nessy

Al final, sí decidieron darme de baja de la universidad, principalmente porque nadie confiaba en la profesora Claudia. Pasé varios días sin ir a estudiar, y no solo por las fundadas sospechas sobre ella, sino también porque me sentía vacía y profundamente desanimada. El luto me impedía avanzar.

Ángel, por otro lado, volvió casi de inmediato a sus entrenamientos. De alguna forma, la brutal disciplina del fútbol le ayudaba a canalizar el dolor y a sentir que todo dolía menos; que el dolor físico podía disfrazar al emocional. Además, su reciente paso por la selección había despertado un gran interés en su carrera, y él no podía permitirse el lujo de estancarse aunque tenía psicóloga, lloraba muy a menudo.

Aun así, cuando tenía el más mínimo espacio libre, él estaba conmigo. Era mi sombra leal. Incluso se ofreció a acompañarme a la universidad esa última vez, solo para tramitar la baja. Gray también me estaba acompañando, con esa calma vigilante que se había vuelto mi único refugio.

Caminábamos por el bullicioso pasillo principal, listos para terminar el trámite, cuando, de repente, me detuve en seco. Mi cuerpo entero se tensó hasta el punto de la rigidez. El aire se me fue de los pulmones; era como si una pared invisible se hubiese materializado frente a mí.

Mis ojos se habían clavado en una figura que avanzaba lentamente. Era Jessica, la chica a la que había golpeado en aquella estúpida pelea escolar hacía años. Estaba allí, justo en medio del pasillo, sentada en una silla de ruedas. La culpa que había logrado mantener encapsulada durante tanto tiempo se derramó como ácido hirviendo en mi estómago. Verla así, inmóvil y vulnerable, me golpeó con la fuerza de un tren.

Ella levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos. A pesar de los años, su mirada me reconoció al instante, y no había olvido en ella, solo una promesa helada.

—Pagarás por esto, Nessy —susurró Jessica.

La frase fue tan baja que solo mis oídos, tensos por el pánico, pudieron captarla. Pero ese sonido me atravesó la piel como una aguja helada. El mundo se volvió ruidoso y ajeno. Sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral y mis músculos se contrajeron aún más, preparándose para un impacto que no era físico.

—Ness, ¿qué pasa? —la voz de Ángel, confusa, se registró apenas.

Él intentó poner una mano reconfortante en mi brazo, pero me sentí demasiado tensa para sentir el consuelo.

Gray reaccionó de inmediato. Su calma protectora se transformó en una alerta silenciosa. Siguió mi línea de visión, pero, al no ver nada evidente, se centró en mí. Me tomó suavemente por el mentón, obligándome a mirarla.

—Nessy. ¿Qué viste? ¿Por qué te detuviste de esa manera? —preguntó Gray. Su voz era grave y urgente, buscando atravesar el muro de pánico que acababa de levantar.

Yo solo podía temblar, sintiendo el peso de la culpa y la renovada amenaza que la silla de ruedas de Jessica representaba.
—Solo era… —respondí, forzando la ligereza y tratando de restarle importancia al encuentro— una chica que me hacía bullying en el colegio, hace años.

Seguí caminando a paso firme, negándome a dar más explicaciones. La visión de Jessica en la silla de ruedas y su promesa helada me habían dejado al borde del colapso, pero no se lo diría a nadie.

Ángel y Gray me alcanzaron muy rápido. Sus pasos resonaban con urgencia. Sabía que iban a interrogarme en cuanto tuviéramos un segundo de privacidad, pero la aparición inoportuna de la mentada Claudia les cortó las palabras en la garganta.

—Hola, Ness —dijo Claudia, y su voz destilaba la típica dulzura melosa que parece tan falsa—. ¿Cómo estás? Me dijeron que te irías, ¿estás bien? Pareces un poco pálida, cariño.

—Sí —apenas pude responder, deseando que se esfumara.

—¿Y por qué te vas? ¿Puedo saber? —cuestionó, y en el fondo de su tono, detrás de la falsa preocupación, se percibía una curiosidad afilada y casi morbosa.

El aire entre los cuatro se tensó al instante. Gray, que había estado a mi lado como una muralla silenciosa, observaba a Claudia con el ceño fruncido. Se notaba la mezcla de desconfianza y unos celos mal disimulados por la familiaridad de Claudia conmigo.

—¿Y por qué le interesa tanto? —cuestionó Gray de repente, con la voz baja, áspera y cargada de brusquedad.

Se notaba en la dureza de su mandíbula que no se sentía cómoda con que Claudia me dirigiera la palabra. Claudia, acostumbrada a ser la figura de autoridad, se sintió visiblemente ofendida por la interrupción de Gray.

—Disculpa. Soy la profesora de Nessy —dijo Claudia, inclinando ligeramente la cabeza, pero sin que su sonrisa desapareciera, lo que hacía que el gesto resultara más pasivo-agresivo—. Me concierne el bienestar de mis estudiantes; es mi trabajo.

—Su trabajo es evaluar su conocimiento, no su vida personal —replicó Gray, cortándola.

Su enfado era palpable en la forma en que sus ojos se estrecharon. No creía una sola palabra de su fachada de profesora responsable.

—La decisión ya está tomada y a usted no le incumbe lo que suceda con mi novia.

—Qué posesiva. ¿No cree que es un poco excesivo?

Yo intervine, sintiendo el conflicto escalar de forma peligrosa y tratando de calmar las aguas:

—Profesora, estamos bien. Solo necesitamos un tiempo, gracias por su interés.

Claudia asintió y se giró hacia Ángel, dándole una mirada rápida. Pero, antes de irse, sus ojos volvieron a Gray y, con un tono que mezclaba desdén y conocimiento íntimo, lanzó su dardo.

—Solo espero que tanta preocupación no le cause una migraña. Sabe bien que debe cuidarse esa cabeza, ¿no es así? Es mejor que no se altere.

El impacto fue brutal. Todos nos quedamos congelados. La sonrisa de Claudia se amplió brevemente ante el shock colectivo. ¿Cómo demonios sabía ella de la operación de Gray? ¿De sus limitaciones? Esa frase, dicha con esa burla tan específica, era una referencia directa a Gerardo. La implicación era clara y terrible: Claudia y Gerardo tenían una conexión, y ella también estaba burlándose abiertamente de la forma en que Gray casi muere.

Sentí a Gray muy tensa. La tomé del brazo y la mantuve pegada a mí mientras ella no apartaba la mirada de Claudia.

—Tranquila —dije con falsa calma—, no te hagas daño por ella.

Si Claudia no supiera del golpe de Gray, yo no la detendría en su intento de querer romperle la cara. Pero ella sabe cómo podría hacerle daño a Gray, no puedo permitirlo.

Y la forma en la que Gray apretaba el puño me decía que no debía soltarla, porque claramente a ella no le importaba su cirugía con tal de dañar a Claudia.

Sin esperar un segundo más, antes de que Gray pudiera responder o de que la situación explotara en una nueva confrontación pública, sujeté su mano con firmeza y la saqué de la universidad. Nos movíamos con la urgencia de quien escapa de un incendio.

Ángel nos siguió hasta la salida, su rostro una mezcla de preocupación por nosotras y la ansiedad por su entrenamiento.

—Debo irme —dijo, dando un vistazo rápido al reloj de su muñeca.

Me dio un abrazo fuerte, uno de esos que buscan la seguridad de un refugio. Antes de separarse, añadió:

—Todo el dinero que me han pagado por mi contrato con el club lo transferí a tu cuenta.

—¿Qué? ¿Por qué hiciste eso, Ángel? —cuestioné, frunciendo el ceño por la inesperada carga.

Ángel solo sonrió, esa sonrisa suya que siempre era demasiado dulce y triste.

—Soy menor de edad, Nessy, y tú eres mi hermana —dijo, restándole importancia con un encogimiento de hombros—. Es lo lógico.

Pero sabía que había algo más. Ángel se inclinó y me dio un último y apretado abrazo, susurrando al oído con una intensidad que me rompió el alma:

—Eres todo lo que tengo.

Esa frase se quedó clavada en mi pecho mientras él se iba corriendo hacia el campo de entrenamiento.

Gray y yo nos subimos al auto y ella se sentó al volante. Ahora, después de la recuperación de su cirugía en la cabeza, podía conducir en compañía y si lo hacía a baja velocidad. Era un pequeño acto de normalidad que ambas valorábamos.

Ella encendió el motor y comenzó a conducir con la prudencia y lentitud que se le había impuesto. Todo iba bien. El silencio era solo el sonido calmante de la ciudad alejándose… hasta que la vi.

Claudia.

Estaba a solo unos metros, caminando tranquilamente hacia su auto, con su aire de profesora intachable. Al verla, la calma vigilante de Gray se rompió por completo. La rabia que había contenido con Gerardo y que Claudia acababa de alimentar se desbordó.

—¡Maldita víbora! —siseó Gray entre dientes, una furia gélida encendiendo sus ojos.

Antes de que pudiera reaccionar, Gray pisó el acelerador. El motor rugió y el auto se lanzó hacia Claudia con una velocidad imprudente y aterradora. Su intención era clara, grotesca e impulsiva: quería golpearla, atropellarla, borrarla del mapa por su insolencia y por su conexión con Gerardo. 

Mi reacción fue instintiva. No pensé. Giré el volante hacia la izquierda con toda mi fuerza, gritando un «¡Gray!» de alarma pura.

El auto se desvió bruscamente. Lo único que logramos fue que las llantas pasaran justo por el borde de un enorme charco de agua sucia y lluvia acumulada. El impacto fue una explosión ruidosa y brutal de agua negra y lodo que se levantó como un géiser.

El chorro de agua golpeó a Claudia de lleno. Su ropa inmaculada, su cabello perfecto y su rostro burlón quedaron completamente salpicados y empapados por el agua turbia del pavimento.

Gray inmediatamente aflojó el pie del acelerador. La furia se drenó de su rostro para ser reemplazada por una palidez dolorosa y una mueca de agonía.

La adrenalina de la venganza fallida se convirtió de inmediato en un dolor de cabeza agudo, una consecuencia directa de su imprudencia.

Me giré hacia ella, sintiendo el impulso de regañarla con toda la fuerza.

—¡Gray! ¿¡Estás loca!? ¡No puedes hacer eso! ¡Eres una irresponsable! ¡Estás sanando!

Pero, mientras la veía llevarse las manos a las sienes, con el dolor haciéndole temblar los brazos, toda mi frustración se evaporó. Saqué las pastillas que siempre llevaba conmigo para sus migrañas, junto con una botella de agua, y se las ofrecí con un gesto brusco.

Ella tomó las píldoras sin protestar, con los ojos cerrados. Mientras la veía en ese estado de vulnerabilidad y dolor, una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios. Quería parecer enojada, pero ver a Gray, mi Gray, así de humana y de incontrolable, me causó una extraña ternura.

Detrás de la fachada de la nueva Gray, la calmada y paciente, la antigua Gray, fría, vengativa y brutalmente impulsiva, todavía se escondía, esperando cualquier oportunidad para manifestarse.

Y la forma en que el charco la había delatado era extrañamente reconfortante. Ahora tenía que lidiar con una Gray con dolor de cabeza por impulsiva.

Apenas llegamos a casa, la guié a la cama y le puse una compresa fría en la frente para ayudarla a lidiar con el dolor punzante.

—¡Por impulsiva! —la regañé mientras acomodaba la toalla húmeda con suavidad.

—No la iba a atropellar —se defendió Gray, con la voz tensa por la molestia.

—¿Entonces la ibas a acariciar con el parachoques? —cuestioné, esforzándome por contener la risa.

En el fondo, amaba esta mezcla rara de versiones. Tierna y protectora la mayor parte del tiempo, y luego esa Gray fría, vengativa y explosiva, lista para aparecer si alguien movía la pequeña palanca de la injusticia.

Mientras Gray se recuperaba, nos pusimos manos a la obra con los preparativos para el viaje, ese escape a la granja que se sentía cada vez más necesario. Habíamos decidido que sí, que sería lindo ir a un lugar con caballos y aire puro. Mi cumpleaños se acercaba y deseaba pasarlo lejos del peso de la ciudad.

Veía a Gray preparando una maleta que, a mi parecer, era ridículamente grande para unos días. Necesitaba preguntar, pero quería evitar que ella me respondiera con una de sus típicas bromas clasistas. Así que opté por la provocación.

—¿Por qué esa maleta tan gigante? —cuestioné con una sonrisa pícara—. ¿Vas a meter un arnés ahí dentro?

Ella levantó la mirada de inmediato. Sus ojos, ya recuperados de la migraña inicial, se fijaron en los míos con una intensidad que cortó el aire. Su mente no se había demorado ni un segundo en hacer la conexión entre la herramienta de dominación y la palabra.

—¿Quieres que te penetre en una granja, Nessy? —cuestionó con una calma que a duras penas escondía un deseo crudo. Su voz era grave—. Ha pasado tanto tiempo, me dijiste que la última vez fue antes de la caída. Debes estar muy apretada.

—Y a ti te va a doler la cabeza si lo haces muy duro —repliqué, sosteniendo su mirada con la misma promesa—. Sentiremos el dolor ambas, amor.

Ella solo sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa. Se acercó a su mesita y tomó un tarrito de pastillas para el dolor de cabeza, las mismas que yo siempre llevaba y que sabía que eran muy potentes.

—No te van a servir si mezclas el deseo con la adrenalina —dije con un tono de advertencia.

—Lo vamos a poner a prueba allá —dijo, metiendo el tarro en el bolsillo lateral de la maleta—. Necesito refrescar mi memoria.

Y sí, con un movimiento deliberado, tomó el famoso arnés y, con una expresión de determinación perversa, lo metió en la maleta grande.

Habíamos sufrido mucho. Ambas perdimos a nuestras madres, hemos llorado hasta el agotamiento. Habíamos estado mucho tiempo en un hiatus sexual forzoso, primero por la sospecha y luego por el luto que nos había robado la energía.

Bueno, el tiempo de abstinencia forzada parecía haber llegado a un final glorioso y doloroso.

Después de prepararnos para montar, y no precisamente caballos, bajamos a la sala con los demás… incluso la abuela de Gray estaba allí, aparentemente tejiendo. El ambiente seguía pesado, así que decidimos jugar algo «relajado»: el infame juego del Stop.

Ese juego aparentemente inocente en el que dicen una letra y debes correr a escribir nombre, apellido, ciudad, animal, color y demás categorías que inicien con ella.

Empezamos con la letra S.

El silencio duró apenas un minuto antes de que Daniel gritara a todo pulmón. Y justo allí, con esa primera letra, Daniel movió la palanca que le quitaba lo tierna a Gray.

—¡No has ganado un carajo, Daniel! —insistió Gray, golpeando la mesa con el puño.

La ronda se había estancado en su discusión, justo en el punto de la revisión.

—Lo hice como es, querida —se defendió Daniel con el descaro del tramposo—. Todo lo completé de primeras con la letra S.

—¡No es cierto, descarado! —asintió Zafiro, levantando una ceja—. No mereces esos puntos.

—¿Ahora todas contra mí, qué? —se indignó Daniel, fingiendo un dolor profundo, con las manos en el pecho—. ¡No hice trampa, maldita!

—A ver, ¿qué pusiste en animal, papi? —arqueó Zafiro la ceja con una burla peligrosa.

—Un animal, ¿qué más? —respondió Daniel, dejándose caer en el asiento—. Puse: Simba.

—¡¿Cuál Simba, pirobo!? —el golpe de Gray sobre la mesa fue tan fuerte que hizo saltar los vasos.

Yo me preparé, ya con las pastillas para el dolor de cabeza en la palma de mi mano por si acaso.

—¿No se han visto El Rey León, o qué? —cuestionó Daniel, indignado por nuestra ignorancia cinematográfica.

—¡Marica, Simba es el nombre propio de un puto león! ¡No es la categoría animal! —le gritó Gray con la cara roja de la frustración.

—Muchachos, llevamos como media hora en la misma hijueputa ronda —intervino Mafe, agotada, frotándose la sien—. Daniel, con todo respeto, Simba no es el nombre de ningún animal genérico.

—Ay, déjamela pasar, Caramelo —pidió Daniel, con una dulzura fingida que sonaba a súplica infantil.

—Si lo pensamos bien —respondió Mafe, suspirando dramáticamente—, es la única forma en que el juego de esta familia continúe.

Todas suspiramos a la vez, una derrota colectiva ante el caos, pero le dejamos los puntos para continuar.

El juego siguió; la calma duró tres minutos. Pasamos a la letra U y, después de gritar «¡Stop!» casi al unísono:

—¿Animal? —pregunté, con una sonrisa maliciosa.

—¡Uniqua! —respondió Daniel, con el mismo tono de seguridad descarada.

—¡Jueputa! —exclamó Gray, esta vez dejando caer la palma sobre la mesa con una rabia teatral—. ¡Ese es el puto nombre de un personaje de Los Backyardigans, güevón!

Otra discusión de media hora se encendió, repleta de insultos afectuosos y amenazas. Pero, a pesar del ruido y la locura, nos estábamos divirtiendo. Y yo estaba genuinamente feliz, riéndome a carcajadas después de mucho, mucho tiempo.

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Mar luna
11 days ago

Jaja Daniel