Mi madre estaba hundida en la silla, el cuerpo encorvado sobre las manos. Lloraba sin consuelo, como si cada sollozo le arrancara un pedazo de vida. No escuchó al principio cuando alguien se sentó a su lado; su mundo eran las lágrimas y el temblor.
—No llores —dijo la voz, pulcra y venenosa—. Sabes que haces bien en alejar a tu hija de una mujer que no va a durar mucho.
Alzó la vista y era Gerardo, con esa sonrisa delgada que parecía diseñada para humillar. Se acomodó y cruzó las piernas con la calma de quien posee el control.
—Estás en lo correcto —continuó con desprecio—. Es mejor estar de mi lado. Nunca has sido gran cosa sin un hombre al lado, Julia. No querrás tenerme en contra, ¿verdad?
Mi madre no respondió. Sus ojos, vidriosos, buscaron una mentira que la consolara y no encontraron nada.
Gerardo deslizó un sobre sobre la mesa, lo abrió con esas manos seguras que ahora mostraban papeles y cifras. Los extendió delante de ella como si fueran un trofeo.
—Tú lo sabes y yo lo sé —dijo con voz fría—. Vas a morir y no hay nadie que pueda evitarlo. Piensa en dejarles la herencia de mi hermano a tus hijos; es lo único que puedes darles.
Mi madre apartó la mirada: dolor, cansancio, vergüenza.
—Solo quiero que tengan lo que necesitan —murmuró—. Moriré tranquila si sé que vivirán mejor.
—Perfecto —respondió Gerardo, entusiasmado como quien cierra un trato—. Puedes ir a cualquier entidad a confirmar. Parte de la fortuna Ramírez será para Ángel.
Mi madre lo miró, esperanzada e insegura a la vez.
—¿Y Ness? —preguntó, con la voz quebrada.
—Ángel la compartirá con ella, estoy seguro —contestó Gerardo sin pestañear.
—El trato era por los dos —replicó mi madre, alzando la voz por primera vez, indignada.
Gerardo soltó una carcajada cortante.
—Tranquila —dijo, frío—. No tienes nada que exigir. O aceptas así o te vas a la tumba sin esto. Además, la perra de la fiscal todavía no se muere.
El comentario fue una daga. mi madre gruñó, dolida y furiosa.
—Usted pudo haberla matado hace tiempo —soltó, con la rabia quemándole la garganta—. Eso es lo que quiere.
Gerardo la miró como se mira a un insecto: molesta, prescindible. Su sonrisa se volvió más perversa.
—No me interesa su sangre —dijo con lujo de detalle—. Disfruto algo mucho mejor: verla desmoronarse. Que recuerde a su madre muerta, que sienta la cercanía de la muerte —pronunció, saboreando cada palabra—. Quiero que viva atormentada con la idea de que el amor de su vida es su hermana. Que la idea la corroa hasta que se quiebre.
Mi madre se estremeció; esa sonrisa le recordó cosas que preferiría olvidar.
—Es un hecho, Gray es hija de mi exesposo —insistió, intentando aferrarse a la verdad.
Gerardo ladeó la cabeza, con falso interés.
—Bien. La madre de Gray fue asesinada por algo circunstancial —murmuró—. Pero ese no es tu asunto. Lo importante es que su mente quede hecha tirones hasta que ella misma no soporte más y se suicide. Ella cree ser fuerte, pero es un manojo de emociones que puedo destruir a mi antojo. Yo solo tengo que empujarla.
La crueldad en su rostro era visible.
—Ojalá —añadió, con una calma helada— que se suicide el mismo día que tú mueras. Así se irían las dos juntitas y derechito al infierno.
Aquella sentencia no fue una fantasía; fue una amenaza entregada con satisfacción. mi madre palideció y, por un momento, sus lágrimas recuperaron el brillo de la desesperación absoluta.
Gerardo se levantó, sin prisa, como quien se retira de una partida ganada. Miró a mi madre, a sus papeles, al silencio que dejó.
—Mi plan funciona —musitó para sí—. La fiscal está destruida, precisamente donde quiero que esté. Y voy a ahorillarla más hasta que la vida le pese y la perra decida morirse.
Y se fue, tranquilo, dejando el veneno esparcido en el lugar. mi madre quedó sola, temblando, con la certeza de que aquel hombre había decidido su destino y disfrutaba de verlo desmoronarse.