No sabía qué hacer. Gray seguía allí, moviéndose de una forma que no lograba comprender: parecía atrapada en un dolor al que yo no tenía acceso. Me quedé paralizada, viéndola desgarrarse en soledad, mientras intentaba sin éxito hallar una manera de ayudarla; pero ella no decía nada, no me dejaba entrar.
De pronto, entre sus movimientos frenéticos, empezó a apretarse los brazos y a rasguñarse con desesperación. No lo hacía a propósito, sin embargo se estaba haciendo daño, y verla así me partía por la mitad.
—Gray, tranquila —supliqué con la voz temblorosa, al borde del colapso.
Sin pensarlo, me lancé sobre ella. Me senté sobre su abdomen para contenerla con mi propio peso y sujeté sus manos con todas mis fuerzas, intentando apartarlas de su piel. Pero Gray era demasiado fuerte. Sus uñas se clavaron como cuchillas en mis manos al tratar de retenerla contra el suelo. Dolía, mas no pensaba soltarla: prefería sangrar yo antes que verla seguir destruyéndose.
—Tranquila, por favor —murmuré, mientras sentía que mi corazón se hacía pedazos.
De pronto, sus movimientos cesaron. Se quedó inmóvil y cerró los ojos.
El pánico me atravesó.
—Gray —la llamé con urgencia—. ¡Gray, por favor!
Solté sus manos para sacudirla, pero no hubo respuesta. No se movía, no reaccionaba, y yo sentía que me ahogaba junto con ella.
Con las manos temblorosas, busqué su pulso en el cuello. Era débil, pero firme. Estaba viva; probablemente había perdido el conocimiento. Sin embargo eso no me tranquilizó: el pecho me seguía latiendo con violencia.
Me levanté como pude, tambaleándome. Tenía que pedir ayuda, tenía que salvarla.
Recordé entonces el número de Zafiro; ella podría auxiliarme. Fui a buscar el teléfono móvil, ese que apenas sabía usar. Lo había dejado en el sofá y debía haber caído al suelo, junto a Gray. Lo recogí con torpeza y encendí la pantalla. Me odié por no saber manejarlo, por sentirme tan inútil en ese momento, mas no me rendí. Deslicé el dedo una y otra vez hasta hallar lo que buscaba: el icono de llamadas. Seguí avanzando hasta que apareció el nombre de Zafiro. Marqué con desesperación, rogando que el celular tuviera saldo.
El teléfono comenzó a timbrar: una vez, dos, tres. Mi corazón se aceleraba por segundos.
Al fin, contestó.
—Hola, pequeña Génesis —saludó con su habitual dulzura.
—¡Zafiro! —grité, rompiendo de golpe ese tono suave—. ¡A Gray le ha pasado algo!
Hubo un silencio helado al otro lado de la línea.
—¿Qué? —su voz se tensó—. ¿Qué le sucede a mi prima?
—No lo sé —balbuceé entre lágrimas y respiraciones entrecortadas—. Estaba convulsionando y después simplemente se desmayó. Sigue inconsciente. No sé qué hacer, Zafiro. No sé qué hacer.
—Tranquila —respondió con prisa, la voz ya cargada de urgencia—. Mantén la calma; te ayudaré en seguida.
Colgué, aunque mis manos seguían temblando. Regresé junto a Gray y me arrodillé a su lado, vigilando que su pecho siguiera subiendo y bajando. Acerqué mi rostro al suyo y percibí el aire cálido de su respiración. Solo entonces logré soltar, apenas, el aire que tenía atorado en los pulmones.
Sin embargo mi miedo no desapareció: se trataba de Gray, y no podía perderla todavía.
De pronto, el silencio se quebró con un movimiento brusco. Gray se incorporó de golpe, como si el aire volviera a entrarle con violencia.
La observé sin apartar la vista: su cabello caía desordenado sobre el rostro, ocultando apenas una expresión confusa y perdida. Sus manos temblaban, de forma casi imperceptible, pero yo lo notaba; yo siempre lo notaba.
Entonces alzó la mirada hacia mí.
—¿Se encuentra bien? —me atreví a preguntar, sosteniéndole la mirada sin titubear por primera vez.
Ella arqueó una ceja; sus ojos, todavía nublados, recuperaron poco a poco la firmeza.
—¿Por qué me mira así? —replicó con sequedad—. Fue solo un mal momento.
¿Un mal momento? Había perdido el conocimiento y hablaba como si no fuera nada.
—Pero usted se desmayó —insistí, incapaz de aceptarlo con tanta facilidad.
Intentó ponerse de pie con una dificultad que me dolía ver. Me apresuré a sostenerla por los brazos.
—No es la primera vez que ocurre —dijo con esa calma helada que me erizaba la piel.
—Yo no lo sabía —respondí—. Me asusté, por eso llamé a Zafiro.
Juro que casi escucho el crujido al girarse; me obligué a contener el aire. Abrió los ojos de par en par y me clavó la mirada.
—¿Llamó a Zafiro? —preguntó, como si hubiera cometido la peor de las traiciones.
—No sabía qué hacer —me defendí, aunque mi voz sonó débil.
Bajó la vista de golpe, buscando en el suelo: mi teléfono. Se agachó con prisa, pero estaba tan mareada que volvió a caer. Aun así lo tomó con fuerza y, sentada en el suelo, me lo tendió con un gesto brusco.
—Dígale que todo está bien —ordenó con firmeza.
La sostuve la mirada y me negué. Por primera vez, le dije que no.
—No puedo —susurré.
Gray me fulminó desde el suelo; sus ojos parecían dos cuchillas.
—¿Qué dijo? —preguntó, en un tono bajo y peligroso.
—Que estoy preocupada por usted —respondí, con la voz temblorosa pero sin retroceder.
Fue entonces cuando lo vi: las marcas en sus brazos, las huellas rojas que ella misma se había dejado en aquel ataque. El aire se me quedó atrapado en el pecho.
Me acerqué más, ignorando su mirada de advertencia.
—¿De verdad se encuentra bien? —pregunté, con más ternura que valentía.
Ella apartó los brazos de inmediato, como si mi mirada le doliera más que las propias heridas. No soportaba sentirse vulnerable.
—Puedo ayudarle —susurré, casi rogando.
Gray no respondió; se limitó a observarme en silencio, como si medir el valor de mis palabras le costara más que aceptar su propio dolor.
—Si me deja ayudarla —me atreví a proponer—, llamaré a Zafiro y la convenceré de que usted está bien.
No dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Y ese silencio fue mi permiso. Me levanté de inmediato con el teléfono en la mano, consciente de que ella no tendría fuerzas para hablar: su voz estaba demasiado débil y Zafiro no la creería en ese estado.
Corrí a buscar alcohol y vendas. El corazón me latía con fuerza, pero también se llenaba de una extraña alegría: por fin podía hacer algo por ella.
Regresé y me senté frente a ella, lista para curarla. Me temblaban las manos, no de miedo, sino de la emoción absurda de estar tan cerca, de que por una vez me necesitara.
Gray me miraba con ironía, incluso así.
—¿Le dicen Nessy por lo necia que es, verdad? —preguntó, aunque no hizo ademán de apartarme.
Sonreí con timidez mientras limpiaba sus heridas con cuidado.
—Llame a Zafiro —ordenó, interrumpiendo el instante.
Obedecí, aunque en el fondo rogaba que Zafiro llegara antes de que Gray pudiera ponerse de pie y fingir que nada ocurría.
Y como si el destino me escuchara, apenas marqué, se oyó un automóvil estacionarse afuera.
—Por Dios… —soltó Gray, rodando los ojos con fastidio.
Lo quisiera o no, tendría que aceptar que la cuidaran.
Se escuchó el tintineo de llaves en la cerradura.
—¿Por qué demonios le di copia de las llaves? —murmuró entre dientes, irritada consigo misma.
Yo la observé, incapaz de contener una sonrisa. Incluso así, seguía siendo mi jefa: orgullosa e imposible.
Zafiro entró como un rayo y de inmediato se arrodilló frente a ella. Le tomó el rostro entre las manos, examinándola de un lado a otro con una mezcla de temor y urgencia. Al ver los brazos arañados, soltó un suspiro cargado de impotencia.
—Otra vez —dijo, sin necesidad de preguntar.
Comprendí entonces: Zafiro ya lo había visto antes. Sabía de las heridas, aunque no conocía la verdad. Creía que Gray se lastimaba deliberadamente, y esa idea la destrozaba. Así se explicaba también su reacción ante la venda tras el disparo.
—No, Zafiro —me apresuré a aclarar—. Ella no se hizo daño a propósito. Fue sin querer.
Gray me fulminó con la mirada, como si quisiera callarme con un disparo.
—No ocurre nada —gruñó, forzando la voz para que sonara firme—. Estoy bien. Solo fue un mal momento.
Zafiro arqueó una ceja, incrédula, pero no insistió. Se levantó despacio, se giró hacia mí y me miró con los brazos cruzados; su postura desprendía una autoridad que me heló la sangre.
—Nessy —dijo lentamente, con una calma más temible que cualquier grito—. ¿Qué le ocurrió realmente a esta mujer?
Ambas me miraban, esperando que me viniera abajo bajo el peso de sus miradas. Pero no podía callarme, no después de todo lo que acababa de ver.
—Se desmayó —admití—. Pero antes cayó al suelo temblando, convulsionando, y se hirió los brazos sin querer.
Gray bufó, rodó los ojos y cruzó los brazos, furiosa. Estaba colérica por haber revelado su secreto, aunque apenas lograba sostenerse en pie.
—Hiciste bien, linda —dijo Zafiro con dulzura, tocándome el hombro como quien aprueba a una niña valiente—. Ahora la llevaremos con un médico.
—De ninguna manera —la interrumpió Gray con voz gélida, tambaleándose al ponerse de pie—. Estoy bien.
Era de esas personas que, aunque se estuvieran muriendo, se negarían a ir a un hospital. Esperaría a sanar o a morir.
—Irás y punto —sentenció Zafiro.
—Hagan lo que quieran —nos desafió Gray con una sonrisa astuta, enderezando el cuerpo como si de verdad tuviera fuerzas—. No tienen lo necesario para llevarme ni para mantenerme quieta.
Zafiro se inclinó lentamente, ágil como una pantera que calcula a su presa.
—¿Es un reto, prima? Está bien. Te sacaré de esta casa.
Sin embargo, de pronto se giró y se encaminó hacia la puerta como si nada hubiera dicho.
Gray arqueó una ceja y suspiró, confundida. Yo también.
No tardamos en comprenderlo. Minutos después, unos pasos firmes anunciaron lo inevitable. Entró un hombre: alto, de complexión atlética.
Y sin restarle mérito a la fuerza de Gray, resultaba evidente que escaparse sería imposible.
Gray abrió los ojos de par en par.
—¡No te atrevas, Daniel! —escupió.
Él sonrió con desparpajo, seguro de sí mismo.
—Buenas noches, Gray.
No lo conocía, pero su seguridad me lo dijo todo: era alguien cercano, pues ni siquiera le inspiraba temor.
Zafiro respondió a mi gesto de confusión con una sonrisa suave.
—Es Daniel. Su compañero de trabajo, su primo y también mi hermano.
Daniel avanzó y, en un solo movimiento firme, rodeó el cuerpo de Gray con sus brazos. Ella pataleó, gruñó, mordió y se arqueó intentando zafarse, pero fue inútil. Cada forcejeo la hacía parecer más frágil y a la vez más tierna, igual que una niña que hace un berrinche.
—Suéltame, maldito —le espetó, forcejeando con todas sus fuerzas.
—Quédate quieta —le advirtió Daniel con calma, sujetándola sin apenas esfuerzo—. O irás en el maletero.
No pude evitarlo: incluso en medio de aquella lucha desesperada, me pareció adorable. Mi Gray, odiosa e indomable, reducida a rabietas y mordiscos como un gato acorralado.
A la fuerza, Daniel la sacó de la casa. Ella seguía resistiéndose, con la dignidad herida pero intacta.
Los seguí hasta el automóvil; nada me impediría acompañarla al hospital.
«Pobre Gray», pensé mientras la veía patalear, incapaz de aceptar que alguien la cuidara. «Qué tierna se ve cuando no tiene escapatoria».
Al llegar al centro médico, esperé que tardaran horas en atenderla. No parecía una urgencia grave: no sangraba, no había quejas, no lucía al borde de la muerte. Sin embargo, todo fue sorprendentemente rápido. Era como si aquel hospital le perteneciera.
Cosas de quienes tienen poder y dinero.
La demora se debió enteramente a ella.
—Señorita Gutiérrez, por favor, venga conmigo —la llamó el médico desde la puerta del consultorio.
Gray no se movió ni un milímetro. Se aferró al borde del asiento con la terquedad de una niña pequeña.
—Podemos pasar toda la noche aquí si lo prefieres —amenazó Zafiro, con un tono tan firme como un muro.
Gray suspiró, rodó los ojos y se levantó de mala gana, arrastrando los pasos hacia la consulta.
—Me trajeron aquí por simple deshidratación —refunfuñó antes de entrar—. No sean ridículas.
Y sin embargo, qué tierna se veía cuando se quejaba.
Más tarde apareció Mafe, avisada por alguno de ellos. Como siempre, estaba allí: dispuesta, paciente, fiel a Gray incluso cuando esta la sacaba de quicio. Me conmovió esa lealtad inquebrantable.
Me sentí tranquila hasta que, de pronto, algo heló mi sangre.
—¿Mamá? —susurré.
Allí estaba, caminando despacio por el pasillo, abrazando una carpeta contra el pecho.
Me adelanté de inmediato y me interpuse en su camino.
—¿Nessy? —dijo, sorprendida, mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa tímida—. ¿Qué haces aquí?
—Una amiga está enferma y vine a acompañarla —respondí sin detenerme a pensar—. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
Su sonrisa se mantuvo, como si el simple hecho de hablarme le llenara el corazón.
—Vine por una migraña; últimamente me está consumiendo.
Entonces noté que descansaba una mano sobre su abdomen.
—¿Te duele ahí? —pregunté, con sospecha.
Suspiró.
—Cólicos menstruales.
El silencio cayó entre nosotras, pesado como un muro. Fue ella quien lo rompió, con voz temblorosa.
—Me dolió que todo terminara tan mal la última vez que nos vimos.
Desvié la mirada, sintiendo que la herida se reabría.
—Tú y tu miedo a una mujer a la que prácticamente debemos la vida —le respondí con frialdad.
Su sonrisa se desvaneció y apartó el rostro, como si el tema le quemara. Sin embargo, necesitaba respuestas: quería comprender por qué Gray inspiraba tanto odio en ella y por qué mi madre le tenía tanto temor.
—Nessy, no hablemos de esto. Por tu terquedad siempre terminamos mal.
—Terminamos mal porque siempre mientes —le solté, con una calma que me helaba por dentro.
—Porque esa mujer no te conviene —replicó, ya con voz endurecida, perdiendo la paciencia—. ¿Por qué te empeñas tanto en ella?
Me tomó del brazo con brusquedad.
—Entiéndelo: no debes acercarte a ella.
Me zafé de inmediato, conteniendo la rabia.
—Pues ya la conozco —solté, sin pensar en las consecuencias.
Fue como clavarle un puñal. Su rostro se descompuso y me sujetó con más fuerza, desesperada.
—¡No digas tonterías! —me gritó, con unos ojos llenos de un temor que no lograba comprender.
La miré, dolida más por ese miedo que por la presión en mi brazo. Ella lo notó; su mano tembló, aflojó el agarre y bajó la cabeza.
—Perdóname —murmuró con voz quebrada—. Perdóname, hija mía.
No pude responder. El enojo y la tristeza me cerraban la garganta.
Entonces intervino Mafe, con su tono suave, como un bálsamo.
—Tranquilas. No así, no con violencia. No cuando el pasado aún arde. Solo se tienen la una a la otra. Y Ángel solo las tiene a ustedes dos. Ese niño merece un futuro tranquilo. No permitan que viejas heridas le arrebaten la posibilidad de ser feliz.
El nombre de mi hermano me atravesó el pecho. Ángel, siempre él, recordándome lo que estaba en juego.
Tragué las palabras y guardé silencio.
Mafe se acercó a mí y bajó la voz para que solo yo la oyera.
—No hablemos aquí. Te daré una cita en mi consultorio. Hablaremos de Ángel y de cómo puedes ayudarlo.
Asentí apenas, ahogando la ira, el dolor y todo lo que se agitaba en mi pecho.
—No pelees con tu madre, Nessy —me pidió con suavidad.
Suspiré, conteniendo cuanto ardía dentro de mí.
—Voy al baño —susurré, alejándome por el pasillo.
Frente al espejo, mi reflejo no tenía respuestas, solo preguntas.
¿Qué ocurrió entre ellas? ¿De verdad Gray puede hacerme tanto daño como mi madre asegura?
¿Terminaré herida?
Y lo que más me dolía admitir…
Si las heridas deciden abrirse, ¿quién me lastimará primero? ¿Gray o mi propia madre?
Dilemas y más dilemas