gray

Me encontraba en esta habitación de hospital y, la verdad, estaba más cansada de la quietud que del dolor. El dolor era un latido sordo y constante, justo detrás de la frente, un recordatorio persistente de que mi cráneo había sido abierto. Era el efecto de la cirugía y hacía que mi cerebro funcionara como un disco rayado y oxidado. Solo mostraba pedacitos de recuerdos, fugaces y distorsionados, que se superponían unos a otros en una secuencia lógica, pero emocionalmente devastadora.

El latigazo de un golpe seco, de gritos y de dolor se convertía en el sonido rítmico de un corazón. La sombra cruel de un hombre con una correa en las manos se fundía hasta volverse un pequeño burrito de peluche, acunado entre las manos finas y dulces de una mujer.

Y yo sentía esa suavidad, esa ternura, como un eco físico de un toque que creía haber experimentado alguna vez.

Una niña en un patio, sola, rodeada de risas burlonas por ser «diferente», cambiaba abruptamente a una mujer con harina en las manos, batiendo algo con intensidad, concentrada en hacer pasteles para alguien a quien, por alguna razón que no podía nombrar, le encantaban.

Y el llanto, ese llanto que se repetía una y otra vez en mi mente, quizás intentando dañarme o advertirme, terminaba siempre disolviéndose en una sola cosa:

Una sonrisa. La suya y, después, inexplicablemente, la mía.

Conmigo estaba una enfermera y ella también sonrió al notar mi expresión.

—Te ves feliz, Génesis —dijo mientras acomodaba el gotero—. ¿Qué recuerdas?

Ellos siempre me preguntaban sobre mis recuerdos. Yo trataba de explicarles que eran difusos, difíciles de descifrar, como vidrio roto. Pero había algo que podía ver con una nitidez dolorosa, algo que me daba una sensación en el pecho tan profunda, tan difícil de ignorar, que me obligaba a jadear. Era como si la amnesia hubiera arrasado con todo, excepto con la huella de ese sentimiento.

Sentí un pinchazo agudo en la sien al intentar concentrarme en aquella emoción. Y si sentí eso antes de lo que me pasó y lo sigo sintiendo aquí, en medio de este caos, solo hay un nombre que puedo relacionar con esa intensidad.

Abrí la boca y la palabra salió arrastrada, cargada de una necesidad que no entendía.

—Nessy…

La enfermera me miró mientras tomaba nota.

—Nessy. ¿Puedes recordar algo sobre Nessy? ¿Amiga, familiar?

Negué con la cabeza sobre la almohada.

—No recuerdo si ese nombre lo conozco desde hace pocos días, meses o años. Está allí —mi voz se quebró y mis ojos se humedecieron—. Y las cosas que parece haberme hecho sentir siguen aquí. Lo siento aquí.

Señalé mi pecho, justo encima del corazón, donde la emoción latía con fuerza. Era lo único real, lo único que se negaba a distorsionarse. Y eran sus recuerdos, los de esa sonrisa, los que no me dejaban pensar en lo malo que intentaba interponerse en mi mente.

—Siento que la amo mucho —confesé, dejando que la verdad saliera sin filtro.

La enfermera sonrió mientras anotaba.

—Según lo que nos han dicho, a la Génesis que llegó aquí le costaría mucho aceptarlo en voz alta.

Era la única certeza que mi cerebro roto podía ofrecerme.

Y, como si hablara del rey de Roma, el doctor entró primero, con su carpeta habitual. Detrás de él, ella apareció en la puerta. Su rostro era una máscara temblorosa de miedo y esperanza.

Qué bella, pensé en el caos suave de mi mente. Se ve igual de bella que en mis recuerdos más dulces.

—Buenas tardes, Génesis. Queremos que conozcas a alguien. Recuerda: toma tu tiempo y céntrate.

Giré la cabeza con lentitud, sintiendo un dolor leve y punzante detrás del ojo izquierdo, y mis ojos recorrieron a la chica hasta detenerse en su rostro. La tensión en la habitación era palpable; era un aire espeso que incluso mi mente anestesiada podía percibir. Ella, al igual que el doctor, contenía la respiración.

Parecía estar esperando un signo en mí: un gesto, una palabra o la peor de las opciones: que no la recordara. La seguí mirando durante un largo momento. Mi expresión era totalmente indescifrable, solo un vacío de concentración que se extendía.

—Gray… —murmuró ella en un susurro apenas audible, como si temiera romper algo frágil.

De repente, mi concentración se rompió. Esa voz… sentí que la tenía grabada en mis entrañas, no en mi memoria.
Mi rostro, sin querer, se iluminó con una alegría tierna y silenciosa, casi como un reflejo.

—¡Nessy! —mi voz era ronca y débil, pero el afecto era inconfundible.

El alivio de Nessy fue tan visible que se permitió un instante de respiro y, en ese segundo, sus labios se curvaron en una sonrisa breve y dulce. Luego dio un paso tembloroso hacia adelante.

—Génesis, ¿sabes quién es ella? —intervino el doctor con voz profesional, analizando la interacción—. ¿Qué relación tiene contigo?

Desvié la mirada del rostro de Nessy al del doctor y luego regresé a Nessy. El esfuerzo cognitivo me hizo fruncir el ceño; no por enojo, sino por la lucha física contra la niebla mental y el dolor de cabeza, que se intensificaba.

Mi voz salió con dificultad. La lentitud era agotadora.

—Es… —luché por encontrar la palabra—. Ella es… importante. Me hace… me hace feliz verla.

La afirmación era cruda, esencial, despojada de cualquier duda. El olvido de tantas cosas significaba que, para mí, el afecto era el único recuerdo activo.

Al mirarla, mi cerebro conectaba su nombre con algo… curioso.

Su voz, sí, pero en gemidos. Estos recuerdos eran más físicos.

Yo no recordaba el contexto ni la dinámica, pero mi cerebro había conectado a Nessy con un símbolo crudo de mi intimidad. Literalmente podía recordar todo su cuerpo, cada rincón, en una mente en la que todo lo demás aparecía distorsionado.

De verdad quería tomar su mano y sentir esa suavidad que mi piel creía recordar. Extendí mi mano temblorosa con una honestidad desarmante, pidiendo apoyo, amor y quizás algo más que yo misma no entendía.

—Ven aquí —me enfoqué en ella, sin filtros, sintiendo que la habitación se hacía demasiado grande y fría sin su presencia—. Te necesito cerca. El cuarto es muy grande.

La ternura era desgarradora. Nessy vio mi mano extendida, que solo pedía refugio.

—Yo… —su voz estaba quebrada.

Parecía dudar, un conflicto cruel pintado en su rostro. Como si existiera alguna razón que le impidiera acercarse a mí.

—¡No te vayas! Por favor —le pedí con urgencia, porque su presencia me hacía sentir bien, disminuía el latido sordo en mi sien—. No te vayas.

Nessy miró al doctor, buscando desesperadamente ayuda. Él solo asintió con una expresión solemne.

Ella suspiró profundamente mientras retrocedía un paso.

—Lo siento, Gray. No puedo.

Se dio la vuelta y salió. La puerta se cerró con un chasquido suave, pero definitivo. Todo fue silencio. El doctor solo analizaba lo que estaba viendo, sin poder medir lo que yo estaba sintiendo.

Mis ojos la siguieron hasta el último milímetro, hasta que su silueta desapareció por completo.

—Se… se fue —sollozé débilmente. Mi voz se rompió por la tristeza—. ¿Por qué?

El doctor se acercó a la cama y yo me quedé en silencio, con la mano extendida en el vacío y el brillo de mi sonrisa desvaneciéndose. Mi rostro, vulnerable y sin filtros, se contrajo en una profunda herida emocional. No había ira, solo la tristeza de alguien a quien acababan de negar un consuelo merecido.

La mano que había querido extender cayó pesadamente y el labio me tembló, incapaz de controlar la pena. El primer golpe emocional del mundo exterior, en mi nuevo estado, me había roto el corazón.

¿Tan diferente soy?

La Gray que amaba a Nessy había despertado, pero ahora la duda me inundaba: ¿ella no ama a la Gray que había regresado?
El vacío que dejó Nessy era más frío que el aire acondicionado de la habitación.

—Doctor —dije. Mi voz apenas era un gemido roto, sin fuerza—. ¿Podría llamar a Zafiro? Por favor.

El doctor pareció pensarlo solo unos segundos. Miró el reloj en su muñeca y luego la devastación evidente en mi rostro. Simplemente asintió con un gesto comprensivo antes de abandonar la habitación en silencio.

Unos minutos después, el sonido de una respiración profunda me anunció que alguien había entrado. La rizada de cabello rojo apareció por la puerta con una sonrisa débil, de alivio mezclado con cautela.

—Recordaste a Ness —dijo con dulzura, acercándose lentamente a la cama.

Pero su expresión se desvaneció al ver la mía. Vio mi mano y luego mi rostro, sin filtros, empapado en tristeza.

—Gray, ¿qué pasó? —cuestionó, y la dulzura desapareció, reemplazada por una alarma genuina.

La desesperación me superó y me incorporé un poco, ignorando el latido punzante en la sien.

—¿Le hice algo? —cuestioné, sintiendo que el pecho se me contraía. La idea de haberla lastimado era más dolorosa que la cirugía—. ¿Fui… fui grosera con ella?

Zafiro se mostró confundida por un momento. Su ceño se frunció, pero rápidamente recuperó la compostura, como si estuviera resolviendo un enigma que yo desconocía. Tomó mi mano, la que había quedado suspendida en el aire, y la sostuvo con firmeza.

—No, no. Claro que no. Tú fuiste… fuiste con ella la Gray más tierna que he visto en años.

—Entonces, ¿por qué se fue? Me pidió disculpas, Zafiro. Me miró como si le diera miedo.

Zafiro suspiró, acariciando el dorso de mi mano con su pulgar.

—Ness está muy feliz de verte y de verte bien, pero está lidiando con un problema muy grande. Es sobre su madre y su pasado, confía en mí. Todo estará bien —aseguró con convicción—. Ness te quiere mucho, no dudes de eso.

Intentó sonreír, pero luego su expresión se volvió seria, casi solemne.

—Pero tengo que decírtelo. Has cambiado un poco, Gray.

El miedo, ese sentimiento difuso que se negaba a desaparecer, encontró un foco. Ella había sido testigo de la Gray implacable.

—No. Yo solo puedo pensar en que le gustaba la yo de antes —murmuré, con la mirada perdida en el techo—. ¿Y si la Gray que regresó no le gusta? ¿Y si no me amará así?

Sentía que el vacío de la amnesia se llenaba con el terror a la pérdida. Si ese amor por Nessy era lo único real, ¿qué pasaría si la «nueva yo» lo ahuyentaba?

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Mar luna
12 days ago

🥺🥺🥺