Naomi

Compartir con las gemelas no estaba escrito en mis planes de este fin de semana. O sea, era consciente de que estaría en su casa, pero no esperaba una interacción tan cercana, mucho menos dormir y despertar con ellas entre sábanas regadas por el suelo. Aún podía sentir mi piel hervir en donde sus manos me rozaron la noche anterior.

La posición grabada en mis recuerdos poco lúcidos me hacía calentar mis mejillas en un sonrojo abrazador: los senos sobre la fina tela del pijama de Katrina clavados en mi espalda me hacían estremecer entre sueños y, los de Aneska pegados firme y asfixiantemente a los míos generaban un calor indebido en mis entrañas. Al levantar mis párpados, lo primero que vi fueron sus orbes oscuros, protegidos por una cubierta larga de pestañas.

No entendía cómo alguien recién despertado podía verse tan bien, pero ella lo hacía. Se veía hermosa, inmaculada, sin una sola gota de maquillaje a la vista. Besó mi coronilla mientras los brazos de su gemela acariciaban mi estómago por debajo del crop top, invadiendo aún más el nulo espacio personal que tenía disponible. Éramos una maraña de extremidades pegadas y repartidas por distintas direcciones que me cubrían como si yo fuera una almohada abrazable.

— Buenos días, Florecita. Buenos días, hermana — Cantó la voz de Katrina en la base de mi oído. Ronca, juguetona y hasta me atrevo a decir que... feliz. Su respiración acariciaba mi mejilla, el aire entre nosotras parecía disminuir, su olor entraba en mi sistema con cada respiración, como si quisiera adherirse.

— Buenos días— Respondió Aneska, jugando con uno de mis mechones que sobresalía de mi gorro de satín para luego pasar por encima de mí, hasta su hermana.

— Me encantaría pasar más tiempo aquí con ustedes, pero debemos seguir a las demás. Hace mucho que despertaron — No esperé más. Hice el ademán de levantarme, quería salir de esta vergonzosa situación, pero al parecer las hermanas tenían otros planes conmigo, porque el peso de la mano de la gemela de enfrente se posó en mi cadera, manteniéndola pegada a las sábanas debajo de nuestros cuerpos.

— ¿A dónde crees que vas, Nao? — No pude evitar atragantarme con el nudo que se formó en mi garganta al verla levantarse apenas unos centímetros del suelo con ayuda de su brazo. Sus ojos no dejaban a los míos en ningún momento. Su respiración se aceleró notablemente al tiempo en que una sonrisa coqueta se dibujaba en sus labios, y en menos de lo que mi cerebro podría llegar a procesarlo, se subió encima de mi cuerpo.

Su centro rozando decididamente mi cintura, haciendo presión en ella y dejando que su propio peso la inclinara hacia adelante, llegando al punto en que sus brazos se alineaban a cada lado de mi cabeza. Su rostro bañado de una expresión indescifrable para mí, bajó hasta rozar con su nariz la base de mi cuello, lugar en donde jadeó con un toque lastimero— Le diste algo a mi hermana que yo también quiero. ¿Sabes qué es eso, Florecita? ¿Sabes lo que has hecho?

¿Lo que he hecho?

¿Qué había hecho?

Su aliento quemaba contra mi piel. No sabía si era deseo, celos o una furia contenida lo que vibraba en su voz. Pero mi cuerpo reaccionaba a esa cercanía con una mezcla de miedo y fascinación. 

— Yo...— intenté decir algo, pero su mano subió a mi mejilla con posesividad— no sé a qué te refieres.

Aneska solo me miró, regalándome un gesto retorcido que generó el aumento de mi ritmo cardiaco a una velocidad peligrosa. Podía sentir mis latidos en mi garganta y oídos. Las manos me hormigueaban por querer tocarla, apartarla por el espacio que clamaba recuperar, y a su vez, algo de control en medio de esto. Sus movimientos me distraían, pero cuando presionó con más fuerza, obligándome a hundirme en las sábanas, en el aroma tibio y salvaje que traía consigo, juro que vi lucecitas blancas parpadear adentro de mis ojos, burlándose de mí.

Para añadir algo más a mi vergüenza interna, un gemido apenas audible salió de mi boca, ahogado, como una queja. No pude evitar cerrar mis párpados e, incluso así, pude sentir las sonrisas burlonas en sus rostros. La gemela lamió mi clavícula. Su lengua húmeda se deslizó hasta el inicio de mi escote y luego, mordió duramente, colocando la palma de su mano en mi boca para impedir que saliera el grito que solté ante el dolor ardiente que me invadió. Katrina sostenía mis brazos con dureza, manteniéndome quieta en mi lugar, hasta que los dientes de su hermana me soltaron.

— No sabes lo que has hecho, Florecita— susurró con los labios aún rozando mi piel— Pero yo sí. Y no pienso dejarlo pasar. Ve con tus amigas. Todas te esperan en la habitación de Kasia.

Me dejó libre, con un dolor palpitante en la zona que sus labios atacaron. Pequeñas punzadas de dolor me atravesaban, ¿Es que acaso quería arrancarme la piel? Me llevé la mano al cuello, rozándolo apenas con mis dedos, solo para comprobar con horror que me había roto la piel. Me temblaba el pulso cuando giré para salir del pasillo.

Caminé torpemente, obligándome a no mirar atrás, como si hacerlo fuera a sellar un destino del que aún podía huir. Pero lo dudaba. La puerta de Kasia estaba entreabierta. Escuchaba las voces de las chicas, y por un momento, dudé. No sabía si era mejor entrar... o correr fuera de esta casa que extrañamente me atraía. Las piernas me flaquearon, nunca había estado tan indecisa en mi vida, de hecho, nunca me había sentido de este modo: tan perdida, fuera de control, tan ajena a mi conciencia y a lo que ella me aconsejaba. Irme era la decisión más sensata, pero ¿Por qué lo dudaba tanto? ¿Por qué cuando pensaba en esa posibilidad mis pies no respondían? Pareciera que mis extremidades estuvieran adheridas al suelo con pegamento, incapaces de bajar las escaleras e ir hasta la puerta principal. ¿Qué me estaba pasando? Quería llorar, llorar y correr a mi habitación como una niña que no comprende sus propias emociones, porque no las comprendía. No las comprendo.

— ¿Nao? ¿Qué haces ahí en la puerta? Entra— La mano de Saher me jaló hacia adentro, y yo, en un acto que evitaba dar explicaciones sobre la marca en mi pecho, apreté la almohada que llevaba conmigo en mis brazos.— Pensaba que dormirías hasta el almuerzo.

— Yo... Saher, yo— Tartamudeé, insegura de decir algo. Demasiados pares de ojos viéndome para mi gusto. No creía correcto exponerle mi incomodidad a mi mejor amiga con tanta gente alrededor. Darla y Zay no son un problema. Nunca lo han sido... me refiero a Kasia y sus primas. No quiero hablar con ellas presentes.— No me siento bien. ¿Recuerdas ese virus que anda por ahí? Creo que me quiere dar, sería mejor que me fuera. No quiero contagiar a nadie aquí.

La excusa, aun con lo boba que haya sonado, era lo único coherente que se me ocurría para ir a casa. Saher no lo pensó dos veces, colocó la parte de arriba de su mano sobre mi cabeza, midiendo mi temperatura con su expresión llena de preocupación. Tocó mi frente, mi cuello, pero no encontró nada que le confirmara lo que mis palabras decían.

— No tienes quebranto — Dijo más para ella que para mí. Prácticamente, murmuró — ¿Qué te sientes? Puedo hacerte un té.

Negué con la cabeza, buscando la ayuda de la que estaba más cerca a nosotras: Zay. Sabía que ella tampoco quería quedarse, que solo lo hacía por Darla. Necesitaba su ayuda, aunque solo fuera esta vez. Pero toda esperanza se tiró por la ventana cuando vi resignación en sus ojos. Apartó el rostro y se cruzó de brazos. Algo pasó mientras no estaba en la habitación, porque ceder no era natural en ella. La morena no desaprovecha ninguna oportunidad para mostrar su personalidad, ¿Qué le dijeron? Me ha dejado tirada, a mi suerte, con la insistencia de Saher.

— Saher, no creo que...

— Vamos. Ve a bañarte, y cuando salgas te tendremos hecha una humeante taza de café recién colado esperándote.

— No quiero un café.

— Sí que lo necesitas— Argumentó, jalándome de la mano, directo al baño. La puerta se cerró a nuestras espaldas, regalándome la privacidad que añoraba. Las paredes, forradas de mármol claro con vetas doradas, me dieron la bienvenida. Caminé hasta el lavamanos, apoyándome con fuerza en los bordes, elevé la vista, encontrándome con mi mirada en el espejo. Mi cabello era un caos a pesar de llevar el gorro puesto.

Rizos mal formados caían por mis hombros, tiesos, enmarañados, ¿Por qué se habían puesto así? Esto no se arreglará con los aceites, ni con el agua, y para ser sincera, estaba harta esta semana de peinarme. Las fuerzas se fueron al carajo. Saher se mantenía en silencio, apoyada en la pared del fondo, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa mirada que te decía que sabía que algo pasaba. Sin decir ni una sola palabra, todavía caminó hasta la ducha, abriendo la llave para que el agua corriera libremente. Fue entonces que habló, girándome para que la viera.

— ¿Me dirás qué te pasa ahora? —Sus ojos se fijaron en los míos al hacer la pregunta. No supe qué responderle. No podía hablar de la mordida, ni de la sensación extraña que se me había quedado atrapada bajo la piel al estar cerca de las gemelas. Ni de lo que había sentido. Ni de lo que todavía sentía. Después de todo, ella era la hermana de Jeremy. No quería que las cosas entre nosotras dos cambiaran.

— No quiero que me mientas, Nao. Sé que te pasa algo con las gemelas. Lo he visto, no soy tonta. Pero me duele que no me tengas la confianza para contármelo.

— Sahy...— Comencé, con la voz bañada de culpa, como si fuera la causante de todos sus acercamientos hacia mí. Pero la castaña no me dejó continuar.

— Ellas te dejaron esa marca en el pecho, ¿verdad? — No era una pregunta. Ya estaba sacando sus propias conclusiones, y lo que más me molestaba era que tenía razón. Acertaba en sus suposiciones. Deseé que esa marca desapareciera por arte de magia. No podía esconderla, no traje nada que permitiera ocultar esa fea mordedura de mi pecho. Dejé que mi mano descansara en su hombro, indecisa en decir algo al respecto o quedarme en silencio.

— Admito que ayer, la familia de Kasia me puso los pelos de punta — Comentó, bajando la primera tira de mi intento de pijama, empujándome a la ducha que aún botaba agua— Todas ellas dan... miedo, hasta Kasia... No es que no la quiera, pero hay ocasiones en las que su comportamiento me asusta.

— Saher, si te sientes incómoda aquí, podemos irnos. Siempre podemos irnos si así lo quieres— Le dije, ocultando la añoranza de un "sí" en sus siguientes palabras.

— Báñate, Nao. Hablaremos luego de eso. Pero no aquí.

Suspiré, entré a la ducha y permití que el agua me mojara, que se deslizara por mi cabeza, apaciguando mi cabello indomable; que pasara por mi cuello y resbalara por la línea de mi espalda. Permití que recorriera cada rincón de mi cuerpo, como si intentara llevarse algo que no sabía cómo arrancar.

Al principio me reconfortaba. Estaba caliente. Me envolvía. Me recordaba a cosas buenas. Pero pronto todo se volvió solo ruido. La relajación en mis músculos se esfumó, la voz en mi cabeza cobró vida en los minutos que dejé caer las barreras tambaleantes que me protegían del peligro exterior. Cerré los ojos, masajeando mi cabeza, haciendo giros con mis pulgares en el cuero cabelludo. Me enjaboné el cuerpo por completo, hasta que decidí pasar mis dedos por la zona magullada. Todavía ardía, como si su boca no se hubiera apartado realmente de mi piel.

Como si algo se hubiese quedado allí dentro. Enterándose profundamente en mi carne. Al salir y secarme, me inspeccioné en el espejo. La marca sí que había sido profunda, mucho en realidad. ¿En serio quería hacerme daño? Porque si Aneska apretaba más, me hubiera arrancado un pedazo.

Al terminar, siendo consciente de que no sería capaz de esconderme eternamente de ellas, salí, vestida con un short de jean y una blusa negra que, milagrosamente, lograba tapar parte de la marca. No fue hasta que estuve segura de que no llamaba tanto la atención, que abrí la puerta del baño para salir y entrar de nuevo a la habitación.

Darla y Zay me recibieron en silencio. Ambas se miraban como si estuvieran esperando a cuál iba a ser la que tomaría la palabra en la conversación que se avecinaba, pero la morena, liderando como siempre, habló, liberando la sentencia que no era un secreto.

— No las soporto — Exclamó, mientras revisaba algo en su celular — ¡Naomi, esas dos son más intensas que Kasia! —Me dijo, abriendo los ojos y frunciendo sus cejas hacia arriba en un notable gesto de incredulidad. Negaba con la cabeza repetitivamente en la cama.— Imagínate que he despertado, ¿Y qué es lo primero que veo? A esas dos locas sentadas a cada lado de mí, mirándome. Mierda, no parpadeaban. Te lo juro. No lo hacían.

Darla escuchaba en silencio y sin quitarme la mirada. Yo aún conservaba la toalla en la cabeza. No estaba muy segura de que hacer con mi cabello, pero eso quedó en el olvido por un instante. Tenía toda mi atención puesta en las quejas de la morena.

— ¿Te miraban fijo? —Repetí lo que ella dijo, sentándome en la cama a su lado.

Zay asintió, soltando por fin el celular.

— Sí. No sabes lo escalofriante que fue. Nao, te digo que me sentí como un pedazo de carne a punto de ser devorada. Me hubieran saltado encima si hubiesen tenido la oportunidad.

— ¿Y no les dijiste nada? ¿No hiciste nada? —pregunté, sintiendo cómo algo dentro de mí se tensaba.

— Claro que no. ¿Qué iba a hacer? ¿Gritarles en medio de todo el mundo? Sí quería hacerlo, pero mi voz no salió. Quedé muda— dijo con una mueca de desagrado pintada en su cara, aunque en sus ojos todavía se notaba el malestar por aquella situación. Se abrazó las piernas y apoyó la barbilla en las rodillas.

— No me quedo callada ante nadie. No me intimido con facilidad, esa no soy yo. Y aun así, con esas dos... me congelo. No sé qué me pasa. No lo entiendo. Estoy asustada, Naomi. Y jodidamente confundida.

Su voz fue un susurro avergonzado. Yo no respondí enseguida. Solo apreté más fuerte sus manos, porque entendía. Comprendía perfectamente cómo se sentía.

— La familia de Kasia puede ser intimidante, Zay — Habló la pelirosa con serenidad para cortar con la tensión en la habitación.— No estamos acostumbradas a este tipo de personas. Tal vez solo sea eso, ¿Verdad, Nao? —La chica buscó mi apoyo con una mirada suplicante, a la vez que pasaba su brazo por los hombros de Zay, hasta atraparla en un abrazo. Y yo, sin querer alterar más a la morena, respondí con un "sí" a medias.— Solo faltan dos noches más y habremos terminado con esto.

— Sinceramente, Darla, estoy que mando esas dos noches al demonio y me largo— Gruñó la morena sin omitir ningún pensamiento.

— La única razón que me hace quedarme eres tú y Nao. Saher se ve muy cómoda con la rubia. Además, para nadie es un secreto que estamos aquí por su culpa. Y sé que, aunque nos vayamos, Naomi no la dejará sola. Todas tenemos ataduras en este lugar de locos. Qué belleza.

— Vamos, Zay. Solo ignóralas, no les prestes atención y ya— Le aconsejó Darla, poniéndose de pie.

— Lo dices porque no eres la que tiene que aguantar sus chistes racistas todo el tiempo.

— Ya. Entonces sigue atacando con la misma ferocidad — La alentó— Si quieren atacar, defiéndete como lo hacen en el ring... pero omite los golpes, por favor.

La resignación se coló entre nosotras como una sombra inevitable. Ninguna lo dijo en voz alta, pero todas lo sentimos. Era esa especie de cansancio denso, más emocional que físico, que te aprieta los hombros, aunque intentes mantener la espalda recta. Zay suspiró, largo y profundo, como si dejara escapar no solo el aire, sino que también la pesadez que consumía su cuerpo. No dijimos nada más. No hacía falta. Las palabras se habían vuelto un peso innecesario. Caminamos en fila, sin mirarnos, como soldados que ya saben lo que les espera al cruzar la trinchera.

El aire en la escalera estaba quieto, cargado de una calma que solo antecede a las tensiones. Cada paso sobre la madera parecía más fuerte de lo necesario, como si nuestras suelas gritaran lo que nuestras bocas callaban. Me llevé conmigo mi crema de peinar, el gel y mi fiel peine para poder pensar con más calma qué haría con mi cabello aún húmedo y envuelto en un moño para conservar cierta humedad en él. La cocina se presentó ante nosotras, el fuerte olor a café elevando mis ganas de avanzar para sumergirme en los matices de sabor.

Las tazas estaban sobre la isla de la cocina, humeantes. Saher era la única que estaba allí, lo cual era una suerte. No saben lo mucho que me tranquilizaba la soledad de la cocina. Simplemente me dejé caer en una de las sillas, resoplando a la vez que revisaban las notificaciones en mi celular. Los mensajes de mi hermano y mi hermanita me revivieron, y no lo pensé dos veces para responderles, prometiéndoles que los llamaría cuando pudiera.

— ¿Todo bien? —Saher preguntó con voz dulce, sentándose con nosotros en la mesa.

— Sí— dijimos las tres casi al unísono. Fue automático, como si lo hubiéramos practicado. Ella no creyó la respuesta. Pero no insistió.

— ¿A dónde fueron las demás? — No pude evitar preguntarle, al tiempo en que jugueteaba con una servilleta, sin saber qué hacer con las manos.

— Katrina y Evelyn las llamaron. Creo que están en el jardín — Nos informó sin mucho interés.— Pero... ¿qué les parece si mientras esperamos nos preparamos un desayuno? Y Nao, por favor, péinate. Estás empezando a parecer un león con ese pelo así.

— Está bien, está bien— Me acomodé en mi lugar, pegándome completamente al espaldar de la silla— ¿Qué van a hacer?

Darla se encogió de hombros, abriendo el enorme refrigerador de la cocina. Tomó pan, huevos y mantequilla. Era su forma de aportar, de no quedarse quieta. Saher la ayudó con los platos, y en poco tiempo la cocina comenzó a llenarse de un ruido reconfortante. El chisporroteo del sartén y el suave murmullo de sus voces mientras discutían si querían jugo o café, incluso el celular de la pelirosa sonó y ella, por un acto reflejo, contestó, dejando que la voz de Aslan, un amigo de la infancia que todas conocíamos muy bien, hablara.

El chico nos saludó con una energía que contagiaba al instante. No tardamos mucho en pasar de una llamada normal a una videollamada, en la que todas queríamos salir. Resulta que él y yo tuvimos la suerte de conocernos en una de las visitas sorpresa que le hice a mi hermano por Acción de Gracias. Aslan formaba parte de su grupo social y, bueno, el resto es historia. Las demás lo conocieron cuando Darla lo llevó a su departamento en unas vacaciones hace dos años. Conectó con todas al instante.

— ¿Aslan, cómo estás? —Zay fue la primera en hacer a un lado a todas para acaparar su atención. Le resultaba atractivo su talento innato para las artes marciales y, que practicara deportes extremos lo hacía despertar un sentimiento de atracción en la morena, una que no de una forma completamente sentimental. El chico detrás de la pantalla sonrió con galantería, flexionando a propósito sus brazos cuando los cruzó.

— ¡Zay! ¿Muy bien y tú? Te ves igual de bella, como la última vez que te vi.

— Sí, sí. Mucho de Zay— Los interrumpí, haciendo a un lado a mi amiga para tener un poco de atención del deportista— ¿Cómo has estado, guapo? ¿Muchos corazones rotos?

— ¡Vaya, pero si es la chica del campo! —Exclamó, con un tono tierno y juguetón.— Bastantes corazones rotos... pero ninguno tan memorable como el tuyo, Nao. Eres difícil de convencer, princesa—respondió con una sonrisa ladeada mientras parecía cambiar el celular de lugar.

— Qué poético vienes— comenté con gracia, osando mis manos en mis caderas y dejando que Darla se posicionara a mi lado sin apartarme del todo— ¿Cuántos libros de romance has leído esta vez?

— Lamentablemente ninguno. La universidad no me ha dado tiempo de eso, Nao. Pero podríamos leer Romeo y Julieta tú y yo algún día. No sé, piénsalo — Un último coqueteo a modo de juego y la atención pasó a Darla, quien compartía espacio con Saher en la videollamada. Zay y yo participábamos activamente en la conversación, pero no todo el tiempo. Más que todo, eran pequeños momentos para hacer un comentario acorde con la plática que llevábamos — Darla, te llamaba porque pronto iré a visitarlas. Quizás llegue el lunes en la noche.

Todas chillamos felices, parándonos como rayos hacia el mesón de la cocina en donde estaba apoyado el celular.

— ¿Cómo? ¿Y cuánto tiempo te quedarás? — Saher sin contener su curiosidad, preguntó, haciendo a un lado a todas para quedar en el centro.

— Una semana mínimo o dos como máximo. Tendré que viajar por un torneo y pasaré por la ciudad, así que las fastidiaré un poco.

— Por mí está bien. Fastídiame tanto como quieras. No me quejo. Me muero por ver cuánto ha mejorado tu técnica después de nuestro último encuentro en la arena. Te voy a hacer morder el polvo — Respondió Zay con una hiperactividad que solo le daba cuando estaba realmente emocionada. Incluso quitó el celular de su puesto temporal para seguir hablando sola con Aslan.

Y al voltearse, nos dimos cuenta de los pares de ojos que nos observaban desde el marco de la puerta, atentas, en silencio. Las gemelas, Evelyn, Darcie, Mirabella y Kasia estaban allí. Sus miradas iban y venían entre nosotras y el celular robado por Zay como si intentaran atar todos los cabos en tiempo real. Nadie dijo nada al principio. Solo estaban ahí, de pie, como estatuas, y la morena, al ser el blanco de sus ojos por la voz del chico que aún hablaba por el celular, se lo devolvió a Darla, quien, después de disculparse con el chico, colgó.

¿Desde cuándo estaban aquí?

— ¿Interrumpimos algo? —La primera en tomar la palabra fue Evelyn, con el rostro aún serio y la mirada cayendo en picada en Darla. Su postura recta, sus hombros alineados y su rostro tan serio que parecía de piedra.

— No, no. Solo estábamos hablando con un amigo— Se defendió, guardando el celular en uno de sus bolsillos. La pelirosa se apoyó de espaldas al mesón de la cocina. Su cuerpo simulaba estar relajado, pero ninguna lo estaba realmente. No se podía con ellas mirándonos así: Con la vista ensombrecida, rostros serios y labios que dibujaban una línea recta. La mujer dio un paso decidido en el espacio. Sus tacones resonaron en el mármol con elegancia y sus caderas balanceándose como lo haría el cuerpo de un felino.

— ¿Un amigo? —repitió, dejando que la duda flotara en el aire, contaminándolo todo con un leve veneno disfrazado de simple curiosidad. En un parpadeo ya estaba frente a Darla, invadiendo su espacio personal. Sus manos volaron para tomar su mentón entre sus dedos, elevando su rostro para que ambas miradas conectaran.

— Sí— Intervine, dándome cuenta de que la tensión había comenzado a calar en los hombros de Darla. No sé a qué se debía mi valentía, mucho menos si era correcto hablarle de esa manera a la mujer, porque ella intimidaba incluso más que las gemelas— Un amigo. No hay nada de malo en eso.

Evelyn me ignoró. Ni siquiera me miró, solo seguía hablando con Darla.

Las demás entraron también, con pasos decididos que acaparaban toda la atención con el constante click de sus pasos al caminar. Aneska y Katrina se posicionaron a mi lado. La primera hermana en acercarse para clavar sus manos en mis caderas inspeccionó la marca que me había hecho horas antes, arrugando el entrecejo al ver el buen trabajo que hice al taparla. Se limitó a sonreír, y no era para nada una amable, no. Era una de esas sonrisas que anticipan un juego, una advertencia camuflada.

— No sabíamos que tenías otros amigos, Naomi — Inquirió Katrina sin quitarme los ojos de encima.

— No sabía que tenía que decirles quiénes eran mis amigos — Respondí sin pensarlo mucho, lo cual fue un error. El labio de la gemela junto a mí tembló y las manos que sostenían mis caderas se apretaron de una manera que comenzaba a molestarme. Dolía. ¿Podía una mujer de su complexión tener tanta fuerza? Porque físicamente no lo parecía.

Por otro lado, Kasia se mantuvo a raya, hablando con Saher desde una esquina apartada. No llegaba a escuchar qué le decía ni cuáles eran sus reacciones para darme una idea por la posición en la que estaban. Aunque con Zay, quien estaba prácticamente a unos metros de distancia, sí que la escuché. Darcie, la de cabello más largo, la tomó del hombro, pegándola a la isla de la cocina sin esfuerzo. No podía ver con claridad, porque me daban la espalda, pero lo que dijo, me enfrió la sangre.

— ¿Tenemos que marcarte para que conozcas tu lugar, Trencitas? —Musitó con la voz melosa Mirabella.

— Quizás eso es lo que quiera, hermana — Dijo entre risas la mayor— A su gente sus amos la marcaban para que conocieran su lugar, ¿recuerdas? Eres muy linda, Zay... y eso no me gusta, ¿sabes? Llamas mucho la atención.

— ¡Basta! —Soltó Zay, rompiendo el silencio con un grito abrupto y separándose de un empujón de las hermanas. Su voz no era alta, pero sí firme, cargada de rabia contenida. Rabia que ya no esperaba para ser liberada.

— ¡Me tienen harta con sus comentarios! Yo no les he hecho nada, y si tanto les molesto, ni me vean. En primera, ni siquiera estoy aquí por ustedes. Y en segunda, ¿Quién les dijo a ustedes dos, par de locas, que me gustan? No me gustan las mujeres, y no me gustan las blancas, menos las que parecen estar azotadas por una enfermedad en la sangre. ¿Conoces los baños de sol? Porque les hace falta uno— Terminó de descargar lo que llevaba adentro desde ayer. Su respiración era un desastre, su pecho subía y bajaba con fuerza. Inhaló y exhaló varias veces, apartándose las trenzas que le cubrían el rostro. Pero su tolerancia llegó al límite cuando escuchó el comentario de Darcie.

— ¡Que grosera! — Respiró Evelyn, colocando una mano sobre su pecho. Sin embargo, su tono parecía más divertido que indignado.

— Ese comportamiento animal que tienes alimenta mis ganas de encadenarte — Jadeó con ganas cada palabra de la oración, haciendo que Zay abriera la boca y antes de poder procesarlo, la chica brincara a sus labios, besándolos apasionadamente en frente de todos en la cocina— ¿Me dejas ponerte un collar? Se vería lindo en ti.

— Eso es todo — Gruñó, cacheteando a la chica tan fuerte que le reventó el labio.— Me voy.

La morena desapareció de la cocina, subiendo escaleras arriba. Yo fui tras ella, pero antes de irme noté la satisfacción en la cara de la prima de Kasia al recoger la sangre de su labio con la lengua y gemir al sentirla en su boca. Como si eso le excitara. Ese gemido suave y perverso me dejó helada. La imagen se me quedó clavada en la mente mientras corría tras Zay. Cuando llegué al pasillo, ya casi estaba dentro de su cuarto. La vi cerrar la puerta con rabia, pero no alcancé a detenerla a tiempo. Golpeé suavemente.

— Zay, ábreme.

Contra todo pronóstico, Kasia apareció detrás de mí. Tocando la puerta con delicadeza.

— Zay, vamos a hablar. Mira... sé que fue demasiado. Mis primas son pesadas, ¿De acuerdo? Darcie se merecía ese golpe. Cruzó la linea, pero no dejemos que esto te dañe el fin de semana. Se suponía que era para hacer las paces entre nosotras. No quiero quedar en malos términos contigo, Zay. Somos amigas.

Otra pausa. Entonces, la puerta se entreabrió, solo un poco. Lo suficiente para ver un ojo rojo, humedecido, cansado. Hice a Kasia a un lado, susurrándole que me dejara un momento a solas con ella. Se al igual que Darla lo mucho que le molesta a la morena dejar ver esa parte vulnerable de su personalidad. Todo será más fácil si hablábamos a solas. Poco a poco abrí la puerta, viendo mejor a la chica. Sus nudillos estaban marcados de tanto apretar los puños y su labio sangraba por lo fuerte que lo mordió con sus propios dientes.

— Ya no las aguanto, Naomi. Estoy harta de escuchar esa clase de comentarios nada más por mi color de piel — Confesó con la voz hecha apenas un susurro quebrado — Me molestan. Me dan ganas de... de...

— Shh. Lo sé— La hice callar y me lancé a abrazarla, dejando que su cabeza descansara en mi hombro— No tienes que decirlo. Lo sé. Entiendo cómo te sientes... bueno, quizás no del todo, pero sí una parte. Y créeme que lo que menos deseo es que salgas de esta casa para ir a ese bar de mala muerte a golpearte con cuanto hombre se te cruce.— Le susurré, subiendo y bajando mi mano por su espalda, y acariciándole el hombro de vez en cuando con círculos lentos que hacía sin percatarme con mis dedos— No te preocupes por las demás. Ya hablo yo con ellas. Nadie va a tocarte ni a faltarte el respeto mientras yo esté, ¿me escuchas?

Zay río entre dientes, sin despegar su cabeza de mi hombro.

— ¿Te volviste ruda de la noche a la mañana?

— Puedo ser ruda si quiero— Aseguré, enderezando mi espalda para darle credibilidad.

— Claro. ¿Y qué otra mentira me vas a decir, eh? —No respondí. Nos quedamos así, en silencio por unos minutos más, hasta que su respiración se calmó. Entonces se separó, limpiándose las mejillas con la manga de su camiseta.— Qué horror. Me debo ver ridícula llorando.

— Nah... un poquito nada más.

El golpecito en mi frente me hizo quejarme... dejando que un poco de exageración se filtrara en eso.

— Tonta.

Estuve de acuerdo. Tenía una objeción con la palabra, porque no era una tonta, sino que una completa idiota con todas las letras de la palabra. Pero lo guardé solo para mí.

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