GRay

Salí de allí con pasos apresurados y la garganta ardiendo bajo un odio que no sabía cómo contener. La reconocí al instante: era la esposa del primer hombre al que asesiné. Han pasado apenas dos años de aquello, y lo que comenzó como un hecho aislado se ha convertido en una adicción. He terminado con demasiadas vidas desde entonces, pero esa rabia no solo nace de mis víctimas… sino de ella.

Entiendo que su existencia fue un infierno, que la destrozaron y la redujeron a nada. Pero nada de eso le dio derecho a arrastrar a otros a su propio abismo. Su dolor se transformó en un arma que, movida por el miedo, usó sin compasión. Nadie imagina que se pueda odiar tanto a alguien por quien, al principio, solo se sintió lástima.

Quizás debería comprenderla, lo sé. Pero la verdad es que su sufrimiento la volvió calculadora, cruel y manipuladora. Y al final, yo terminé pagando el precio. No fue justo; ella no fue justa.

Ahora no puedo mirarla sin sentir desprecio. Me arrebató mi tranquilidad. Ese primer acto me dejó incapaz de amar o ser empática; me convirtió en lo que soy, con cada sentimiento reducido a cenizas bajo un único peso: el resentimiento.

Lo peor de todo es que jamás creí volver a verla, no después de aquella noche en la que estuve a punto de matarla. No lo hice porque no pudiera, sino porque descubrí que tenía hijos. No fui capaz de dejarlos sin madre.

Me subí al auto y cerré la puerta con tanta fuerza que todo el interior retumbó. Apreté el volante y arranqué hacia lo que debía ser mi destino.

O mejor dicho: primero regresé a casa, dejé el auto y cambié por la moto. El tráfico de Bogotá puede ser una tortura interminable; con dos ruedas, en cambio, todo fluye más rápido y sin obstáculos.

Treinta minutos después, ya había dejado atrás la ciudad para adentrarme en la zona rural donde vivía mi abuela. Mi querida abuela.

Siempre se queja cuando no la visito o se me olvida llamarla. A veces parece exigente, pero en el fondo es puro cariño. Su casa era más una finca que una vivienda: el camino de tierra que llevaba al portón estaba rodeado de vacas, caballos, gallinas y árboles de aguacate, mango y otros frutales. Un paisaje vivo, ruidoso y lleno de verde.

Sé que reconoce el sonido de mi moto a kilómetros de distancia, porque al llegar ya me estaba esperando en la entrada.

—Esperaba antes a la muerte que a usted —dijo con las manos en la cintura—. ¡Casi que no vienes, mija!

—Hola, abuela —respondí mientras me quitaba el casco.

—En moto —entrecerró los ojos—. Y seguro manejando como alma que se lleva el diablo.

Siempre empieza con el regaño y siempre termina invitándome a comer.

—¿Ya comiste?

La respuesta correcta nunca es «no». Rechazar lo que ella prepara es casi un insulto, y hay que comerlo como si lleváramos días sin probar bocado.

Así que apagué la moto y caminé hacia la casa con calma hasta que escuché un motor que conocía bien. Un auto que no solo reconocí, sino que también intentó atropellarme.

No me moví: sé muy bien que no tendría el valor de hacerlo. El vehículo se detuvo a pocos centímetros de mí.

—Parquea esa porquería —le dije, dándome la vuelta con total tranquilidad para seguir mi camino.
Escuché el golpe de la puerta y unos pasos rápidos detrás de mí.

—¡Hola, prima! —me abrazó por la espalda con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio—. ¡Te extrañé muchísimo, nojoda!

Era Zafiro. Un huracán de luz y calor: magnética, arrolladora, imposible de ignorar. Nació en Barranquilla, aunque lleva casi toda su vida en Bogotá, y ese acento costeño solo se le escapa cuando la emoción la desborda.

—Zafiro, suéltame: no soporto los abrazos —protesté, sin lograr zafarme.

—¡Ay, déjate de dramas! —dijo riendo, girándome para mirarme a los ojos—. Mira nada más: dos semanas sin verte y pareces más delgada. Seguro sobrevives a base de café y malas decisiones. ¿Al menos coges?

—Exagerada.

—¡Jamás exagero! —se llevó una mano al pecho con teatralidad—. Soy pura verdad y cariño.

Intentó besarme en la mejilla, aunque sabe que detesto esas demostraciones efusivas.

—Zafiro… —murmuré, esquivando su labial rojo.

—¿Por qué no me dejas quererte? —preguntó con esa sonrisa traviesa que parece capaz de desarmar cualquier barrera.
Y como siempre, lo consiguió: me distrajo y logró estamparme el beso. Si no fuera mi prima, no sé si la aguantaría. Zafiro es demasiado intensa.

Fruncí levemente el ceño y seguí hacia la casa, pero ella no se quedó atrás.

—Sabes que no puedes vivir sin mí —canturreó a mi lado, con esa seguridad de quien sabe que tiene razón.

Y aunque jamás se lo diré en voz alta, la tiene. No podría vivir sin ella: es como una hermana para mí.

Terminamos en el comedor, obligadas a comer bajo la mirada de mi abuela, que desde su sillón nos advertía sin palabras: «O se lo comen todo, o no vuelven a probar bocado aquí».

Yo tenía la vista fija en el plato, moviendo la cuchara sin prisa, como si cada bocado fuera un peso difícil de llevar.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Zafiro, obligándome a levantar la vista.

Antes de responder, eché un vistazo rápido a mi abuela para asegurarme de que no nos escuchara.

—En el consultorio de Mafe apareció Julia —le susurré.

El cejo de Zafiro se frunció un instante, hasta que reconoció el nombre.

—¿La esposa de…? —dejó la frase en el aire.

—De él —completé en un murmullo—. La misma que prácticamente me convirtió en lo que soy.

Zafiro apartó su plato vacío y se inclinó hacia mí, apoyando los codos en la mesa.

—Ya lo llevabas dentro, Gray —dijo suavemente—. Ella solo terminó de empujarte.

—Con mentiras —respondí con rabia—. Ignoró mis miedos y mi dolor. Me usó como si fuera una herramienta. Se aprovechó de lo que su marido me hizo para que yo lo matara.

El fuego seguía ardiendo en mi pecho. No niego que él merecía lo que le pasó, pero lo que me consume es haber sido utilizada, reducida a un instrumento en manos de alguien tan rota como yo.

—Yiyi… —murmuró Zafiro.

—No me llames así —la corté con dureza.

—Te aguantas, porque te quiero —replicó ella con media sonrisa.

Detesto ese apodo, nacido de las dos iniciales de mi nombre: Gray Gutiérrez. Pero no hay fuerza capaz de hacer que Zafiro deje de usarlo.

—Entiende algo —continuó con seriedad—: para esa mujer llena de miedo, y para sus hijos, tú eras su única salida.

—Pudo haberse ido sola —insistí.

Zafiro me sostuvo la mirada.

—¿Y tú? ¿Te fuiste tan fácil de donde no querías estar?

Fue un golpe directo, de los que duelen porque tienen razón. Aun así, nada justifica que ella aprovechara mi dolor para escapar del suyo.

Me quedé en silencio, y de nuevo volvieron las imágenes que no logro borrar: dos siluetas pequeñas fingiendo dormir, cuerpos temblando bajo las sábanas. Sus hijos fueron la única razón por la que no le hice nada a ella aquella noche.

—Solo espero que al menos ellos estén bien —susurré apenas.

Después de almorzar nos sentamos en el banco de afuera, viendo cómo la tarde se apagaba poco a poco. Zafiro, como siempre, intentaba sacarme de mi aislamiento.

—Vamos a una discoteca —propuso con su habitual entusiasmo.

—No —respondí tajante—. Odio los lugares llenos de ruido y gente que finge ser feliz.

Zafiro rodó los ojos con fingido fastidio.

—Bueno, entonces al centro comercial.

—Tampoco —rechacé de inmediato—. Está lleno de gente demasiado cerca. Odio los que caminan lento delante, los que van rápido detrás y los que intentan ir a la par de mí.

—¿Por qué no admites directamente que odias todo el mundo? —dijo arqueando una ceja.

—Probablemente al noventa y nueve punto nueve por ciento —respondí cruzando los brazos.

—¡Perfecto! —exclamó casi exasperada—. Entonces vamos a un sitio donde no haya seres vivos.

—¿Un cementerio? —pregunté, dejando escapar una media sonrisa—. Por primera vez, me gusta tu idea.

Estalló en carcajadas, pero al final también se cruzó de brazos, aceptando que por hoy no me sacaría de aquí.

Nos quedamos allí calladas hasta que el sueño me venció y subí a mi habitación. Esa que mi abuela mantiene impecable, aunque hace años que no vivimos allí.

Pero dormir fue otra cosa. La noche me trajo de vuelta el recuerdo que siempre regresa: aquella madrugada en que me quedé sentada afuera de su casa, con las manos temblando y manchadas, la cara ardiendo entre lágrimas y sudor. Y la certeza terrible de que algo de esa noche no se quedó allí, sino que venía conmigo.

Aunque todavía no sé qué es.

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Danae258
17 days ago

👁️👄👁️

Vero
12 days ago

🤩😍