Intenté encender el televisor. Quería poner Netflix o algo parecido, pero el control remoto tenía demasiados botones: era un rompecabezas que no logré descifrar.
Terminé viendo El increíble mundo de Gumball.
Apagué el aparato y me fui directo a la librería. Los libros eran tan extraños como la propia Gray: no había novelas románticas, ni fantasía, ni nada que pareciera «normal». Todo era dark romance, psicología oscura, casos de asesinatos. Aunque para mí, cualquier cosa era preferible al romance vainilla.
Eran casi las cuatro de la tarde. Tomé un libro al azar, pero mis ojos se detuvieron en uno que parecía fuera de lugar. Su cubierta no estaba impresa, tenía un dibujo hecho a mano: tosco pero hermoso, como algo creado por una niña. Era un libro de postres; sus recetas eran maravillosas y se notaba el inmenso amor con el que habían sido escritas.
¿A Gray le gusta la pastelería? ¿De dónde habría sacado un libro así?
Me lo devoré en menos de una hora, y me imaginé preparando cada una de esas delicias.
Pero al final, encontré una nota. Era más una despedida que una dedicatoria, y la leí con el corazón en la garganta:
«Mi niña:
Perdóname si no puedo quedarme, aunque mi cuerpo y mi cabeza hayan luchado hasta agotarse. Juro que lo intenté con todo lo que soy: con mis manos temblorosas, con recetas y con noches en vela. Me duele la idea de dejarte sola con esa enfermedad que no puedes controlar.
Quisiera llevarme tu miedo para arrojarlo por la ventana; quisiera dejarte abrazada y segura, en una casa llena de olor a azúcar y risas. Guardo la única esperanza que me queda: que habrá alguien que te haga pasteles como los míos, que te enseñe a sostenerte cuando todo se desborda, que se quede contigo en las noches que pesan.
Prométeme, por favor, que no morirás. Prométeme que esperarás, aunque duela, aunque la espera sea larga.
Mi pequeña de ojos grises, no cierres esos ojos. Sé que hay quien sabrá amarlos con la misma ternura con la que yo los veo. Quédate: no me dejes arrepentida por no haber podido hacer más.»
Cuando terminé de leer, las lágrimas me ahogaron y un sollozo escapó de mi boca.
Fue escrito para Gray.
Si la nota me dolía a mí, ¿qué habría sentido ella? ¿Cuánto la habrá destrozado?
La realidad se estrelló contra mí: esa era una nota de despedida de su madre. Y al comprenderlo, entendí mucho mejor a Gray.
De repente escuché que la puerta se abría. Dejé el libro en su lugar con prisa, me sequé torpemente las lágrimas y salí de la librería.
En la sala estaba Zafiro; su sonrisa se desvaneció apenas me vio.
—¿Estabas llorando? —preguntó, preocupada—. ¿Sientes mucho dolor todavía?
—Sí, el dolor de cabeza —mentí—. Pero ya me tomé un analgésico.
—¿Qué hacías? —siguió preguntando.
—Fui a la librería. Quise ver algo en el televisor, pero no supe cómo hacerlo funcionar.
—Ah, es normal —dijo con una sonrisa—. Si quieres, vemos una película.
Accedí de inmediato. Sería un buen respiro después de lo que acababa de leer. Zafiro preparó palomitas, lo tuvo todo listo y se sentó a mi lado en el sofá. Ninguna de las dos tenía una película favorita, así que elegimos una al azar en Disney+: Toy Story.
Antes de acomodarnos, Zafiro recordó que tenía algo para mí.
—Ah, ten esto —dijo, extendiéndome un celular grande y moderno.
—¿Es para mí?
—A tu jefa le molestó la idea de no tener cómo localizarte —explicó Zafiro sonriendo—. No te emociones: lo usará para controlarte.
¿Controlarme? Qué maravilla.
Me dio también su número y el de Gray, junto con una advertencia:
—No la llames mucho, solo si es necesario. Le molesta que la interrumpan innecesariamente.
Asentí y nos perdimos en la película. Pero mi mente no podía alejarse de esa nota.
Apenas unos minutos después de que empezara, entró mi hermosa Gray, mi dama de ojos grises.
Entró en silencio, con ese aire ausente que solo tiene cuando algo la remueve por dentro. Sus pasos eran tan tranquilos como fríos, y su mirada estaba perdida, como si hubiera dejado una conversación pesada atrás.
Creo que esos cambios, esos matices en ella, solo podía notarlos alguien tan obsesionada como yo.
—Hola —saludó sin ánimo, y enseguida giró hacia su habitación.
Pero justo cuando sus ojos se posaron en nosotras, acobijadas en el sofá, se detuvo en seco.
—¿Qué hacen? —preguntó, con un filo en la voz que antes no estaba.
—Nessy y yo solo vemos una película —respondió Zafiro, rodeándome con el brazo con total naturalidad.
Gray siguió su camino como si nada, pero su espalda rígida la delató. Sentí un hueco en el estómago: me dolió que se marchara sin más, en el fondo lo que quería era que no pudiera ignorar esa escena.
Y no me equivoqué.
Minutos después regresó. Sus pasos sonaban distintos: firmes, decididos. Se detuvo frente a nosotras con los brazos cruzados, marcando claramente territorio en la sala.
—Pero si fuera yo, sería un problema, ¿verdad? —soltó de golpe.
Zafiro arqueó una ceja.
—No sé a qué te refieres.
—Tú la abrazas por la cintura —señaló Gray—, y está bien. Pero si yo me acerco un poco a ella, entonces me la voy a coger, ¿no?
—Nunca dije eso —se defendió Zafiro.
—Pero Mafe sí —respondió Gray, clavando la mirada en ella.
—Lo haces parecer así —bufó Zafiro.
Gray dio un paso más, como si cada palabra de su prima fuera gasolina sobre un fuego que ya ardía.
—Yo podría pensar exactamente lo mismo viéndote con la mano en su cintura cuando podrías tenerla perfectamente apoyada en el respaldo del sofá. Pero claro: solo a mí me tachan de pervertida.
No entendía del todo su enojo, pero ver ese brillo de disgusto en sus ojos me estremecía.
—Está bien, dramática —resopló Zafiro, retirando su brazo—. ¿Feliz ahora?
Gray miró fugazmente hacia el televisor, pero volvió a fijarse en nosotras, asegurándose de que su prima había cedido. Y entonces, sin pedir permiso, se acercó, apartó las sábanas de un tirón y se dejó caer justo en medio de las dos.
Zafiro la miró, incrédula.
—¿Desde cuándo te gustan las películas animadas?
Gray no contestó. Tomó el tazón de palomitas como si fuera suyo, cogió un par, se las llevó a la boca y se recostó de brazos cruzados y la mirada fija en la pantalla.
—Eres terrible —suspiró Zafiro, sonriendo como si la conociera demasiado bien.
Gray ni siquiera la miró.
—No te molesta mucho no rodear su cintura, ¿o sí? —dejó caer, como si fuera un comentario sin importancia.
Zafiro soltó una risa incrédula.
—Hasta pareces celosa.
—Para nada —respondió Gray con ironía, sin despegar los ojos de la pantalla—. Me encantaría ver cómo un vaquero de juguete tiene crisis existenciales cada vez que aparece un muñeco nuevo.
Ella es posesiva.
¿Le da celos ver a su prima tan cerca de mí? ¿O le da celos verme a mí tan cerca de su prima? Esa diferencia lo cambia todo.
Sonreí, incapaz de ocultar lo que me provocaba tenerla allí, tan cerca, ardiendo en silencio.
Estaba feliz, claro que lo estaba, pero había cosas en Gray que la cercanía no me permitió ignorar.
Se frotaba las manos con una insistencia casi desesperada, como si quisiera borrar algo de su piel. Se mordía el labio hasta enrojecerlo y parpadeaba demasiado, con una cadencia extraña, como si el mundo frente a ella le pesara en los ojos. Cada vez que Zafiro le hablaba, tardaba demasiado en responder; esas pausas eran anormales en ella, porque Gray siempre tenía respuestas rápidas y filosas.
Tenía el ceño fruncido y su piel estaba fría contra la mía. La sentí contener el aire como si temiera soltarlo, y un temblor diminuto recorría su pierna. A ratos parecía ausentarse, disociarse, como si su mente escapara a un lugar que yo no podía alcanzar.
Quizás Zafiro no lo notaba, pero yo sí. Yo lo veo todo, porque estoy obsesionada con Gray, y me es imposible no leer cada uno de sus gestos, cada sombra en sus movimientos.
¿Ansiedad?
Quise preguntarle si estaba bien, si necesitaba algo, pero las palabras se me murieron en la garganta. Terminé quedándome allí, mirando la película y fingiendo que nada pasaba.
Aunque mis ojos nunca dejaron de seguirla. Porque esos gestos no eran de mi Gray, no de la Gray que yo conozco, la que me atrapa hasta en sus silencios.
Pronto quedé entre medio dormida y medio despierta. Mis ojos cerrados, la respiración lenta, pero aún podía escuchar lo que decían y sentir movimientos a mi alrededor.
—La criatura se durmió —escuché su voz, baja y burlona.
—La cargaré —dijo Zafiro con calma—. Tú quizás aún tengas problemas por ese disparo.
Hubo un silencio corto y denso.
—¿Estás insinuando que no puedo cargarla? —replicó Gray, con ese filo indignado que siempre me eriza la piel.
No hubo más palabras; sentí que alguien me levantaba: un brazo bajo mi espalda, otro rodeando mis piernas. Supe que era Gray: Zafiro no huele así, ese aroma suyo, a pólvora y tormenta, no podía confundirse. Mi dama de ojos grises me llevaba en brazos hasta la cama.
Pero incluso allí, en mi somnolencia fingida, noté cómo temblaba, cómo contenía la respiración. Su fuerza seguía ahí, sí, pero también una fragilidad que me dolía en el pecho.
Abrí los ojos apenas cuando me recostó.
—Jefa —titubeé—… ¿está bien?
Ella me miró como si no entendiera la pregunta.
—No sé a qué se refiere —respondió con calma, demasiada calma—. Estoy perfecta.
Su mano seguía sobre mi pierna, y la retiró con esa lentitud calculada que me arrancó un estremecimiento.
—No lo haga —soltó de repente—. No se estremezca así. No tiene derecho. ¿Recuerda cómo me dibuja?
El aire se volvió denso; yo no sabía si hablar o huir.
—No se preocupe —prosiguió, sonriendo como un depredador que se divierte con su presa—. No volveré a preguntarle, puedo obtener respuestas de otro modo.
Y entonces me tomó de la cintura con ambas manos, apretando fuerte. Mis labios dejaron escapar un sonido roto, inevitable, vergonzoso.
—Una ternura —rio suave, disfrutando de mi reacción como si fuera un premio.
Pero no se detuvo. Bajó una de sus manos, rozando mi cadera con lentitud, hasta quedarse quieta justo donde el calor me incendiaba la piel. Yo temblaba sin control.
Estaba tensa porque ella estaba haciendo exactamente lo que yo había insinuado en mis últimos dibujos.
Y yo sabía qué seguía.
Inclinó la cabeza hacia mi cuello y me mordió. No fue un roce rápido: fue una mordida larga, profunda, que arrancó de mi garganta un gemido ahogado.
—¿Lo siente? —susurró contra mi piel, dejando un rastro húmedo que me erizó entera—. Yo no muerdo sin tocar antes.
Su otra mano subió hasta mi mandíbula, obligándome a mirarla. Sus ojos grises me sujetaban más fuerte que sus dedos.
—¿Sus manos también tiemblan cuando me dibuja así o solo tiemblan cuando soy yo quien la toca? —dijo despacio, como si dictara una sentencia.
Yo estaba jadeando, y lo sabía… ella lo sabía perfectamente.
—No haga esos dibujos, Nessy —añadió con un tono bajo, casi una amenaza—. Hacen que olvide cómo comportarme.
Y aun después de eso, no se fue de inmediato. Se quedó observándome, con los ojos clavados en mi rostro como si quisiera grabar cada milímetro de mi expresión. Luego, al fin, me soltó y se levantó despacio, sin apartar la mirada ni un segundo.
—Duerma —ordenó al cerrar la puerta con calma—… o no sobrevivirá a mí.
Yo me llevé la mano al corazón; latía como si quisiera salirse de mi pecho. Mi cuerpo aún temblaba, y mi cuello ardía con la marca de su mordida.
Dios, esa mujer me destruye.
Me encanta.
Me encanta