Nessy

Insistía en ir con Gray porque sabía que me necesitaba. Ella iba a tener una crisis; la conocía muy bien. No podía conducir así, ni caminar sola, ni siquiera estar en la calle en ese estado.

—¡Mamá, déjeme ir! —exclamé desesperada, intentando soltarme de su agarre.

Pero ella no me soltaba. Sus dedos se aferraban a mi brazo con una fuerza que no parecía humana; las uñas se me clavaban en la piel, como si quisiera dejar su marca ahí.

—¡Mamá, por favor! —supliqué, tratando de zafarme.

—¡Nessy, basta! —ordenó con voz temblorosa.

—¡No! —grité, desesperada—. ¡Ella me necesita! ¡Déjame ir!

Me importaba un carajo que Gerardo estuviera allí, observando como si disfrutara del caos. Me importaba un carajo lo que tuviera para decir.

—Oh, nena… —empezó él con esa voz falsa, empalagosa.

—¡Usted cállese! —lo interrumpí con furia—. ¡Esto no es asunto suyo!

Me giré de nuevo hacia mi madre, forcejeando con más fuerza. Ángel nos miraba, paralizado, sin saber si debía intervenir o huir.

—¡Déjame ir! —volví a suplicar, con la voz quebrada.

Ella solo apretó más. El dolor me recorrió todo el brazo y un gemido involuntario se me escapó de los labios.

—¡Agh! ¡Me estás lastimando! —logré decir entre dientes.

Sentí la piel romperse en uno de los puntos donde sus uñas presionaban. El ardor era insoportable. Fue ahí cuando Ángel reaccionó.

—¡Mamá, suéltala! —gritó con una voz tan aguda y rota por el pánico que me erizó la piel.

Mamá se quedó petrificada. Su cuerpo se tensó aún más y sus ojos, hasta entonces fijos en mi rostro con una furia ciega, giraron lentamente hacia Ángel. El asombro puro y brutal la golpeó.

Era la primera vez que su hijo menor le alzaba la voz y, en ese grito de terror, había una traición que le nubló el juicio. Pero, aun así, no aflojó el agarre.

—¡Te dije que la sueltes! —insistió Ángel, dando un paso hacia nosotras, con la barbilla temblando—. ¡Le estás haciendo daño! ¡Es tu hija! ¡Mírala!

Su voz se quebró al final y, por primera vez en años, lo vi volver a temblar. Sus ojos de niño bueno estaban llenos de lágrimas contenidas y de un dolor profundo al ver a su madre transformarse en verdugo.

Intenté moverme, pero mi madre solo me jaló más fuerte y ese dolor renovado en mi brazo bastó para que Ángel perdiera el último ápice de control.

Se acercó y la apartó con una brusquedad desesperada, sin medir su fuerza, sujetándola de los hombros.

—¡Ya basta! —gritó, con los ojos enrojecidos y la respiración agitada, como si cada palabra le costara la vida—. ¡No más, mamá! ¡No más!

El silencio que siguió fue helado, un vacío ensordecedor roto solo por nuestras respiraciones erráticas.

Mamá me miró, completamente fuera de sí, con una mezcla espantosa de dolor, rabia y humillación por ser confrontada por su propio hijo, mientras Ángel me acercaba hacia él, poniéndose como un escudo tembloroso entre las dos.

—No puedes lastimarla así —le dijo con un tono tan firme que incluso me sorprendió.

Yo estaba temblando.

Sentía el ardor punzante en el brazo, las marcas abiertas donde sus uñas me habían roto la piel y un escalofrío helado que nada tenía que ver con la herida física.

Ya lejos de las garras de mi madre, creí que todavía podía alcanzarla.

Gray debía estar cerca. Aún podía detenerla, abrazarla, decirle que todo estaba bien, que lo sentía… pero otra mano me frenó.

Gerardo.

—Nena, escucha a tu madre —dijo con esa voz empapada de falsa calma, la misma que usaba cuando disfrutaba del caos ajeno.

Su tono me revolvió el estómago. La impotencia, el miedo y la rabia comenzaron a mezclarse dentro de mí como una tormenta que no encontraba salida.

—Entiende, Ness… —empezó mi madre con la voz quebrada.

—¡Entiende tú que yo amo a Gray! —le grité antes de siquiera pensarlo.

El sonido de la bofetada fue seco, brutal. Mi cabeza giró por el golpe y un ardor punzante me recorrió la mejilla.

—¡Mamá! —exclamó Ángel, poniéndose entre nosotras, con las manos temblorosas.

Pero mi madre no se detuvo. Estaba fuera de sí.

—Dile a tu hermana que no diga tonterías —vociferó—. ¡Gray es una asesina!

—¡Tú la hiciste así! —le respondí con rabia, con lágrimas resbalando por mis mejillas—. ¡Tú le jodiste la vida, igual que ahora intentas joder la mía!

Ella suspiró, pero no con cansancio, sino con algo parecido a la derrota. Aun así, su voz fue un cuchillo.

—Esa asesina es hija de tu padre.

El silencio que siguió fue insoportable.

Sentí que el aire se me escapaba del cuerpo, como si me hubieran vaciado los pulmones. Mi mente buscó una explicación, una mentira, algo que deshiciera esas palabras, pero no lo encontraba.

—No, no —murmuré, dando un paso atrás—. Estás mintiendo. Quieres alejarme de ella, ¿verdad? Siempre lo haces. Quieres manipularme para que la odie.

Gerardo sonrió apenas, con esa malicia que siempre lo acompañaba.

—Tu madre solo intenta protegerte, cariño —susurró.

—¡Cállese! —le grité con la voz rota—. ¡Gray no tiene nada que ver con mi padre! ¡No se parecen en nada! ¡Ni en el pelo, ni en los ojos, ni…!

Pero, mientras más hablaba, más sentía que las palabras se me derrumbaban en la boca. El peso de la verdad, o del miedo a que fuera verdad, me quebró las piernas.

Caí de rodillas al suelo, sollozando. El dolor era tan físico que dolía respirar.

Ángel corrió hacia mí y me abrazó sin decir nada, sosteniéndome mientras mi cuerpo temblaba. Yo solo repetía una y otra vez entre lágrimas:

—No puede ser… no puede ser ella.

Por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera el amor que sentía por Gray bastaba para mantenerme de pie.

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