nessy

Salí de la universidad sintiendo esa opresión familiar en el pecho, una sensación tan extraña como corrosiva esa noche. Claudia, como profesora, seguía siendo inusualmente atenta, excesivamente amable conmigo. Y era precisamente esa amabilidad pulida y persistente lo que me estaba perturbando hasta la médula.

Me dolía la cabeza de tanto notar el contraste. Con las demás alumnas, su trato era profesional, cordial, pero distante. Era amable, sí, pero nunca buscaba esa cercanía forzada, esa proximidad que me hacía sentir como un insecto bajo una lupa.

Entonces, ¿qué le pasa conmigo? ¿Qué ve o qué sabe que la impulsa a esa cordialidad que me sabe a amenaza?

Con esa sensación constante de que mi vida estaba en peligro, de que cada paso en falso era un abismo, me detuve en el campus a esperar a Daniel, Mafe o Zafiro. No era posible que yo me moviera un metro de allí sin que después me llovieran los regaños.

A veces, Daniel me decía: «Se lo diré a Gray», y mi estómago se retorcía. La simple mención me detenía, a pesar de que yo todavía soñaba con verla y aún no había tenido el valor.

Zafiro, en cambio, había encendido una nueva clase de pánico cuando me dijo que Gray estaba «rara». Dijo que la Gray que vio en la fría habitación del hospital era más parecida a la Gray adolescente, menos blindada, que a la Gray que yo conocí: menos dura, un poco menos fría.

Zafiro aseguraba que Gray no recordaba lo que pasó días antes de su caída; por lo tanto, era probable que no recordara las palabras venenosas que mi madre le había arrojado. También dijo que tenía lagunas, que su mente parecía haber bloqueado ciertos sucesos, especialmente los más dolorosos. Incluso con Mafe parece estar bastante tranquila.

Pero, aun con todo ese eco de esperanza, esa promesa de una versión más suave, no puedo acercarme a ella. Es una traición a mí misma, a mi sufrimiento. Necesito esa prueba de ADN, ese resultado médico que desmienta lo que dijo mi madre. Solo así esto dejaría de doler, de torturarme como un fuego lento.

El miedo a la verdad me paraliza. Mis manos sudan solo de pensar en el sobre sellado.

Y los médicos se negaron. Con la contusión en su lóbulo frontal y su memoria reciente nula, permitir que Gray tomara una decisión de esta magnitud, legal y personal, era, según ellos, éticamente irresponsable. Su estabilidad es lo único que importa ahora. Cualquier interferencia, cualquier estrés emocional, cualquier pregunta sobre su pasado debía ser evitada hasta que su mente sanara al menos un poco.

Aun así, hoy había tomado la decisión. Hoy la vería, solo eso. No hablarle, ni sonreírle, ni acercarme. Ser una sombra en el umbral, una simple espectadora.

Siento el peso de este encuentro como plomo bajo la piel. Voy a ver a una mujer que todos dicen que es diferente, que es otra persona. ¿Qué percepción tendrá de mí ahora esta Gray sin cicatrices mentales? ¿Cómo me mirará la versión que nunca conoció el veneno? Voy a encontrar a la mujer que mi mamá una vez destrozó, y no sé si lo que quede de mí estará preparado.

Me quedé allí, con el plomo del miedo aún frío bajo mi piel, concentrada en el faro de los faroles del campus, cuando un movimiento brusco me sacó de mi ensimismamiento.

—¡Ness!

El grito, un rugido de alivio y euforia, pertenecía a Ángel. Mi corazón dio un vuelco, pasando del miedo a una alegría punzante. Lo busqué con la mirada entre las sombras proyectadas por las farolas hasta que lo encontré: estaba allí, su silueta inconfundible, con esa energía que parecía irradiar incluso en la quietud.

Corrió hacia mí.

—¡Me voy! —dijo, su rostro, un mapa de tensión y felicidad desbordada—. ¡Decidí que me iré a Qatar! La convocatoria es oficial.

Un grito de euforia escapó de mi garganta. Era el sueño de Ángel y, por extensión, el mío. Salté; mis brazos se enredaron alrededor de su cuello en un abrazo tan fuerte que sentí que el aliento me abandonaba, pero no me importó.

Por un instante, el peso de Gray, de mi madre, de Claudia y de la universidad desapareció. Solo existía mi hermano, esa pura luz de futuro.

Nos separamos y sus ojos, que eran un reflejo exacto de los míos, brillaban con una humedad que no era solo de alegría.
—Hay una reunión de despedida —dijo, bajando la voz, y mi euforia se congeló.

Ya sabía lo que venía.

—Con todos los familiares de los jugadores en la sede —continuó, y su mano apretó la mía, buscando anclaje—. Nessy, tienes que venir.

El nombre de una persona invisible se clavó como una espina en mi garganta: mi madre. Mi rostro debió contraerse, porque Ángel, que me conocía como nadie, se apresuró a corregirse, suplicante.

—Sé que estará ella —susurró, con un deje de la misma tristeza que a mí me corroía—, pero no puedo ir. No puedo irme sin pasar un último momento con mi familia. No quiero estar solo allí. No quiero sentir que dejo atrás a la persona que más amo con este nudo.

La honestidad brutal en su voz me hizo temblar. El peso emocional de la despedida, sumado al terror de enfrentar a la mujer que me había hecho tanto daño, era casi insoportable. Sentía la bilis del conflicto familiar subir por mi esófago.

Ángel me miró y, en esa mirada, vi la súplica de un niño aterrado, a pesar de su inmensa alegría.

—Por favor, Nessy. Si quieres, solo pasa, me das un abrazo más, me dices adiós y está bien. Solo necesito verte allí.

La palabra «súplica» pesaba más que mi rencor. ¿Cómo podría negarle a mi hermano su único apoyo real en el momento más trascendental de su vida? ¿Permitir que la sombra de mi madre arruinara esto?

Limpié mis lágrimas, que habían comenzado a rodar sin control, una mezcla de orgullo y dolor.

—Voy a ir. Claro que voy a ir, Ángel —le aseguré, con la voz rota.

Nos fundimos en otro abrazo, más largo, más desesperado. Lloramos el uno en el hombro del otro por el vacío inminente, por el tiempo que se detendría entre nosotros. Sentí su miedo y su excitación, y le di mi consuelo.

—Voy a ver cada partido —prometí, con la voz firme a pesar de todo—. Cada uno de ellos. No te voy a perder de vista, ¿me escuchas?

Ángel asintió contra mi pelo, apretándome con la fuerza de quien se aferra a un salvavidas. El vínculo entre nosotros era una cuerda de tensión y amor, lista para ser estirada miles de kilómetros.

Me despedí de Ángel con un beso en la frente, ese sabor agridulce de la euforia y la ausencia. Justo entonces, las luces de un auto nos iluminaron. Daniel había llegado. Un rápido apretón a Ángel, una última promesa de vernos en la reunión, y subí al auto.

—¿Todo bien? Te ves exhausta —preguntó Daniel, notando mi rostro enrojecido.

—Es Ángel —suspiré, mirando por la ventanilla—, se va a Qatar. Es oficial.

—¡Felicidades! —exclamó él, genuinamente feliz.

—Sí —respondí, sin más.

Me hundí en el asiento, con la cabeza apoyada contra la fría ventanilla. Observaba las luces de la ciudad pasar a toda velocidad, pero mi mente estaba inmóvil, anclada en la silueta de Gray.

El miedo a mi madre y la tristeza por Ángel se convirtieron en un telón de fondo para la única cosa que realmente me importaba en ese momento: la mujer detrás de la puerta 402.

Llegamos al hospital, ese laberinto de pasillos blancos y luces fluorescentes que olían a antiséptico y a desesperación silenciosa. Cada paso resonaba más fuerte bajo mis pies. Caminé por los corredores con ese mismo peso incomprensible, como si mis zapatos estuvieran llenos de arena mojada. Estaba avanzando hacia mi salvación o hacia mi condena; no había punto intermedio.

Los médicos me recibieron. Sus voces se oían distantes, amortiguadas, como si estuvieran bajo el agua. Me explicaron las precauciones:

—Señorita Nessy, por favor, recuerde las pautas —me dijo con una voz profesional—. Mantenga la calma. Es crucial que no haya estrés emocional. Estaremos justo fuera.

—Doctor —mi voz era apenas un hilo—, ¿qué posibilidades hay de que no me reconozca?

El doctor ajustó sus lentes.

—Su memoria de largo plazo es una incógnita en este momento. Puede que no muestre ninguna reacción o que reaccione como si fuese una completa extraña. Lo importante es no forzar el recuerdo.

Asentí. Ya no era yo quien decidía.

El momento llegó. Estaba frente a la puerta. Gray estaba al otro lado. La distancia entre mi realidad y la suya era solo el grosor de esa puerta, pero se sentía como un universo. Me detuve y mis pulmones se negaron a tomar más aire.

Me permití sentir el peso de este encuentro inminente, la suma de años de dolor, las mentiras de mi madre, el destino cruel. Apreté los puños. Si Gray no me recuerda, si su mente ha borrado todo lo que fuimos en ese breve tiempo… no creo que estemos destinadas a estar juntas.

—Será el destino —pensé, con una calma que me aterraba.

Me llevé la mano temblorosa al pomo frío. Estaba a punto de abrir la puerta.

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