Nessy

Ella conducía con el rostro serio, pero tenía la mirada perdida: apenas veía el camino.

—¿Estás emocionada? —preguntó Mafe con una sonrisa amable.

Giré apenas la cabeza, sintiendo cómo me temblaban los labios.

—Un poco… —susurré.

En ese instante, nuestros ojos se cruzaron en el espejo. Y el impacto fue brutal.

Esos ojos no eran nuevos para mí. Tenía dieciocho años ahora, pero los había visto por primera vez cuando apenas tenía doce. Grises, fríos e inmensos, como el filo de una navaja. Ojos que me marcaron sin pedirme permiso y que se quedaron grabados en mi memoria como una condena hermosa.

Desde aquel día en que la vi de lejos, la he dibujado en todas partes: en las paredes de mi cuarto, en servilletas, en hojas que escondo bajo la almohada. Jamás la olvidé, jamás pude hacerlo. Y ahora estaba ahí, frente a mí, mirándome de nuevo.

Sentí un vuelco fuerte en el estómago y mis dedos se cerraron con fuerza sobre mi cuaderno, como si de él dependiera no desmoronarme por completo. Mafe seguía hablándome, haciéndome preguntas, pero sus palabras llegaban a mis oídos como un murmullo lejano. Yo ya no escuchaba nada; solo sentía el peso de esa mirada gris recorriéndome entera.

El corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas y la piel se me erizaba con cada segundo que pasaba bajo su atención. Una obsesión que creía dormida despertó de golpe, trayendo consigo todo lo que había reprimido durante años: las noches en las que me imaginaba su rostro, las veces que no solo dibujaba esos ojos, sino también sus labios, sus manos, cada pequeño gesto que creía recordar.

Pero ahora todo era distinto: ya no eran los trazos de una niña idealizando una sombra, sino los anhelos de una joven que deseaba mucho más de lo que se atrevía a admitir.

Sin darme cuenta, abrí el cuaderno y tomé el lápiz. Se movió rápido y urgente. Ya no eran bocetos tímidos de unos ojos grises: esta vez dibujaba a la mujer entera, tal como la veía ahora, tal como la había imaginado mil veces.

Marqué con detalle la dureza de su mandíbula y bajé despacio hacia su cuello, sombreándolo con un trazo lento y casi reverencial, como si mi mano sintiera lo que sería recorrerlo con los dedos. Me detuve en sus labios: los dibujé más carnosos, entreabiertos, como si estuvieran a punto de decir mi nombre o de arrancarme un gemido. Los repasé una y otra vez, incapaz de detenerme, hasta que en el papel parecían casi húmedos.

Y sin pensarlo, mi lápiz bajó más. Tracé el escote apenas insinuado de su blusa, exagerando la curva de la tela, la forma apenas visible de su pecho. No era un retrato fiel: era un retrato deseado, una versión de ella que solo existía en mi mente, mirándome como nunca me había atrevido a soñar.

El trazo se volvió más rápido y febril. Dibujé sus manos: grandes, firmes, una sobre el volante y la otra… en mi imaginación, sujetándome con fuerza, reclamándome, apretándome contra algo que no existía.

Cuando me detuve, comprendí que no solo la había dibujado a ella: había dibujado mis fantasías. Una mujer que se inclinaba hacia mí, que me acorralaba con la mirada, hecha a la vez de peligro y deseo.

Mafe seguía hablando, pero yo apenas respondía con monosílabos distraídos. Todo el mundo se había reducido a mi cuaderno y al reflejo en ese espejo. Sabía que estaba loca, que esa mujer podría destruirme con una sola palabra y aun así, todo en mí pedía estar más cerca.

Mis ojos, que parecían tan inocentes, escondían una fijación que tarde o temprano cobraría su precio.
El vehículo se detuvo frente al lugar donde trabajaba mi madre.

—Ya llegamos —anunció Mafe con amabilidad.

Asentí, nerviosa, abrí la puerta y murmuré:

—Gracias, de verdad.

Me despedí con prisa, con esa torpeza de quien quiere huir sin hacer preguntas, pero antes de alejarme crucé una mirada fugaz con ella a través del retrovisor. Esos ojos grises me sostuvieron apenas un instante: intensos, inquisitivos, hasta que el golpe de la puerta rompió el contacto.

Caminé sin mirar atrás, apretando los puños para contener el temblor de mis manos. Sin embargo, a pocos pasos me detuve en seco.

Tenía las manos vacías.

El cuaderno.

—No… no, no, no —susurré llevándome las manos a la cabeza.

Giré bruscamente hacia la calle para buscarlo con la mirada, pero el auto ya se alejaba; el rugido del motor se llevaba consigo todo lo que durante años había querido mantener oculto.

Di un paso adelante, casi dispuesta a correr tras él, pero me detuve de inmediato, impotente: ya estaba demasiado lejos.
—Tiene que devolvérmelo, tiene que hacerlo —me repetía en un murmullo desesperado, clavándome las uñas en la palma de la mano.

El pánico me envolvió como un manto helado. Ese cuaderno no era un objeto cualquiera, ni se limitaba a reunir simples bocetos: en él yo me había desnudado en cada trazo; guardaba años de obsesiones silenciadas y, sobre todo, contenía ese último dibujo. El más explícito, aquel en el que la plasmé con mayor detalle y con una intimidad que nunca me atrevería a confesar en voz alta.

Me cubrí el rostro con las manos y apreté los ojos con fuerza, sintiendo que me faltaba el aire. Ella, la mujer de ojos grises, lo vería. Y no habría forma de evitarlo.

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Vero
11 days ago

Van a descubrir a Nessy