Nessy

Gray se despidió de mí con ternura. Me tomó suavemente el rostro entre sus manos y me dio un apretón en las mejillas, mientras sus ojos buscaban los míos.

—Tengo que ir a lidiar con la abuela y Daniel, la versión dramática de nuestra familia —dijo con un atisbo de sonrisa, aunque la preocupación se notaba en su gesto—. Te recogeré pronto para llevarte a casa y luego a la universidad. Y habla con Mafe.

Me soltó y salió. La vi tranquila. Por la quietud de su rostro, supuse que la verdad, la verdadera verdad sobre mi madre y mi participación, aún no había sido dicha. El alivio fue inmenso, pero fugaz.

Me senté frente al escritorio de Mafe, sintiendo la solemnidad del momento. Ella me miró y su rostro, de habitual firmeza profesional, se suavizó con una lucha interna. Suspiró profundamente, como si liberara una carga.

—No le dije nada a Gray —confesó Mafe, y una oleada de culpa me inundó—. Quise decírselo, Ness, es lo correcto, pero parece estar tan genuinamente feliz ahora y me dio mucha pena arruinar eso, sobre todo cuando su cumpleaños está tan cerca.

—¡¿En serio?! —La alegría me invadió, un destello infantil en medio de la tormenta.

¡El cumpleaños de Gray! Podría hacer algo por ella.

—Ness —interrumpió Mafe, su tono volviendo a ser grave, como un ancla que nos devolvía a la seriedad—. Después del cumpleaños de Gray no importa qué pase, ni cómo se sientan las cosas, ni cuán difícil sea. Vamos a ser honestas con Gray. Es lo que ella merece.

Su tono era más un regaño que una simple petición, como si supiera el costo emocional de la mentira. Me regañaba sutilmente por la duda, pero, a la vez, mostraba empatía por el dolor de Gray, queriendo evitarle un cumpleaños triste.

—Te prometo que se lo diré, Mafe —aseguré, asintiendo con convicción. Me había dado un plazo y no daría marcha atrás—. Pero ¿sabes qué más le diré?

Hice una pequeña pausa, el corazón latiéndome con fuerza ante mi propia osadía.

—Que de verdad es la primera y única mujer que he amado en mi vida, y quiero que se mantenga así.

Ella sabe que la amo, lo siente, pero no lo ha escuchado. Y tiene que escucharlo de mis labios. Mafe estiró su mano y la puso sobre la mía, que descansaba temblorosa sobre el escritorio. Su tacto fue cálido y tranquilizador.

—Nessy —dijo, y su voz era increíblemente dulce, la voz de una amiga y no de una terapeuta—. Tengo un presentimiento, una corazonada profesional, de que, al final, todo estará bien.

—Esperemos que sí —respondí, el corazón latiéndome con una esperanza cautelosa.

Mafe se recogió el cabello en un gesto práctico antes de continuar, su expresión volviendo a la seriedad.

—Y necesito que Ángel y tú hablen con Julia en paz —me pidió, con una intensidad que me hizo sentir la urgencia—. De verdad, Nessy, sé que pueden arrepentirse de no hacerlo. Es una oportunidad que no volverá.

—Justo hoy discutí con Ángel por nuestra situación —dije, bajando la mirada, avergonzada—. ¿Y sabes una cosa, Mafe? Siento que me molestó más lo de Gray que el hecho de la correccional.

Suspiré, el aire escapando como un reconocimiento doloroso.

—No debería odiarla por algo que a mí no me compete, que no supe cómo pasó —miré hacia el techo, con una mezcla de frustración y resignación—. Y tampoco puedo odiarla porque vea su dolor a través de mí, no es algo tan fácil de controlar.

Aquí ambas estábamos cargando con el fantasma de que yo, de alguna manera, era un error. Pero Mafe, como una roca, aseguraba que mi madre quería genuinamente arreglar nuestra relación.

Mafe me suplicaba con la mirada, transmitiéndome la urgencia de mi madre.

—Hablaré con Ángel —tragué saliva, aceptando el reto—… y con mi madre también.

De nuevo.

Me pregunté si había sido yo la inaccesible todo este tiempo, demasiado consumida por mi propio dolor para ver el de ellos.
Mafe, con un gesto de disculpa, indicó que tenía que atender a su siguiente cliente. Yo no dudé en marcharme. Ese paciente sí estaba pagando y sentía que ya había abusado del tiempo y la generosidad de Mafe.

Me quedé en la recepción, en el mismo sofá suave, revisando mi celular mientras esperaba a Gray. La quietud se rompió cuando, al levantar la mirada, vi entrar por la puerta a una figura que automáticamente me tensó.

Era esa mujer odiosa y aferrada, con su aura de superioridad y su obsesión destructiva.

Sofía.

Intenté ignorarla por completo, hundiendo la cara en el teléfono, con la esperanza de ser invisible. No funcionó.

—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí, la pequeña sombra —su voz, cargada de un sarcasmo venenoso, me taladró desde arriba.

No le contesté. Seguí fingiendo que el mensaje que leía era vital para mi existencia. Ella se acercó y, sin previo aviso, golpeó mi celular con la mano, haciendo que cayera sobre el cojín. Me obligó a levantar la cabeza.

—Ey, mírame cuando te hablo —exigió con una frialdad glacial en la mirada.

Mi sangre hirvió, pero mantuve la calma.

—¿Qué quieres? Estoy esperando a una amiga.

—Lo sé perfectamente y es precisamente por esa «amiga» que estoy aquí —se inclinó y su voz bajó a un susurro amenazante, pero perfectamente audible—. Te lo voy a decir una sola vez, y será la última. Aléjate de Gray.

El miedo, diminuto pero persistente, quiso asomar, pero lo aplasté con una furia justificada.

—¿Y si no lo hago, qué? —la encaré, arqueando una ceja. Mi voz no tembló.

—Mira, niña. Gray y yo tenemos una historia que tú jamás entenderás.

—¿Qué? ¿Que eras un pasatiempo? —respondí, harta.

—¿Y crees que contigo es diferente? —desafió—. ¿Ya te usó?

Me puse de pie lentamente, obligándola a levantar la mirada para sostener mi confrontación. Estaba cansada de sus juegos.

—¿Una historia? ¿O una dependencia tóxica? Ten un poco de dignidad, un poco de amor propio. Gray te odia, te lo ha dejado claro. ¿Qué más necesitas? ¿Que te ponga una orden de restricción? No me voy a alejar de ella. No tienes ni la autoridad ni el poder para pedírmelo.

Su rostro se transformó. El sarcasmo desapareció y fue reemplazado por una rabia pura y descontrolada.

—¡Estás jugando con fuego! ¡Tú no sabes lo que hice para deshacerme de gente más importante que tú! ¡Tú no eres nadie!
—Y tú me das lástima —le espeté, sin darle respiro—. Y para alguien que dice tener una historia con Gray, deberías saber que ella no necesita que nadie la «reclame». Ella es de ella y punto.

La discusión escaló. Sus ojos brillaron con una amenaza escalofriante. Ya no era una rivalidad; era algo mucho más oscuro.
—Mira, niña estúpida. Gray sabe de lo que soy capaz, y las mujeres que han estado con ella también.

Para locas obsesionadas ya tengo a Lincy; ella no me asusta. Sus amenazas, dichas con esa frialdad, me recorrieron la espalda. Pero, después de Ángel, de mi madre, de todo lo que ha pasado no sentí miedo, solo un inmenso fastidio.

—Adelante —dije, desafiante, sosteniendo su mirada sin parpadear—. Inténtalo. Ya viví un infierno. Y te lo digo de una vez: no tengo miedo, Sofía. Madura. Deja en paz a Gray y búscate una vida, no tienes nada aquí.

Le di la espalda, recogí mi celular con calma y volví a sentarme en el sofá, dejando la palabra final en el aire. Sabía que ella estaba hirviendo, pero la ignoré, esperando el dulce sonido del auto de Gray.

Cuando mi mano tocó el celular, vibró con un nuevo mensaje de Gray.

«Ness, sal a la esquina».

Inmediatamente después, llegó el segundo mensaje:

«Ya vi a la loca esa y, honestamente, no quiero atropellar a nadie».

No me tomé su mensaje como una broma. Conocía la rabia fría de Gray y estaba segura de que la única razón por la que Sofía seguía respirando era porque era la sobrina de Mafe, su mejor amiga. El pensamiento me dio un escalofrío.

Salí del lugar con prisa. Me despediría de Mafe por chat, porque no soportaba un segundo más en el mismo espacio que esa malparida. Caminé, casi corrí, hasta la esquina. Y, efectivamente, allí estaba la camioneta de Gray, imponente y segura. Me subí rápido, sintiendo que la vergüenza todavía me ardía en las mejillas. No quería ser una carga.

—De verdad, Gray, si tienes cosas que hacer, no deberías molestarte en recogerme —dije, forzando una sonrisa.

Gray se giró hacia mí, con esa sonrisa tranquila y ligeramente burlona que me encantaba.

—¿No crees que te queda más fácil decir «prefiero que mi profesora me lleve»? —me corrigió.

No quiero que la vida me quite esto. Este momento de paz, esta conexión irónica.

—¿Te molesta mucho eso? —pregunté, solo por la necesidad de escuchar su respuesta.

—Prefiero darte un carro, enseñarte a conducir y conseguirte los papeles con atajos para que puedas conducir —dijo sin dejar de sonreír.

La idea de verme conduciendo una camioneta como esta me pareció absurda. ¿Estaría hablando en serio? No sabía si tomarlo como una broma cariñosa o una promesa genuina.

El viaje inició de nuevo, cayendo en un silencio que no fue incómodo en lo absoluto. Al contrario, me encantaban esos silencios junto a ella. Eran la prueba de que no necesitábamos llenar el espacio con palabras vacías. Eran reconfortantes, como un abrazo sin contacto físico.

Una de mis profesoras nos había hablado sobre una acción de caridad por parte de la universidad para un asilo de ancianos. Por eso, ese día tenía que ir más temprano de lo habitual. Primero llegaríamos a la universidad y luego iríamos al asilo para preparar comidas y otras cosas. Era una buena causa, una buena experiencia para sacar la cabeza de mi propio drama.

La jornada en el asilo fue, sinceramente, gratificante. Fue chévere; los ancianos se tomaban el bingo muy en serio, con una intensidad deliciosa. Me quedé con otros pocos estudiantes ayudando a limpiar el lugar, y la atmósfera era cálida y tranquila. Hasta que noté a la otra loca parada justo en la entrada del lugar.

Lincy.

No supe si acababa de llegar o si había estado allí todo el tiempo, observando. Pero no quería que me viera. El instinto de huida fue inmediato. Así que, con un aparente propósito, tomé una pila de sábanas sucias y me dirigí a un enorme cuarto de lavado porque no podía salir por la puerta sin toparme con ella.

Una trabajadora del asilo estaba allí y le ayudé a clasificar algunas cosas. Fue amable y comprensiva cuando le susurré que necesitaba esconderme de alguien que me estaba acosando, y me dejó quedarme allí un rato. Me quedé fascinada mirando las lavadoras. Eran titánicas, industriales. Tenían un enorme círculo de metal y cristal al frente, claramente diseñadas para lavar cantidades descomunales de ropa.

—¿Será que ya se fue la loca de Lincy? —murmuré para mí misma, asomando la cabeza cautelosamente.

En ese instante, escuché que se abría la puerta del cuarto. Me giré con prisa, el corazón galopando. El aire volvió a mis pulmones al notar que no era Lincy, sino tres chicas, estudiantes, que parecían un grupo encantador de amigas.
—Hola —me saludaron de repente, con una sonrisa demasiado amplia que me pareció artificial.

—¿Hola? —respondí, confundida.

—¿Eres Nessy? —preguntó una de ellas, sin preámbulos.

El aire se sintió pesado. Si esto tenía que ver con la perra de Lincy, lo mejor era esfumarme.

—Lo siento, tengo que irme —dije e intenté deslizarme hacia la puerta.

Pero ellas no me dejaron. De verdad, me detuvieron. Me rodearon, sus sonrisas volviéndose tensas. ¿Qué razones tendrían para hacerme daño? No las conocía.

—Alguien nos dijo que te diéramos un recado —dijo una de ellas, y noté el brillo calculador en sus ojos—. Y te conoce muy bien como para deducir que te esconderías aquí.

Lincy, claro. Recordaba cómo intentaba evadirla sutilmente cuando empezó a acosarme en la correccional.

—No es personal —continuó la chica, encogiéndose de hombros con una frialdad espeluznante—. Solo nos pagaron.

No me dieron tiempo para reaccionar o gritar. Dos manos cubrieron mi boca con una fuerza bruta. Inmediatamente intenté patalear y gritar, pero una me desequilibró tomándome de las piernas y la otra intentó inmovilizarme las manos.

Entré en un pánico absoluto. Arañé con desesperación el brazo que me sujetaba y pataleé salvajemente, aunque no sabía qué demonios planeaban.

Entonces, la chica que me sostenía de las piernas me soltó momentáneamente. Se giró, abrió la puerta de esa lavadora enorme y el rugido del metal me pareció el sonido de una trampa mortal.

¡No, no, no!

Empujé con las piernas con una fuerza desesperada para alejarme de ese círculo de metal. Si planeaban meterme allí, la claustrofobia me mataría antes que la falta de oxígeno. Mis dos piernas se plantaron firmemente contra el suelo, creando un anclaje provisional. Intentaría retrasarlo hasta que alguien entrara.

La chica rodeó mis piernas con los brazos en un intento de anular mi fuerza. Tiraron con todas sus ganas. Con un grito sordo, ahogado por la mano sobre mi boca, fui arrastrada y, a pesar de mi lucha, empujada brutalmente dentro del tambor de la lavadora. La posición era incómoda, mis rodillas golpeando el metal frío.

La tercera chica se apresuró. La puerta de la lavadora se cerró con un sonido sordo y definitivo. Intenté empujarla, golpearla, pero estaba cerrada por fuera. Luego sentí el terror más profundo: un ruido hidráulico. La lavadora había sido encendida y comenzaba a llenarse de agua.

Grité, mi voz distorsionada por el cristal, mientras mis puños golpeaban.

—¡Sáquenme! ¡Por favor! ¡Sáquenme de aquí! ¡Me voy a ahogar! ¡Ayuda! —Las súplicas se ahogaron en la máquina.
Vi sus rostros asomándose por el cristal.

—¡Ya alguien viene a buscarte! —gritó una de ellas por encima del ruido del agua.

Las tres se rieron. Luego, como si nada, se dieron la vuelta y se fueron, dejando el eco de sus voces mientras la oscuridad y el agua me envolvían.

Estaba sola… y me iba a morir.

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Mar luna
13 days ago

Hay no pobre nessy