Gray, ¿de verdad creíste que no nos daríamos cuenta?
El médico salió con la historia clínica en la mano y habló con seriedad.
—Génesis no está bien —explicó—. Padece un trastorno por el cual lo emocional se manifiesta de forma física. Cuando sus emociones se desbordan, su cuerpo colapsa y puede sufrir convulsiones. Y si se encuentra sola podría lastimarse.
Sentí un nudo en el estómago. Así que a eso se refería aquella nota: «esas cosas que no puedes controlar». Su madre había sido su único sostén, la única que podía comprenderla. Y ahora que ya no estaba… ¿hacía cuánto tiempo cargaba Gray con esto en soledad?
—Deben ayudarla —concluyó el médico con firmeza.
Nos miramos unas a otras, con la misma inquietud reflejada en el semblante.
—Hallaremos la manera —aseguró Mafe, tomando la historia clínica—. Recibirá el acompañamiento que necesita.
Zafiro y Mafe agradecieron al médico y salimos.
La realidad era abrumadora: no existía un remedio instantáneo, solo quedaba sanar lo emocional y Gray parecía no entender ese lenguaje. Teníamos que hallar la forma de ayudarla.
Afuera, bajo la luz blanca de los faroles del hospital, Gray nos esperaba impaciente, con los brazos cruzados. Mafe guardó la historia clínica en su bolso. Por ahora, nadie le diría lo que habíamos descubierto.
Todo parecía tranquilo hasta que Zafiro reparó en mí.
—Nessy, ¿qué tienes ahí? —preguntó, señalando mi cuello.
El corazón se me detuvo y Mafe también giró hacia mí.
—¿Qué ocurre? —balbuceé, poniéndome nerviosa.
—Parece una marca —dijo Mafe, entre sorprendida y suspicaz.
Dios mío, mi cuello. La marca estaba allí, visible, delatándome.
Me cubrí torpemente con la mano, intentando ocultarla.
Entonces todas desviaron la mirada hacia Gray. Ella arqueó una ceja, fingiendo absoluta indiferencia.
—¿Qué? ¿Por qué me miran así? —preguntó con calma, aunque en sus ojos brillaba una chispa de picardía.
Zafiro y Mafe entrecerraron los ojos al unísono, como dos juezas a punto de dictar sentencia.
—¿Qué pasa? —repitió Gray, alzando la voz.
Mafe se cruzó de brazos y suspiró con resignación, mientras Zafiro le susurraba:
—Eres incorregible.
Esa certeza con la que todas daban por hecho que Gray era la autora de la marca me dejó inmóvil.
Afortunadamente, quizás por su estado de salud, decidieron no hacer un escándalo. Y yo se lo agradecí con el alma.
Al menos Gray había comenzado a hablar con Mafe, que es psicóloga. Todas coincidían en que el acompañamiento profesional era lo que ella necesitaba.
Sin embargo, yo tenía la certeza de que aquel cuaderno podía llegar a ser su verdadera salvación.
Esa noche, al llegar a casa, el cansancio la venció. Gray se quedó dormida de inmediato. Yo, en cambio, permanecí despierta, pensando que al día siguiente iría a la universidad por primera vez y abrigando la convicción de que yo sería quien ocupara ese lugar que la madre de Gray dijo que ella necesitaba.
Si es que no me despide por haberla delatado ante Zafiro.
A la mañana siguiente estaba en la cocina, ocupada en la lista de compras que debía hacer. No vi a Gray hasta que su voz, seca y casi imperativa, resonó desde su habitación.
Me tensé al instante, pero obedecí.
—¿Señora? —pregunté con respeto, asomándome apenas por el marco de la puerta.
Ella se giró y me observó desde el borde de su cama.
—¿Le aterra que le pague? —inquirió, arqueando una ceja.
Ah, era eso. Asomé el cuerpo completo, entre tímida y dichosa.
Me hacía feliz disponer de mi propio dinero; sin embargo, lo que aceleraba mi pulso era estar junto a ella, mucho más que el valor del billete en sí.
—Esta vez se lo entregaré así —dijo con calma—, pero necesito que abra una cuenta para transferirle. No me gusta pagar en efectivo. Al menos una cuenta en Nequi.
Seguramente mi expresión fue de perplejidad total. ¿Nequi? No tenía la menor idea.
—¿No sabe qué es? —suspiró, y me lo explicó con paciencia—. Es como una cuenta bancaria en el teléfono móvil. Sirve para enviar y recibir dinero.
Ah, más o menos lo comprendí.
Cuando me tendió el sobre con el dinero, su peso en mis manos se sintió a la vez real y mágico: con eso podría ayudar a mi madre y a Ángel. Los conflictos con ella no anulaban mi compromiso con mi hermano.
Gray me dejó el dinero y salió. En agradecimiento, o tal vez porque el desorden de la casa me exigía ordenarla, me aseguré de dejar todo impecable.
Al terminar, tomé el recetario, abrí la primera página y anoté cantidades e ingredientes. Iba a estrenar ese horno enorme que parecía una pieza de museo, para prepararle a mi Gray uno de esos pasteles.
Salí temprano; debía comprar todo lo necesario. Sol me esperaba en la entrada, puntual como siempre, aunque ese día no tenía clase. Comí una empanada mientras la observaba, sorprendida por lo elevado de los precios en el campus.
—Todo cuesta el triple que afuera —me quejé, hablando con la boca llena.
Era absurdo: por lo que costaba una sola empanada allí, podría comprar tres fuera.
—Bienvenida a la vida universitaria —respondió Sol, ya acostumbrada tras dos años en ese ritmo.
Entré a clase con la sensación de estar dando un paso decisivo. Antes de despedirnos, Sol me hizo una propuesta.
—Has trabajado mucho —me dijo con una sonrisa—. Deberías distraerte y conocer gente. ¿Por qué no me acompañas a la reunión de la facultad de Medicina? Casi es una fiesta.
Lo medité un instante y luego acepté sonriendo: era la excusa perfecta. Quería compartir tiempo con mi mejor amiga, recuperar lo perdido. La reunión sería el sábado; los sábados eran míos, y Gray no tenía por qué oponerse.
Así pues, con total confianza, Sol me dio su número para coordinar todo.
Y a la primera a quien se lo conté fue a Zafiro. Siempre tan abierta, incluso me sugirió que comprara un vestido. Ella, diosa de la elegancia, sabía de esas cosas.
—Debes vestirte con elegancia y atrevimiento —me dijo en la sala de la casa de Gray.
Al día siguiente, aprovechando la ausencia de Gray, Zafiro añadió con una sonrisa cargada de intención:
—Eso le gustará.
Arqueé una ceja, llena de curiosidad.
—¿A quién?
—A Gray —respondió sin rodeos, como si fuera lo más obvio—. Te gusta, ¿verdad?
Me quedé petrificada. ¿Era tan evidente? ¿Sabía también lo de la marca en mi piel y lo que siento? El rubor me subió hasta las orejas, temiendo que supiera además de los dibujos.
—Esos dibujos… —musitó—. Se nota que retratas a alguien que te importa profundamente.
Me cubrí el rostro con las manos, muerta de vergüenza. Ella rió y, en lugar de burlarse, me tomó las manos con ternura.
—No te preocupes. No le revelaré a Gray algo tan evidente —me aseguró—. Pero puedo ayudarte si quieres conquistarla.
—¿Por qué haría eso? —pregunté, entre la desconfianza y la esperanza.
—Porque eres distinta a las demás que se le acercan —respondió con inesperada dulzura—. Tú te preocupas de verdad por ella: por su salud, por cómo camina, por si descansa. Eso cuenta. Necesito a alguien así para mi prima. Ahora más que nunca, cuando necesita ayuda con ese trastorno.
Sonreí y bajé la mirada. Sentí un calor nuevo, como si lo imposible empezara a ser posible.
Entonces recordé algo.
—Zafiro, encontré un recetario de pasteles que creo que perteneció a la madre de Gray. ¿Crees que le alegraría volver a probarlos?
—¿Lo ves? —exclamó ella—. Nadie se preocupa así por Gray como tú. Eso la conmoverá profundamente. Te ayudaré. Llámame tu Cupido.
Sacó su teléfono y me mostró una imagen: un vestido.
—Este es el vestido que Gray verá en ti antes de la reunión —dijo, satisfecha.
Lo miré, dudosa.
—¿No es demasiado corto y demasiado escotado? —pregunté, arqueando una ceja.
—Exactamente —respondió Zafiro con una sonrisa traviesa—. Pero tranquila, no lo usarás en la fiesta. Solo lo suficiente para que Gray lo vea y se consuma de celos.
Su sonrisa tenía algo de diabólico.
—Créeme: si le atraes y siente celos, no te dejará salir de casa así.
La idea me provocó un cosquilleo delicioso. ¿Provocar celos a Gray? Me pareció maravilloso. Si ya había mostrado desagrado ante mi cercanía con Zafiro, esto la pondría al límite.
—Entonces, ¿te lo consigo? —preguntó Zafiro, sin borrar esa sonrisa de cómplice.
No pude evitar sonreír también.
—Sí, creo que me quedaría bastante bien —respondí con un toque de desafío.
—Perfecto —dijo ella, acercándose más—. Yo me aseguraré de que Gray te vea con él puesto.
Me encantaba la idea.
Llegó el viernes y, con él, el momento de ponerme aquel vestido negro. Zafiro me ayudó a vestirme: era corto, con la espalda al descubierto. Con los tacones altos me sentía extraña, pero también poderosa.
—No me disgusta —admití con una sonrisa tímida, mirándome en el espejo.
—¿No te disgusta? —Zafiro me miró, complacida—. Estás preciosa, Nessy. Anda, da una vuelta.
Me tomó de la mano como si yo desfilara.
—Está bien, pero no te rías —dije, fingiendo reproche.
—¿Reírme? Si pareces una reina —respondió ella, abanicándome con gesto exagerado.
Reí, avergonzada, y obedecí. Di una vuelta lenta, casi bailando, jugando con el borde de la tela. El ambiente se volvió ligero y divertido; Zafiro me aplaudía con teatralidad.
—Ese vestido fue hecho para ti —aseguró, con esa mirada que lo decía todo—. Estoy segura de que Gray perderá el juicio cuando te vea así.
Me mordí el labio, sintiendo cómo el calor se apoderaba de mis mejillas.
—¿Y si no le gusta? —pregunté, con un dejo de inseguridad.
—Créeme —Zafiro se inclinó hacia mí, bajando la voz en un susurro travieso—, no es que le vaya a gustar o no. Le va a hervir la sangre. Y eso es lo divertido, ¿no crees?
Reímos juntas, compartiendo el secreto como dos cómplices. Pero justo cuando di otra vuelta, al levantar la vista hacia la puerta, la risa se me heló en la garganta.
Allí estaba Gray.
Llevaba las gafas ligeramente bajadas sobre el puente de la nariz; tenía una ceja arqueada y la mirada fija en mí. Su presencia llenó la habitación de golpe, como una sombra que corta la música en seco.
—¿Qué significa esto? —preguntó. Su voz sonó grave y firme, como sentencia.
—Nada malo —respondió Zafiro con desparpajo—. Nessy se está probando el vestido con el que irá a la reunión mañana.
El silencio se volvió denso. Gray me recorrió con la mirada, despacio, de arriba abajo, con una precisión que me hizo sentir desnuda.
—¿Con eso? —dijo al fin, con un filo cortante en la voz—. Ese vestido es ridículo. Con que se agache un poco, se le verá todo.
—Exageras, prima —Zafiro rodó los ojos—. Se ve hermosa, y lo sabes.
Gray avanzó hacia nosotras. Cada paso suyo sonaba como un fallo. Se detuvo a apenas un paso de distancia, lo suficiente para que yo pudiera sentir la tensión que emanaba.
—Nessy —pronunció mi nombre con esa seriedad que helaba la sangre—, cámbiese de inmediato.
Abrí la boca para responder, pero Zafiro se adelantó, desafiante.
—¿Por qué no puede usarlo? Se ve increíble. No tiene nada de malo.
Gray la fulminó con una mirada gélida antes de volver a clavarla en mí.
—Porque es mi empleada —replicó, con tono duro y autoritario—. Y sería una vergüenza que alguien de mi casa se exhiba de esa manera.
—Esa excusa no se la cree nadie —dijo Zafiro con una sonrisa burlona—. Lo que ocurre es que no soportas que la miren los demás.
Gray dio un paso más, invadiendo por completo mi espacio. Sus ojos se clavaron en los míos: oscuros, intensos, ardiendo con un fuego que desmentía su calma fingida.
—No es un juego, Nessy. No saldrá con ese vestido. No mientras trabaje para mí.
El aire se volvió espeso y mi respiración se aceleró. Zafiro, lejos de ceder, se cruzó de brazos con una satisfacción apenas contenida.
Gray la ignoró por completo. Su autoridad cayó sobre mí como un peso.
—Escúcheme bien —dijo, marcando cada palabra como un mandato—: si pone un pie fuera de esta casa con ese vestido puesto, no vuelve a entrar.
Me despediría.
Cuando finalmente subió las escaleras, el silencio era tan pesado que casi podía oír el latido de mi propio corazón.
Zafiro me miró y sonrió con malicia, como si todo hubiera salido exactamente según su plan. Yo, en cambio, solo podía sentir la fuerza de la voluntad de Gray clavada en mi piel.
—¿Sigues dudando? —me preguntó.
—No —respondí, sintiendo cómo las mejillas me ardían—. Le afectó.
—Entonces, ponte ese vestido mañana. Yo vendré a buscarte.
Lo haría. Que ocurriera lo que tuviera que ocurrir.
Llegó la noche siguiente. Ya estaba en la sala, esperando a Zafiro. Las dos sabíamos que aquel vestido era atrevido, y que ese era precisamente el propósito: comprobar si Gray se opondría.
De pronto, la voz de Gray me detuvo en seco.
—¿A dónde cree que va vestida así? —Su tono fue tan cortante que me encogí un poco, aunque no me giré de inmediato.
El vestido, corto y ceñido, parecía hecho para provocar. Gray lo sabía y no estaba dispuesta a permitirlo. Dio unos pasos hasta situarse justo detrás de mí, tan cerca que el calor de su presencia era imposible de ignorar.
—Ya se lo advertí —susurró, con un tono contenido que me erizó la piel—. Ese vestido no es digno de usted y mucho menos de mí.
Intenté defenderme, girando apenas el rostro.
—Señora, yo creí que era apropiado para la ocasión.
Gray me tomó de la muñeca con firmeza y me obligó a girar por completo. Sus ojos grises se clavaron en los míos, implacables.
—No piense. Obedezca.
Su voz sonó más afilada que nunca, como un recordatorio de la distancia que yo estaba a punto de traspasar. Sin embargo, la forma en que me sujetaba, con posesión absoluta, ya no pertenecía al terreno laboral.
Era otra clase de autoridad.
—No me lo voy a quitar —respondí, con una firmeza y una terquedad que rara vez me atrevía a mostrar—. Me gusta.
Gray guardó silencio unos segundos, recorriéndome de arriba abajo con la mirada entrecerrada, hasta que una sonrisa gélida se dibujó en sus labios. Dio un paso hacia mí, lento y calculado, y su voz baja resonó en la habitación.
—¿Ah, sí? ¿Me está desafiando?
Tragué saliva, pero sostuve su mirada. Y entonces ocurrió lo inesperado.
Intenté apartarme, de verdad lo hice, pero me jaló de golpe contra su pecho. Sentí su respiración ardiente en la nuca antes de que el sonido de la tela rasgándose me helara y me incendiara al mismo tiempo.
El vestido se rompió bajo su fuerza. Quedé expuesta, vulnerable, frente a ella.
Y me miró como si yo mereciera ese castigo por haberme atrevido a desafiarla.
Dioooos mioooo