Temblaba al devolver el anillo a la caja negra; apenas podía sostenerlo sin que se me resbalara. Estaba segura: ese era el anillo que había visto en la mano de mi madre durante años, hasta que desapareció de nuestras vidas junto con todo lo que se derrumbó aquella noche.
Encontrarlo aquí me partía en dos. Necesitaba respuestas con urgencia.
Comprendí aún más que mi relación con mi madre no podía seguir así. Hay demasiadas piezas sueltas, demasiadas grietas, y yo estoy atrapada en medio. Estar enamorada de Gray y, a la vez, percibir un conflicto tan oscuro entre ella y mi madre me inquieta, me aterra. Siento que debo saber algo antes de seguir cruzando límites con la mujer que mi madre parece odiar.
Guardé la caja con cuidado, como si fuera una bomba, y terminé de acomodar lo demás. Salí de la habitación despacio, la cabeza llena de interrogantes y el corazón latiendo con fuerza.
Necesito ganarme la confianza de mi madre; necesito que me cuente la verdad. ¿Pero cómo hacerlo sin que ninguna descubra lo que oculto?
Me refugié en mi cuarto. Tenía tareas pendientes de la universidad y encendí el computador del escritorio, aunque apenas sabía manejarlo. Perdí unos minutos luchando con él hasta que se me agotó la paciencia. Al final, opté por el celular: al menos lo entendía un poco mejor.
Redacté rápido y terminé el trabajo en cuestión de minutos. Después revisé mis aplicaciones; pensé que nunca había tenido Facebook y decidí crear una cuenta, ya que Sol lo usa mucho y quería estar allí también.
Entré al perfil. Todo estaba vacío: sin amigos, sin fotos, sin publicaciones. Un espacio en blanco absoluto.
De pronto, apareció algo. Un mensaje.
«Recuerda que cuando creas estar sola, puede que yo esté contigo».
Sentí helárseme la sangre. No es paranoia ni exageración: sé perfectamente que es Lincy.
Lo abrí de inmediato; provenía de un número desconocido. Lo que me dejó helada fue que, según WhatsApp, compartíamos el grupo de la universidad. No es ninguna casualidad.
Mi mente voló hacia el peor escenario: me vigila, me espía y se inscribió en la misma universidad —y probablemente en la misma carrera— solo para seguirme. Aunque aún no la he visto en las aulas, sé que tarde o temprano nos cruzaremos; lo presiento. Y no sé qué pasará cuando eso ocurra.
Volví a leer el mensaje. Dice poco, pero se siente como una advertencia retorcida: una forma de hacerme saber que ya está aquí, dentro de mi entorno.
Me puse de pie de golpe, con el pecho a mil por hora, y corrí a la cocina. Abrí un cajón de un tirón y tomé el cuchillo más grande que encontré. Armada con él, recorrí cada rincón de la casa, habitación por habitación.
El temblor en mis manos delataba el miedo que intentaba contener. Imaginaba a Lincy apareciendo de repente, acechando en cualquier rincón. En la librería llegué a percibir una presencia justo a mis espaldas; el aire se volvió gélido y se me erizó la piel, pero al girar bruscamente solo hallé silencio y vacío.
Tal vez fuera paranoia, tal vez no.
Me dejé caer en el sofá de la sala, intranquila, con los dedos aún apretados alrededor del mango del cuchillo. Había revisado todo: no había nadie. Aun así, la sensación de no estar sola me asfixiaba.
No lo soporté más y decidí salir.
Afuera todo era distinto. El día transcurría en calma y el jardín parecía un cuadro vivo: mariposas revoloteaban entre las flores, abejas zumbaban tranquilas y el sol bañaba todo con luz dorada.
La casa está rodeada de muros altos; es casi imposible entrar sin que alguien abra el portón. Estoy segura de que la primera vez que Lincy lo hizo, alguien lo dejó mal cerrado. Pero ahora sé que no está aquí: solo busca recordarme que no me dará tregua.
Con el paso de los minutos, mi respiración recuperó su ritmo. El canto de los pájaros, el movimiento de las mariposas y el susurro de las flores meciéndose con el viento creaban una atmósfera perfecta. Entonces lo escuché: el murmullo de un río cercano. No era grande, sino uno que parecía saltar entre piedras, como un arroyo escondido con pequeñas cascadas.
La curiosidad pudo más; me puse en pie y caminé hacia aquel sonido cristalino. El barrio, con sus portones enormes y mansiones aisladas, parecía diseñado para quienes nunca miran más allá de sus muros. Yo, sin embargo, seguía el murmullo, cada vez más nítido, hasta dar con él.
El arroyo se abría paso entre árboles frondosos, oculto a la vista de cualquiera. Sus aguas transparentes dejaban ver las piedras del fondo, aunque en ciertos tramos la profundidad era tanta que la oscuridad lo cubría todo. Era un secreto natural, como si solo perteneciera a quien tuviera la suerte de encontrarlo.
Era hermoso —tan hermoso que, sin darme cuenta, sonreí—.
¿A Gray le gustaría?
Seguí su curso hasta que una pequeña cascada me cortó el paso. Allí el agua se tornaba oscura; no se veían piedras ni fondo, solo un abismo líquido que se ensanchaba con fuerza, como si el río hubiera devorado sus propias orillas con el paso de los años. El lugar resultaba hipnótico y, a la vez, sofocante.
Intenté convencerme de que era un sitio tranquilo, pero pronto me di cuenta de que no. Al desbordarse durante años, el agua había arrastrado tierra, raíces y, en su avance, había dejado al descubierto algo que alguien, en su momento, quiso mantener oculto.
La curiosidad me dominó. Me acerqué, con desconfianza, hasta aquella forma apenas visible en la orilla. Estaba cubierta de musgo y parecía un tronco húmedo e inofensivo; pero cuanto más lo observaba, más claro tenía que algo no encajaba.
Di un paso más y removí la tierra húmeda con el pie. Bastó ese gesto mínimo para revelar lo impensable.
—No. No puede ser. No, no, no…
No era un palo, ni un resto animal.
—¡Dios mío…es un cuerpo…!
Me quedé petrificada; la garganta se me cerró y el aire se negó a entrar. Tenía la boca entreabierta, pero no podía respirar. Todo el mundo se redujo a ese fragmento de hueso grisáceo y frío que asomaba entre el barro y el musgo.
No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, como si el río mismo me hubiera convertido en estatua. El corazón me golpeaba con fuerza dolorosa, pero las piernas no respondían: era un miedo paralizante, un terror que me clavaba al suelo.
Cuando por fin reaccioné, algo dentro de mí pareció romperse. Un grito se me escapó y eché a correr sin rumbo y sin mirar atrás. Mis pasos eran inseguros, desesperados; y en esa huida ciega, el suelo cedió bajo mis pies. Caí al río.
El agua helada me envolvió con brutalidad. Abrí la boca para gritar, pero solo entró agua. La corriente me arrastró hacia el fondo, girándome y empujándome contra la oscuridad. Pateé, braceé inútilmente: el río era mucho más fuerte que yo.
Los pulmones me ardían, la presión en el pecho se volvió insoportable y una desesperación espesa me llenó la garganta. No podía salir, no podía respirar, no podía…
Los segundos se hicieron eternos. Estaba segura de que moriría allí, tragada por ese cauce que minutos antes me había mostrado su horror.
Cuando ya sentía que me faltaban las fuerzas, la corriente cambió de rumbo y me arrojó con violencia hacia una zona menos profunda. Mis pies chocaron contra las piedras y las manos lograron aferrarse a algo firme; jadeando, logré sacar la cabeza. Tosí con fuerza, escupiendo agua, con los pulmones ardiendo y tragando aire como si fuera fuego.
Salí tambaleante, empapada entera, temblando de pánico. No razoné, solo corrí. Corrí hasta dar con el camino empedrado y regresé a la casa de Gray.
Cada paso era torpe y frenético; una sola idea me dominaba: tenía que contarle a alguien.
Al entrar, cerré la puerta y eché el cerrojo con manos tan temblorosas que apenas podían girar la llave. El frío del agua me calaba hasta los huesos y cada respiración me ardía en la garganta, como si aún tragara el río. La sensación de asfixia no se iba.
Necesitaba hablar con alguien; no podía quedarme sola con esa imagen.
Tomé el celular con dedos entumecidos y llamé a Sol: era la única en quien confiaba, además de Zafiro. Salir otra vez era impensable; solo la idea de volver a ver ese cuerpo me paralizaba.
—Hola, Ness —respondió ella con dulzura.
—Sol… —la voz se me quebró, ahogada por el temblor.
Lo notó al instante.
—¿Qué pasó? —su tono pasó de la calma a la alerta—. ¿Estás bien?
Tragué saliva con dificultad, intentando recuperar el aliento. Un sollozo se me escapó antes de poder hablar.
—Encontré algo horrible —susurré, al borde del llanto.
Hubo un silencio breve antes de que Sol respondiera con la urgencia de quien intuye algo realmente grave.
—¿Dónde estás?
—En… en casa de Gray —contesté apresurada, recorriendo con la mirada cada rincón sombrío de la sala; temía que cualquier cosa pudiera moverse de repente.
—No te angusties, Ness. Voy para allá; iremos ya mismo —aseguró ella con firmeza.
Casi se me olvidaba que estaba acompañada de Zafiro; me alivió saberlo. Si venían las dos, tal vez este vacío que me está devorando por dentro se haría menos pesado.
Decidí no llamar a Gray. Seguro estaría ocupada trabajando, y no quería parecer una niña asustada. Esto era mío.
Me apoyé contra la puerta cerrada y me deslicé lentamente hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas. El silencio en la casa era absoluto: ni un paso, ni un susurro.
Esperaría allí. ¿Sola?
Pobre Nessy