Cuanto más subía el agua de la lavadora, más sentía que me ahogaba, aunque todavía no estuviera sumergida por completo. El sonido del agua llenando el tambor se mezclaba con mis propios jadeos, con mi respiración entrecortada. Estaba tan absurdamente fría que sentía que me quemaba la piel.
Golpeé la puerta una, dos, tres veces y después muchas más. Golpeé con los puños, con los codos, con lo que fuera, hasta que los golpes se volvieron torpes y débiles. Cada intento me arrancaba el poco aire que me quedaba.
—¡Auxilio! —grité, o creí gritar.
Ya no sabía si realmente emitía algún sonido o si solo lo pensaba. Las luces se apagaron de golpe. Y el silencio, ese silencio húmedo, me hizo sentir que ya nadie estaba allí. Que mis gritos se perdían en el tambor de metal, como si el mundo entero se hubiera ido y solo quedáramos yo y ese ruido del agua subiendo, subiendo, subiendo…
Mi pecho ardía, mis pulmones se contraían buscando oxígeno y empecé a temblar sin control. El agua ya me llegaba al cuello.
Entonces, la luz volvió: un destello blanco, violento. Y creí, por un segundo, que alguien me había encontrado, que por fin saldría de ahí.
Pero no, no era un rescatista. Era Lincy.
Esa sonrisa suya: tranquila, casi divertida, me paralizó más que el frío. Sabía que ella estaba detrás de todo esto. Tenía esa expresión serena, como si lo que estaba viendo no fuera una tortura, sino una escena romántica.
—¡Lincy! ¡Sácame de aquí! —le grité, golpeando de nuevo la puerta con desesperación—. ¡Por favor!
Si se supone que me ama, que me lo demuestre. Que lo demuestre ahora.
—¡Vamos! ¡Abre esa hijueputa puerta! —rugí, sintiendo cómo la voz se me quebraba.
Pero ya me costaba hablar. El agua había llegado a la comisura de mis labios y cada respiración era un intento desesperado por robarle al aire un segundo más. Tragué agua, tosí y golpeé una vez más.
Lincy solo sonrió. Una sonrisa lenta, cínica. Me lanzó un beso al aire, con una tranquilidad tan enferma que me heló la sangre. Y solo cuando el agua alcanzó el tope, se acercó despacito. Como si disfrutara de cada segundo que pasaba.
Pero no abrió la puerta.
Dejé caer la frente contra el vidrio. El frío del cristal me atravesó hasta el alma. Sentí las lágrimas mezclarse con el agua helada que ya me cubría casi por completo.
¿De qué forma ama esta mujer? Entiendo que esté obsesionada conmigo pero yo estoy obsesionada con Gray y jamás podría hacerle algo así. Jamás.
El agua comenzó a bajar, al fin, pero ya era tarde. No podía moverme; el cuerpo no me respondía. Los dedos rígidos, los labios entumecidos. Intenté respirar, pero el aire entraba a pedazos.
En medio del zumbido en mis oídos y de la visión que se volvía borrosa, sentí que la conciencia se me escurría como el agua que drenaba a mis pies. Solo quedó el frío y el eco de su risa, lejos, muy lejos.
El aire regresó a mis pulmones con una bocanada. Quizás pasaron unos tensos minutos antes de que pudiera volver a abrir los ojos, sintiendo un dolor sordo y un peso aplastante.
Y allí estaba ella. Bueno, Lincy estaba disfrutando de darme una respiración boca a boca que se sentía más como una imposición que como un rescate. Con las pocas fuerzas que me quedaban, la empujé de inmediato, interrumpiendo su contacto.
—¡¿Qué mierda te pasa?! ¡Suéltame! —le exigí con la voz ronca, una mezcla de pánico y furia.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, con una rabia palpable. El desprecio ardía en mi pecho.
—Tranquila, linda —dijo con un cinismo que me revolvió el estómago.
Se enderezó con una sonrisa descarada.
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así después de casi matarme?! —dije, arrastrándome torpemente por el suelo frío para conseguir algo de distancia.
—Tendrías que agradecerme por salvarte la vida —dijo con una calma irritante, antes de que su expresión se volviera gélida—. Aunque, para ser sincera, yo no lo hice.
Hizo una pequeña pausa, saboreando el momento, antes de volver a sonreír con esa falsedad que me ponía los pelos de punta.
—Si lo hicieron es por tu relación con una, ¿qué sé yo? ¿Fiscal? —dijo, desviando un poco la mirada, como si la mención le aburriera.
¿Sofía?
—Yo te aconsejaría que te alejaras de ella porque pareces estar tratando con una que, para mi sorpresa, es más loca que yo —continuó. Su sonrisa perversa se clavó en mi mente como una astilla—. Deja a la fiscal con su loca y todas ganamos.
Esa malparida de Sofía. Nunca me voy a alejar de Gray. Que lo entienda de una vez. Ella cree que con meterme en una lavadora y casi matarme va a sembrar miedo y conseguir que me aleje de mi amada.
Me puse de pie, tambaleándome con mis escasas fuerzas, decidida a largarme de allí. Pero Lincy fue más rápida: me jaló del brazo, aprovechando mi debilidad y agotamiento. Su agarre era firme.
—No seas terca, Ness —dijo, obligándome a mirarla, con un atisbo de algo que intentaba ser advertencia o preocupación—. No quiero que te mueras.
Dios mío. La desesperación se instaló en mi garganta.
—¡Suéltame, Lincy! —forcejeé, retorciéndome inútilmente. Ella no pensaba ceder.
De repente, y para mi alivio, la puerta del cuarto de lavado se abrió. Apareció la encargada que me había dejado allí, con una expresión de pánico contenido. Parecía que había traído a alguien para mostrarle mi ubicación.
Ese alguien era Gray.
Y no se tomó nada bien el jaloneo de Lincy. De inmediato, Gray, con esa fuerza bruta y esa rabia protectora que tanto me enciende de ella, me jaló hacia sí con tanta potencia que la resistencia de Lincy se deshizo en ese preciso instante.
Pero esa reticencia no le gustó a Gray. Apenas me tuvo a salvo, se giró, cerró la mano en un puñetazo perfectamente dirigido y lo estrelló contra el rostro de Lincy, haciéndola llevarse las manos a la cara de inmediato y tropezar hacia atrás.
—Escúchame bien, Lincy —dijo Gray con una voz baja y peligrosa, apenas un gruñido—. Toca a Nessy de nuevo y no habrá nada ni nadie que te salve de mí.
Una de las profesoras que aún quedaban en el pasillo, alertada por el ruido, se acercó rápidamente.
—Señora, ¡no puede golpear a las alumnas! —la reprendió con voz firme y notablemente enojada.
—¡Esa alumna es una psicópata! —respondió Gray con urgencia, señalando a Lincy con desprecio—. ¡En un centro de salud mental es donde debería estar! ¡Mire lo que le hizo a Ness!
Lincy se quitó la mano temblorosa de la nariz. La sangre fresca manchaba sus dedos y un hilo rojizo le corría por el labio superior, justo a tiempo para que la profesora lo viera. Su labio inferior comenzó a temblar.
—No es cierto —dijo Lincy con un sollozo ahogado, su voz fina y rota por el llanto—. Yo no fui quien le hizo esto, solo… solo le ayudé a salir.
Maldita sea, tiene razón. La brutalidad de Gray era evidente, mientras que la evidencia contra Lincy era circunstancial. La manipulación le daba la ventaja.
—¡Mientes! —insistió Gray, con los puños aún apretados—. ¡Sé que querías hacerle daño!
—Señora —interrumpió la profesora, dirigiendo toda su atención a Gray—, estas acciones no están permitidas. Si vuelve a hacer algo así, pondrá en grave riesgo el buen historial de la señorita Ness.
Yo sabía que Gray iba a responder, encendida por la injusticia y la preocupación, pero no iba a permitir que se metiera en más problemas por mí.
—Gray, por favor, ya vámonos —le pedí, sujetándola del brazo con toda mi fuerza y tirando de ella.
Lincy nos miró con unos ojos grandes y llorosos. Las lágrimas corrían por su rostro pálido y su respiración superficial la hacía parecer la víctima de una brutal agresión. Debo reconocerlo: era una actriz excepcional y una maldita manipuladora de primera.
A regañadientes, logré llevar a Gray hasta el auto. Condujo con una rabia sorda, agarrando el volante con una fuerza innecesaria, y no dejó de lanzar amenazas despectivas contra Lincy.
Finalmente, llegamos a casa y entramos en el calor y el silencio. Me sentía entumecida y temblorosa; mis movimientos eran lentos y torpes. Gray me sostuvo el rostro con ambas manos. Sus ojos recorrieron los míos con una preocupación tierna que contrastaba con la furia de hacía unos minutos.
—Estás helada —dijo con un tono suave, casi murmurado—. Ve a darte un baño de agua caliente, inmediatamente. No quiero que te enfermes.
Asentí, sin tener fuerzas para discutir. El frío del agua seguía calándome los huesos. Me arrastré hasta el baño, me acerqué a la gran bañera de mármol y abrí la llave del agua.
Llenarla era fácil; el problema era conseguir agua caliente. Siempre usaba la ducha, por rapidez. Jamás había tenido que lidiar con los grifos de la bañera, que parecía tener cuatro o cinco mandos diferentes.
Giré uno y el agua fría salió a chorro. Giré otro y el chorro se hizo más fuerte. Intenté con un tercero, pero solo conseguí que saliera un poco más de vapor junto con el agua helada. Estaba demasiado agotada para descifrar el mecanismo y un escalofrío me recorrió de nuevo el cuerpo. Estaba a punto de ponerme a llorar de frustración.
—¡Gray! —llamé. Mi voz sonó débil y patética.
Un momento después, la puerta se abrió y ella estaba allí, con el ceño fruncido.
—¿Qué te pasa?
—No, no sé cómo sacar el agua caliente de aquí —admití, señalando la maraña de grifos con vergüenza—. Siempre uso la ducha y no puedo hacer que funcione.
Gray me miró y la tensión de su rostro se disolvió en una pequeña sonrisa de pura ternura. Se acercó sin decir una palabra, se arrodilló junto a la bañera y, después de girar un par de mandos, consiguió que el agua caliente y humeante comenzara a llenarla.
—No te preocupes, Ness —susurró—. Yo te ayudo.
El vapor ya llenaba el aire del baño. Gray se aseguró de que la temperatura fuera la ideal, probando el agua con la punta de los dedos. El aroma de las sales de baño se elevó con el vapor, un lujo tranquilizador. Gray me ayudó a despojarme de las ropas húmedas y a entrar en la bañera. El contacto con el agua caliente fue un alivio inmediato. Un gemido de satisfacción escapó de mis labios y me hundí hasta que el agua cubrió mis hombros.
—Dios, esto es perfecto —susurré, cerrando los ojos.
Gray se sentó en el borde de la bañera y pasó suavemente la mano por mi frente para apartar un mechón de pelo mojado.
—Necesitabas esto. Estás volviendo a tu color; parecías un cadáver hace un momento —dijo, con la preocupación aún latente en su voz.
—Gracias —dije, abriendo los ojos para encontrarme con los suyos. Le sonreí ligeramente—. Aunque tengo que admitir que me vi bastante inútil al no lograr el agua caliente. Soy una adulta funcional, te lo juro.
Gray se rio, una risa profunda y melodiosa que me encantaba.
—Para ciertas cosas, sí lo eres. Pero para la plomería de lujo, aún te falta —dijo con un guiño—. Está bien que me necesites. De hecho, me encanta.
Mi corazón se hinchó con su ternura.
—Ahora, relájate. No pienses en esa… esa rata de Lincy.
—No puedo no pensar en ella. Su actuación de víctima fue impecable… —empecé a decir, y un escalofrío me recorrió a pesar del agua caliente.
Gray dejó de acariciarme y me miró con una intensidad renovada. Se levantó y empezó a quitarse la ropa sin dudarlo.
—Suficiente charla. Te dije que te relajes y me aseguraré de que lo hagas —dijo con una sonrisa pícara, pero sus ojos guardaban una promesa seria.
Unos segundos después, Gray se deslizó en la bañera conmigo. El agua se desbordó ligeramente por la adición de su cuerpo. Se deslizó detrás de mí, rodeándome con sus brazos y pegando mi espalda a su pecho. El calor de su cuerpo era tan reconfortante como el agua.
—¿Mejor? —susurró a mi oído, dejando un beso suave detrás de mi oreja.
—Mucho mejor —respondí, sintiendo cómo toda la tensión se iba disolviendo.
Gray empezó a masajear suavemente mis hombros, que estaban tensos. Su tacto era firme, pero cariñoso, buscando liberar el dolor y el miedo.
—Escúchame, Nessy. Mírame —pidió, obligándome a girar un poco la cabeza para verla—. No voy a permitir que te pongan en peligro, y mucho menos que te encierren y te hagan daño de esa forma tan cruel.
Su voz se endureció; la promesa de venganza era clara.
—Lo que te hicieron hoy, te lo juro, lo van a pagar.
Yo solo deseaba que esto nunca me fuera arrebatado.
Eso gray defiende a tu mujer