Tengo la certeza de que Sol y Zafiro estarán aquí pronto. El impacto de la noticia no les daría tregua. De Mafe y Daniel, en cambio, no tengo idea; ninguno de los dos contesta. Pero aparecerán cuando se les dé la gana de revisar su WhatsApp y el mundo les caiga encima.
Necesitábamos reunirnos. Teníamos que prepararnos para todo, y yo me encargaría de que la despedida de Julia fuera, al menos, digna y serena; el último gesto de amor.
Mientras esa espera helada se hacía tangible y Mafe y Daniel finalmente se materializaban, mi concentración se centró en una única y brutal tarea: cuidar de Ángel y Nessy.
Me convertí en una especie de guardián de la supervivencia básica. Les ofrecí agua y los presioné para que comieran un par de bocados, a pesar del nudo que debían tener en el estómago. No iba a permitir que el dolor emocional consumiera sus cuerpos; eso solo empeoraría el colapso.
Fue una muerte por cáncer, una causa natural. Por ende, no tendrían por qué tardar en entregarnos el cuerpo de Julia. Solo teníamos que ser pacientes, sostenernos en ese purgatorio.
Mi objetivo primordial: el descanso. Me negaba a ver sus ojos inyectados en sangre por el insomnio y la angustia, me negaba a ver sus cuerpos agotarse.
Los miraba allí, acurrucados el uno contra el otro, buscando un calor que la vida les había arrebatado. Y juro que, al ver esa imagen, algo se movió en el fondo de mi mente.
No era un recuerdo nítido, sino una sensación distorsionada, un déjà vu helado. Veía un pasillo perpetuamente oscuro antes de llegar a una pequeña habitación. Y, en ella, dos niños, idénticos a quienes tenía enfrente, se abrazaban y fingían estar dormidos.
Mis recuerdos son fragmentos rotos. Apenas podía ver las pequeñas partes: el pasillo nebuloso y a los dos niños pequeños. Pero, en ese momento, con la certeza que solo da el corazón, supe que eran Ángel y Nessy. Porque la forma en que cerraban los ojos para huir del dolor, para huir del mundo, era exactamente la misma que veo ahora en mi memoria.
—Duerman tranquilos —susurré, una frase que se me escapó sin pensarlo.
De inmediato, una frase que no era mía, un recuerdo vivo de mi propio pasado, se coló en mi mente, pesada como una lápida:
«El monstruo ya no volverá a molestarlos».
El mundo estaba colapsando y yo, en medio del dolor de mis seres amados, sentía que la memoria de mi pasado roto volvía para advertirme.
Nessy había deseado que ese momento fuera completamente íntimo y privado, un respiro final donde solo ella y Ángel pudieran sostener a Julia un rato más antes de entregarla a la tierra.
El ataúd, de madera oscura y pulida, estaba allí, conteniendo un alma que, paradójicamente, solo al dejar de respirar había encontrado el fin de su larga tortura.
El dolor de Ángel era un puñetazo constante. No dejaba de llorar, y era lógico: él fue quien pasó más tiempo con ella, el que nunca pudo o nunca quiso ver el mal que su madre había hecho a otros. Además, no había tenido el consuelo de una última palabra, de un adiós consciente.
Estuvo sin consuelo todo el tiempo, incluso cuando la caja descendía con lentitud exasperante a lo profundo de la tierra del cementerio. El silencio de las lápidas solo se rompía por el llanto roto y primario de los dos hijos que acababan de perder a su madre.
Pero, en medio de ese luto sagrado, había una calma precaria. Una calma que no tardó en romperse cuando mi vista lo capturó.
Gerardo.
¿Qué demonios hacía aquí? ¿Quién lo había llamado a profanar este espacio?
Daniel, que había estado cerca de nosotros como una sombra protectora, se puso en alerta. Tan pronto como vio a Gerardo acercarse, ni siquiera le permitió dar un paso más. Su postura se transformó de consuelo a confrontación pura.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó Daniel, interponiéndose en su camino.
—¿Ahora los Gutiérrez son dueños del cementerio? —Gerardo esbozó una sonrisa venenosa—. Es la madre de mi único sobrino. Merezco estar con él.
—No te necesita —espetó Daniel, con la voz baja y cargada de veneno—. Y tú no eres bienvenido al sepelio de una mujer a la que le hiciste tanto daño. Vete.
Gerardo mostró un gesto de impaciencia hirviente.
—Hazte a un lado.
—Oblígame —resistió Daniel, desafiándolo con la mirada.
Gerardo intentó pasar, empujando con el hombro, pero Daniel lo devolvió con un empujón más fuerte, haciéndolo retroceder. El rostro de Gerardo se desfiguró de rabia, como si Daniel lo hubiese ofendido de la peor manera posible.
Gerardo no pensó, solo actuó. Su puño voló, rápido y sucio, impactando de lleno en la comisura del labio de Daniel. El golpe hizo un sonido sordo. Daniel se tambaleó ligeramente hacia atrás, pero no cayó.
En ese instante, todo el control que Nessy había mantenido se quebró. Ella rodeó a Ángel con un abrazo desesperado, girándolo para que su rostro quedara hundido en su hombro, lejos del conflicto.
Daniel se pasó el dorso de la mano por la comisura del labio, limpiando un pequeño hilo de sangre. Su expresión era de calma asesina.
—Tu error, animal —siseó Daniel.
Devolvió el golpe: un gancho mucho más fuerte y preciso que impactó a Gerardo en la mandíbula con fuerza acumulada. Gerardo retrocedió y terminó sobre la hierba, aturdido. Se adelantó de inmediato, con los ojos inyectados en sangre, intentando devolver el golpe, pero Daniel, ágil y rápido, esquivó su puño con facilidad.
Fue entonces cuando Mafe, que había estado observando la escalada del desastre con una calma silenciosa, encontró su momento de gloria. Agarró el objeto más grande y ridículo que encontró cerca: un enorme ramo de lirios blancos, esos aparatosos y comunes arreglos funerarios que parecían más un arbusto que un adorno.
Con fuerza y puntería, Mafe lanzó el ramo completo. El impacto fue devastador. Las flores golpearon a Gerardo en la cara y el pecho, haciéndolo tambalear y caer de espaldas al suelo.
—¡Oiga! ¡Respete el dolor ajeno! —gritó Mafe, con la voz resonando en una mezcla de indignación y furia.
Todos los presentes, desde Sol y Zafiro hasta los enterradores, se quedaron paralizados, mirando la escena. Era divertido, era gracioso, pero uno no debe reírse en un momento así.
Gerardo yacía en el suelo, con el rostro parcialmente cubierto por lirios mojados. Mafe, con los brazos cruzados y el pecho agitado, parecía a punto de lanzar la siguiente lápida que encontrara.
Daniel, a pesar del labio sangrante, no pudo evitar que una sonrisa breve y orgullosa asomara. Para él, Mafe lo había hecho por defenderlo.
Gerardo se reincorporó del suelo, no con la rabia caliente de un momento antes, sino con una calma glacial y antinatural. Se enderezó la chaqueta con la punta de los dedos, se limpió los restos de los lirios del rostro y nos miró a todos con un desprecio lento y metódico.
Pero sus ojos se detuvieron en mí durante varios segundos. Su mirada no era solo de odio; era de promesa.
Lentamente, como si estuviera actuando para una audiencia, Gerardo llevó la punta de su dedo índice hasta su cabeza, cerca de la oreja. Hizo un gesto de roce deliberado en el lugar exacto donde mi cicatriz era más profunda. No fue una burla simple; fue un acto de crueldad cínica y medida.
Se estaba burlando de que casi me muriera, claro que sí. Pero la frialdad en sus ojos iba más allá. Estaba insinuando que él terminaría el trabajo. Que mi supervivencia solo era un aplazamiento. Su sola presencia me generaba un dolor de cabeza palpitante, un anuncio de la migraña que vendría. Pero, para fortuna mía y de todos, el infeliz se dio la vuelta sobre sus talones. Nos despidió con un movimiento de mano exagerado y casual, como si él hubiese sido el invitado de honor.
Después, el silencio, ahora doblemente pesado, cayó sobre nosotros. Una vez sellado el entierro de Julia, nos quedamos allí, deambulando sin rumbo fijo entre las lápidas. El cementerio se había convertido en un laberinto de dolor.
De repente, mientras caminaba por un sendero, me detuve en seco. La vista se me nubló y el aire se quedó atrapado en mi garganta.
Allí estaba: una lápida sobria, con un nombre familiar y una fecha que se sentía muy cercana y muy lejana a la vez. La tumba de mi madre. Otro recuerdo reprimido.
Solo recordaba la desesperación febril de encontrarla, de saber de ella, pero no recordaba el momento. No recordaba el cómo ni el cuándo la había encontrado. El pasado, de nuevo, me era negado.
Un pequeño y efímero alivio recorrió mi pecho: al menos, la encontré. Ese pensamiento duró menos de un segundo antes de ser arrasado por el dolor crudo de la forma en que la perdí. Mi cuerpo falló. Las rodillas me flaquearon. El agotamiento físico y la tensión emocional finalmente me hicieron trizas y me desplomé. El llanto que había contenido durante horas, que había guardado para poder ser el sostén de Nessy y Ángel, me hizo tumbarme sobre la tierra fría.
Todos se quedaron allí conmigo, un muro de amigos silenciosos y leales. Incluso Nessy, en medio de su propio luto paralizante, se arrodilló a mi lado. Me abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en mi hombro mientras susurrábamos palabras rotas al viento.
Era un dolor que ambas conocíamos y compartíamos: el desgarro de un hijo que pierde a su madre de una forma violenta o inexplicablemente cruel.
Cuando la noche, pesada y silenciosa, finalmente cayó sobre la ciudad, regresamos todos juntos a casa. El grupo se movía como una sola unidad fracturada. La tensión era tan densa que decidimos algo simple y reconfortante para la cena, algo que oliera a infancia y consuelo: chocolate con queso, pan y huevos revueltos.
La idea no era nutrirnos, sino impedir que la pena se convirtiera en daño. No podíamos permitir que Ángel y Nessy se fueran a la cama con el estómago vacío después de haber llorado hasta el agotamiento.
Mientras Mafe y Daniel, que seguían extrañamente cerca el uno del otro, intercambiaban susurros sobre el incidente en el cementerio, la conversación inevitablemente derivó hacia las especulaciones sobre la profesora Claudia.
—Y mamá me dijo que me cuidara de ella —agregó Nessy, con un hilo de voz tan bajo que apenas la escuchamos. Su mirada estaba fija en el chocolate humeante.
Era obvio, dolorosamente obvio. Esa maldita perra falsa tenía algo con Nessy, algo turbio y venenoso. Podría, incluso, tener alguna conexión con el infeliz de Gerardo.
—Pero Nessy no puede dejar sus estudios —señaló Mafe con calma, aunque la preocupación se reflejaba en su rostro.
Mi determinación se endureció, ignorando el dolor punzante en la cabeza. Yo ya no tenía nada que perder, solo personas a quienes proteger.
—Entonces, le damos de baja de esa universidad y que vaya a otra —dije, con una calma que sonó más a una orden fría—. Si es necesario, contrataré a profesores privados para que vengan a educarla aquí. Pagaré lo que sea.
Todos asentimos, reconociendo la urgencia de alejar a Nessy de cualquier amenaza potencial.
Mafe, observando la desesperación latente en la habitación, sugirió algo inesperado, buscando desesperadamente un cambio de aire. Se inclinó un poco hacia Daniel, como buscando su aprobación, antes de hablarles a Nessy y Ángel.
—Ustedes dos, que han sufrido tanto y que tienen el cuerpo en carne viva por el dolor, deberían dejar un rato lo pesado y hostil de la ciudad. Ir a algún lugar… a un lugar donde el aire sea limpio y el silencio no les pese tanto.
—Me parece una idea brillante —opinó Zafiro, y su voz, por primera vez en horas, sonó genuinamente animada—. Como una granja, sí. ¡Me fascinan las vacas pequeñas!
El contraste entre la sugerencia de escape y el comentario sobre las vacas, tan típico de Zafiro, rompió momentáneamente la opresión. Sería una buena idea. Quizás cambiar de ambiente nos ayudaría a procesar el trauma. Quizás así, con kilómetros de distancia, todo dolería menos.
Excepto el llamado arnés que yo mismo llevaría puesto.