nessy

Ver a Gray y a su padre hablar tan fluidamente, como si los años de separación no hubiesen afectado su relación, fue algo hermoso. Era conmovedora la forma en que ella lo llamaba «papá». Me alegra que, a pesar de todo, haya tenido la suerte de conservar y recuperar esto.

La noche fue pacífica, aunque casi no dormimos. Gray y Luis se la pasaron conversando, recuperando el tiempo perdido, contándose todo lo que les había pasado. Incluso lloraron, pero nadie intervino, ni siquiera yo, porque era un momento sagrado solo para ellos.

Ver a Gray finalmente dormirse en sus brazos, la viva imagen de una hija y un padre que se habían encontrado, fue un bálsamo. Aunque él no sea el padre biológico que el ADN dictará, creo que ella siempre lo ha visto así y seguirá viéndolo así.
Fue casi al amanecer cuando, exhausta, pude quedarme dormida, acurrucada en el sofá de la sala.

Pero solo bastó menos de una hora para que una dulce voz me despertara.

—Mi amor —el susurro de Gray me hizo abrir los ojos de inmediato.

Allí estaba ella, muy arreglada y con una hermosa sonrisa, esa que me encantaba ver en ella y que siempre me hacía sentir la persona más afortunada del mundo.

—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo con una dulzura que me caló hasta los huesos.

Sostenía una bandeja en la mano con un desayuno sorpresa. Me sorprendió porque, aunque era divino, no parecía haber sido comprado.

Aún somnolienta, me senté en el sofá y tomé parte de ese desayuno. Estaba delicioso.

—¿Tú hiciste esto? —cuestioné, sonriendo.

—Sí —confesó y me mostró una pequeña marca rojiza en su brazo—. Costó que mi abuela me pegara con una espátula de cocina por el estrés que le causaba mi ignorancia.

Tenía la marca. La abuela de Gray es increíble. Pero valió la pena; el desayuno era una delicia y sabía la tortura que había pasado Gray para hacer algo así.

—No te iría mal en gastronomía —le dije con una sonrisa.

—No —se negó de inmediato, con un gesto de horror—. Esto solo lo hice por ti. No lo voy a hacer por nadie más ni por mí misma. La gastronomía no es lo mío. Lo mío es complacerte.

Sonreí de nuevo, esta vez con una sonrisa que rozaba lo tímido. Jamás pensé que alguien haría cosas así por mí.

Gray se arrodilló frente a mí, tomó mis manos y me miró con una intensidad llena de promesas.

—Ahora, quiero que termines de desayunar. Luego, quiero que te arregles y te vistas.

—¿Arreglarme para qué? —cuestioné, todavía un poco confundida y somnolienta.

Gray se inclinó y me dio un beso suave en la frente, deteniendo cualquier pregunta.

—No te lo diré. Solo te diré que te abrigues bien. Te llevaré a un lugar, mi amor. Un lugar donde, por hoy, el tiempo se detiene solo para nosotras dos.

¿Quién era yo para negarme a semejante propuesta? Y más considerando que mis cumpleaños nunca fueron especiales, ni siquiera mínimamente agradables.

Así que desayuné, consciente de que debía disfrutar cada bocado de esa delicia. Saboreé el último trozo y, por inercia, me chupé los dedos.

—Sé que te encanta —murmuró Gray con una sonrisa de suficiencia.

—¡Cuánta modestia! —repliqué con un tono muy sarcástico, arqueando una ceja—. ¿Cómo puedes asegurarlo con tanta certeza?

Gray se inclinó hacia mí, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo travieso que me erizó la piel.

—También te chupaste los dedos luego de meterlos dentro de mí —dijo—. Es obvio que lo disfrutaste.

Me quedé con el dedo congelado a medio camino de la boca, los ojos muy abiertos y agradeciendo fervientemente a quienquiera que hubiese mantenido a Daniel y a los demás lejos de la sala.

Iba a responderle, obvio que iba a responderle con otra línea coqueta, pero en ese preciso instante mi celular sonó. Lo tomé del suelo, donde probablemente había caído mientras dormía.

La pantalla anunciaba: Ángel, mi hermanito menor.

Se había acordado de mi cumpleaños. Eran apenas las seis de la mañana; estaba segura de que lo había programado.

Contesté de prisa, y Gray solo asintió. Su sonrisa cómplice permanecía en sus labios mientras me observaba.

—¡Hola, Ángel! —dije con emoción.

—¡Ness! —dijo, sonando sorprendido, como si no esperara que contestara a esa hora—. ¡Feliz cumpleañ…!

Su felicitación se vio interrumpida por un sonido de fondo que era inconfundiblemente un ¿gemido?

—¿Ángel? —cuestioné, arqueando una ceja y mirando a Gray, quien tuvo que morderse el labio para no reír.

—Dame un segundo —dijo mi hermano, para después gritar, con la voz más aguda de lo normal—: ¡CÁLLATE, MALDITA SEA!

Hubo un silencio tenso, un suspiro de resignación de Ángel y luego volvió a hablarme con voz forzadamente calmada.

—Solo quería decirte que…

Pero el gemido se repitió, más fuerte, acompañado por un jadeo audible de Ángel al teléfono.

—¡Iván, te dije que te callaras! —repitió con exasperación—. ¡No es mi novia, es mi hermana y además es monja, respeta!

—Ay, marica, qué vergüenza —se escuchó la voz de una tercera persona, ahogada y avergonzada—. Qué pena, señorita.

Finalmente, el sonido y la interrupción cesaron.

—¿Qué me decías? —cuestioné, cubriéndome la boca para evitar reírme.

—Que quería agradecerte por todo lo que has hecho por mí —prosiguió él, como si no hubiera habido una interrupción—. Y por soportarme a mí y a mis eternos traumas de abandono.

—No, tenías razón —admití, sintiendo un nudo de ternura—. Mamá y yo te dejamos de lado, y eso no estuvo bien.

—Ness, yo quise poner mi necesidad de atención por encima de lo que a ustedes les importaba y me arrepiento mucho —insistió él. Su voz se tornó sincera—. Pero tú eres lo único real que me queda, y no podía dejar pasar este día desapercibido sin decirte lo agradecido que estoy contigo.

—No es necesario, Ángel.

—Lo es —insistió, con el tono de voz de quien tiene un plan—. Es por eso que te daré un regalo permanente.

Me giré hacia Gray. Ella tenía una sonrisa tan amplia y cómplice que gritaba un secreto. Ella sabía del regalo que Ángel me daría.

—Sí. El regalo te lo envié por WhatsApp.

Sentí un hormigueo de preocupación, imaginando cualquier locura.

Pero el video era simple: mi hermano, Ángel, estaba en medio de una cancha de fútbol profesional. Celebraba un gol con una energía explosiva, corría hacia la cámara y, con el rostro iluminado por la euforia, me dedicaba el tanto, gritando:

—¡Para ti, Ness! ¡Feliz cumpleaños!

Una ola de orgullo puro me inundó y mis ojos se humedecieron. ¡Mi hermano cumplió su sueño de ser futbolista profesional!

—¡Dios mío! —jadeé, sonriendo y secándome una lágrima—. ¡Lo logró! Es increíble. ¡Es el mejor regalo!

Gray, que me observaba con una sonrisa paciente, se acercó a mi lado y puso su mano en mi cintura.

—Espera, ese no es el regalo principal.

Gray tomó el celular y usó su dedo para hacer zoom en el brazo que mi hermano había señalado al dedicar el gol. Ahí, grabado en la piel, claramente visible incluso a través del video de baja resolución, estaba.

Mi nombre, mi rostro. Un tatuaje de una flor con mi inicial, recorriendo casi todo su antebrazo.

Abrí la boca en un gesto mudo de horror y asombro.

—¡Ángel! ¡Eres menor de edad! —grité de inmediato, llevándome el teléfono de vuelta al oído—. ¿Qué hiciste? ¡Te tatuaste todo el brazo! ¿Con autorización de quién?

La risa de Ángel se coló, minimizando por completo mis regaños. Estaba feliz y se notaba.

—¡Ay, Ness! Ya lo hice. Y sí, soy menor, pero soy profesional. Y para mí es un placer llevarte sobre mi piel, hermana —dijo, sin dejar de reír.

—¡No, no, no! ¡Esto es una locura! —protesté, pero la verdad era que mi corazón estaba inflado de una extraña mezcla de rabia y amor.

De fondo se escuchó una voz masculina fuerte. Quizás era su entrenador.

—¡Sandoval!

Ángel concluyó la llamada con dulzura, ajeno a mi escandaloso regaño:

—Te amo, Ness. Te deseo el mejor cumpleaños del mundo, junto a la mujer que amas.

La llamada se cortó. Bajé el celular, con la imagen del tatuaje de mi rostro todavía ardiendo en mi mente.

—Voy a matarlo —murmuré con voz ronca.

Gray tomó el celular de mi mano y lo dejó sobre la mesa. Con suavidad, me tomó del rostro, obligándome a mirarla.

—Escúchame, amor. Ángel ahora es un futbolista, ganando mucho dinero. Podría haberse tatuado el nombre de una novia de la semana o cualquier tontería —dijo, sonriendo—. En cambio, te tatuó a ti. Él te adora. Es la prueba más tangible de que tus sacrificios por él valieron la pena.

Su toque era un ancla. La calma regresó, reemplazando la furia por el orgullo.

—Ahora, cámbiate esa pijama. Tenemos que irnos. El tiempo se detiene, ¿recuerdas?

Bueno, en el fondo, llevarme sobre su piel no es tan malo. Es un gesto de amor inmenso. Pero ¿quién fue el hijo de puta que le hizo ese tatuaje a un menor de edad? Cree que porque ya es futbolista y es independiente deja de ser menor de edad.
Bueno, ya está hecho y yo estoy aquí.

Decidí dejar a Ángel y sus decisiones impulsivas en el pasado por hoy. Iba a aprovechar la oportunidad e irme con Gray. Me abrigué con una chaqueta gruesa y me puse mis botas más cómodas, tal como ella me indicó. Yo solo hubiese querido un pastel y una cena tranquila, pero mi corazón estaba abierto a cualquier locura que ella quisiera darme.

Supe que sería algo íntimo porque los demás se quedaron en la casa. Fuimos solo ella y yo, en un viaje que duró aproximadamente una hora, dejando atrás el bullicio de la ciudad.

El silencio en el carro fue cómodo, roto solo por la música suave y la expectativa. Gray conducía con una sonrisa misteriosa, sin revelar el destino.

Finalmente, llegamos. El carro se detuvo frente a un letrero de madera corroído por la humedad y cubierto de musgo: «Parque Natural Chicaque».

—¿Chicaque? Nunca he estado aquí —murmuré, sintiendo un escalofrío de emoción.

Gray estacionó el carro. Apenas abrí la puerta, el aire fresco y húmedo me golpeó el rostro. La sensación era de una pureza absoluta.

—Bienvenida —susurró Gray, extendiéndome la mano—. Te dije que te llevaría a un lugar donde el tiempo se detiene.
Caminamos por la entrada, y la magnitud del lugar me dejó sin aliento. Era un santuario.

El sendero de tierra y piedras se adentraba en un bosque de niebla espeso y vibrante. Era un bosque nublado, denso y esmeralda, que se alzaba en laderas gigantescas. La neblina, espesa como algodón, subía y bajaba, revelando y ocultando los picos de los árboles a su antojo.

Los troncos de los robles centenarios estaban envueltos en una capa suave y húmeda de musgo verde brillante. El camino que tomamos era de tierra rojiza, bordeado por helechos descomunales cuyas hojas parecían manos gigantes que saludaban al pasar. El único sonido era el trino constante de aves invisibles y el goteo de la humedad del dosel. Todo se sentía ancestral, místico.

—¡Mira! —exclamé con la emoción de una niña, señalando hacia arriba—. Esa humedad hace que todo brille.

Gray me sonrió, feliz por mi reacción.

—Y huele a vida pura —agregué, tomando una respiración profunda.

Comenzamos a caminar, y no podía parar de señalar.

—¡Mira esos helechos! —dije, admirando la altura y la textura de sus hojas. Luego, me incliné para ver unos hongos que crecían en un tronco caído—. Y mira la niebla. Es tan densa que parece que podemos tocarla.

Gray entrelazó sus dedos con los míos, deteniéndonos bajo el dosel de los árboles.

—¿Qué es ese pájaro? ¿Lo oyes? ¡Su canto es cristalino!

Me detuve para levantar la cabeza, tratando de rastrear la fuente de la melodía que venía de las copas más altas.

—Es un bosque nublado andino, mi amor. Un lugar para purificar el alma. Hoy, este pedazo de mundo es solo nuestro. Vamos a dejar que el tiempo haga lo que quiera mientras caminamos y respiramos en paz.

Mientras avanzábamos, de entre la neblina emergió una pequeña caseta de madera, casi camuflada entre el verde espeso. Un hombre con chaqueta impermeable, gorro tejido y una sonrisa amable se acercó a nosotras.

—Buenos días —saludó, ofreciéndonos un mapa doblado con extremo cuidado—. El bosque está precioso hoy. ¿Van por el sendero del Roble o al mirador de los Cóndores?

Gray respondió antes de que yo pudiera siquiera mirar el papel.

—Ella va por una ruta especial —dijo con un brillo travieso en los ojos—. Una que preparé solo para ella.

El guía soltó una risita cómplice, como si ya conociera la historia detrás del plan.

—Entonces esto es para ti —dijo, entregándome el mapa—. Te deseo una muy… eh… significativa caminata.

Parpadeé, confundida, mientras Gray acomodaba el bolso en mi hombro.

—Ve —me susurró al oído, con una suavidad que me derritió las rodillas—. Solo sigue el mapa. Yo estaré esperándote al final.

El corazón me dio un vuelco.

Abrí el papel, esperando un mapa ordinario, y casi se me escapa un suspiro.

Era un dibujo hecho a mano. No del bosque entero, sino de una ruta marcada con tinta verde. Cada parada tenía un pequeño signo: un pájaro, una flor, un símbolo e instrucciones escritas con la letra de Gray.

«El Guardián Verde»

Encuentra el roble más antiguo del sendero. Levanta la mirada y escucha. Este bosque te hablará.

Caminé sola, siguiendo el sendero estrecho entre la niebla. A los pocos minutos, lo vi: un roble gigantesco, tan ancho que parecía abrazar siglos. Su tronco estaba cubierto de musgo y, al acercarme, un ave atravesó la niebla con un canto agudo y transparente.

Era un mirlo negro andino, pequeño, brillante, hermoso.

Sonreí.

En la base del árbol, amarrado entre dos raíces gruesas, había un papel doblado.

Lo abrí.

«Para ver belleza, solo necesitas detenerte. Tú lo haces incluso sin darte cuenta. Por eso te traje aquí».

Tragué saliva, sintiendo una punzada cálida en el pecho.

Seguí el mapa.

«La Voz de los Helechos»

Hay un rincón donde los helechos forman un arco natural. Baja la cabeza y atraviesa ese portal. No olvides respirar.

Lo encontré. Los helechos formaban un túnel, sus hojas colgando como cortinas gigantes. Al pasar, la humedad me acarició como un abrazo fresco. Un colibrí verde esmeralda pasó frente a mí, deteniéndose en un segundo suspendido.

A mis pies había otra nota.

«Colombia tiene miles de colores, pero el verde es el que más quiero compartir contigo».

La voz me tembló cuando solté una risa suave.

—Ay, Gray…

«El Mirador de las Palabras»

Sube las escaleras naturales. No te asustes si el corazón late rápido. Yo también lo siento, siempre lo siento contigo.

El ascenso fue breve, pero empinado. Mis botas chocaban contra piedras húmedas y raíces que formaban escalones improvisados. La niebla se abrió repentinamente, revelando un pequeño mirador escondido, hecho de madera, con vista a un mar blanco de nubes.


Y allí, justo sobre la baranda, descansaba una cajita de madera tallada.

La abrí con manos temblorosas.

Dentro había palabras de cariño, de identidad.

«Ojalá este amor sea tan eterno como los robles de este bosque, tan persistente como la niebla que lo acompaña y tan bello como la sonrisa que te acompañó al conocerlo».

Me cubrí la boca, conteniendo la emoción.

El último papel decía:

«Sigue la música».

Y entonces la escuché.

El mapa ya no tenía más instrucciones. Así que caminé guiada por el ritmo cálido, bajando por un pequeño sendero hasta una explanada donde la niebla se abría como una cortina de teatro.

Gray estaba allí.

Rodeada por luces cálidas colgadas entre ramas. Un pequeño círculo despejado.

Me acerqué a ella con el corazón desbocado. La música cesó cuando estuve frente al círculo.

—Ven —dijo Gray, su voz suave—. Siéntate aquí, conmigo.

Nos sentamos en unas mantas que había dispuesto en el suelo. El olor a tierra y humedad se mezclaba con el dulce aroma de las velas. Era el escenario más romántico que pude imaginar.

Gray me tomó las manos.

—Nessy, hemos pasado por el infierno. Hemos sido amigas, confidentes, amantes. Hemos dormido juntas y nos hemos levantado curando las heridas que el mundo nos deja. Pero nunca te he pedido algo oficialmente.

Mi respiración se detuvo. Sabía lo que venía.

—Quiero que todo el mundo lo sepa, que este bosque lo sepa, que el tiempo se detenga aquí porque tú me haces detener la vida para solo verte a ti.

De su bolsillo, Gray sacó una cajita pequeña, de terciopelo azul oscuro. La abrió, revelando un anillo de una belleza simple y deslumbrante.

—Nessy, esto no es un anillo de matrimonio —dijo con una sonrisa temblorosa—. Es algo mucho más importante para mí. Es para sellar el inicio, para pedirte que seas mi novia.

Mis ojos estaban fijos en la esmeralda.

—Gray, es… es precioso —murmuré, sintiendo que iba a llorar—. ¿Pero de dónde sacaste esta joya? Esto debe ser carísimo.

Gray se encogió de hombros, restándole importancia.

—Es una simple esmeralda de exportación, de una veta especial. Tiene un valor emocional incalculable, pero si quieres números: costó apenas cinco millones de pesos.


Abrí la boca, totalmente impactada. Sentía que el corazón me saltaba por la garganta. ¿Cinco millones por un anillo de noviazgo?

—Y es poco para pedirte que seas mi novia —agregó Gray, con una seriedad que solo amplificó mi sorpresa.

Una pregunta divertida cruzó por mi mente, y no pude evitar soltarla:

—¡Si esto vale cinco millones para ser tu novia, Gray! ¿Qué me darás si me pides matrimonio?

—Tendrás que averiguarlo —dijo, tomando mi mano y deslizando el anillo en mi dedo—. ¿Vas a ser mi novia sí o no?
Ahí estaba un pedacito de la Gray de antes.

—¡Claro que sí! —grité, lanzándome a sus brazos.

Nos fundimos en un abrazo profundo, apretado, sellando la promesa con un beso que sabía a humedad del bosque y a esmeralda. Sentí que toda la niebla de mi pasado se disipaba.

Cuando nos separamos, Gray me hizo levantarme.

—Ahora, tu otro regalo.

Señaló un punto oculto tras un par de helechos gigantes. Dos guías se acercaron, cargando algo envuelto en una tela gruesa. Lo desplegaron frente a mí.

Me quedé sin aliento.

Era un cuadro enorme. Una pintura al óleo hiperrealista de Ángel y yo, sonriendo, abrazados. La iluminación, los detalles de nuestras ropas, la profundidad. Era jodidamente caro a la vista y de una belleza conmovedora.

—Es un regalo mío y de Ángel —dijo Gray—. Zafiro y Daniel ayudaron con la logística.

—Es increíble. Es el regalo más hermoso que he recibido —dije, acercándome a tocar el lienzo.

Pero un pensamiento me invadió: ¿lo hizo una mujer que claramente pinta mejor que yo?

—¿Y quién lo pintó?

Gray parpadeó.

—Nessy —Gray hizo una pausa—. No te vas a poner celosa de un señor de sesenta años que pinta con boina, ¿cierto?

—Eso dices para tenerme calmadita —respondí.

Y Gray abrió los ojos, ofendida, divertida, indignada.

—Ay, no, Nessy, ¡no empieces! Es un señor, te lo juro. ¡Busca en Google si quieres! Se llama Martín.

—¿Martín qué?

—No lo sé, Nessy. ¡Es un cuadro, no una amenaza!

Justo en ese momento, una música sonó desde una bocina portátil que estaba oculta. La potente percusión de la costa irrumpió en el silencio del bosque. Era Joe Arroyo con la canción «Tal para cual».

Gray me tomó de la mano y su rostro se iluminó con la música.

—¡Ahora, basta de celos y de números! —dijo, invitándome a bailar con un gesto dramático—. ¡Feliz cumpleaños, mi amor! Dame ese baile, que este momento es solo nuestro.

Me solté a reír, contagiada por su entusiasmo. Dejé atrás el lienzo, el anillo, la esmeralda y me lancé a bailar con Gray en el círculo de luz. Por un instante, el Parque Chicaque se sintió como un lugar solo para nosotras dos. Fue mágico.

Gray me tomó la mano con una confianza desbordante. Al principio, pensé que bailaríamos torpemente, riéndonos del intento, pero me equivoqué de inmediato.

Sus movimientos eran fluidos, rítmicos. Me guió en pasos que me dejaron boquiabierta. Me hizo girar con una gracia sorprendente y me pegó a su cuerpo con una sincronía que solo se ve en quienes llevan el sabor en la sangre.


Me sorprendió profundamente, sabiendo por todo lo que Gray había pasado: la caída, el golpe, las cirugías, la terapia física, el miedo a la fragilidad.

—Pero, Gray —jadeé, pegada a ella mientras me hacía seguir un contratiempo—, ¿por qué bailas tan bien?

Ella me sonrió, una sonrisa pícara y totalmente segura de sí misma.

—¿Por qué esperabas que bailara mal, mi amor? Soy colombiana y soy una Gutiérrez. No es algo que se me olvide por un par de cicatrices.

Me atrajo aún más contra su cuerpo y, en un movimiento rápido y coqueto, me agarró una nalga con la mano libre, sorprendiéndome por completo.

—El sabor lo llevo en la sangre, Nessy —susurró, con voz grave.

Era un momento electrizante, lleno de sensualidad, risas y la innegable magia que solo el ritmo puede crear. Mi corazón saltaba de alegría y de deseo. El baile, la adrenalina y el aire frío del bosque pronto nos condujeron a otro lugar sorpresa.

Gray me guio por un sendero corto hasta una hermosa cabaña de madera rústica, perfectamente camuflada entre los árboles.

El interior era un refugio con una chimenea de piedra que crepitaba suavemente, inundando el espacio con un calor seco y el aroma a leña. Había pieles suaves sobre el suelo de madera y grandes ventanales que daban al bosque de niebla. Los detalles eran naturales: flores secas, velas y una cama enorme.

Era la culminación perfecta del día.

Nos quitamos las botas embarradas y las capas de ropa. La urgencia del deseo se mezcló con la calma del hogar. El anillo de esmeralda brillaba en mi dedo mientras nos acariciábamos lentamente bajo la luz ámbar del fuego.

Finalmente, nos rendimos a la paz, acurrucadas en la cama. Mi cuerpo, exhausto pero feliz, se hundía en el colchón mientras Gray me abrazaba por la espalda.

—¿Te gustó? —susurró ella, besando mi hombro.

—Me encantó, Gray —respondí, sintiendo el calor de su aliento y el suave crepitar de la leña—. Gracias por esto. Por la esmeralda, por Ángel, por el baile.

—Gracias a ti por existir —replicó, apretándome contra su pecho.

El silencio se instaló, un silencio que ya no era tenso ni expectante, sino pleno.

—Sabes, este lugar —murmuré, mi voz arrastrándose hacia el sueño— es como si realmente estuviéramos lejos de todo. Lejos de Gerardo, lejos de Claudia, lejos de la justicia y los problemas.

Gray acarició mi cabello.

—Eso quería, mi amor. Aquí no hay pasado ni futuro. Solo nosotras.

Y mientras disfrutaba quedarme dormida en los brazos de Gray, envuelta en el calor de la chimenea y el olor a leña, supe que ese cumpleaños había sido el primer día en que, para nosotras dos, el tiempo se había detenido por completo, prometiéndonos la eternidad.

Todos los momentos de nuestra vida culminaron en ese amanecer: el tiempo se detuvo para sellar el pasado y el futuro, permitiéndonos continuar como algo nuevo. Pensamos, ingenuamente, que todo después de ese hermoso día: las notas musicales, la caminata, la neblina y el anillo, sería igual de perfecto.

Pero la vida real esperaba.

Gray y Luis se marcharon temprano para la temida prueba de ADN, mientras yo acompañaba a Mafe a uno de sus complejos psicológicos. Zafiro y Sol estaban listas para tener una conversación muy seria con la familia de Sol, una tarea titánica para esas dos lesbianas en medio de un núcleo familiar tan creyente.

Les deseaba toda la suerte del mundo.

Estando con Mafe en el centro, conocí a varios niños del bienestar familiar. Mafe colaboraba con otros especialistas para tratar un caso particularmente delicado.

Se trataba de Matías, un niño de seis años. Llevaba un año en el centro, pero su situación acababa de dar un giro aterrador.

—¿Se lo van a llevar? —cuestioné, viendo la prisa en los gestos de los trabajadores.

—Sí, de inmediato —Mafe bebió de su botella de agua; el gesto era tenso—. Su mamá lo dejó aquí por miedo a que le hicieran daño. Su padre… su padre es un hombre peligroso. Muy peligroso.

Matías, ajeno a la gravedad de los papeles, era un encanto de niño, muy alegre y lleno de una luz infantil. Lo triste era que solo deseaba volver a ver a su madre, que ella volviera a visitarlo como siempre le prometía.

—Su madre está muerta —me susurró Mafe, con la voz apenas audible—. Creemos que su padre, finalmente, descubrió dónde está Matías. Vamos a llevarlo a otro hogar de paso especializado, más seguro, antes de que sea tarde.

Pobre nene. Era demasiado pequeño para pasar por algo así. Su vida ya era una sentencia de miedo.

—Necesitamos darle la noticia de su madre con muchísimo tacto y cariño —continuó Mafe—. Cuanto antes, mejor, o el trauma será irreparable.

Mientras Mafe y la gente especializada conversaban y movían documentos, yo me quedé a jugar un rato con Matías. Estaba dibujando; era un verdadero ángel. Me mostró un dibujo de un dinosaurio verde que, según él, era su mascota.

—¿Me ayudas? —me preguntó, con esa confianza dulce de los niños.

Me senté a su lado. El niño jugaba con mi pelo y me daba besos rápidos en la mejilla cada vez que le elogiaba un color. Me mostró sus juguetes con devoción. Matías se aferraba a mí con un cariño inmediato, buscando desesperadamente seguridad.

Mientras lo ayudaba a dibujar una casa para su dinosaurio, escuché un fragmento de la tensa conversación de quienes iban a llevárselo. No se dieron cuenta de que el niño podía oír.

—…sí, el padre es un monstruo. Un verdadero psicópata, por eso hay que sacarlo de aquí antes de que…

Matías, con el lápiz de color todavía en la mano, se puso rígido. Me miró con esos ojos grandes y luminosos y luego miró en dirección a las voces con una confusión dolorosa. La inocencia se le nubló en el rostro.

—Mi papá no es malo —dijo, con una voz pequeña y firme que me partió el corazón.

La lealtad del niño hacia la única figura paterna que conoció, defendiendo al hombre peligroso, era palpable.

Me acerqué, dejando el dibujo a un lado. Acaricié su mejilla, limpiando una pequeña mancha de crayón.

—Shhh. Eres un niño muy valiente, Matías.

Él se giró hacia mí, sus pequeños dedos aferrándose a mi camisa con una fuerza inesperada. Su voz se volvió un susurro roto, una súplica desesperada por validación:

—Mi papá nunca fue malo conmigo… nunca. No es un monstruo.

Le di un abrazo protector, sintiendo la fragilidad de su pequeño cuerpo. No podía contradecirlo, no podía romper esa última defensa. Solo podía ofrecerle calor.

—Lo sé, campeón. Lo sé. Vamos a terminar, ¿sí?

Continué dibujando con él, pero el peso de sus palabras y la realidad de su destino hacían que la alegría del crayón se sintiera amarga. Yo solo era un refugio temporal para un pequeño ángel que estaba a punto de ser arrancado de su última ilusión.

Cuando llegó el momento de la despedida, sentí un puñal frío. Matías no entendía de verdad lo que significaba la palabra «traslado», solo sabía que Mafe y yo, las únicas figuras estables en su última hora, no iríamos con él.

El niño me abrazó con una fuerza desesperada; sus pequeños brazos se aferraron a mi cuello. Cuando vio a la asistente social acercarse, las lágrimas que había estado conteniendo se desbordaron. Su llanto no era de rabieta, era un lamento mudo y desgarrador de abandono y terror.

—¡No se vayan! —sollozó contra mi hombro, repitiendo la frase que su madre seguramente le había dicho miles de veces—. ¡Quédense conmigo!

Me aferré a él, prometiéndole que Mafe y yo haríamos todo lo posible. Pero al soltarlo, el pequeño, con sus ojos hinchados y su cara cubierta de lágrimas y mocos, se veía reducido a una soledad brutal.

—Pobre niño —dije con pesar, viendo cómo se lo llevaban, aferrado a su dinosaurio.

—Dímelo a mí, que he presenciado los tratos más crueles que los adultos pueden hacer a un niño —respondió Mafe. Su voz, generalmente firme, sonaba cansada—. Pero en un país como este nada se garantiza. No quiero ser pesimista, pero puede que alguien se venda si es que su papá de verdad quiere encontrarlo.

Que Mafe dijera que el padre de Matías lo encontraría no era un mal deseo, era un diagnóstico sombrío. Si el padre tenía o pertenecía a alguna organización con poder, el refugio era solo temporal. Y eso era lo más triste de todo.

—¿No te da miedo? —pregunté de repente—. ¿Que tu vida corra peligro por este tipo de casos?

—Mi familia es Aristizábal, un bufete de abogados reconocido. La única psicóloga soy yo —explicó Mafe con una sonrisa irónica—. Todos odiaron que no estudiara derecho y me advirtieron lo mismo, pero llevo más de una década y aún no ha pasado nada. La muerte igual no me da mucho miedo.

A los líderes sociales los asesinan por menos, pero Mafe era psicóloga. Traté de aferrarme a la esperanza de que, al ser su familia de renombre en el país, quien quisiera hacerle daño lo pensaría dos veces.

Iba a verme con Gray, pero primero acompañé a Mafe a casa de sus padres.

Llegamos a la mansión Aristizábal y, apenas cruzamos la puerta, el padre de Mafe, un hombre alto y de aspecto impecable, se acercó a nosotras con una copa de vino.

—¡Mafe! Hija, qué alegría verte. ¿Y Daniel? —cuestionó, buscando al hombre detrás de ella.

—Daniel no vino, papá —respondió Mafe, con el tono de quien ya se sabe el guion.

El padre ni siquiera esperó a que yo saludara. Su rostro se alarmó.

—¿Por qué ya casi no los veo juntos? ¡¿Han terminado?! —su voz se elevó levemente.

Se giró hacia Mafe y la tomó por los hombros, como si ella fuera a cometer un error catastrófico.

—Escúchame bien, María Fernanda: si terminaste con Daniel, no importa. A él lo seguiremos invitando a la casa, a las reuniones familiares, bautizos, bodas, juicios y a todo lo que se te ocurra.

Mafe rodó los ojos con exasperación y se dirigió a la cocina.

Vi cómo su padre, satisfecho con su advertencia, se acercaba a su madre. Le susurró algo al oído y la madre de Mafe, con una expresión de preocupación genuina, se acercó a mí.

—Nessy, querida, acompáñame un momento —me tomó del brazo, conspiradora—. Dile a Mafe que no sea orgullosa, ese muchacho es de oro. Aconséjale que no termine con él, que lo busque y arreglen las cosas. ¡Es tan atento y educado!
Mafe, que regresaba con una taza de café, estalló.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Que no he terminado con él! —su voz era un grito exasperado—. ¡Y dejen de susurrarse!

—Es que nos preocupamos —dijo su madre, sin inmutarse.

—¡Y además, al principio solo era mi novio falso, para que dejaran de hostigarme! —confesó Mafe, con la verdad saliendo sin querer.

Ambos padres se alarmaron. Las copas y los platos casi cayeron al suelo.

—¿¡Falso?!

—¡Sí, falso! —Mafe se cruzó de brazos—. ¡Pero ya no lo es! ¡Ahora es mi novio real y no he terminado con él! ¡Relájense!
Luego se quejó, mirando al techo con hastío:

—¡Parece que lo quisieran más que a mí!

No pude contenerme. Solté una carcajada fuerte, viendo la forma en que Daniel se había ganado a sus suegros sin esfuerzo. Era el contraste perfecto con el peligro que acabábamos de dejar en el centro.

Daniel, el experto en ganarse suegros.

Salí de la casa de los Aristizábal, la risa todavía burbujeando en mi pecho.

—Nessy, por favor —dijo Mafe, fingiendo exasperación mientras se cruzaba de brazos, pero sus labios traicionaban una sonrisa.

—Parece que te estuvieran amenazando para que no termines con Daniel —dije, tratando ya de contener mi risa.

—No sé por qué, si han odiado a todos mis novios —dijo, abriendo la puerta de su camioneta negra—. Pero con él es «mi querido yerno», «el que nos dará nietos», «es perfecto para nuestra hija».

—Eso es bueno, que tus padres amen a tu novio.

—Bueno, pero no hasta el punto de hacerte creer que tu relación con ellos se irá al carajo si terminas con él —respondió Mafe—. Súbete, te llevaré con Gray.

Obedecí y me subí al auto de prisa.

—Vamos por pizza antes —le pedí—. Quiero llevarle a Gray una…

Mafe asintió y arrancó. El ambiente, saturado de la ligereza de las bromas, se sentía seguro.

Llevábamos unos diez minutos de camino, dejando atrás la zona residencial, cuando Mafe frunció el ceño mientras miraba el espejo retrovisor.

—¿Te parece que ese vehículo nos lleva siguiendo hace mucho? —dijo, más como un comentario al aire.

Era una camioneta de color oscuro, sin distintivos.

—Ay, Mafe, ¿ya estás paranoica? —me reí—. Seguro es Daniel, que nos está haciendo una broma. Sabes que es así. Está jugando con la paranoia de su novia psicóloga.

—Puede ser —murmuró Mafe, aunque su mirada no abandonó el espejo.

Aceleró ligeramente y la camioneta de atrás hizo lo mismo, manteniendo la distancia. Mafe dejó de bromear. Su rostro se tensó y apretó el volante con ambas manos.

—No es Daniel, Nessy.

Intentó hacer un giro rápido en un desvío, pero la camioneta oscura aceleró brutalmente y nos cortó el paso, obligando a Mafe a clavar el freno con un chirrido violento.

Quedamos atrapadas en medio de la carretera.

Antes de que pudiéramos asimilarlo, dos hombres corpulentos, vestidos de negro y con los rostros cubiertos con pasamontañas, se bajaron del otro vehículo.

Ambos llevaban fusiles.

El aire se congeló en mis pulmones. La risa que traía de la casa de Mafe murió instantáneamente. El miedo era un sabor metálico y ácido que subía por mi garganta.

El hombre que se acercó al lado del conductor golpeó el vidrio blindado de Mafe con el cañón de su arma.

—¡Abre el seguro! ¡Baja la ventana! —gritó, con la voz distorsionada por la rabia.

Mafe, con una calma aterradora, solo apretó más el volante. Ella era la calma funcional; yo, el terror paralizante.

El otro sicario se acercó a mi lado. Abruptamente, el hombre metió la mano con el arma por la ventanilla.

—¡Mueve el seguro, maldita perra, o le vuelo la cabeza a esta!

La punta fría del cañón se posó en mi sien. Sentí el pulso golpeando desesperadamente bajo la piel. Solté un jadeo ahogado; el olor a metal y pólvora me invadió.

Mafe obedeció de inmediato y el clic del seguro fue el sonido más final que había escuchado en mi vida.

Las puertas se abrieron con violencia. Uno de los hombres le apuntó con su arma mientras se subían a la parte de atrás de la camioneta. El otro hombre me apuntó desde atrás.

—¡Cúbrase la cara y cierre la boca! —me rugió, empujando mi cabeza hacia abajo con el cañón del arma.

El auto arrancó con un brusco acelerón.

Me acurruqué, temblando, intentando hacerme invisible. Mis ojos estaban fijos en el suelo de la camioneta, viendo solo la suela de mis zapatos.

Sabía que no podía llorar, ni gritar, ni siquiera respirar fuerte.

Solo podía ser pequeña.

Y el miedo era tan grande que casi me ahoga.

El terror era absoluto.

Y mi pregunta solo era:

¿Esto tiene que ver con Matías o Gerardo finalmente bajó la guardia?

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