Nessy

Zafiro salió al jardín delantero. El aire fresco de la noche rozaba las hojas de los árboles y el silencio era casi incómodo hasta que escuchó pasos detrás de ella. Sol se acercaba despacio, con las manos temblorosas y los labios apretados, como si cada paso fuera una batalla interna.

—Zafi… —murmuró al fin, con la voz apenas convertida en un hilo.

Zafiro se giró de inmediato. Su mirada reflejaba un torbellino de culpa y esperanza.

—Sol, yo lo siento —dijo rápido, casi atropellando las palabras—. No era mi intención incomodarte. Fui una idiota, confundí las cosas y lo lamento.

Sol negó despacio, respirando con dificultad.

—No, no. Perdóname tú a mí —respondió, con la voz quebrada—. No debí irme así. Es solo que me asusté.
Sus ojos se desviaron un segundo, buscando fuerzas en el suelo.

—Me asusté porque no lo pensé —continuó con una honestidad temblorosa—. Me dio miedo lo mucho que me emocionó saber que te gustaba.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas, frágiles, preciosas. Zafiro la miró sin poder disimular la sorpresa y la ternura que le subieron al pecho.

—¿Entonces no estás enojada conmigo? —preguntó con una sonrisa que parecía querer contener la esperanza.
Sol negó rápidamente.

—No, claro que no —dijo—. Solo crecí en un entorno donde esto se ve mal. Donde amar así es pecado y me da miedo. Si está mal, ¿tengo que dejar de sentirlo?

Zafiro bajó la mirada, procesando cada palabra con un nudo en la garganta.

—Nunca me había fijado en una mujer —admitió con voz suave—. Pero tú… tú me descolocas. Me haces sentir en casa y, al mismo tiempo, fuera de control. No sé qué me pasa contigo.

Un silencio lleno de ternura las envolvió; solo el viento se atrevía a moverse.

—Pero si esto te molesta o te asusta —añadió Zafiro con cuidado—, no haré nada que no quieras. No quiero que sientas presión.

—No, no es eso —la interrumpió Sol enseguida, dando un paso más hacia ella—. Solo quiero que me tengas paciencia. A mí y a mis miedos. Yo sé que puedo superar esto, solo no me dejes sola.

Zafiro sonrió, con esa mezcla de alivio y cariño que solo se siente cuando el corazón por fin entiende que no todo está perdido.

—Paciencia tengo de sobra —respondió—. Solo prométeme que no vas a alejarte. Me gusta estar contigo.

Sol la miró por un segundo más, con los ojos brillando, y luego se dejó llevar. Dio el último paso y la abrazó. Un abrazo lento, sincero, donde ambas se permitieron respirar.

Sol solo necesitaba entender que no hacía mal en amar a una mujer.

Y Zafiro, con los brazos rodeándola con ternura, supo que estaría allí para ayudarla a no temerle al amor.

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Mar luna
13 days ago

Me encanta esta parejita 😍😍