Nessy

El cuaderno me preocupaba, pero me obligué a apartarlo de mi mente. Quizás tarde en verlo; tal vez otra persona suba primero al auto y lo encuentre antes. Tengo que rezar para que no sea ella quien lo abra.

Porque ahora tengo algo mucho más importante que hacer.

Me detuve frente al restaurante donde, según me habían dicho, trabajaba mi madre. Pensé en entrar, en preguntar por ella. Estoy segura de que está en la cocina: siempre fue una cocinera increíble. Y precisamente por eso me aterró la idea de que allí la estuvieran explotando.

Sin embargo, no entré; mis pies se clavaron en la acera. Cuatro años en ese centro y todavía no me siento con el coraje suficiente. La quiero, sí, pero la herida de haberme encerrado sigue abierta. Me alejé con el corazón apretado, incapaz de cruzar esa puerta.

Después de unas cuadras caminando llegué a una cancha donde un grupo de chicos jugaba fútbol. Los uniformes eran idénticos a los que mi hermano me describía con tanto entusiasmo en sus visitas, y el corazón me golpeó con fuerza.

Lo busqué con la mirada, ansiosa, pero no estaba en el campo. Por un instante temí haberme equivocado de equipo, hasta que lo vi: sentado en las gradas, con la vista fija en el entrenamiento, aislado en su propio silencio.

Me dolió comprobar que su timidez —esa que nuestro padre acentuó con tanto daño— todavía lo mantenía apartado.
Tragué saliva, reuní valor y avancé hacia él.

—¡Ángel! —grité cuando ya estaba cerca.

Él levantó la cabeza y, por un segundo, sus ojos no quisieron creer lo que veían. Y luego sonrió: con la misma luz de cuando éramos niños y todavía soñábamos con escapar juntos.

—¡Génesis! —exclamó, entre sorprendido y feliz.

Se levantó de un salto y corrió hacia mí. El abrazo fue tan fuerte que sentí que me quebraba, como si hubiera estado guardando toda su fuerza durante cuatro años solo para ese momento. Se aferró a mí y empezó a llorar, con sollozos entrecortados que me partieron el alma.

—Pensé que no volvería a verte —susurró contra mi hombro.

Yo lo abracé más fuerte, dejándome llevar por las lágrimas.

—Nunca me fui del todo, hermanito. Siempre estuve contigo —respondí, llevándome la mano al pecho, justo donde el corazón latía fuertemente.

En medio de la cancha, con el ruido del partido de fondo y la vida siguiendo su curso, Ángel y yo nos reencontramos. Dos pedazos rotos que, al abrazarse, volvieron a encajar.

—Ángel —lo miré directamente a los ojos antes de atreverme a preguntar—, ¿por qué no juegas? ¿Es por miedo?

—No —negó de inmediato, apresurándose a responder—. No es miedo, es que no tengo guayos.

Aquello me dejó en silencio. Tan simple, y a la vez tan cruel. La pobreza, esa sombra que se nos pegó tras la muerte de papá. Con él, al menos, teníamos cierta estabilidad; sin él, solo nos quedó aprender a resistir. Aunque eso sea mucho mejor que resistir golpes.

—¿Y cómo jugabas antes? —quise saber, con la débil esperanza de una respuesta menos dolorosa—. ¿Mamá no te había comprado unos?

—Sí, pero me los robaron —respondió, con un tono cargado de decepción.

—¿Robados? —repetí, sin querer creerlo.

—Desaparecieron cuando fuimos a jugar a otro barrio —explicó, bajando la mirada—. Y no creo que se hayan perdido.

Tampoco quiero decirle a mamá: trabaja de siete a siete para darnos lo poco que tenemos, y se esforzó mucho para conseguirme ese par.

Sentí que cada palabra abría una grieta más en mi pecho. Pensé que, si no hubiera estado encerrada, él ni siquiera habría tenido que depender de ese único par.

—Te conseguiré unos —le prometí, con más seguridad de la que he tenido en mucho tiempo.

No tenía trabajo, no tenía nada más que mi palabra, pero por él encontraría la forma.

Él me miró sorprendido: como si quisiera creerme, pero la vida ya le hubiera enseñado a desconfiar de las promesas.

—¿Ya viste a mamá? —preguntó de pronto, probando el terreno.

La pregunta me desarmó y bajé la mirada.

—Todavía no. Es difícil.

—Entonces, ¿no irás a casa con nosotros? —sus ojos se humedecieron, brillando con tristeza.

Tragué saliva, odiando tener que responder así:

—Iré —dije al fin—, pero no ahora. Todavía no estoy lista. Pero sí estoy aquí para ti, Ángel. Nunca más vas a estar solo. Tienes de vuelta a tu hermana.

Él desvió la mirada intentando contenerse, pero las lágrimas se le escaparon igual.

—Te lo prometo, hermanito —añadí, buscando su mirada hasta que volvió a encontrarse con la mía—. Volveré cuando tenga el valor.

Asintió, con esa dulzura que siempre lo caracterizó, y me abrazó otra vez, apretándome como si temiera que me desvaneciera.

Decidí quedarme con él un rato. Tomamos uno de los balones y empezamos a patearlo. Yo era pésima, la verdad, y cada vez que fallaba, él se reía a carcajadas.

—¡Pero Génesis, ni siquiera le diste al balón! —decía, doblándose de la risa cuando pasaba de largo.

—¡No te burles! —le respondí fingiendo indignación.

Su risa llenó el aire: limpia, sincera y como hacía años no la escuchaba. Verlo sonreír así me hizo sentir la persona más feliz del mundo.

El sol empezó a descender, tiñendo la cancha de tonos dorados.

—¿Y dónde te vas a quedar? —preguntó Ángel, preocupado, cuando el día comenzaba a acabarse.

Lo pensé apenas unos segundos.

—¿Sabes dónde vive Sol? —le pregunté.

Él asintió y sonrió. Sabía perfectamente que mi mejor amiga no dudaría en darme un techo mientras buscaba trabajo y encontraba el valor para volver a casa.

Así, tras despedirme de mi hermano con el corazón lleno de ternura, caminé hasta la dirección donde me había dicho que vivía Sol mientras cursaba la universidad. Durante el trayecto pensé en sus padres y en cómo nunca me tuvieron demasiada simpatía; un nudo de inseguridad se formó en mi garganta, pero no tenía más opciones.

Ella era mi refugio, y confiaba en que nada había cambiado entre nosotras.

En el camino, encontré una carpeta olvidada sobre una de las mesas exteriores de un restaurante. Todos los que estaban dentro estaban distraídos y nadie parecía reclamarla. Pregunté por su dueño, pero nadie la reconoció.

Iba a dejársela a los empleados hasta que noté un número telefónico escrito a mano en el sobre. Podría llamar después y devolvérsela directamente a su dueña, así que la guardé y seguí mi camino.

Al llegar frente a la casa de Sol, mis pies se clavaron en el suelo. No tuve el valor de tocar el timbre: me invadieron la vergüenza, los nervios y el miedo de que quizás ya no fuera bienvenida.

Pero el destino decidió por mí. De repente, la puerta se abrió.

Allí estaba Sol, con un uniforme blanco que le quedaba perfecto. En cuanto me vio, sus ojos se iluminaron con un brillo inconfundible y su sonrisa se abrió, amplia y luminosa, haciendo que me sintiera de nuevo como la niña que jugaba a su lado.

—¡Nessy! —gritó con alegría pura.

Dejó caer lo que llevaba en las manos y corrió hacia mí, incapaz de contenerse. Se lanzó a mis brazos con tanta fuerza que casi me derriba, riendo y llorando a la vez.

—¡No lo puedo creer! —decía entre sollozos y carcajadas—. ¡Estás aquí, de verdad estás aquí!

Yo la abracé con la misma intensidad, dejándome contagiar por su energía. Sentí que el vacío de tantos años se llenaba de golpe.

Sol se apartó apenas un instante para mirarme de arriba abajo, como si necesitara confirmar que era real. Luego me tomó de la mano sin darme tiempo a reaccionar.

—¡Ven, tienes que entrar! —insistió, arrastrándome casi a saltitos hacia el interior.

Con ella brincando de felicidad y llevándome a su hogar, sentí que el mundo volvía a ser un lugar habitable.

Adentro, Sol no perdió un segundo. Me sirvió comida, me dio un vaso de jugo fresco y, sin que yo se lo pidiera, preparó un espacio para que durmiera. Su gesto me conmovió más de lo que podía expresar en voz alta.

Incluso sacrificó una clase que tenía en la universidad: lo noté porque dejó la mochila tirada en un rincón, como si mi llegada fuera mucho más importante que cualquier materia.

—Te prometo que encontraré trabajo pronto —le dije, mezclando cariño y culpa.

—No te preocupes —respondió dulcemente, sacando una manzana de la nevera—. Nunca serás una carga para mí, y no tengo ninguna prisa. Entiendo lo de tu mamá. Supuse que no sería tan fácil volver como si nada hubiera pasado.

Le dio una mordida a la fruta y, como si de pronto recordara algo importante, volvió a mirarme con curiosidad.

—¡Ah, se me olvidaba! —dijo, sentándose a mi lado—. ¿No me hablabas en tus cartas de una tal Lincy?
Mi corazón dio un vuelco. Asentí en silencio, ensombreciéndose mi expresión.

Sol me mostró su celular. En la pantalla aparecía la foto de una chica: era Lincy.

—Me ha enviado solicitud en Instagram y Facebook —explicó, arqueando una ceja.

—No las aceptes —respondí de inmediato, casi con urgencia—. No le contestes. No es normal.

La imagen me dejó inquieta: esa Lincy no era la que yo recordaba. Vestía de forma más casual, con un estilo muy parecido al de Sol, como si hubiera cambiado su apariencia solo para acercarse a ella. ¿De verdad le importaba tanto? La idea me revolvió el estómago.

Sol notó mi incomodidad y, sin hacer preguntas, eliminó las solicitudes con un par de toques en la pantalla.

—¿Y qué tiene dentro de esto? —preguntó después, señalando el sobre que yo traía y cambiando de tema.

Dudé un momento, pero al final lo abrí.

Dentro había documentos que parecían contratos laborales y billetes, verdes y morados.

Cualquier otra persona habría saltado de alegría pensando en quedarse el dinero, pero yo no: mi decisión fue inmediata, debía devolverlo.

Sol me prestó su celular para llamar al número que venía escrito, aunque me miraba como si pensara: «¿De verdad vas a devolverlo todo?».

Pero sí, lo haría. Podrían llamarme ingenua o incluso tonta, pero estaba convencida: si ser honesta te hace parecer una “tonta” ante los demás, entonces el problema no está en mí, sino en ellos.

—¿Hola? —contestó una voz femenina al otro lado de la línea.

—Hola. Encontré un sobre con su número escrito y quería devolvérselo.

La mujer sonó sorprendida, como si no esperara que alguien hiciera algo así. Tenía una voz encantadora, serena y casi magnética. Quedamos en vernos en el mismo restaurante donde lo había encontrado.

Sol me acompañó, por supuesto. La desconfianza brillaba en sus ojos y no me soltó en ningún momento.
Y entonces la vimos.

Una mujer de cabello rizado y rojizo, con un porte impecable. Su ropa respiraba lujo y elegancia; tenía ese tipo de presencia que convierte a cualquiera en el centro de atención. Era hermosa de una forma que imponía, como si cada rasgo hubiera sido diseñado para cautivar.

—¡Muchísimas gracias! —exclamó, sonriendo al abrir el sobre—. Ya lo había dado por perdido.

Nos explicó que se trataba de un contrato relacionado con el mundo del modelaje y otros documentos importantes. Su apariencia, efectivamente, encajaba perfectamente con ese entorno.

—Lo más valioso son los papeles —dijo, tomando el dinero y extendiéndomelo—. Y la honestidad siempre merece una recompensa.

—No hace falta… —empecé a protestar, sintiéndome incómoda.

—Tonterías —me interrumpió con firmeza, dibujando una media sonrisa—. La honestidad no se encuentra todos los días.
Al diablo con la modestia. Pensé en mi hermano, en los guayos que necesitaba, y acepté. Ella pareció realmente satisfecha al hacerlo.

Y entonces, al levantar la vista, quedé atrapada en sus ojos. Oscuros y profundos; de lejos parecían negros, pero tenían un destello gris que los hacía únicos, como si guardaran secretos que nadie más podría descifrar. Eran la mezcla perfecta de oscuridad y claridad, de atracción y misterio.

Sin saberlo, esa mujer pelirroja acababa de abrir una puerta en mi vida de la que ya no habría retorno.

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Vero
11 days ago

Se acerca lo bueno ( aunque toda la historia lo es)