Zafiro y yo habíamos terminado el pastel, pero no había rastro de Gray. Según ella, Gray siempre desaparecía el día de su cumpleaños y después era casi imposible encontrarla.
—¿Y si no la hallamos? —pregunté, sintiendo una inquietud creciente.
—No lo sé, Ness —respondió Zafiro mientras se lavaba las manos—. A veces Gray puede ser complicada.
La observé unos segundos. Sonreía, pero esa sonrisa no era suya. La Zafiro que yo conozco no finge tan mal.
—¿Te pasa algo, Zafiro? —le pregunté, acercándome un poco.
—Sí —dijo con torpeza—. Uno no puede sonreír todo el tiempo, ¿no?
—Te ves preocupada —insistí—. ¿Tiene que ver con Gray?
—No —respondió enseguida, demasiado rápido.
Se recostó de espaldas contra el mesón, secándose las manos con una toalla. El suspiro que soltó sonó más a rendición que a alivio.
—Tiene más que ver con Sol —admitió finalmente.
Mi alarma de mejor amiga se encendió al instante.
—¿Qué pasó con Sol? —pregunté con un tono que sonó más urgente de lo que pretendía.
—Nada grave —respondió, bajando la mirada—. Solo creo que acabo de arruinar mi amistad con ella.
—¿Por qué dices eso?
—Porque confundí las cosas —contestó al fin, con una mueca amarga.
No necesité más explicación; su voz lo decía todo. A Zafiro le gusta Sol y probablemente se lo dijo. Pero Sol no respondió como esperaba.
Sabía que Sol venía de una familia muy religiosa y que eso complicaba las cosas más de lo que cualquiera quisiera admitir.
—Y ella se fue —añadió Zafiro con un hilo de voz—. No debí haber dicho nada.
Me acerqué un poco más y la toqué suavemente en el hombro.
—Es mejor así, créeme. Cargar con lo no dicho duele más. Sol es de las que piensan las cosas mil veces antes de reaccionar. No dejará esto así.
Zafiro me miró y, por primera vez en todo el día, su sonrisa fue sincera aunque apenas visible.
—Si Sol alguna vez llegara a enamorarse de una mujer, sería de ti —le dije sin pensarlo demasiado.
—No creo —susurró ella, mirando al suelo.
—Yo sí —respondí con convicción—. Solo dale tiempo.
Zafiro asintió despacio, respiró hondo y tomó su teléfono.
—Llamaré a Gray o a Daniel —dijo, intentando recomponerse—. Antes de que Gray vuelva a desaparecer del mapa.
Yo solo sonreí. No había duda: incluso con el corazón confundido, Zafiro seguía preocupándose por todos menos por ella misma.
Gray no contestó las tres llamadas que Zafiro le hizo; ni siquiera sonaba. O el celular estaba apagado o Gray lo había lanzado por una ventana, cosa que no me sorprendería.
—Llamaré a Daniel —dijo Zafiro con resignación.
El teléfono timbró una eternidad y, cuando finalmente alguien contestó, lo primero que escuchamos fueron jadeos y ruido de fondo, como si estuvieran grabando una pelea clandestina.
—¡Quédate quieta, maldita sea! —gritó Daniel desde el otro lado de la línea.
Seguido de un jadeo que, lamentablemente, reconocí al instante.
—Ese jadeo es de Gray —susurré, abriendo los ojos.
Zafiro bajó el celular un poco, completamente tranquila.
—Están peleando —dijo, con una serenidad tan natural que me preocupó.
—¿Peleando? —repetí—. ¿Cómo que peleando?
Un golpe fuerte sonó al otro lado del teléfono.
—Eso fue una caída —comenté, alarmada.
—Estoy segura de que Daniel intentó atar a Gray a una silla —explicó Zafiro con tono calmado— y ella no se dejó.
—¿Intentó qué? —pregunté, horrorizada.
—No sería la primera vez —agregó con total normalidad.
Y entonces, como si el universo confirmara su teoría, escuchamos la voz de Daniel, jadeando entre frustración y dolor:
—¡Tengo tus manos, quédate quieta, cosa con ojos!
Luego, un silencio y después, un quejido muy masculino.
—Eso fue una patada —dije con certeza.
—Directo donde más duele —asintió Zafiro sin inmutarse.
—¡Quieta, fresita! —gritó Daniel, ya con el alma derrotada.
Zafiro solo exhaló una risita.
—Sí, ya la doblegó —dijo divertida—. Daniel tiene talento para sobrevivir a lo imposible.
—Tráela, Daniel —ordenó después, aún riéndose—. La necesitamos.
El silencio duró solo dos segundos antes de que Daniel soltara un grito desgarrador:
—¡Ayúdame, me está mordiendo un pezón!
Casi me ahogo con mi propia risa.
—Nunca había visto a alguien tenerle tanto miedo a su propio cumpleaños —comenté, intentando mantener la compostura.
Zafiro simplemente bajó el teléfono, colgó y soltó un largo suspiro.
—Iré a ayudarle a Daniel —dijo al fin, como quien acepta una misión suicida—. Tú termina de preparar todo.
—Está bien —respondí, aún riéndome.
Mientras la veía salir, pensé en lo que me esperaba: pastel, globos, una Gray furiosa y probablemente un Daniel mordido y arañado.
Suspiré y murmuré para mí misma:
—Todo por un pastel con significado.
Llamé a Sol y a Mafe, y ambas llegaron antes que Gray. Me imaginé que los pobres Zafiro y Daniel debían estar luchando por su vida tratando de traerla hasta aquí.
Sol se veía diferente, callada, pensativa. Y yo la conozco: cuando Sol no habla, es porque está tratando de no sentir.
—¿Te sientes bien? —le pregunté con suavidad.
Ella se encogió de hombros, pero no tardó en soltarlo. Sabía que a mí me hablaría con la verdad sin tanto rodeo.
—¿No te asustaste cuando supiste que te gustaba una mujer? —preguntó con la mirada fija en el suelo.
Suspiré.
—La verdad, no —admití—. Siempre se me hizo algo hermoso.
Sol sonrió apenas, pero no era una sonrisa alegre.
—¿Y quién dice que a lo hermoso no se le teme? —susurró.
Iba a responderle cuando la puerta se abrió de golpe. Zafiro apareció primero, despeinada, con cara de «no hablemos de lo que pasó», y detrás de ella venía Daniel arrastrando a Gray esposada.
Sí, esposada.
—¡Suéltame, idiota! —gritó Gray, forcejeando.
Daniel la empujó hacia el sofá y ella cayó ahí, con una mezcla de furia y dignidad herida.
—Pero ¿qué sucede? —preguntó Mafe, con los ojos abiertos como platos.
—Tu mejor amiga —dijo, mirando directamente a Mafe— me pateó en la entrepierna —se quejó entre jadeos—. Casi nos deja sin hijos.
Mafe arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—No quiero tener hijos —respondió con total calma.
Daniel levantó un dedo, todavía encorvado por el dolor.
—Qué coincidencia, yo tampoco.
Mafe intentó no reírse, pero terminó cediendo cuando Daniel hizo una mueca de sufrimiento dramático, como si estuviera en una telenovela.
Gray, aún con las esposas, se sentó muy digna en el sofá.
—Cuando me quiten esto —dijo entre dientes— te voy a romper la cara, Daniel.
Daniel se agachó frente a ella y le apretó las mejillas con una sonrisa burlona.
—Qué tierna te ves cuando te quejas. Eres una fresita muy lin…
El final de la frase se perdió en el aire cuando Gray lo pateó por segunda vez. Daniel soltó un grito que resonó en toda la casa.
—¡Ahora átame las piernas, cobarde! —le gritó Gray con furia contenida.
Zafiro intervino rápidamente, sosteniéndole el rostro entre las manos.
—Gray, por favor, solo es un regalo. Es tu cumpleaños.
—¡Odio los cumpleaños! ¡Y ustedes lo saben! —espetó Gray, fulminando a todos con la mirada.
—Pero Nessy no lo sabía —dijo Zafiro con voz suave.
Gray giró la cabeza hacia mí y sentí que el aire se volvía pesado. ¿Y si se enoja conmigo?
El silencio duró una eternidad. Su ceja arqueada era una advertencia, pero su expresión no. Su expresión cambió. Sus ojos se suavizaron y quiero creer que fue porque me quiere y no porque le dio lástima mi esfuerzo. Siguió mirándome, inquisitiva, con esa expresión entre severa y cansada que solo ella podía tener.
Finalmente, habló.
—¿Y tú, Nessy? ¿Qué hiciste?
Tragué saliva.
—Nada malo —respondí, en un intento de parecer tranquila, aunque mi voz sonó más temblorosa de lo que quería.
—Eso lo dices tú —replicó, arqueando una ceja.
No supe qué contestar, así que solo di media vuelta y caminé hacia la cocina. Allí, el pastel me esperaba sobre la encimera. Era muy parecido a como lo describía su madre, idéntico. El glaseado estaba bien, aunque una de las velas se había torcido un poco. Lo había hecho con todo mi cariño.
Tomé aire, junté las manos y murmuré en silencio:
—Por favor, Dios, que le guste. Solo eso te pido.
Con el corazón acelerado, regresé a la sala. Todos me miraban expectantes, como si acabara de entrar con una bomba en las manos. Coloqué el pastel sobre la mesa y sonreí con nerviosismo.
—Feliz cumpleaños, Gray.
Zafiro fue la primera en reaccionar, palmeando las manos con entusiasmo.
—A la cuenta de tres —dijo—. ¡Cantamos!
—Ni se atrevan —la cortó Gray con tono seco—. Si alguien canta esa ridícula canción, me voy ahora mismo.
El silencio fue inmediato. Hasta Daniel se mordió la lengua. Zafiro solo sonrió, resignada.
—Está bien, sin canto. Pero corta el pastel, anda.
Daniel se acercó y le quitó las esposas, soltando un suspiro exagerado.
—Listo, su alteza. Espero que no vuelva a patearme después de esto.
Gray le lanzó una mirada tan filosa que cualquiera se habría disculpado de inmediato. Pero Daniel no es «cualquiera».
—¿Vas a cortarlo o vas a interrogarlo primero? —bromeó.
Gray no respondió; solo tomó el cuchillo. El sonido al atravesar el glaseado fue suave.
El aroma del pastel llenó el aire y entonces algo en su expresión cambió. Algo en ella se tornó diferente. Sus ojos parecían los de un niño al ver sus regalos bajo el árbol de Navidad. Los hombros de Gray se relajaron, sus labios temblaron. Y, sin decir una palabra, probó un pequeño trozo.
Solo una cucharada, solo un instante.
Luego bajó la mirada y una lágrima cayó, silenciosa, sobre su mano.
—Gray… —susurró Zafiro, preocupada.
Pero Gray negó con la cabeza. No quería que la tocaran, no quería compasión. Su voz fue apenas un murmullo, frágil, humano:
—Gracias, Nessy.
No supe qué decir. Sentí un nudo en la garganta. Ella levantó la vista y me sonrió, una sonrisa pequeña, dolida, pero tan sincera que me rompió por dentro.
—Sabes… —dijo con voz entrecortada—, pareces la promesa cumplida de mi madre cuando me dijo que no me dejaría sola en este mundo.
Todos guardamos silencio. Gray me sostuvo la mirada unos segundos y luego habló con una serenidad que dolía:
—Naciste el seis de noviembre, cuando yo tenía catorce.
No entendí, pero sonreí sin saber por qué. Solo sabía que había algo hermoso detrás de sus palabras.
—Ese día mi madre murió.
El silencio fue tan profundo que hasta el reloj pareció detenerse. Zafiro bajó la mirada, Mafe apretó la mano de Daniel y yo… yo solo me quedé ahí, sin saber si llorar o abrazarla.
Gray soltó una risa breve, quebrada.
—Parece una mala broma del destino, ¿no?
Y entonces Daniel, incapaz de dejar que el aire se volviera demasiado pesado, murmuró con torpeza:
—Entonces, ¿te gustó el pastel?
Gray lo miró con fastidio, pero esa vez, en lugar de golpearlo, soltó una carcajada limpia, sincera. Entre lágrimas y risas, el ambiente se alivió.
Zafiro se acercó y le pasó un pañuelo.
—Al menos no lograste huir este año —dijo, sonriendo.
Gray lo tomó y se secó los ojos.
—Supongo que fue inevitable.
Me miró otra vez.
—Gracias, Ness. De verdad.
No hubo más palabras, solo un silencio cálido, lleno de emociones que no necesitaban explicación.
Por primera vez, comprendí que incluso alguien como Gray podía romperse y que, a veces, un simple pastel bastaba para juntar los pedazos.
La atmósfera se había aligerado tanto que por fin todos parecían respirar con tranquilidad. Entre risas y el aroma del pastel, el aire se volvió más suave, más humano. Aproveché ese pequeño respiro para girarme hacia Sol.
—Habla con ella —le susurré, cuidando que solo ella me oyera—. Dile que tienes miedo. Zafiro lo entenderá.
Sol no respondió; solo siguió mirando hacia donde estaba Zafiro, que hablaba con Daniel. Ninguna de las dos se había dirigido la palabra desde que llegó, y eso dolía a la vista.
—Zafiro lo entenderá —repetí, más firme—. Pero le dolió cómo te fuiste la última vez.
Sol bajó la mirada.
—No quería irme —dijo con voz baja—. Entré en pánico.
Asentí con una sonrisa comprensiva.
—Lo entiendo, créeme. Pero quedarse callada cuando tienes la oportunidad de hablar duele.
Lo digo por experiencia.
Sol suspiró, hundiéndose un poco en el respaldo del sofá. El murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente, pero entre nosotras había un silencio diferente: uno que pesaba.
—¿Cómo le digo a mis padres que me gusta una mujer? —preguntó al fin, sin mirarme.
Esa pregunta me atravesó el pecho. Había tanto miedo en su voz que me dieron ganas de abrazarla.
—Piensa en esa mujer —le respondí con dulzura—… y luego piensa en el mundo. Lo que digan tus padres dirá más de ellos que de ti.
Le toqué la mano suavemente.
—Zafiro está allí, y tú estás aquí. Este es su espacio, y tú también perteneces.
Sol levantó la vista hacia Zafiro otra vez. La miraba con esa mezcla de ternura y culpa que solo tiene quien ama en silencio.
—Anda —la animé con una sonrisa.
Ella tragó saliva, respiró hondo y se quitó el cojín que tenía sobre las piernas, como si con ese gesto se deshiciera del peso del miedo. Se puso de pie.
Había decidido que sí.
Y mientras la veía caminar hacia Zafiro, con los nervios visibles en cada paso, pedí que el amor les saliera bien.
Porque las dos lo merecían.
Que tierna nessy