Nessy

Ángel estaba sentado en la banca, con la mirada perdida en el campo de fútbol. A pesar de ser el capitán del equipo, no estaba jugando; su desempeño había caído en picada últimamente, y era evidente que sus problemas emocionales lo estaban afectando. Su postura era encorvada, reflejo de la tristeza y la soledad que sentía.

Para desgracia de todos, quien estaba a su lado en ese momento era Gerardo, quien se había dedicado a ocupar ese puesto de acompañante durante los últimos días. Bueno, no es difícil ocupar espacio en la vida de alguien que se siente solo y abandonado.

—No te preocupes, campeón —dijo Gerardo con una voz cálida, poniendo una mano tranquilizadora en su hombro—. Eres mi sobrino y estaré aquí siempre, pase lo que pase.

Quizás Gerardo sí quería a Ángel porque era hombre y le recordaba a su hermano muerto, pero también tenía otras intenciones.

Hubo una diminuta pausa, perfectamente calculada.

—No como otras —agregó Gerardo en un susurro apenas audible, pero cargado de veneno.

Era obvio de quiénes hablaba y cuáles eran sus intenciones: crear un resentimiento profundo y buscar culpables para la soledad de Ángel.

—¿Hablas de mi mamá y mi hermana? —cuestionó Ángel, sin levantar la cabeza, con un tono apagado—. Quizás solo están ocupadas. Tienen mucho trabajo.

—¿Todo el tiempo? —insistió Gerardo, con el cinismo goteando de su voz—. Estoy seguro de que la misma hermana que olvidó tu cumpleaños va a estar allí para celebrar el de esa otra, que no es de su sangre.

Ángel levantó el rostro un poco y su postura encorvada se tensó ligeramente. La mención de su cumpleaños olvidado fue un golpe bajo.

—La fiscal, esa mujer… —continuó Gerardo, sin piedad—, que seguramente tiene manipulada a tu hermana hasta el punto de la ceguera. ¿Qué clase de persona logra que una hermana olvide el cumpleaños de su propio hermano, Ángel?
Ángel suspiró con dificultad y tragó saliva. La lucha interna era palpable.

—No es manipulación —dijo, intentando defenderme—. Ness está enamorada de ella.

Gerardo sonrió fríamente, una expresión sin calidez.

—La fiscal odia a tu madre; eso es un hecho. Es obvio que va a usar a tu hermana para vengarse —insistió Gerardo, su voz tomando un tono conspiranoico—. Créeme, mira lo bajo que ha caído: olvidar tu cumpleaños es solo el inicio.

Ángel se quedó callado, el silencio, un campo de batalla para sus emociones. Sus ojos se veían brillantes y aguados.

—No hablemos más del tema —pidió, tratando desesperadamente de contener las lágrimas.

Gerardo suspiró, simulando resignación, pero sabía que aún tenía una carta crucial por jugar.

—Solo digo, deberías decirle a tu madre lo de tu hermana y la fiscal —dijo, bajando la voz hasta que sonó como un secreto compartido, una preocupación sincera—. Si de verdad quieres a tu hermana, hazlo, porque va a salir muy herida de todo esto. Una mujer como Gray no suelta algo sin haberlo roto primero.

Ángel bajó la mirada una vez más, la semilla de la duda y el miedo plantada firmemente en su mente. Me había prometido no decir nada, un juramento de silencio.

Pero, si Gerardo se metía lo suficiente en su cabeza, si seguía explotando esa soledad y esa herida, Ángel iba a arruinarlo todo. El miedo a que yo fuera dañada era una debilidad.

Mientras tanto…

El reloj marcaba las once con dieciocho. El aula de simulación olía a desinfectante y a cansancio.

Sol sostenía el estetoscopio con manos temblorosas, tratando de concentrarse, pero la mirada se le perdía cada tanto en los ojos claros de Zafiro, sentada frente a ella con la bata entreabierta y esa sonrisa suave que nunca ayudaba.

—¿Sol? —la voz de la profesora rompió el silencio, firme y cortante—. ¿En qué estás pensando?
Sol parpadeó.

—Perdón, doctora, estaba revisando la frecuencia…

—Estás distraída —la mujer cruzó los brazos, con la expresión grave—. No es la primera vez que te lo digo hoy. Esperaba más concentración de ti.

El comentario cayó como una aguja en el pecho de Sol. La profesora rara vez levantaba la voz con ella. Era una de sus mejores estudiantes, la más precisa, la más dedicada. Pero ahora solo veía decepción en sus ojos.

—Lo siento, doctora. No dormí bien anoche —dijo al fin, bajando la mirada.

—¿No has dormido? —respondió la mujer, suspirando mientras revisaba sus notas en la tableta—. En un entorno real, un descuido puede costar una vida, Sol. Recuérdalo.

Asintió en silencio, tragando la vergüenza. La doctora la observó un segundo más y luego se giró para salir, dejando la puerta del aula entreabierta y un silencio denso detrás. Zafiro se movió apenas, aún sobre la camilla, con esa mirada entre culpable y dulce que solo ella tenía.

—Fue mi culpa —murmuró, bajando la vista—. Si no te hubiera hablado anoche, habrías descansado.

Sol negó despacio, intentando sonreír.

—No digas eso. Tú no me distraes, solo me haces olvidar el resto del mundo.

Zafiro soltó una risita suave, pero en sus ojos había una mezcla de ternura y preocupación. Se levantó despacio, todavía en el papel de paciente, y se acercó hasta quedar frente a ella.

—Eso suena peor de lo que crees —dijo, con tono divertido, aunque la preocupación seguía en su voz—. No quiero que por mi culpa te regañen, Sol.

Sol suspiró, alzando la mirada.

—No es tu culpa, soy yo. Tengo que aprender a separar las cosas.

Zafiro le acomodó el estetoscopio que colgaba de su cuello y sonrió apenas.

—Entonces sepáralas mañana. Hoy déjame consolarte un poco, ¿sí?

La frase bastó para romper la tensión. Sol no supo por qué, pero sintió que el cansancio le pesaba menos. Y mientras el reloj avanzaba, Sol dejó escapar el aire que había estado conteniendo, dejándose envolver por ese instante de calma que Zafiro le ofrecía, sabiendo que, aunque la profesora tuviera razón, ella no podía dejar de sentirse a gusto con Zafiro.

La práctica terminó y Sol salió con los hombros caídos y la mirada perdida; el regaño de su profesora aún resonaba en su cabeza. No era común que la reprendieran, y mucho menos por distraerse.

Zafiro, que la esperaba apoyada contra la baranda del pasillo, levantó la mano en cuanto la vio.

—¿Te apetece un helado? —preguntó con una sonrisa suave.

Sol dudó un momento, pero el gesto amable de Zafiro tenía algo que la tranquilizaba. Asintió con una leve sonrisa cansada.

—Está bien, creo que me hace falta.

Caminaron hasta una pequeña heladería en frente. El lugar olía a vainilla y caramelo, y la luz cálida contrastaba con el cansancio de Sol. Se sentaron junto a la ventana, cada una con un vasito en la mano: vainilla para Sol y fresa para Zafiro. Durante unos minutos comieron en silencio, hasta que Sol dejó la cuchara dentro del vaso y suspiró.

—¿Por qué haces esto? —preguntó de pronto, mirándola con curiosidad—. ¿Por qué siempre estás ahí? Me ayudas, me esperas, me acompañas…

Zafiro levantó la vista, un poco sorprendida por el tono directo de Sol.

—No sé —respondió con una risa nerviosa—. Supongo que soy naturalmente comprensiva. Me gusta ayudar.
Sol asintió, bajando la mirada.

—Eso ya lo sé, pero conmigo es diferente —sus dedos jugaban con el borde del vaso—. Eres más atenta, más… no sé cómo decirlo.

Zafiro la observó en silencio unos segundos antes de responder con voz tranquila, pero firme:

—Porque tú me gustas.

Los Gutiérrez son directos. 

El corazón de Sol dio un salto. Sintió el calor subirle a las mejillas y el aire quedarse corto.

—¿Qué? —balbuceó, sin saber si reír, asustarse o salir corriendo.

Zafiro se mordió el labio, algo avergonzada.

—Lo digo en serio. No esperaba decírtelo hoy, pero no quería que pensaras que lo hacía solo por lástima.

Sol se levantó de golpe, torpe, con el vaso aún a medio terminar.

—Yo tengo que irme —dijo, evitando su mirada—. No dormí bien y necesito descansar.

—Sol, espera, yo no…

—Gracias por el helado —la interrumpió con una sonrisa nerviosa antes de salir apresurada del local.

Zafiro se quedó quieta, mirando la puerta cerrarse tras ella. Bajó la vista a su helado derretido y suspiró.

—Genial, Zafiro… la asustaste —murmuró, con una mezcla de tristeza y confusión.

Afuera, Sol caminaba rápido por la acera, sintiendo el corazón desbocado. Era miedo, exactamente: una mezcla de sorpresa y deseo que no sabía cómo manejar.

Porque, por primera vez, se dio cuenta de que pensar en Zafiro la hacía sonreír y eso la aterraba.

Zafiro recibió mi llamada. Apenas vio mi nombre en la pantalla, contestó de inmediato.

—Hola, Zafiro —saludé con esa dulzura tan mía, la que parecía envolverlo todo.

—Hola, Ness —respondió Zafiro con la misma suavidad.

—¿Podrías decirme cuándo es el cumpleaños de Gray? —pregunté con curiosidad.

—Mañana —respondió Zafiro tras un breve silencio—. Pero no te molestes, Ness. A Gray le fastidian las fiestas, y más si son sorpresa.

—Lo sé —dije, y mi voz bajó un tono, como si guardara un secreto—. Pero creo que hay algo que sí le gustaría. Tiene que ver con el libro de pasteles. Ella me contó que su mamá le hacía uno especial cada año para su cumpleaños. Creo que sé cuál es.
Zafiro se quedó pensativa unos segundos. Gray odiaba cualquier tipo de celebración, pero la idea sonaba distinta, más íntima, más sincera.

—Me parece bien —aceptó al fin—. No tenemos mucho tiempo, así que iré a ayudarte.

Aún con la mente revuelta por lo ocurrido con Sol, Zafiro salió de casa. Ayudarme, pensó, era justo lo que necesitaba para despejar la cabeza.

Cuando llegó, yo ya tenía el delantal puesto y los ingredientes sobre la mesa. El olor a cacao comenzaba a llenar la cocina.

—¿Y cómo sabes que ese era el pastel que su madre le hacía? —preguntó Zafiro, intrigada.

Sonreí, con esa mezcla de ternura y orgullo que siempre tenía cuando hablaba de Gray.

—Cuando comíamos donas, ella solo tocó las de chocolate. Creo que es su sabor favorito. Y si miras este libro —abrí las páginas con cuidado—, la mayoría de las recetas tienen tachones, manchas o pequeñas correcciones. Esta no; esta página está limpia. Es como si su madre conociera esta receta de memoria, como si fuera la que más le importaba. Aquí no hay error, solo amor… es un pastel con significado.

Zafiro arqueó una ceja.

—¿Deduciste todo eso solo por las donas y por cómo está escrita una receta?

Asentí con una sonrisa tímida.

—Sí. A veces los detalles más pequeños son los que más dicen de una persona.

Zafiro soltó una pequeña risa y negó con la cabeza. Solo yo me fijaría en algo así. Solo yo prestaría atención a qué tipo de dona comía Gray.

Decidió no cuestionarlo más, se arremangó la camisa y se unió a la preparación.

—De acuerdo, pastel de chocolate con significado —dijo—. Vamos a hacerlo perfecto.

Antes de comenzar, Zafiro tomó el celular y marcó un número.

—Daniel, necesito que mantengas a Gray lejos de casa —pidió en cuanto él atendió.

—No te preocupes —respondió Daniel con calma—. Está ocupada. Y si intenta irse, la amarro a una silla.

Zafiro suspiró y rodó los ojos.

—Daniel…

—¿Qué? Tú sabes que es lo único que funciona —replicó él antes de colgar.

Zafiro guardó el teléfono y murmuró para sí, resignada:

—Solo él es capaz de mantenerla lejos, por las buenas o por las malas.

Reí bajito y ambas seguimos batiendo la mezcla. El ambiente se volvió cálido, lleno de un silencio cómodo y de un cariño que no necesitaba palabras.

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