Papá solía decirle a mamá, que las aves se veían mejor enjauladas. En ese entonces, la casa estaba llena de ellas. Su canto le daba vida a la casa. Recuerdo correr entre ellas en el jardín, golpeando las rejas para hacerlas cantar y revolotear con más fuerza, pero cuando él murió, mamá se encargó de liberarlas a todas... de liberar una parte de ella.
Nunca olvidaré las lágrimas de felicidad que soltó al verlas volar, al verlas extender las alas y subir hasta desaparecer en el cielo. Fue la primera vez que la vi llorar por algo que no fuera mi padre. Fue la primera vez que la vi sonreír realmente, ni siquiera lo hacía cuando Aneska o yo estábamos cerca, jugando. Ese gesto era exclusivamente para Giana. Adoraba a esa niña como a ninguna otra. Era la luz de sus ojos; me lo confesó una noche entre sábanas. Nos dijo que cada Larkin encuentra una pequeña llama que le da una razón a su existencia. Decía que, debíamos ser cuidadosos, porque corren el riesgo de extinguirse.
No entendí eso hasta mucho tiempo después, cuando Giana murió. Los ojos de mamá se apagaron por completo, su mente se fragmentó y ni siquiera los castigos de papá la hicieron volver en sí. Su hija favorita la había dejado sola.
Su llama se extinguió, abandonándola en la oscuridad. Sola. Desprotegida en un abismo sin fin del que no pudo retornar.
No permitiría que eso les pasara a mis hermanas. No permitiré que eso nos pase a nosotras. Naomi y Saher se quedarán donde deben estar: aquí, junto a mis hermanas, y junto a mí. No importa si tengo que atarlas para cumplirlo. Este fin de semana, omitiendo lo de Zay, ha transcurrido mejor de lo que pude haber imaginado. He tenido la oportunidad de estar cerca de mi florecita tantas veces que dudo mucho que sea capaz de permanecer lejos de ella por mucho tiempo después de que esta píjamada llegue a su fin.
Porque cada vez que sonríe, la siento más dentro de mí, y cada vez que baja la mirada, sé que está cediendo un poco más. Ahora está algo aturdida por lo que Aneska le hizo. La pobre chica huye de nosotras con movimientos sutiles. Se ha pasado todo el día en eso, y puedo notar que mi hermana ya comenzaba a aburrirse de ese juego. Su tolerancia casi alcanzaba el borde del vaso antes de desbordarse.
Cada vez que Naomi buscaba un rincón de la casa, lo hacía con la falsa naturalidad de quien intenta pasar inadvertida. Fingía revisar su teléfono, acomodar una taza, doblar una manta. Pero yo veía cómo sus pasos evitaban el roce de nuestras sombras, cómo sus ojos se desviaban antes de encontrarse con los nuestros. Mi hermana, en cambio, la seguía con una paciencia depredadora. Sonreía, hablaba poco, pero en cada frase había un peso invisible que empujaba a Naomi a retroceder un paso más... hasta que no tuviera a dónde ir. Y ese momento estaba cerca, peligrosamente cerca.
En su lugar, otra chica habría corrido. Nuestra florecita, en cambio, se mantiene en este baile torpe, como si en el fondo supiera que escapar del todo solo sería posponer lo inevitable. Sus sentidos despertaban, su cuerpo nos recordaba y su atracción hacía nosotras se intensificaba de una forma conveniente.
— Florecita, ¿Qué te ocurre? Me has estado evitando todo el día — Aneska la atrapó en el momento exacto que la rizada se dirigía al baño, apretándola con sus brazos sobre su cintura mientras yo, ejecutando mi papel como buena hermana mayor, le impedía su escape, interponiéndome entre ellas y la puerta ahora cerrada.
Naomi negó con la cabeza, pero el gesto fue más un espasmo que una respuesta consciente. Sus labios se entreabrieron sin emitir sonido, como si el aire se le hubiera quedado atrapado en los pulmones. Sus ojos, abiertos de par en par, reflejaban la luz con un brillo líquido, y su respiración comenzó a fragmentarse en jadeos cortos e irregulares. Los dedos se le crisparon, aferrando con fuerza la tela de su propia ropa, como si pudiera anclarse a sí misma para no ceder al acercamiento de mi gemela— ¿No? ¿Entonces por qué te alejas de mí cuando me acerco? Eso me duele, ¿sabes? Lo único que deseo es poder ocupar el mismo espacio contigo. Karina puede tenerte, ¿Por qué yo no?
— Aneska, contrólate. La estás asustando — Le aconsejé, sin estar realmente interesada en que se detuviera. Mi atención se centraba estrictamente en la mirada suplicante de Naomi. En su cuerpo tenso, y en sus ojos claros bañados en temor. Un temor que no era, ni por asomo, lo que mi hermana podría hacerle sentir.
— ¿Por qué no haces lo que has querido desde esta mañana? — Susurré, dejando que la insinuación se deslizara entre nosotras. Ante la presencia de Naomi. Aneska resopló, apartando un mechón errante de su cara, seguido de un torcimiento de ojos que me dejó en claro el palpable aburrimiento de mis palabras. En cambio, encontró entretenido aferrarse a las caderas de mi flor, apretando la carne tierna debajo de su blusa. Retrocedió, redirigiendo sus pasos al espejo del baño e inclinándose hasta que la obligó a aguantarse con sus manos en el lavado.
— ¿Te estoy asustando, corderito?
Naomi asintió, con un movimiento tan breve que parecía más un temblor involuntario que una respuesta consciente. Sus dedos se aferraban al borde frío del lavamanos, como si la superficie pudiera mantenerla consciente.
— N-no...— murmuró, pero su voz quebrada la traicionó. Aneska sonrió, ladeando la cabeza con esa diversión cruel que siempre la caracterizaba. La observaba como una cazadora que saborea el último instante antes de hundir los colmillos en su presa, sus ojos oscuros arrastrándose por cada rasgo del rostro de Naomi con hambre. Su presencia era eléctrica, arrolladora, abrazadora y contagiosa. Su energía me llamaba, conectaba con la mía. Erizaba mis cabellos con emoción, pero al mismo tiempo, con advertencia.
— Mientes tan mal, corderito — Mi hermana bajó el tono, su aliento rozando la oreja de la joven. Sus manos, lentas, pero seguras, subieron hasta sus costillas superiores.
— Eso me encanta de ti. No puedes engañarme, amor. Ni a mí ni a mi hermana. Y si mal no recuerdo, tú me debes algo, lo recuerdo bien— Sus manos subieron aún más. Su boca se posó en su hombro, cubierto solo por una diminuta tira de tela. Besó la piel expuesta hasta llegar a su cuello, en donde tiró con menos fuerza que antes, sin romper la piel— Quiero que sepas, que me gusta cobrar las deudas con intereses.
— Yo... no te debo nada.
Florecita se revolvió entre sus manos, jadeando por el sentimiento que se acumulaba en su pecho. Rasguñó las manos que la sostenían, trató de golpear a mi hermana con su cabeza, pero fue en vano cualquier acción. Aneska la detuvo, enterrando sus uñas en la piel debajo de sus dedos.
Le dio un giro ya perfeccionado, pegando ambas pelvis. El golpe sordo de la cerámica contra la cadera de la joven hizo que Naomi contuviera un quejido. Mi gemela, implacable, inclinó su rostro hasta quedar a un suspiro del suyo hasta que se cansó de la distancia, rompiéndola con un beso apasionado, demandante y posesivo. Se robó cada mínima parte de su aliento, conquistó su boca y con una mirada rápida al espejo, me encontré con los ojos de mi hermana, fríos, como dos témpanos de hielo, mirándome. Reescribiendo los límites de nuestra relación.
Las cláusulas de nuestro contrato se cerraron al momento de firmarse en ese silencio profundo y abrazador que nos rodeaba a las tres. Al separarse, Naomi se limitó a mirarla, con nada más que acusación en los ojos. Las manos le temblaban, no tenía fuerzas visibles. Parecía un fantasma frente a mi hermana.
— Di mi nombre— ordenó Aneska, su voz grave, vibrante, cargada de una autoridad que no admitía dudas, ni siquiera para mí. De costado en la pared me permitía ver cómo sus ojos la devoraban entera. Ya tenía lo que quería y, sin embargo, no era suficiente para ella. Nunca lo sería.
— Vamos linda. Puedes hacerlo, lo conoces muy bien — le dijo, acariciando su mejilla con sus nudillos, arrastrando en el acto un pulgar entre sus labios entreabiertos, separándolos hasta casi meterlos dentro de su boca.
— A-aneska, por favor...— Rogó, inmóvil contra el lavamanos. Su cuerpo estaba tan pegado al de mi hermana que incluso pensé que podrían llegar a fusionarse. Sentí la genuina envidia recorrer cada fibra de mi cuerpo, en cada una de mis articulaciones. Yo también la quería así, pegada a mí. Jadeando. Sonrojada. Atemorizada. Verla tal como estaba me llevaba a muchos escenarios futuros que ya ansiaba protagonizar junto a ellas. Todas unidas, tratando de volvernos una sola carne.
— Aneska, ya no puedo con esto. Me estás... me están asustando todas, Ya no es divertido lo que sea que estén haciendo. En serio.
— ¿Quién dijo que no era divertido, Corderito?— Su voz se deslizó en nuestros oídos, despacio, con calma medida. Ansiaba encontrar el reconocimiento en su mirada, porque sabía que mi hermana no usaba ese apodo inconsciente.
Ella quería que nuestra florecita la reconociera, que excavara profundo en su cabeza y se diera cuenta de la palabra que usaba. Y por el brillo cristalino en sus iris claros, me concedía la respuesta sin necesidad de formularla en voz alta. Esa fue mi señal de entrar en escena, acortando la distancia para rodear a mi gemela desde atrás, apartándole el cabello de su hombro izquierdo para poder apoyar mi cabeza allí. El telón se abrió, el acto comenzó y no era capaz de pronosticar nada más que diversión.
— Ah, te diste cuenta, florecita — Tarareó cada sílaba, con un destello de triunfo que me heló y me fascinó al mismo tiempo— Lo recordaste. Qué chica tan inteligente. ¿No es así, Katrina?
— Sí que lo es hermana. Pero, me pregunto qué es lo que decidirá hacer ahora — Planté un beso húmedo en la base del cuello de Aneska, sin separar mis ojos de Naomi. Su respiración tembló aún más por el jadeo que soltó mi hermana. Su necesidad era obvia, y aunque me moría por complacerla, teníamos a nuestra florecita presente.
— Tal vez quiera que se lo diga yo. Tú no tienes casi tacto, Katrina — Aneska ladeó la cabeza, dejando que mi beso se deslizara más arriba de su cuello mientras sus dedos atrapaban la barbilla de Naomi, obligándola a mirarla— Primero, quiero que me digas lo que está pasando por tu mente. Vamos, corderito— susurró— Di lo que crees que es. O te lo muestro yo misma.
Su tono era un reto disfrazado de caricia. Yo, sin despegarme de ella, recorrí con los dedos el costado de nuestra florecita, sintiendo cómo se tensaba bajo cada toque. Su piel se retorcía, contraía sus costillas y comprometía su respiración solo para evitar mis manos. Una lágrima resbaló por su mejilla, su labio ya temblaba incontrolablemente, pero se mantuvo lo más fuerte que pudo, negando con la cabeza muchas veces, hasta que encontró la voz en su propia garganta.
— N-no...— Naomi se aclaró la voz antes de continuar— No sé qué está pasando.
— Ummmm, creo que estás mintiendo— Aneska dejó escapar un sonido bajo, casi un ronroneo, mientras sus uñas se arrastraban lentamente por la mandíbula de Naomi.
— Y lo haces tan mal que me partes el alma, corderito. Me mientes descaradamente, pero está bien. Confiaré en tu palabra— Aneska le bajó dos rayas a su eufórica emoción de segundos antes, liberando la presión que ejercía en su pelvis, dejándola libre. Le regaló solo un beso corto en la mejilla con las ganas ardientes de decir algo que nos comprometería más, sin embargo, un grito estruendoso nos hizo salir de la habitación a una velocidad inhumana. Naomi, al ver que la que gritaba era su amiga, bajó las escaleras, prácticamente saltando entre ellos. Mi preocupación se disparó al verla correr de esa manera. Podría caerse y lastimarse. Han caído muchas personas de esas escaleras... algunas fueron provocadas y otras mero accidente.
Cuando Naomi llegó al último peldaño, el caos que esperaba encontrar no estaba ahí. No había forcejeos, ni pasos apresurados, ni voces llamando auxilio. En cambio, un silencio pesado y antinatural llenaba cada rincón del salón, como si la casa entera contuviera el aliento.
La amiga de mi florecita estaba allí, inmóvil, en el centro de la habitación. Sus manos temblaban contra su pecho, y sus ojos... sus ojos estaban fijos en mis primas. Las miré a ambas, acusándolas con la mirada. Aneska sostenía mi mano para evitar cualquier acción frente a nuestras invitadas que ahora estaban presentes. Lo único que quería era dejar que mi hermana hiciera sus estatuas con ellas.
— Contrólate, hermana— Las uñas de Aneska rozaron la piel de mi muñeca, un recordatorio de que todavía jugábamos con las reglas que nos habíamos impuesto.
Zay siseaba por el dolor, su blusa se manchaba cada vez más con... ¿Sangre? ¿Qué era lo que...?
— ¿Qué hicieron ustedes dos?— Vociferó mi gemela con fuerza, prácticamente revelando su carácter dominante que prefería, la mayoría del tiempo, cedérmela a mí. Apartó a Naomi con delicadeza para poder acercarse a Zay con pasos firmes, el brillo de sus ojos proyectando un peligro inminente. Su mano tomó la muñeca de la morena, dejando que la sangre goteara a montones, deslizándose por su mano ahora abierta hasta el suelo. La exigencia se hizo notar enseguida. — ¿Quién te hizo eso? Contesta.
La amiga de Naomi no respondió con palabras. En ningún momento mostró indicios de abrir sus labios para hablar, pero con un movimiento acusador en sus ojos le dio todo lo que Aneska necesitaba saber.
El cuerpo de mi hermana temblaba de cólera, su postura se irguió, observando con escrutinio el daño. La herida en la palma era un tajo profundo, una línea abierta que atravesaba de un extremo al otro, incluso alcanzaba el dedo índice, como si una hoja afilada hubiera querido partirla en dos. La piel desgarrada dejaba asomar un rojo vivo que latía con cada pulso, y un hilo denso de sangre caía lentamente por el costado de su mano, tiñendo sus dedos.
— ¿Cómo pasó esto?— Preguntó terroríficamente bajo, prácticamente ahogando las palabras— ¡Estoy preguntando, Darcie! ¡Contesta cuando te hablo o haré que mi tía te saque las palabras!
— Darcie no quiso hacerlo. Solo se divertía un poco — Se explicó con lo que su mente procesaba como una respuesta inteligente. Estaba nerviosa, podía verlo en su postura, el arrepentimiento ajeno bañaba su expresión. En cambio, su hermana no mostraba nada que no fuera satisfacción en su rostro.
— ¿Qué pretendías hacer, Darcie? ¿Ummm? Pudiste haberle hecho más daño — Gruñí, cortando la distancia entre las hermanas y yo. Me giré un instante, pidiéndole a la tía Evelyn que se encargara de su herida mientras mi gemela y yo hablamos con ellas. Y al quedarnos solas junto a las escaleras, sin nadie a la vista, Aneska brincó sobre mi prima, desestabilizándola al recibir todo su peso sobre ella; enterró sus uñas con fiereza en sus brazos, clavándolas como pequeñas cuchillas que dejaban marcar finas y rojizas alrededor de su piel pálida. Darcie no demostraba dolor en lo más mínimo.
Era una masoquista; disfrutaba del dolor en cada una de sus presentaciones sin molestarse en aparentar lo contrario. Ningún castigo resultaba ser lo suficientemente ejemplar para mi prima, pero también esa misma fascinación que poseía, podía torcerse si le escondías aquello que más quería. Aneska se agachó hasta susurrarle algo inaudible para ostras. Lo único que pudimos hacer fue comenzar a caminar detrás de ellas cuando Darcie comenzó a ser arrastrada hasta el sótano.
— Oh vamos, prima. Solo quería hacerle una pequeña marca ¿sí? Era una cosita inofensiva... Un corte sutil en el cuerpo— Se defendió, jadeando con cada golpe que recibía su cuerpo al ser arrastrado por las escaleras de abajo. No ponía resistencia, no buscaba soltarse. Dejaba que Aneska la arrastrara con total libertad.
— ¿Mirabella, viste cómo reprimía el dolor? Hace años que no veía un rostro tan lindo. El primer gesto fue tan... tan conmovedor. Apretó los labios tan fuerte para contener el grito que casi vi chispas.
Ya habíamos llegado a mi parte del sótano. La puerta gris se alzó imponente frente a nuestros ojos, así que al ser la propietaria de la habitación, me adelanté, ignorando las fantasías obscenas que Darcie dejaba escapar de su boca. Abrí y me hice a un lado, cediéndole el paso a mi hermana y a mi prima Mirabella.
Las luces dentro brillaban con una tenue luz roja que me permitía relajarme al preparar mi comida. La sangre seca se apreciaba en una o dos de las esquinas. No había tenido tiempo de limpiar por mi reciente invitada, que de hecho, todavía estaba aquí. Aún tengo dudas de en qué partes concentrarme.
La chica tenía un historial limpio, una salud perfecta y ningún rastro de drogas en su organismo, aparte de las que yo le doy para mantenerla tranquila. Me había olvidado por completo de alimentarla esta última semana. Me olvidé por completo de que ella estaba aquí abajo. La encontré encogida en la esquina, sus rodillas contra el pecho, temblando bajo la tenue luz roja como si intentara volverse invisible; sus ojos se mantenían cerrados, apretaba sus párpados lo más que podía e intentaba controlar el ruido desesperado de su respiración. Decidí no molestarla como recompensa por tratar de pasar desapercibida ante mí.
— ¿Aneska, qué piensas hacer con Darcie?— Me fijé en mi hermana y dejé a la chica frente a mí tranquila. Mi gemela no respondió de inmediato. Tenía a nuestra prima contra el suelo, una rodilla hundida en su pecho y una sonrisa torcida pintada en su rostro. Lo pensó unos instantes, cruzando los brazos sobre su pecho y subiendo una de sus manos hasta su barbilla, dándole un soporte a su mentón hasta que removió la pose para chasquear sus dedos en respuesta.
— Bella, ¿estás molesta con tu hermana por espantar a su juguete? — La pregunta fue sencilla, melódica y con un trasfondo mayor de lo que sonaba en realidad la interrogante. Mirabella alzó la mirada del suelo, concentrándose primero en mí con los ojos sombríos, apagados. Y Aneska, todavía sobre Darcie, giró el rostro para observarla también, expectante, con esa sonrisa de loba que disfrutaba ver cómo los hilos invisibles se tensaban a su alrededor.
— ¿Molesta?— repitió Mirabella, con una risa hueca que no le pertenecía del todo.— No, para nada. Solo... cansada de retroceder por su culpa.
Darcie bufó, medio ahogada bajo el peso de mi hermana sobre su pecho.
— Ay, Bella, ¿por qué no admites que siempre te mueres de ganas de probar lo mismo que yo hago? Eres aburrida. Planear cada mínima parte de lo que haces no es divertido. Improvisar es mejor. Deberías intentarlo alguna vez.— Se quitó a mi hermana de encima, empujándola con sus brazos sin hacer una presión significativa en el cuerpo de Aneska. Mi prima se irguió, enderezando su espalda aun con los ojos clavados de su atacante fijos en su cráneo, mientras comenzaba a arrastrar sus rodillas desnudas por el suelo de cemento, rasgando sus rodillas en cada empuje de sus piernas, magullándolas, haciéndolas sangrar con cada raspón que se autoinfringía, hasta llegar a las piernas de su hermana.
Sus manos subieron hasta el borde de su vestido, tirando de la tela hacia abajo— ¿Qué me harás, Mirabella? ¿Será divertido o solo me amarrarás aquí para reflexionar sobre mis actos?— Preguntó, torciendo sus labios, formando un puchero lastimero al mirarla a los ojos. De rodillas, completamente sumisa ante las decisiones futuras de su propia sangre. Mirabella tomó sus manos, apretándolas con la suya propia. Su cabeza se inclinó con desdén, escuchando las peticiones de la chica bajo sus pies sin mostrar el más mínimo interés en su entretenimiento.
Y al tener suficiente de ella, la cayó, cerrando sus dedos alrededor de sus labios. El agarre fue rudo, una orden silenciosa; la piel de sus mejillas sobresalía por la presión, pero sus pupilas se dilataron, el iris, de un gris oscuro, quedó eclipsado por la pupila. Bastó un parpadeo perezoso para cambiar de escenario: Darcie fue obligada a levantarse, quedando a casi la misma altura que mi otra prima, sus cuerpos tan juntos que solo dejaban un mínimo espacio para que el aire pudiera pasar entre las dos. Entonces, la rabia se volvió física, viva, devastadora, dando paso a un golpe seco en una de las gruesas paredes de concreto. Su cabeza impactó en la superficie.
— No haré nada que disfrutes, porque no mereces nada de eso— Masculló entre dientes, muy cerca de su oreja. Incluso yo, que estaba a una distancia cercana, me costó escucharlo con facilidad, pero las palabras estaban allí, bañadas en amargura.
— No te daré dolor. No te castigaré ni dejaré que mis primas te toquen, porque lo disfrutarías demasiado. Eso deseas, ¿No es cierto? ¿Quieres que te golpee? —Abrió sus piernas, afianzando la presión que se mantenía en su cabeza, Mirabella deslizó la mano entre sus piernas, abriendo los botones de sus shorts para sumergir su mano dentro de ellos — Quieres que te amarren en esos soportes que tienen nuestras primas y te den algo de dolor, ¿verdad? Responde con palabras, hermana.
— S-si. Por favor, Bella — Darcie suplicó, retorciéndose en el toque de mi prima. Jadeaba como una perra lastimada. Su espalda se arqueaba, se pegaba contra el cuerpo de su hermana a medida que su mano hundía más su cabeza en la pared, como si fuera posible abrir con ella un hueco allí.
— No obtendrás nada por lo mal que te has portado hoy— Respondió, sacando su mano de entre las piernas de su hermana para mostrar sus dedos manchados de sangre. Sus uñas le habían hecho daño ahí.
— Quiero que pienses en esto por unos días, ¿Entendiste? No te acercarás a nuestra mascota hasta que aprendas a no hacerle daño. No le dirigirás la palabra. No la mirarás. No harás NADA cerca de ella mientras no sepas comportarte como la adulta que eres. ¿Pensabas destrozarle el rostro? Di lo que estaba pasando por tu mente. Ya.
— Sería una cortada pequeña, Bella. Quería marcarla. Marcar mi posesión — Se defendió, gimiendo por sus nulos esfuerzos de alcanzar los dedos de su hermana. Aún así, su lengua nunca se detuvo. Seguí exponiendo su punto de vista, defendiendo cada acción— ¡Habló con un chico por teléfono, mirándome! Tú la escuchaste. Solo quería... quería... quería dejarle claro que era mía... nuestra. Quedaría grabada en su mente para siempre. Me vería cada vez que se viera en un espejo. ¿No sería eso hermoso?
— No lo sería, hermana. Odio las cicatrices.
Darcie canturreó en reconocimiento, liberándose por fin del agarre que su hermana había ejercido en su cuerpo segundos antes. Su mejilla magullada nos dio la bienvenida, sangrante y con restos de líquido rojizo ahora seco en su piel pálida.
Sus manos magulladas, sus rodillas lastimadas y esa sonrisa desquiciada la hacían ver mucho más provocativa a la vista. Sus ojos se posaron en mi hermana, fijos, intensos, como si buscara arrancarle un atisbo de interés para conseguir una reacción. Pero Aneska solo entrecerró los suyos, al borde de abalanzarse otra vez sobre ella y hacer lo que no se le permitió en su momento por petición de mi prima. El cuerpo de mi gemela temblaba de rabia, gruñía como una fiera. El sonido que emitía era tan sonoro que retumbaba en las paredes.
— Te crees intocable, ¿No, primita? Solo eres una cría que juega con fuego sin entender que puede terminar hecha cenizas.— Escupió, transformando la furia de sus ojos en algo peor: deleite. Le complacían los delirios que cobraban forma dentro de su cabeza, retorcidos, sucios y mortales.
Mi hermana era un artista de lo macabro, le complacía crear escenarios en los que desmembraba a cada miembro de nuestra familia en pequeñas partes... incluso a mí. La excitaba, le devolvía la vitalidad que fugazmente se extinguía de sus ojos en periodos cortos de tiempo.
— Adelante, Mirabella. Ve y amarra al animal de tu hermana en uno de mis juguetes. Déjala ahí, hasta que aprenda a pensar antes de actuar como un ser irracional — Le indicó a nuestra prima con tonos altos de una protesta para nada disimulada, permitiendo que se escapara el comentario mordaz que declaró el final de esta breve reunión.
— Se nota que es hija del malnacido de Ángelo. Subamos, hermana. Odiaría que nuestra flor se fuera sin tener tiempo para despedirme.
Suspiré con falsa pena, siguiéndola escaleras arriba, directo hacia el desastre. Comprendía, incluso más que mi hermana, que no permanecerían por más tiempo en nuestra casa. La pijamada ya estaba arruinada. Kasia no estaría feliz, Evelyn no estaría feliz, ni siquiera Mirabella lo estaría, mucho menos Aneska.
A nuestra desventurada prima Darcie le esperaban graves consecuencias por su impertinencia. Tendrá suerte si Zay se le acerca después de esto... eso también me lleva a pensar en lo que hará al respecto... en lo que haríamos todas al respecto luego de esto. Las flores casi están listas para ser plantadas en nuestros jardines. Para ser contempladas y admiradas por el resto de su existencia.
Naomi ya lo sabe, aunque diga lo contrario.
Pude verlo en sus ojos.
En su cuerpo.
El destello familiar del miedo.
Del asco.
De esa repulsión que tanto me emociona ver en ojos ajenos, y que en ella solo me anima a avanzar más, mucho más.
Mirabella fue la primera en entrar al caos, desplazándose con medido cuidado en el espacio de Zay; sus piernas se impulsaban con gracia, casi como si bailara entre nubes, y sus ojos observaban con notable atención la mano herida de la chica, cubierta por una venda, la cual comenzaba a romper el armonioso blanco con el tono rojizo de su sangre.
Su piel negra ahora era arrasada por un pálido enfermizo, dándole un tono grisáceo. Sus labios lucían resecos, y sus párpados pesaban con esa gravedad que delata la pérdida de sangre. Naomi y Saher la acompañaban, cada una a su costado, ambas con bolsos en mano y una mirada de preocupación mortal pintada en el rostro. Darla era sujeta por nuestra tía en un agarre posesivo de su cintura, mientras la chica luchaba por no desmayarse ante la vista de su amiga. Todas ellas se tensaron al vernos entrar... todas menos Zay, quien parecía estar absorta. Mi prima inclinó la cabeza, dio un paso más hasta cortar la distancia, y el aire pareció tensarse.
— ¿Está bien, tía Evelyn?— Preguntó en un susurro cálido, lleno de ternura frente a la imagen decaída de Zay. Sus dedos se extendieron, casi rozando la venda manchada, pero no la tocaron; se detuvieron apenas a un aliento de distancia, disfrutando la cercanía como un gato juega con una presa aún con vida.
La chica la observaba, temblando, demasiado débil para apartarse. La fragilidad en su cuerpo era un espectáculo en sí mismo, un escenario que Mirabella absorbía con esa mezcla de crueldad y delicadeza que ocultaba muy bien en las profundidades.
— Ha perdido mucha sangre— Comenzó a decir— Tuve que sedarla para poder coser su herida. Esta consciente, pero no puede moverse por completo aún.
— Tan perfecta... y ahora herida por mi hermana— Exclamó con pena pasajera, agachándose hasta quedar a la altura de sus rodillas. La pelinegra estiró su brazo hasta que su mano pudo alcanzar una trenza que invadía su rostro sudoroso para colocarla en la parte de atrás de su oreja.
—Eres muy fuerte, lindura. Debiste serlo para soportar ese dolor en tu mano. Tienes espíritu guerrero— Zay solo la miraba, abriendo con pesadez los ojos oscuros. Pero eso no fue impedimento para que mi prima dejara de alagarla.
— El pálido te queda bien, ¿sabes? Te hace ver menos humana, más espectral. Serías el tormento favorito de mis pesadillas, querida Zay. Un fantasma que anhelaría ver cada noche de mi fugaz existencia.
El siseo que se deslizó en la sala nos hizo girar hacia nuestra flor. Su mirada incrédula nos golpeó con agresividad. Su barbilla altiva, sus brazos cruzados y la sorna en su sonrisa daban suficientes indicios para deducir que estaba molesta. No, más que eso, estaba completamente colérica.
— ¡¿Tienes algún problema acaso?! ¡¿Cómo puedes decir esas cosas?!— El tono deja ver su conflicto, su problema— ¡Tu hermana pudo haberle hecho un daño mayor! ¡Míra cómo está! ¡Ella necesita un doctor! ¡Alguien que diga que en verdad está bien!
Aneska se acercó a ella, haciendo el ademán de acercar su mano hasta su mejilla, pero ella la alejó de un manotón, añadiendo gasolina al fuego que comenzaba a desatarse en los ojos de mi hermana.
Ser rechazada no era algo que disfrutara. Su mano quedó suspendida en el aire, abierta, vacía, y el destello en sus ojos cambió con una rapidez que helaba. Sin embargo, se contuvo, regalándole una sonrisa llena de dientes perfectos. Sus ojos brillaban con esa mezcla enfermiza de ira y posesión, un filo que amenazaba con desgarrar la calma del momento.
— No vuelvas a apartarme así. No vuelvas a rechazarme— Gruñó, apenas a un susurro audible, con una sonrisa peligrosa deformando sus labios— No te conviene, florecita.— El silencio fue lo único que se atrevió a interponerse entre ellas. Pesaba, se arrastraba por las paredes como una criatura invisible, esperando el momento exacto para morder.
Me encantaba la forma en que Naomi le sostenía la mirada, con rabia, con llamas ardientes danzando en sus iris claros. No se inclinaba, no se doblegaba, no mostraba el más mínimo indicio de sumisión ante Aneska. Y ella, al no conseguir la reacción que buscaba, la sujetó del mentón con brusquedad, obligándola a alzar el rostro mucho más. Sus uñas se clavaban como garras suaves pero insistentes en su piel, arañándola, rasgándola. Aún así, la rizada no se dejó vencer. Volvió a apartarla, ahora poniéndose de pie, haciendo el esfuerzo de alcanzar la misma altura que la mujer que tenía en frente y, lo hubiera logrado si mi hermana no fuera más alta que ella.
— Puedo rechazarte cuantas veces quiera — Bramó, rompiendo el espacio entre ellas — Eres alguien a quien acabo de conocer. No somos amigas, y no creo que después de esto podamos serlo, Aneska. Tu familia lastimó a Zay. Ustedes son...— Se contuvo de hablar de más, silenciándose a mitad de la oración para reestructurarla.
— Les agradezco que nos recibieran en su hogar, pero considero que ya esta pijamada ha sido arruinada por muchos motivos. Fue un gusto breve el haberlas conocido— Naomi se dio vuelta, ignorando por completo la mirada asesina que le lanzó mi gemela. Su furia alcanzaba la mía. Sentía nuestros pechos vibrar por el gruñido gutural que imploraba escapar de mis vísceras.
— Las esperaré afuera. No quiero estar aquí.
— Yo... yo voy contigo, Nao— Darla, la chica que hasta ahora permanecía callada, rompió el contacto con la tía Evelyn sin dedicarle siquiera una mirada.
— Saher, por favor vigila a Zay mientras pedimos un taxi— Le pidió a su amiga para luego solo desaparecer con mi flor. El silencio que siguió fue casi insoportable. Solo los pasos firmes de Naomi alejándose resonaban en la penumbra, pero su espalda rígida, sus hombros tensos, eran un desafío en sí mismos. Y Aneska, claro, no era de las que dejaban pasar un desafío. Su voz nos alcanzó, baja y grave, más una promesa que una advertencia con cada paso que daba a la dirección contraria:
— Muy pronto vas a arrepentirte de haberme rechazado de ese modo… y cuando ese día llegue, no habrá nadie que pueda salvarte de mí, corderito.
Me permití disfrutar, en vez de cegarme por la venganza. Nuestra pequeña e inocente flor, sin darse cuenta, había activado un botón que todavía no planeábamos tocar. Elaboramos una lista de juegos previos, pero si así es como quiere jugar... Que la cacería empiece.