Pasé muchas horas sintiéndome vacía, jodidamente dañada por dentro. Si Gray era mi hermana, me destruiría. Pero si mi madre había mentido solo para separarme de ella, me destruiría más, solo que por descubrir hasta dónde podía llegar.
Intenté detener las lágrimas una y otra vez, pero no había caso. Cada vez que pensaba que se habían ido, regresaban con más fuerza, como si quisieran ahogarme.
Entonces Sol me dijo que el hijo de puta de Gerardo había estado hablando con Ángel, que lo notaba inquieto, y eso me quemó por dentro. Ese maldito nunca se acerca sin un propósito, y si había puesto sus garras sobre Ángel, tenía que saber qué planeaba esta vez.
—Ángel —murmuré, con las pocas fuerzas que me quedaban.
Él levantó la vista despacio. Hasta ese momento había estado mirando un punto fijo, sin parpadear, como si el mundo a su alrededor no existiera.
—¿Qué te dijo ese hombre? —pregunté directamente, sin rodeos.
—Ah, él… —suspiró—. Me dio una razón.
—¿Una razón de quién?
—De un técnico —respondió con voz baja—, de la selección sub-17 de fútbol. Dijo que estaba interesado en mí.
Sonreí. No lo pensé; me nació sola la sonrisa. Era una oportunidad inmensa, el tipo de cosas que cambian vidas. Ángel podría vivir su sueño, ser visto por entrenadores de verdad, tener un futuro más allá del caos familiar que nos rodeaba.
—¿¡Quieren convocarte!? —pregunté, con la emoción desbordándoseme por completo.
—Aparentemente, sí. Pero no estoy seguro.
¿Perdón? ¿Cómo que no estaba seguro? Cualquier chico que ama el fútbol tanto como él habría saltado de alegría.
—¿Cómo que no estás seguro? —repetí, sin entender.
Él me miró. Su expresión era un espejo roto.
—Nessy, mamá y tú están en un momento muy malo —dijo con calma, casi susurrando—. ¿Qué clase de hijo y hermano sería si me voy ahora?
Y ahí fue donde me dolió. Porque tenía razón y, al mismo tiempo, no. Lo único que lo frenaba éramos mamá y yo; lo único que lo ataba a esta vida de mierda éramos nosotras. Y lo peor es que se preocupaba por nosotras cuando ni siquiera fuimos capaces de recordar su cumpleaños.
No, no podía permitir que siguiera sacrificándose.
—Ángel, tienes que ir —le dije con firmeza, acercándome—. Es tu sueño, es la oportunidad de tu vida.
—Pero si me voy, no me sentiría bien pensando que ustedes están mal.
—Siempre hemos estado mal —lo interrumpí, sin filtros—. Porque queremos, porque no hemos hecho nada para cambiarlo. Pero tú sí puedes, y no está bien que te frenes por nuestra culpa.
Él bajó la mirada otra vez, volviendo a perderse en ese vacío.
—Sería egoísta.
—Egoísta —lo corté con un tono grave— sería que no te vayas. Que te quedes aquí a hundirte con nosotras cuando tú no mereces eso. Has sufrido más que nadie y sigues siendo el único entre nosotros que todavía cree en algo. Tú mereces ser feliz, Ángel. Aunque tenga que arrastrarte hasta ese avión, aunque sea lo último que haga, vas a irte.
Me acerqué un poco más, sin dejar de mirarlo.
—No voy a permitir que te pierdas la vida por quedarte a arreglar lo que ni mamá ni yo hemos sabido reparar. Tú no naciste para cargar con nuestros errores, naciste para ser feliz.
Él apenas asintió. Sé que no está del todo convencido pero, aun así, irá a ese Mundial. Y yo me aferré a esa idea como si fuera la única cosa buena que podía pasar entre tanto caos.
Entonces mi celular sonó y el corazón se detuvo antes siquiera de ver quién era. Cuando el nombre de Mafe apareció en la pantalla, lo supe: tenía que contestar, no podía ignorarlo.
Deslicé el dedo con rapidez.
—¿Mafe? —dije apenas puse el teléfono en mi oído.
Tenía mil preguntas atoradas en la garganta: quería saber si Gray estaba bien, si habló con ella, si había logrado calmarse. Pero no alcancé a decir nada.
—Nessy —la voz de Mafe tembló, intentando sonar tranquila sin conseguirlo—, Gray está en el hospital.
Por un segundo me quedé sin aire.
—¿Qué? ¿Cómo que en el hospital? —pregunté al instante, poniéndome de pie.
—Se desmayó —dijo Mafe con rapidez—. Pasó muy de repente y no sabemos qué fue lo que le provocó eso.
—¿Pero está consciente? ¿Respira? ¿Qué dijeron los médicos? —solté todas las preguntas al mismo tiempo, sin pausa, con el corazón martillando en el pecho.
—Aún no salen los doctores —respondió ella—. La están atendiendo, pero no nos dicen nada todavía.
Sentí que la sangre me bajaba de golpe.
—¿Dónde están? —pregunté, tratando de mantener la voz firme, aunque me temblaban las manos—. Dime la dirección, ya voy para allá.
Mafe dudó unos segundos antes de responder, pero terminó dándome el nombre del hospital. Apenas colgué, Ángel y Sol me miraban sin entender.
—¿Qué pasó? —preguntó Sol, preocupada al ver mi expresión.
—Es Gray —respondí, guardando el celular con torpeza—. Está en el hospital.
—¿Qué? —dijo Ángel al instante, dejando lo que tenía en las manos—. ¿Qué le pasó?
—No lo saben aún —dije—. Se desmayó y no me pienso quedar aquí esperando. Voy a ir a verla.
Sol me puso una mano en el hombro, intentando detenerme.
—Entonces no vas sola —dijo con decisión, mirándome a los ojos.
Ángel asintió también, firme.
—Vamos contigo.
No protesté, no podía. En ese momento no había espacio para el orgullo ni para la calma. Solo necesitaba verla, necesitaba saber que Gray seguía respirando.
Sol llamó un taxi y nos apresuramos a salir. El trayecto fue una tortura; cada semáforo parecía una eternidad, cada minuto, una daga que me atravesaba el pecho.
No podía dejar de pensar en ella, en Gray.
Debe ser frustrante para Gerardo y para mi madre saber que, a pesar de su mentira, porque sé que es una mentira, no lograrán que me aleje de ella. Podrán intentar envenenarme la cabeza, pero no el corazón.
Cuando por fin llegamos al hospital, casi salí corriendo antes de que el taxi se detuviera por completo. Apenas crucé las puertas automáticas, mis ojos buscaron con desesperación.
—¡Zafiro! —La vi de inmediato, de pie junto a Mafe y Daniel en la sala de urgencias.
Corrí hacia ellas sin pensarlo.
—¿Dónde está? ¿Qué le pasó? ¿Se golpeó? ¿Está despierta? ¿Qué dijeron los médicos? —disparé una pregunta tras otra, sin dejar que respondieran.
Mafe trató de calmarme, pero su rostro lo decía todo: preocupación, cansancio, miedo.
—Nessy, por favor, respira —dijo con voz suave, aunque sus manos temblaban—. Aún no sabemos exactamente qué ocurrió. Le dolía la cabeza, empezó a vomitar y perdió el conocimiento. Los doctores todavía no nos dicen nada.
—¿Pero lleva mucho tiempo adentro? —insistí, mirándolas con desesperación.
Zafiro asintió, apretando los labios.
—Más de una hora. La están estabilizando pero no nos dejan pasar.
Eso bastó para que sintiera un nudo enorme en el pecho. No podía quedarme quieta. Caminaba de un lado a otro, mordiendo mi labio con fuerza. Ángel y Sol se quedaron a mi lado, en silencio, viéndome intentar no derrumbarme.
Cada segundo se volvía insoportable. Cada puerta que se abría me hacía girar de golpe, esperando verla, esperando escuchar su voz. Hasta que, finalmente, un médico salió de la sala de urgencias con el rostro serio y un expediente en las manos.
—¿Familia de Génesis Gutiérrez? —preguntó con tono firme.
El tiempo pareció detenerse. Mi corazón latía tan fuerte que me costó respirar.
—Soy el doctor Betancourt —dijo el hombre, ajustándose los lentes con una expresión grave—. Soy neurocirujano y la situación es compleja.
El aire se volvió espeso. Nadie respiró.
—Lo más importante —continuó— es que hemos detectado una disfunción aguda en la derivación ventriculoperitoneal que tiene implantada debido a su hidrocefalia.
Yo lo miraba, intentando entender, pero sus palabras se mezclaban con el sonido sordo de mi corazón.
—La derivación —explicó, notando nuestras caras de confusión— es un tubo que drena el líquido del cerebro. Pero, en su caso, ese drenaje falló. El sistema está colapsado o bloqueado y eso ha provocado una acumulación masiva de líquido cefalorraquídeo dentro del cráneo.
Tragué saliva con dificultad.
—En pocas palabras —dijo con voz más firme—, el cerebro de la paciente está siendo comprimido por la presión interna.
Sentí que el piso se movía. Mafe se llevó las manos a la boca. Zafiro, a mi lado, rompió a llorar.
—Necesita cirugía de emergencia, ahora mismo —el tono del doctor era directo, autoritario—. Es una operación de alto riesgo, pero es la única manera de salvar su vida y evitar un daño cerebral irreversible.
Asentimos, aunque todos parecíamos paralizados por el miedo. Pero el médico no había terminado.
—Quiero que entiendan algo —añadió, con una dureza que atravesó el silencio—: si ustedes sabían que ella tiene una condición neurológica y un dispositivo que drena el líquido de su cerebro y, aun así, no la trajeron de inmediato después del golpe, eso fue un error grave.
Zafiro lo miró con lágrimas temblando en sus pestañas.
—Ella no quería venir —balbuceó apenas, ahogándose entre sollozos—. Me dijo que estaba bien, yo solo no quise forzarla.
Pero su voz se quebró antes de poder continuar. El doctor la observó unos segundos con algo de frustración y luego exhaló.
—Cada minuto que esperaron fue un minuto en el que la presión dentro de su cabeza aumentó. Esa demora pudo haber sido fatal.
Sus palabras retumbaron en el aire como una sentencia.
—Esperen aquí, haremos todo lo posible —dijo finalmente, antes de alejarse con paso firme hacia el quirófano.
El silencio que dejó atrás fue insoportable. Zafiro se derrumbó en el suelo, las manos cubriéndose el rostro mientras un llanto desgarrador se escapaba de ella.
—Yo la vi sufrir —repetía, entre sollozos—. Yo la vi que no podía más y no la traje, yo la dejé así.
Mafe se arrodilló enseguida junto a ella, abrazándola con fuerza.
—No es tu culpa —susurró entre lágrimas también—. Ella no quería venir. Gray es terca y tú hiciste lo que pudiste.
Daniel apretó los puños con impotencia, caminando unos pasos hacia la pared. Se notaba que quería romper algo.
Sol se agachó también, con la voz temblorosa pero firme.
—Zafiro, mírame —le pidió, limpiándole las lágrimas con cuidado—. No fue tu culpa. Ella va a salir de esto, ¿me oyes? Gray es más fuerte de lo que cualquiera cree.
Yo apenas podía hablar. Tenía las manos heladas y el pecho apretado, observando esa escena mientras el pasillo del hospital parecía volverse cada vez más blanco, más lejano.
Gray estaba en cirugía y, por primera vez en mi vida, sentí un miedo que me vaciaba por dentro: el miedo real de perderla.
Nos quedamos allí un largo rato. Varias horas, de hecho. La noche se disolvió en la luz incierta del amanecer, y fue hasta el siguiente día que por fin ocurrió.
No nos habían dado noticias después de que entraran al quirófano y eso me tenía con los nervios destrozados. Desde el principio nos advirtieron que sería una cirugía compleja, pero ya había pasado demasiado tiempo y el silencio era una tortura.
A pesar de todo, me decía a mí misma que las peores noticias son las primeras en llegar, así que me aferraba a la esperanza de que, si no habían dicho nada, era porque estaban trabajando.
Justo cuando el sol empezaba a iluminar los pasillos, la puerta del quirófano se abrió. Salió el neurocirujano. Su bata azul estaba manchada y se quitó el gorro y la mascarilla con un gesto agotado, pero sus ojos, aunque cansados, eran firmes.
—La cirugía fue un éxito técnico —declaró sin rodeos—. Conseguimos retirar el shunt obsoleto e implantar la nueva derivación. El sistema está drenando correctamente y la presión intracraneal ha vuelto a niveles normales. Detuvimos la emergencia que amenazaba su vida.
Respiramos por primera vez en horas, pero él levantó la mano antes de que pudiéramos hablar.
—Sin embargo, que el sistema funcione no significa que el cerebro esté curado. Imaginen que la cabeza de Gray es como una habitación a la que le entró el agua y causó un desastre. Nosotros abrimos el desagüe, pero ahora hay que limpiar y secar lo que se dañó.
Hizo una pequeña pausa.
—Las horas que Gray pasó con esa presión descontrolada le pasaron factura. La cirugía es solo el inicio. Hay un riesgo muy alto de que esta crisis le traiga secuelas neurológicas permanentes, tanto en la función motora como, más preocupantemente, en la función cognitiva.
El neurocirujano fue directo al grano, señalando con la mano hacia su propia cabeza para ilustrar.
—Lo que la tomografía y la presión nos indicaron es que los lóbulos frontal y temporal fueron las áreas más estresadas y afectadas por la compresión. El lóbulo frontal es el centro de la personalidad, el juicio y la planificación, mientras que el temporal maneja la memoria reciente. Por lo tanto, deben prepararse. Es muy probable que Gray sufra un impacto en su memoria y, como consecuencia, un cambio en su personalidad o su manera de ser.
¿Podría olvidarme? ¿Lo que hemos vivido?
—Aunque el shunt funciona, Gray aún está sedada y permanecerá así por un tiempo —aclaró—. No podemos despertarla inmediatamente. Su cerebro está en un estado de shock y alta inflamación. Mantenerla dormida y quieta es una forma de reposo terapéutico. Un cerebro agitado consume oxígeno y energía valiosos. La sedación le da a las células nerviosas dañadas la mejor oportunidad para repararse y desinflamarse sin el riesgo de que la agitación eleve de nuevo la presión. Mañana por la mañana empezaremos a retirarla lentamente.
Nos dio la última instrucción y se fue. Gray estaba viva, pero el miedo que sentíamos ahora era mucho más complejo: ya no temíamos perderla, sino que temíamos quién regresaría del coma.
Como Gray seguía dormida y no podíamos verla todavía, decidimos turnarnos para ir a casa, bañarnos y comer algo. La única que no había hecho eso era yo.
—Ness —se acercó Mafe finalmente, con voz suave pero firme—, ve a casa. Recuerda que tienes que ir a la universidad.
¿A la universidad? ¿Mientras Gray estaba en el hospital, conectada a un respirador?
Imposible.
—No puedo, Mafe —me negué de inmediato—. No estaré tranquila.
—Lo vas a hacer —insistió ella, cruzando los brazos—. No debes descuidar tus estudios. A Gray no le gustaría eso, recuerda que fue ella quien te pagó esa carrera.
Sus palabras me dolieron. Gray, siempre pensando en mí, incluso cuando no tenía por qué hacerlo.
—Ella no va a despertar hoy —continuó Mafe, más suave—. Te mantendremos al tanto de todo. En cuanto despierte, te llamaremos. Pero no puedes quedarte aquí.
Estaba a punto de negarme otra vez cuando Daniel intervino:
—Vamos, Ness —dijo con calma, poniéndose de pie—, yo te llevo. Tengo que hacer algo por Gray allí.
Nadie estaba dispuesto a dejarme quedarme, y lo peor es que sé que Gray tampoco me habría dejado.
—Bueno —cedí, exhalando resignada—, pero prométanme que me mantendrán al tanto de todo.
—Lo harán —dijo Sol, tomándome de la mano y tirando de mí con suavidad—. Vamos, Ness, es tarde.
Zafiro nos acompañó hasta la salida del hospital. Se veía destrozada, con los ojos hinchados, la voz apagada y las manos entrelazadas, como si estuviera conteniendo todo el miedo del mundo.
Y, por supuesto, Sol lo notó.
—Tranquila, Zafi —dijo con esa ternura tan suya, acercándose—. Sé que eres una persona maravillosa e incapaz de hacer daño, todos sabemos que darías tu vida por Gray.
Zafiro levantó la mirada con lágrimas contenidas. Los ojos de ambas se encontraron y, en ese instante, algo cambió. Sol le sostuvo el rostro entre las manos, los pulgares acariciando con cuidado sus mejillas húmedas.
Y, sin pensarlo, sin aviso alguno, Sol la besó.
Fue un beso breve, tembloroso, pero lleno de algo que ninguna de las dos parecía haber planeado. Zafiro no se apartó; al contrario, se inclinó apenas hacia ella, respondiendo con una mezcla de sorpresa y alivio, como si por fin encontrara un respiro entre tanto dolor.
Cuando se separaron, Sol parpadeó, como si acabara de despertar de un sueño. Retrocedió un paso, el miedo asomando en sus ojos.
—Yo, lo siento —murmuró, nerviosa—. No sé por qué…
Pero Zafiro sonrió apenas, con esa dulzura cansada que le quedaba tan bien.
—No tienes que disculparte —susurró—. A veces uno solo necesita sentirse viva.
Sol se quedó en silencio, mirándola, y poco a poco su respiración volvió a calmarse.
No dije nada. Nadie lo hizo. Era un momento que no necesitaba palabras. Solo el sonido lejano de los pasillos del hospital y la tenue luz de la madrugada acompañándonos en esa frágil tregua entre el miedo y la esperanza.
Daniel venía acompañado de otros cuatro fiscales, pero no me dijo una sola palabra durante el trayecto. Solo entendí lo que planeaba cuando llegamos a la universidad y me pidió, con esa voz grave y contenida, que le señalara quiénes eran las tres chicas que me habían metido en una lavadora.
Para su mala suerte, las encontramos. Estaban en la cafetería, riendo entre bocados, como si nada hubiese pasado.
Daniel se acercó con pasos firmes y apoyó ambas manos sobre la mesa, haciendo que los vasos temblaran.
—Ness —dijo sin apartar la mirada de ellas—. ¿Fueron estas tres las que te metieron en la lavadora?
Las chicas se sorprendieron por el tono. Una de ellas alzó el mentón con descaro.
—¿Y quién es usted? —preguntó, fingiendo calma.
—Daniel Gutiérrez —respondió él—. Fiscal.
—Eso es mentira —replicó otra, intentando sostenerle la mirada.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Mentira? Entonces esto también debe ser de utilería —sacó su identificación oficial y la giró con un pequeño chasquido de burla—. Fiscalía General de la Nación.
El silencio que siguió fue denso.
—Van a terminar en prisión por lo que hicieron —dijo él con calma, pero con un filo en la voz que helaba la sangre.
La del medio soltó una risa seca, intentando sostener la fachada.
—¿De qué habla? Fue solo una broma. Un juego, nada más.
Daniel sonrió, pero sin alegría.
—Una broma —repitió, con ironía—. Dejen de lado esa estupidez. El Código Penal no tiene capítulos para «diversión idiota».
Su tono subió apenas un poco, con autoridad.
—Meter a una compañera dentro de un electrodoméstico, activarlo y causarle asfixia y casi ahogamiento se llama ataque contra la vida.
El aire cambió. La cafetería entera había quedado en silencio.
—La Fiscalía General de la Nación —continuó Daniel—, después de revisar el grado de peligro al que sometieron a la víctima, las acusará formalmente por el delito de homicidio agravado en grado de tentativa.
Yo lo escuchaba sin poder apartar la vista de ellas. Era impresionante cómo sus rostros pasaban del descaro al terror puro.
—Repito —añadió Daniel, más fuerte—: ¡HOMICIDIO AGRAVADO! No es un juego, ni un golpe, ni una broma. Es intento de asesinato.
—¡No queríamos matarla! —gritó una, quebrada por el miedo.
—Aumentaron inhumanamente el dolor —respondió él, implacable—. Una lavadora es un instrumento de tortura. Y ustedes, por crueldad, casi matan a alguien. Eso es lo que el sistema verá: tres asesinas fallidas.
—¡No tiene cómo probar eso! —intentó decir otra, al borde del llanto.
Daniel se inclinó un poco hacia adelante. Su voz bajó, pero el peso de cada palabra fue brutal.
—El lugar tiene cámaras de seguridad y ustedes son mayores de edad. Así que enfréntense a la realidad: un mínimo de dieciséis años de prisión, un máximo de veinticinco. Media vida encerradas.
Las tres se miraron entre sí, pálidas, temblorosas. Una de ellas empezó a llorar abiertamente.
—Por favor —dijo la del medio, hundiendo el rostro entre las manos—. No, no nos encarcelen.
Daniel no respondió. Solo la observaba con esa mezcla de frialdad y justicia que parecía imposible de mover.
—Fue ella —susurró una, entre sollozos—. Una mujer… Sofía. Ella nos pagó por hacerlo.
Daniel frunció el ceño.
—¿Sofía quién?
—No lo sabemos bien —respondió la otra, desesperada—. Solo, solo nos contactó, nos dijo qué hacer y cómo. Dijo que era una venganza. Que no le hiciéramos daño de verdad, solo asustarla pero se nos fue de las manos.
Las lágrimas caían sin freno.
—Lo sentimos —murmuró una de ellas, mirándome con el rostro empapado—. Te lo juro, no sabíamos que podía pasar esto. Perdón.
Yo no pude decir nada. Solo las miré. Y las vi sin odio: solo como tres chicas que habían destruido sus vidas por obedecer a alguien sin rostro.
Daniel dio un paso atrás, mirando a los otros fiscales antes de girar hacia ellas una vez más.
—Pidan perdón de rodillas y lo consideraré —dijo Daniel con voz grave, cruzando los brazos.
El silencio fue absoluto. Las tres chicas se miraron entre sí, con el orgullo resquebrajado por el miedo.
—Ni lo piense —respondió una de ellas, tratando de mantener la compostura.
Daniel sonrió apenas, sin humor.
—Entonces, no lo piensen ustedes tampoco —giró la cabeza hacia sus compañeros—. Deténganlas.
Los fiscales dieron un paso al frente. El sonido de los zapatos resonó contra el piso y las miradas curiosas de los estudiantes se clavaron sobre ellas.
Una de las chicas, la más joven, tembló y cayó de rodillas. Las otras dos la siguieron, entre sollozos.
—Lo sentimos… —murmuró una.
Daniel alzó una ceja.
—¿Así? ¿Sin nombre? No me sirven disculpas vacías —su voz se volvió un látigo—. ¡Con su nombre!
—Lo sentimos —repitió otra, nerviosa—, Nessy.
—¡Nombre real! —gruñó Daniel, sin moverse.
Ellas me miraron, buscando una respuesta. Yo tragué saliva y murmuré apenas:
—Génesis.
—Lo sentimos, Génesis —dijo una de ellas, con la voz hecha trizas.
—Las tres —ordenó Daniel, sin levantar el tono, pero con una autoridad que cortaba el aire.
—Lo sentimos, Génesis —repitieron al unísono, entre lágrimas.
Daniel se inclinó un poco hacia adelante.
—Tú —señaló a la que estaba en el centro—. Abraza sus piernas. Que se note el arrepentimiento.
Ella dudó, pero obedeció. Se arrastró sobre sus rodillas hasta mí, me abrazó las piernas y hundió el rostro, repitiendo entre sollozos:
—Lo siento, Génesis.
Daniel observó la escena en silencio unos segundos. Luego asintió lentamente y chasqueó los dedos.
—Ahora, de pie —dijo—. Manos en la espalda. Están detenidas.
El sonido de las esposas llenó el aire. Las tres reaccionaron al mismo tiempo, entre llantos y gritos.
—¡Oiga! ¡Esto no es justo! —exclamó una.
Daniel la miró con serenidad casi cruel.
—¿No es justo? —repitió—. Lo justo sería que alguien las hubiera encerrado en una lavadora para que aprendieran lo que es la impotencia.
Su tono cambió apenas, más frío.
—¿Saben qué es lo curioso? No tenía pruebas —se metió la mano en el bolsillo del saco y sacó un pequeño dispositivo de grabación, que encendió con un clic—. El lugar no tenía cámaras, pero ahora tengo su confesión y es suficiente.
El terror en sus rostros fue inmediato. Daniel sonrió apenas, satisfecho.
—Llévenselas —ordenó a los agentes.
Mientras las arrastraban fuera, sus gritos se mezclaban con el murmullo de los estudiantes. Yo no podía moverme. Mi cuerpo temblaba de algo más profundo que el miedo: alivio.
Daniel se giró entonces hacia mí. Su expresión cambió por completo. La dureza desapareció y, por un segundo, pareció simplemente cansado.
Metió la mano en su billetera, sacó unos billetes y me los tendió.
—Toma —dijo, con voz más suave—. Cómprate algo lindo.
Lo miré sorprendida.
—No, no tienes que…
—No discutas, Ness —interrumpió, pero sin brusquedad—. Cuido lo que Gray cuidaría si estuviera aquí.
No supe qué decir. Solo asentí, con los ojos humedecidos.
Continué mi camino por el pasillo casi vacío. Los ecos de mis pasos se mezclaban con los de alguien detrás de mí. Eran ligeros, pero insistentes y demasiado cercanos. De pronto, esos pasos se detuvieron. Instintivamente giré un poco la cabeza, pero, antes de alcanzar a mirar, alguien apareció frente a mí.
Era la profesora Claudia.
—Hola, Nessy —dijo con su tono pausado, casi maternal.
Y justo entonces, la chica que venía detrás de mí aceleró el paso, pasó a nuestro lado sin decir palabra y siguió su camino, la cabeza gacha, como si quisiera desaparecer.
Por alguna razón, ese detalle me dejó una sensación extraña. Como si las dos supieran algo que yo no.
Claudia me observó con detenimiento.
—Nessy, parece que no has dormido nada —susurró, ladeando la cabeza con preocupación—. ¿Estás bien?
—Sí —respondí rápido, demasiado rápido—, solo tuve un día pesado.
Ella asintió lentamente, sin quitarme los ojos de encima. Luego bajó la mirada a su mano, donde sostenía un yogur de fresa, y volvió a sonreír.
—¿Quieres un poco? —preguntó, extendiéndolo hacia mí con una calma que me incomodó.
Dudé, pero no quería parecer grosera, así que asentí y lo acepté.
—Gracias —murmuré.
El yogur era bueno… dulce, familiar. El mismo sabor que siempre la veía tomar en clase. Mientras lo bebía, noté que ella me miraba con una atención distinta. No era una mirada amable, era como si estuviera esperando algo.
Tragué saliva.
—Está muy rico —comenté, solo para romper el silencio.
Claudia sonrió, pero no dijo nada. La sonrisa no le llegó a los ojos. Cuando la conversación cambió y hablamos de mi preocupación, tuve que mentir. No podía contarle lo de Gray.
—Es por mi hermana —inventé—. Está internada.
—Entiendo —susurró con una voz baja, cargada de un tono que no supe leer—. Yo viví eso con mi hermana también, pero ahora ella no puede mover nada de la cintura hacia abajo.
El silencio que siguió fue denso, casi físico.
—Lo siento mucho —dije sinceramente.
—Tranquila, Ness. No tienes nada que sentir.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos más. No dijo nada, pero en sus ojos había algo que no había visto antes. No era tristeza, era otra cosa.
Cuando se alejó, sentí un escalofrío. Y, por primera vez, me di cuenta de que había algo en ella que no era del todo seguro.