Gray

Estaba frente a Daniel mientras me ponía al tanto del expediente que me tenía atada. El despacho olía a café y papeles viejos; el ventilador soltaba un zumbido cansado sobre nuestras cabezas. Él cerró la carpeta y me miró con seriedad.

—Tengo algo importante que decirte —anunció.

Lo conocía bien: con ese tono nunca bromeaba, y cada palabra suya traía consecuencias. Me puse a la espera, lista para cualquier cosa.

—¿Quieres empanadas? —soltó de repente, cambiando de tema por completo.

Arqueé una ceja, incrédula.—¿Eso era lo importante?

—No, pero, ¿te apetecen? —insistió sin inmutarse, mojando una en ají tras dar el primer mordisco.

Claro que quería. Tomé una, le puse salsa y la mastiqué despacio; el picante ardía en la lengua y, por un instante, me devolvió el centro.

—Según parece —retomó él, limpiándose la boca—, al tipo ese le darían diez años.

La comida se me quedó atascada en la garganta.

¿Diez años? ¿Solo diez años por haberle quitado la vida a una mujer a golpes? Casi me ahogo de pura rabia.

—¿Qué mierda? —escupí entre dientes.

—Su abogada alegó que fue una reacción ante una supuesta infidelidad —explicó Daniel, visiblemente frustrado—. Al juez no le pareció prueba suficiente; lo presentaron como un arranque de celos y la justicia termina reduciendo, perdonando, suavizando todo.

Apreté el puño con tanta fuerza que me dolió la palma. Era absurdo, pero era la ley: formalismos que suavizan la violencia y borran la sangre.

—Ahora incluso califican el crimen como involuntario —agregó sin levantar la vista.

Sentí cómo me temblaba la mandíbula y el párpado me vibraba de furia contenida; la impotencia me quemaba por dentro.
En ese momento, Daniel rebuscó en un cajón y sonrió: sabía exactamente qué hacer.

—Espera —murmuró—. Mira lo que tengo aquí. Dieguito.

Sacó un cerdito de hule rosado, inflado y chillón. Era ridículo: si lo apretabas, soltaba un sonido agudo, como un animalito herido. Me conocía tan bien que siempre llevaba ese muñeco para que pudiera descargar toda mi rabia sin hacer daño a nada.

Lo dejé sobre la mesa y empecé a golpearlo una y otra vez. Chillaba, se estremecía, soltaba ese sonido agudo una y otra vez. Aumenté la fuerza y terminé apretándolo con ambas manos hasta que me dolieron los nudillos, hasta sentir que iba a estallar.

Pero no: el maldito nunca se rompía.

Seguía chillando hasta que lo arrojé contra la pared con fuerza. Era como golpear al sistema entero, ese que todo lo suaviza.

—Pobre Dieguito —comentó Daniel, con fingida lástima al ver el muñeco tirado—. ¿Ya estás más tranquila?

—Con el genio que cargo, podría matar a alguien —respondí entre dientes, con la rabia aún en la garganta.

—Y yo podría hacer desaparecer un cuerpo —susurró él, como si fuera una confesión o una broma que solo nosotros entendíamos.

Lo miré y vi en él más que a un compañero: a un cómplice. Su sonrisa se curvó, cálida y peligrosa a la vez.

—Podríamos evitar que entre en prisión y que le den beneficios absurdos como casa por cárcel. Si queda libre, tú te encargas de cobrarle su vida y yo me ocupo de borrar todo rastro después.

La idea me recorrió la piel en un escalofrío; había una belleza oscura en esa brutalidad compartida. Todo mi ser se alineó en un solo propósito: hacer justicia por mi mano.

—Y si termina en la cárcel —añadió con una sonrisa afilada—, nos aseguramos de que allí sepan quién es. Que los presos le hagan vivir un infierno.

Respiré hondo, un suspiro que todavía temblaba por la furia.

—Primero intentemos que quede en libertad —decidí, con la voz firme—. Quiero ser yo quien lo detenga definitivamente.
Daniel asintió con esa malicia tranquila que tan bien conozco. Nos sonreímos, cómplices, sabiendo que acabábamos de cruzar una línea sin retorno. Teníamos claro lo que debíamos hacer.

Pero antes, tenía que visitar a mi abuela.

Llevábamos años insistiendo para que se viniera a vivir con nosotros, pero ella jura que morirá en su finca. Tiene quien la atiende y compañía en el pueblo, pero no está en edad de estar tan lejos ni pasar las noches sola. No es lo mismo.

Salí luego en mi moto negra, dispuesta a abrirme paso entre el tráfico hasta salir a la carretera. Me fascina esa sensación: el viento golpeándome la cara como si se llevara todo lo demás; el viaje me limpia la mente, aunque conduzca como si no hubiera un mañana.

Llegué y, como era de esperarse, la abuela ya tenía lista su queja de siempre cada vez que me ve llegar en moto:

—¡Siempre lo mismo contigo! —me espetó al poner un plato sobre la mesa—. ¿Qué pasa si te atropellan? ¿Si se te cruza alguien? ¡Si hasta te escucho venir a kilómetros!

—Venía despacio —respondí, fingiendo calma.

No me creyó ni por un segundo, y con razón; siempre conduzco como si tuviera tantas vidas como un gato. Pero no fui a discutir: traía otro asunto entre manos.

—Abuela —dije, bajando la voz—, no puedes seguir viviendo aquí sola.

—No empieces —me cortó al instante—. ¿Por qué no se vienen ustedes para acá?

—Tenemos trabajo en la ciudad —expliqué.

—Pueden hacer ese sacrificio —replicó ella, como si fuera algo tan sencillo.

La miré a la cara; no alcanzaba a entender que no es lo mismo. No se trata solo de salud: también es seguridad y compañía constante. Me costaba aceptar que se empeñara en quedarse allí.

—Por favor —insistí—. No te pido mudarte hoy, solo piénsalo.

—Saldré de aquí con los pies por delante —fue su única respuesta.

Somos tercos; los Gutiérrez somos así. Y en ese instante entendí por qué a veces la gente no me soporta.

Me quedé callada, pensando en llamar a Zafiro o a Daniel para buscar una solución. Tarde o temprano tenía que convencerla.

Todo estaba tranquilo hasta que el celular sonó. La señal en la finca era pésima y la voz llegaba entrecortada.

—Repítelo, Daniel —pedí, apretando el aparato contra la oreja—. No escuché nada.

Me moví buscando mejor cobertura entre los árboles, desesperada por entender. Cuando la línea se estabilizó, la noticia llegó como una puñalada:

—Gerardo salió de prisión —anunció él con gravedad.

El mundo se me vino encima; en un segundo volví a ser la niña que escondía sus miedos bajo la cama. Gerardo: el político que llegó a senador y terminó tras las rejas por corrupción, robos y abusos. Yo misma ayudé a derribarlo, presenté las pruebas que lo condenaron.

Era el hermano de quién fue el esposo de Julia.

El recuerdo me heló la sangre: la promesa que me hizo cuando estaba esposado, con la voz cargada de rencor y la boca torcida por el odio:

«Cuando salga de aquí, te llevaré a hacerle compañía a tu madre.»

La frase retumbó en mi cabeza como un golpe seco.

No era miedo, era fastidio puro: Gerardo no olvida ni perdona, y ahora intentará convertirme la vida en un infierno.

Sabía que su libertad solo traería problemas para mí y para la otra mujer a la que culpa de haberle quitado lo suyo.

Es un tipo amargado y arrogante, que nunca soportó que yo le ganara la partida a él ni a nadie de su entorno.

Lo peor: no sabe con certeza si fui yo quien mató a su hermano o si fue Julia. Pero sospecha lo suficiente de ambas como para querer cobrárnoslo a las dos.

Y si Gerardo cumple su palabra, no será solo mi pasado el que salga a la luz con sangre.
Subí de nuevo a la moto, con una rabia fría en el pecho y la certeza absoluta de que esto no se iba a quedar en amenazas.

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Vero
4 days ago

Dioooo