Al soltarme, llevé instintivamente las manos al pecho en un intento inútil por cubrirme.
Pero ella ya no era la jefa distante de siempre; su autoridad se había transformado en algo mucho más físico y palpable. Me empujó contra la pared y me inmovilizó con facilidad, aplastándome suavemente contra la superficie fría.
—Le advertí que no aceptaba negativas —susurró Gray junto a mi oído, con la respiración contenida.
El vestido colgaba hecho tirones, apenas sujeto a mi cuerpo. Ella lo miró y su furia inicial se mezcló con algo más: deseo, fascinación ante la vulnerabilidad que ella misma había provocado.
Y yo, en lugar de temor, sentí un escalofrío delicioso recorrer mi piel. La rendición que jamás habría imaginado ofrecerle empezaba a nacer justo entonces, entre los restos de aquel vestido y una mirada que no dejaba escapatoria.
Aún tenía la respiración agitada cuando Gray, de pie frente a mí, con los trozos de tela en la mano, me ordenó con voz grave y contenida:
—Suba a su habitación y cámbiese.
La miré, con el pecho subiendo y bajando, los labios entreabiertos y los ojos encendidos de atrevimiento. Lo más fácil habría sido obedecer; lo lógico, lo correcto entre jefa y empleada. Sin embargo, di un paso hacia ella, temblando entre el miedo y la audacia, y susurré:
—Usted es mi jefa, no mi dueña.
El silencio que siguió fue como cristal rompiéndose. A ella se le tensó la mandíbula y sus ojos adquirieron un tono gris acerado que parecía capaz de cortar la piel. Mi insolencia la atravesó como un dardo, mezclando ira y un deseo incontenible. En un instante se abalanzó sobre mí y me sujetó con una fuerza que jamás había sospechado. Mi cuerpo quedó atrapado entre el suyo y la pared.
—¿No su dueña? —repitió en un susurro grave, peligrosamente bajo—. Entonces dígame: ¿qué es esto?
Su mano descendió hasta mi cuello, obligándome a alzar la vista. Quise apartarme, pero su rodilla se abrió paso entre las mías, inmovilizándome y arrancándome un jadeo. El corazón me latía desbocado, tanto por temor como por esa rendición a la que cada fibra de mi cuerpo empezaba a sucumbir.
No me besó de inmediato; se limitó a sostenerme la mirada, a retenerme y a hacerme sentir que cada rincón de mi cuerpo ya le pertenecía.
Intenté resistirme un instante, porque aquella frase aún ardía en mis labios, pero ella la borró por completo, convirtiéndola en respiraciones entrecortadas y súplicas ahogadas. Me rodeó la cintura y me alzó en brazos como si no pesara, dejándome caer suavemente sobre el sofá. Caí de espaldas, temblando y con el cabello esparcido como una bandera de rendición.
Se inclinó sobre mí, con el dominio ya impuesto, y me susurró al oído:
—Hoy aprenderá que a mí no se me desafía.
Entonces su boca buscó la mía, reclamándola sin pedir permiso. Intenté apartar el rostro, balbuceando contra sus labios.
—Y-yo no sé… no sé besar.
Gray rió suavemente, sin apartarse. Su voz grave me acarició con la misma intensidad que la mano que aún descansaba en mi cuello.
—No necesita saber. Solo obedecer.
Me guio con una calma que me resultó implacable, marcando el ritmo de mis labios contra los suyos, hasta que mis torpes intentos se fundieron en respiraciones entrecortadas. Su lengua invadió mi boca con tal firmeza que un gemido se me escapó sin poder contenerme.
—Gray… —susurré, aunque mi cuerpo contradecía mis palabras aferrándose a su chaqueta como si me hundiera en ella.
—¿Gray? —repitió, con un deje de burla mientras sus labios descendían hasta mi cuello—. Para usted, «señora». Ya lo sabe.
Me mordió suavemente la piel y arrancó de mí un jadeo que me hizo cerrar los ojos de golpe. Me aferré a sus hombros cuando su rodilla se abrió paso de nuevo entre las mías, inmovilizándome con una facilidad que me avergonzó y a la vez me sometió.
—Gray, por favor… —intenté decir, pero su boca siguió descendiendo sin detenerse.
Avanzó despacio, calculando cada movimiento, y cada beso en mi clavícula era una orden silenciosa. Cuando llegó a mi pecho, el calor de su respiración me hizo perder el equilibrio y me tensé, llevando las manos para cubrirme; ella, sin embargo, atrapó mis muñecas contra el respaldo del sofá.
—No me esconda lo que ya me pertenece.
—No es suyo —atiné a replicar, solo por desafiarla.
Pero en el fondo era suyo. Todo suyo.
Temblaba de pies a cabeza.
Ella me miró, con esos ojos grises que parecían cuchillas, y esbozó una media sonrisa antes de inclinarse para besarme allí.
—Repítalo… y le juro que lo terminará gritando de otra forma.
—Señora —mi voz se quebró en un gemido involuntario al sentir su posesión, su boca marcándome la piel como si grabara un sello imposible de borrar.
Su fuerza, su dominio y la forma en que me conducía hasta lo más hondo de mi ser me revelaron lo inútil que era mi desafío frente a ella. Y aunque la voz me temblaba, los labios terminaron cediendo por completo.
—N-no puedo… resistirme a usted.
Ella alzó el rostro y rozó mis labios otra vez, con esa sonrisa que a la vez helaba y encendía.
—Exacto. Y cuanto más lo intente, más mía será.
Su boca no tuvo clemencia conmigo. Cada succión era una marca invisible que me arrancaba gemidos que ya no lograba reprimir. Me arqueé entre sus manos, queriendo huir y queriendo más de ese tormento delicioso a la vez.
—G-Gray —jadeé, aferrándome con fuerza al respaldo del sofá.
Ella se detuvo de golpe. Alzó el rostro: tenía los labios húmedos y sus ojos grises encendidos por una furia contenida.
—¿Cómo me ha llamado?
Sentí la respiración atrapada en la garganta. Apenas logré balbucear:
—Gray.
No me dejó terminar. Me rodeó la cintura y, con una facilidad que me humilló, me giró hasta dejarme boca abajo sobre los cojines. El cabello me cubrió el rostro mientras el corazón golpeaba en mi pecho como un tambor desbocado. Entonces sentí su rodilla abrirse paso entre mis piernas, presionándome justo donde no podía ignorarla.
—Ya se lo advertí, Nessy —su voz grave se hundió en mi oído mientras su otra mano me mantenía inmóvil contra el sofá—. A mí no se me desafía.
La primera nalgada me arrancó un grito ahogado, mezcla de sorpresa y fuego. La segunda llegó con más firmeza, seguida de un apretón que me dejó sin aliento.
—Llámeme como corresponde.
—N-no… no puedo —murmuré, temblando, aferrada al cojín con los dedos entumecidos.
Su rodilla presionó con más fuerza, obligándome a sentirla, a ceder contra ella sin querer. Cayó otra palmada y el calor se extendió por mi piel hasta borrarme todo pensamiento.
—¿Cómo debe llamarme? —preguntó con calma, como si disfrutara de cada segundo de mi resistencia.
—Gray —balbuceé de nuevo, aunque la voz se me quebró por completo.
Ella soltó una risa baja y peligrosa.
—Está bien. Seguiremos hasta que lo aprenda.
Su rodilla no cedía. Cada movimiento me arrancaba jadeos que ya no lograba contener. Las palmadas seguían cayendo, firmes y rítmicas, confundiéndome entre el dolor y el placer que me hacía perder la razón. Ardía bajo su mano, pero lo que más me estremecía era descubrir cuánto me gustaba.
—¿Volverá a olvidar cómo debo ser llamada? —preguntó, con voz profunda, apretándome la cintura.
—N-no señora —logré balbucear, con el pecho golpeando contra los cojines en cada respiración.
Ella sonrió satisfecha y redobló la intensidad. Cayó otra palmada, seguida de un apretón que me hizo gemir tan fuerte que hasta yo misma me asusté de mi voz. Su rodilla se movía con precisión, obligándome a arquear el cuerpo, rendida por completo.
—Así me gusta.
Intenté decir algo más, pero solo me salieron suspiros rotos. Gray se inclinó sobre mi espalda. No supe cómo interpretó mi silencio. Sin embargo, comprendí que estaba a punto de ir más allá.
Su mano descendió lentamente por mi espalda hasta sujetarme del cabello, obligándome a girar el rostro contra el cojín. No fue un gesto brusco, pero sí lo bastante firme para recordarme que me tenía a su merced.
—Repítalo —me pidió, con voz grave acariciándome al oído—. Gima de modo que entienda que ya aprendió cómo debe llamarme.
La rodilla presionó con más fuerza, obligándome a rozarme contra ella, y solté un gemido ahogado, apenas capaz de articular palabra.
—Señora… —jadeé, con la voz temblorosa, mientras mis dedos se aferraban inútilmente a la tela del sofá.
Su risa suave me heló y me incendió a la vez. Apretó mi cintura con más firmeza y, de pronto, bajó la mano hasta mi entrepierna. No me tocó del todo; solo rozó la tela, lo suficiente para arrancarme un grito entrecortado.
—Así me gusta —susurró contra mi oído, mordiéndome apenas la piel del cuello.
Me debatí entre la vergüenza y el deseo, incapaz de apartarme, atrapada entre su rodilla y sus manos que me mantenían inmóvil.
Cuando mi respiración se volvió un caos, Gray aflojó el agarre en mi cabello y dejó que mi rostro descansara contra los cojines. Cayó una última palmada, más fuerte que las anteriores, marcando el final de aquel juego.
Y por dentro se lo agradecí. Deseé que fuera ella quien me tomara por primera vez, que sus manos me hiciera suya por completo. Sin embargo, algo dentro de mí aún temía.
No obstante, cada cosa que hizo conmigo me gustó. De alguna manera, me estaba preparando para algo más.
El eco de sus actos quedó suspendido en el aire. Mi cuerpo temblaba, no solo por el ardor en la piel, sino por la certeza de que en aquel instante me habría entregado por completo.
Gray se inclinó de nuevo y rozó con los labios la curva de mi hombro.
—No lo olvide, Nessy.
Solo entonces me soltó.
Seguía respirando entrecortadamente, con los jadeos aún atorados en la garganta, cuando comprendí por qué me había soltado de golpe: el auto de Zafiro acababa de pitar afuera.
Me incorporé de inmediato, desesperada por borrar todo rastro de lo ocurrido. Si Zafiro entraba en aquel momento, me encontraría así.
—Está bien —dijo Gray, con voz aparentemente fría aunque sus ojos aún ardían de deseo—. Vaya a cambiarse.
Me recorrió de arriba abajo con la mirada como si fuera un látigo.
—Escoja algo más largo esta vez. No queremos que se note lo enrojecido de sus piernas —añadió con una sonrisa ladeada y venenosa—. Y obedezca bien porque será yo quien la lleve.
Me llevé una mano a la piel aún encendida, mordiéndome el labio, antes de correr hacia mi habitación. Cerré la puerta de un golpe y me apoyé contra ella, dejando escapar una risita nerviosa. Me deslicé hasta el suelo, incapaz de borrar la sonrisa tonta de mi rostro.
Sin embargo, no había tiempo para perderme en sensaciones. Tenía que apresurarme: Zafiro no tardaría en entrar. Abrí el armario y saqué el otro vestido: uno más recatado, aquel que Zafiro había dejado lista, segura de que Gray haría lo imposible por impedirme usar el primero.
Este tenía una abertura sutil en la pierna, nada escandalosa. Me lo puse rápidamente, aunque al bajar la tela no pude evitar fijarme en mis muslos, en especial el derecho, marcados y enrojecidos.
—Qué delicia… —susurré para mí, mordiéndome el labio al evocar sus manos, su dominio, su fuerza.
Y sin embargo, aquel temor aún latía en mí.
Si mi madre supiera cómo me había tocado Gray, se horrorizaría. Aun así, mi propósito seguía intacto: descubrir qué ocurrió entre ellas en el pasado. Tenía que ser cautelosa. Gray no podía saber quién es mi madre, y mi madre jamás debía enterarse de quién es mi jefa.
Cuando regresé a la sala, Zafiro estaba allí sentada con calma, imperturbable. Al verme, su sonrisa se ensanchó de inmediato.
—Así que al final te irás con Gray —susurró con malicia, recorriéndome con la mirada—. Y te cambiaste de vestido. Ya lo decía yo.
No tuve que pronunciar palabra. Notó lo encendido de mi rostro, y su sonrisa se suavizó, volviéndose comprensiva.
—Estás encendida —señaló con ternura, al notar mi semblante—. Fue por Gray, ¿verdad?
Tragué saliva, con la garganta apretada, y me acerqué a ella para sentarme. Necesitaba hablar, aunque fuera un poco. Algo íntimo, algo que me estaba consumiendo por dentro.
—Qué bueno que llegaste, Zafiro —dije con voz suave, apenas audible.
Ella ladeó la cabeza, con esa expresión de quien intuye que algo importante está por salir.
—¿Qué ocurre, pequeña Génesis? —preguntó despacio, casi como una caricia.
Respiré hondo y me quebré al hablar.
—Aquí sucedieron cosas —admití, bajando la mirada.
Zafiro no me presionó; solo asintió despacio y esperó. Aquella paciencia me dio valor.
—La verdad es que me gustó —confesé con un suspiro tembloroso—, pero en algún momento sentí miedo.
No pude añadir más; las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. Pero ella me comprendió, claro que lo hacía.
—¿Nunca habías estado con nadie? —preguntó con suavidad, aunque la respuesta era evidente.
Asentí, y entonces me tomó de la mano: cálida, firme.
—Quieres estar con Gray, pero te aterra lo que eso implica, ¿no es así? —continuó con delicadeza.
Volví a asentir, sintiendo cómo se me apretaba el pecho. Y, sin embargo, decirlo en voz alta me alivió.
—Zafiro —susurré con voz quebrada—, me aterra que, si le confieso lo que siento y lo que necesito, no le importe. Me aterra que me vea igual que a las demás y que me deje de lado cuando se canse de mí.
Ella me miró largo rato, con un brillo tierno en los ojos.
—Escúchame bien —dijo, con tono más serio pero sin perder la dulzura—. Hay cosas que deben hablarse, y hay momentos que deben llegar cuando tú estés lista, no cuando ella lo decida. Tu primera vez no le pertenece solo a ella. Es tuya, más tuya que de nadie.
Sus palabras me estremecieron. Una lágrima rodó por mi mejilla sin que pudiera detenerla.
—Y si llega ese momento —prosiguió—, y se lo dices con el corazón en la mano, ella tiene la obligación de escucharte. Si no lo hace, si sientes que para ella no significa lo mismo que para ti entonces no merece compartir ese instante contigo.
Sentí el corazón oprimido. Ese era mi verdadero temor: que Gray no me escuchara, que pasara por encima de lo que yo sentía.
Zafiro apretó levemente mi mano, como queriendo transmitirme su certeza.
—La conozco, Nessy —susurró—. Sé que es dura, fría y hasta arrogante cuando se lo propone. Pero también sé que contigo es distinta. Lo percibo. Hay algo en ti que ella sería incapaz de romper, aunque lo intentara.
Lloré en silencio, abrumada por todo: el recuerdo del tacto de Gray, mis miedos y aquella esperanza que se encendía cada vez que Zafiro me hablaba así.
—¿Por qué me lo dices con tanta seguridad? —pregunté entre sollozos.
Zafiro sonrió despacio, como si guardara un secreto.
—Porque lo presiento, y porque veo la forma en que te mira. Y además, aunque sea mi prima, si se atreve a no cuidarte como mereces, créeme que no se lo perdonaré.
Esas palabras me conmovieron profundamente. No sabía por qué lloraba más: si por la forma en que Gray me hacía sentir o por lo segura que sonaba la voz de Zafiro al decírmelo.
Me sequé las mejillas con torpeza y solté una risa entrecortada.
—Eres como mi cupido atípico —dije, con la voz todavía temblorosa.
Ella rió bajito y me acarició la mano.
—No soy cupido, Nessy. Solo quiero verte feliz y que Gray también lo sea. Tú te preocupas por su bienestar, y eso cuenta.
Asentí lentamente. En ese instante escuchamos pasos firmes acercándose: el sonido inconfundible de Gray.
Me sequé las lágrimas lo más rápido posible, intentando recomponerme. Cuando Gray apareció en el umbral y me miró, se detuvo en seco.
Zafiro se puso de pie de inmediato.
—Olvidé el teléfono en el auto —anunció, saliendo con total calma y dejándome a solas con ella.
Me tensé al instante. Sabía que se notaba que había llorado. Gray me observó en silencio varios segundos. Esperaba su mirada severa, aquella que siempre me hacía encogerme, pero esta vez no era así. Se veía distinta. Hasta diría que preocupada.
Se inclinó levemente hacia mí, lo suficiente para que sus ojos se encontraran con los míos. Esa mirada penetrante que solía doblegarme ahora parecía buscar algo, buscarme a mí. Parpadeó un par de veces, como dudando, antes de hablar.
—Lo lamento —dijo de pronto, con la voz más suave y humana que jamás le había escuchado.
Me quedé inmóvil. ¿Qué? ¿Gray pidiéndome perdón?
El corazón me dio un vuelco. No entendía exactamente de qué se disculpaba.
Ella frunció apenas el ceño, como si luchara contra sus propias palabras.
—¿No querías que ocurriera, verdad? —preguntó, con una inseguridad que jamás habría asociado a ella.
Aquella frase me conmovió. Comprendí que, en su interior, la asaltaba la duda de haberme impuesto algo que no deseaba. Y aunque no fue así, aunque yo lo había vivido con intensidad… para ella, eso importaba. De verdad le importaba cómo me sentía.
—¿Por qué no me lo dices? —insistió con voz grave, cargada de una culpa que nunca imaginé encontrar en ella.
En ese instante lo comprendí: sí, es dominante y autoritaria, pero si yo le hubiera dicho que no, se habría detenido. Porque, aunque le cueste admitirlo, respeta mis límites.
—No —susurré con un hilo de voz—. No lloro por eso. Bueno, no por los ojos.
Quise aligerar la tensión, suavizar la inquietud que se había dibujado en ella.
Arqueó una ceja, confundida, pero noté que se relajaba levemente. Saber que no me sentí forzada pareció quitarle un peso de encima.
—Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó, esta vez con un tono que rozó la ternura.
Y ahí tuve que mentir, o al menos proteger lo que aún no estaba lista para decir. No quería, pero tampoco podía revelarle todo lo que llevaba dentro.
—Por asuntos familiares —respondí con calma, bajando la mirada.
Pareció que iba a insistir, pero en ese momento sonó mi teléfono. Lo tomé de inmediato: era Sol. Se me había hecho tarde y seguramente estaba preocupada.
Contesté enseguida.
—Lo siento, Sol —me disculpé—. Se me pasó la hora.
Al otro lado soltó un suspiro largo.
—No te preocupes —dijo con voz débil—. Me bajó el periodo y manché la ropa. Estoy con una compresa caliente en el vientre porque el dolor no me deja de pie.
Una cree que se acostumbra, pero el malestar siempre vuelve a sorprendernos.
—Tranquila —le dije con suavidad, consciente de que Gray seguía observándome—. Lo reprogramamos. Hacemos algo más tranquilo otro día.
—Lamento que se haya arruinado el plan —se lamentó ella, decepcionada.
—Que no te preocupe —le aseguré, aunque todavía tenía los ojos húmedos—. Ya quedaremos en la universidad. Además, mañana tengo que hablar con Mafe sobre algo que quiere contarme.
Sol se tranquilizó y colgamos tras prometerle que pronto nos veríamos.
Cuando bajé el teléfono, Gray seguía allí, mirándome con esos ojos que parecían derribar sus propias barreras. Sin reproches, sin órdenes… solo preocupación.
Y a lo lejos, Zafiro regresaba despacio, sonriendo con complicidad, como si hubiera presenciado aquella grieta en la armadura de Gray.
Fue hermoso. Casi milagroso. Sentir que Gray quizás podía verme de forma distinta a como ha visto a las demás me sanó un poco por dentro.
Zafiro se acercó de nuevo, con esa sonrisa que iluminaba todo.
—No te desanimes por la reunión —me propuso con dulzura—. ¿Y si horneamos eso que tanto querías preparar?
La idea me arrancó una sonrisa de inmediato. Era la excusa perfecta para estar allí, junto a ella.
—¡Me encantaría! —respondí entusiasmada, poniéndome de pie con rapidez.
La emoción me recorrió el cuerpo como un eco de todo lo que había ocurrido instantes antes. Aún podía sentir la intensidad de sus manos, el estremecimiento que me provocó su tacto.
Sacudí la cabeza, intentando apartar esos recuerdos. No era momento para perderme en ellos. Debía concentrarme en lo que realmente importaba: hacer algo especial para Gray.
Sin embargo, una duda se instaló en mi pecho. ¿Le alegraría esto de verdad o solo removería una herida que aún no termina de sanar?
Zafiro, atenta como siempre, notó mi vacilación. Puso una mano cálida sobre mi hombro y me regaló una mirada tranquilizadora.
—Hazlo —pareció decirme sin palabras—. No hay vuelta atrás, y a veces lo más sincero es lo que más consuela.
Respiré hondo. Ya no podía echarme atrás.
Vamos Nessy