allí estaba la confirmación, sellada por el deseo.
Gray soltó mi rostro, con el gesto cargado de una satisfacción profunda, casi depredadora. Su sonrisa se ensanchó en algo cálido y peligroso, una promesa cumplida antes de que todo siquiera comenzara.
No dijo nada. Solo alzó las manos y, con una lentitud deliberada, desabrochó los botones de su camisa. El sonido de cada botón al liberarse resonó en el silencio, creando un ritmo pausado, torturante. Mis ojos estaban fijos en el movimiento de sus dedos, en la piel que iba revelándose: primero el hueco de la garganta, luego un destello de clavícula y después, la curva superior de sus pechos.
La prenda se deslizó por sus hombros, cayendo sin prisa. Gray era puro lujo de piel y curvas generosas, deslumbrantes en la penumbra. Y después, el brasier.
Me quedé sin aliento, observando la magnificencia que un segundo antes solo había sido un suave apoyo. Ahora eran un desafío carnal, con los pezones duros, oscuros y brillante.
Ella se recostó hacia atrás, apoyándose en las almohadas, y me tomó de la cintura, atrayéndome de nuevo. Pero esta vez no para acurrucarme, sino para posicionarme.
—Ven —susurró, y en el sonido había una orden que mi cuerpo obedeció antes que mi mente.
El calor de su piel desnuda me quemó a través de la tela de mi bata. Me moví hacia ella, buscando el contacto que me había prometido mi instinto.
Mi boca temblaba de anticipación.
Me acerqué a uno de sus pechos y el corazón me latía contra las costillas, una batería de tambores desbocados. Estuve a punto de besarla, pero la magnitud del acto me detuvo en el aire. Una punzada de timidez o de asombro me congeló, con la boca entreabierta, a centímetros de la meta.
Gray sintió mi vacilación y sus manos subieron de mi cintura a mi cabeza. Los dedos se enterraron con firmeza y ternura en la base de mi cabello.
—Ya estás aquí, Nessy —murmuró, con el aliento caliente contra mi oreja. Su susurro me empujó a la rendición—. Solo pruébame.
El control que ejerció sobre mí no era forzado, sino una guía. Una mano me sostuvo la nuca; la otra me acarició la coronilla. La presión suave y firme de sus palmas me impulsó a inclinarme.
Mi respiración rozó el pezón. Mi boca se abrió y no hubo más espera. Me rendí al deseo. El contacto fue suave al principio, luego más seguro, más ávido: un instinto largamente reprimido que por fin se desataba. El gemido de Gray se sintió más dulce que cualquier sabor, una recompensa inmediata.
Mis labios se cerraron sobre el pezón. Una succión suave, casi tímida al inicio, se intensificó al sentir el calor incendiario. El sabor me invadió: dulce, tibio, extrañamente exquisito. No era solo piel; era algo íntimo, el sabor de Gray misma.
Un sonido húmedo, el de una succión profunda, escapó de mi garganta. Mi mandíbula trabajó con un ritmo voraz y, al mismo tiempo, sentí que Gray se arqueaba contra las almohadas. Su respiración se hizo corta y rápida.
Sus manos, aún en mi cabello, dejaron de guiar para aferrarse a mí. Los dedos se tensaron y tiraron de mis mechones con una urgencia que era mitad dolor, mitad deleite.
Escuché su jadeo ahogado y, bajo mi oreja, sentí un zumbido en su pecho, la piel tensándose. Una oleada de calor me recorrió el cuerpo; la piel de la espalda se me erizó al percibir su excitación.
No podía parar. La textura suave del pecho bajo mi mejilla, el contraste de su pezón duro contra mi lengua, todo era una droga. Un impulso primitivo se había apoderado de mí, obligándome a seguir, a succionar más fuerte.
Gray gimió mi nombre, un sonido largo que me vibró en los oídos. El placer fluyó con más abundancia y el sabor, ahora más intenso, se sentía como una corriente eléctrica.
Levanté una mano y, con los ojos cerrados, la apoyé sobre el pecho contrario de Gray, tocando esa suavidad caliente y tersa. Era una ofrenda, un acto posesivo. En ese instante, solo existían la boca, el pecho, el placer y la respiración compartida, que se había acelerado hasta el punto de la asfixia.
Estábamos perdidas en el acto, fundidas por ese deseo inesperado.
La mano de Gray bajó por mi espalda y se posó sobre mi muslo, subiendo poco a poco, acariciando mi piel hasta llegar a mi entrepierna.
La succión se detuvo. Mi cuerpo se congeló por un instante ante la intrusión, pero mi boca no se separó. En el silencio atronador de mi cabeza, noté el contraste: el calor de su piel en mi boca y el calor seco de la mano de Gray ascendiendo.
Ella sintió el material de la bata y, de pronto, su tacto se encontró directamente con mi piel desnuda.
Gray lo notó de inmediato. Su dedo rozó el borde de la tela y luego la piel suave y expuesta, demorándose en la entrada de mi intimidad. Dejó escapar una risita sorda y ronca que vibró contra mi oído, justo cuando mi mandíbula se tensaba con una nueva y más profunda excitación.
—Lo sabía —susurró, con una voz cargada de triunfo y picardía, sin aliento.
El pecho en mi boca se hinchó un poco más con el cambio de enfoque. Su mano en mi entrepierna se volvió más firme, más decidida. El roce se convirtió en una caricia lenta y profunda que me arrancó un gemido bajo y ahogado.
El placer me golpeó con tal fuerza que me arqueé. Mis manos se aferraron al pecho de Gray; mis uñas se clavaron apenas en la carne suave, buscando un ancla.
Ella me estaba probando con dos placeres a la vez: su pecho en mi boca y la promesa de su tacto. Y yo, sin defensa, solo podía probar y temblar.
El dedo de Gray, experto, encontró mi clítoris. La caricia fue intencional y precisa, y toda la dulzura de su piel se transformó en una explosión eléctrica que me recorrió desde la entrepierna hasta la punta de los pies.
Un quejido de sorpresa se ahogó en el pecho de Gray, un sonido de pura agonía placentera. La succión en mi boca se volvió desesperada, instintiva, un reflejo que me hizo morder con más fuerza. Necesitaba esa conexión, esa dulzura caliente para equilibrar la urgencia que ardía entre mis piernas.
Gray movió la mano, su ritmo era lento al principio, una tortura deliciosa, y luego aceleró, cada fricción sincronizada con la intensidad de mi desesperación. Su respiración se volvió un bufido de placer cerca de mi oreja, y pude sentir su cuerpo vibrar contra el mío.
Me aferré a ella, sin aire, sin palabras. El sabor en mi boca era lo único que me anclaba al mundo mientras la mano de Gray me impulsaba a la locura.
—Muerde, Nessy. Anda, muerde —gimió Gray, y en su voz había una súplica, una invitación a la posesión absoluta.
Obedecí sin pensarlo. Mis dientes se presionaron con suavidad, luego con una necesidad voraz, sobre el pezón.
La reacción de Gray fue inmediata y explosiva. Un sonido agudo escapó de entre sus labios, y sentí que su espalda se arqueaba bajo mi peso, elevando aún más su pecho hacia mi boca. Al mismo tiempo, su mano en mi entrepierna se volvió impaciente, los dedos se curvaron y ejercieron una presión firme y constante, como si intentara anclarme a la cama.
El sabor exquisito y denso de su piel se mezcló con el sabor del deseo más puro. Yo estaba perdida en la voracidad. Mi boca se movía con un ritmo propio, la succión desesperada, casi dolorosa, buscando drenar la excitación misma que Gray me estaba ofreciendo.
Ella me castigó y me premió a la vez.
Una de sus manos abandonó mi nuca y, con un movimiento rápido, abrió el nudo de mi bata. La tela se deslizó de mis hombros, revelando mi torso desnudo y pegándose al suyo, ahora sudoroso por el placer.
El contacto piel contra piel fue una fricción deliciosa, la suavidad de su vientre contra el mío, la dureza contra la base de su mano.
—Tómame, bebe. No pares —ordenó Gray, su voz rota, apenas un jadeo.
Su otra mano, la que hacía el trabajo crucial, intensificó su ritmo. Ya no era un simple roce; era una presión hipnótica que me obligaba a gemir contra su piel. Sentía que mi cuerpo se preparaba para romperse, la tensión subiendo por mi vientre como una cuerda tensada hasta el límite.
Mis músculos temblaron y me pegué a ella como un parásito al calor, mi respiración se desdibujó en jadeos pequeños y erráticos.
El mundo se había reducido al sabor dulce y el dolor exquisito de su tacto. No había antes, ni después.
Mi cabeza se alzó, buscando su boca, no ya el pezón, sino sus labios. Quería sellar el momento, saborear el aliento que acababa de robarle, unir nuestros gritos en uno solo.
Y justo cuando me movía para besarla, ella liberó el agarre de mi clítoris. Un solo dedo se introdujo en mí.
El placer que ya era insoportable se multiplicó por mil. Solté un alarido ahogado y mi espalda se arqueó violentamente.
El pecho de Gray se llenó por completo en mi boca, y la succión final fue lo último que necesitaba para desdibujar la realidad. La presión del dedo en mi interior era una llave giratoria que deshacía nudos en mi cuerpo, liberando oleadas de un placer tan crudo que me hizo ver estrellas a través de los párpados cerrados.
Gray gimió mi nombre, un sonido animal y profundo que hizo temblar su caja torácica contra mi cabeza. La mano que sostenía mi pecho se cerró con una fuerza posesiva, sus dedos presionando mis costillas, como si intentara absorber la energía de mi descarga.
Mi cadera se levantó de la cama, buscando el contacto total con su mano, buscando más del fuego que había encendido. Me convertí en temblor, en músculo contraído, en un gemido continuo. El sabor de sus pezones en mi boca se sentía como una medicina embriagadora que corría por mis venas.
Gray movió el dedo solo un poco, pero ese movimiento fue suficiente para llevarme más allá del límite.
—Mírame —ordenó Gray, su voz áspera y urgente, y tuve que obligarme a alzar la cabeza, a abrir los ojos.
Sus pupilas estaban dilatadas, sus labios hinchados, la mandíbula tensa en una máscara de placer. Ella estaba observando mi rendición, y esa mirada fue la gota que colmó el vaso de mi control.
El ritmo del dedo se disparó rápido, imparable. Mi cuerpo dejó de ser mío, se agitó, se convulsionó bajo la ráfaga de sensaciones. Mis manos, desesperadas, abandonaron su pecho para aferrarse a su cuello, tirando de ella, buscando una cercanía que trascendiera la piel.
En ese instante, todo sucedió a la vez: Gray dejó escapar el grito ronco y liberado mientras sus dedos se tensaban en mi cabello y en mi muslo. Mi cuerpo se rompió en una descarga total.
Mis rodillas se cerraron instintivamente alrededor de su mano. La succión se detuvo, reemplazada por un largo, agotador suspiro. Mi frente cayó rendida sobre su pecho, mi peso muerto.
El sabor, el eco de su placer gritado y la pulsación suave de su vientre contra el mío fue lo último que registré antes de quedar suspendida en un silencio dulce y agotador, con el corazón latiéndonos a ambas como un solo tambor.
Estábamos enteras, estábamos a salvo, estábamos hechas. Y la única prueba del viaje era la humedad compartida y el olor a deseo que inundaba el aire.
Espectacular