Juro que sentía que la cabeza podría explotarme en cualquier momento. El dolor era tan intenso que me hacía ver luces incluso con los ojos cerrados. Palpitaba, punzaba, me arrancaba la calma de golpe. Cada respiración era una tortura. Cada segundo, una punzada más.
Apreté la cabeza contra la almohada, intentando engañar al dolor, pero no servía de nada.
—Dios… —susurré apenas, con la voz quebrada.
Necesitaba una pastilla, algo, lo que fuera. Pero para eso tendría que salir, y Zafiro me vería. No quería verla preocuparse más.
El sonido de un auto llegando me dio una excusa. Zafiro bajó enseguida a revisar quién había llegado, y yo aproveché ese instante para levantarme tambaleante, sujetándome de los muebles, e ir a esa pequeña farmacia.
Abrí el botiquín con las manos temblorosas, tomé las pastillas más fuertes que encontré y regresé a mi habitación para encerrarme allí. Me dirigí al baño, las tragué con agua de la llave y me quedé allí, apoyada contra el lavamanos, jadeando.
El dolor no se iba; empeoraba. Las luces, los sonidos, mi propio pulso… todo dolía.
Me arrodillé, enredando los dedos en mi cabello, intentando contener un grito. No tenía fuerzas para llorar, solo para aguantar.
Sabía que lo más sensato, después de todo lo que me pasó hace años, sería ir a un médico. Pero ¿para qué? En este preciso momento, la vida me importa tan poco que, si he de morirme, no pienso hacer nada para evitarlo. No tengo fuerzas para huirle a la muerte cuando ya me he pasado media vida sobreviviendo a medias.
—¡Gray! —escuché a Zafiro desde el otro lado de la puerta.
Me obligué a ponerme de pie, me lavé la cara y me miré al espejo, intentando parecer estable. Cuando abrí la puerta, mi cuerpo me traicionó y tuve que sostenerme de la cama para no caer.
Zafiro me miró preocupada.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, acercándose.
Asentí, mintiendo.
—Sí, solo necesitaba descansar un poco.
—Alguien vino a verte —susurró.
Por un instante, pensé que sería un médico o alguien a quien Zafiro había llamado para que la ayudara a obligarme a ir a un hospital, pero entonces la vi.
Mafe.
Mi cuerpo se tensó de inmediato; mi mirada se volvió hielo. Esa cara que tantas veces me dio calma ahora solo me revolvía el estómago.
—Gray —dijo ella, con esa voz suave que antes era refugio, ahora una herida abierta—, ¿podemos hablar?
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar —solté, fría, tajante.
Zafiro me miró sin entender.
—¿Por qué le hablas así? ¿Qué pasa?
—¡Ella lo sabe! —dije, sin apartar mis ojos de Mafe—. ¡Lo sabía todo!
Mafe cerró los ojos, conteniendo el temblor en su voz.
—Déjame explicarte…
—¿Explicarme qué? —interrumpí—. ¿Por qué me mentiste durante tanto tiempo? ¿Por qué me veías a la cara sabiendo quién era Nessy y callabas?
Zafiro frunció el ceño, confundida, mirando a una y otra.
Mafe dio un paso adelante, con lágrimas contenidas.
—Gray, lo hice por Nessy. No sabía el peso que había detrás y tú estabas rota. No habrías soportado…
—¡No habrías soportado! —la interrumpí, alzando la voz—. ¿Quién te crees que eres para decidir por mí? ¡Eres mi mejor amiga, Mafe! ¡Mi maldita mejor amiga!
El temblor en su barbilla fue evidente.
—Yo solo intentaba proteger…
—¿Proteger a quién? ¿De qué? —gruñí—. ¿De saber que la mujer que amo es hija de la persona que me arruinó la vida y que podría ser, además, mi maldita media hermana? ¡Eso no se protege, se enfrenta!
Zafiro abrió la boca en un gesto de sorpresa evidente.
Mafe no pudo más y se rompió.
—Lo siento, Gray… Yo…
Zafiro intervino, poniéndose entre las dos.
—Gray, basta. No le hables así. Ella solo quería ayudarte.
—¿Ayudarme? —me reí con amargura—. Me traicionó, Zafiro. Me mintió cada día mientras fingía preocuparse por mí.
—Gray —intentó Mafe, con la voz hecha pedazos—. Yo me preocupo por ti…
—Vete —susurré.
—¿Qué? —preguntó, incrédula.
—Vete de mi casa.
El silencio fue brutal. Solo el zumbido en mis oídos y el latido de mi cabeza seguían presentes.
Zafiro me miró horrorizada.
—No puedes echarla así… Gray, por favor…
—¡Vete! —grité, sintiendo cómo el aire me faltaba.
Y entonces, el mundo giró, las náuseas me golpearon con fuerza y salí corriendo al baño antes de poder decir algo más. Zafiro y Mafe fueron tras de mí, pero alcancé a cerrar la puerta antes de que entraran.
Me arrodillé frente al inodoro y vomité hasta que el cuerpo me dolió. Las manos me temblaban, el pecho ardía. Escuchaba sus voces del otro lado, angustiadas, llamándome…
Pero ya no tenía fuerzas ni para odiar ni para llorar. Solo quería que todo el dolor, el físico, el de la cabeza y el del alma, se detuviera. Apoyé la frente en la cerámica fría, respirando entrecortado. El aire me sabía metálico. Las luces comenzaron a girar lentamente y entonces lo noté: visión doble.
Las paredes se movían, las sombras se alargaban. Parpadeé varias veces, tratando de enfocar, pero era inútil. Todo se desdibujaba. Intenté incorporarme, pero mis piernas ya no respondían. Me tambaleé, torpe, hasta que el cuerpo me traicionó y caí, encogiéndome sobre el suelo.
El suelo estaba frío, pero eso ya no me importaba. Sentía los párpados pesados, una somnolencia espesa que me hundía como si el sueño fuera un abismo.
—¡Gray! —la voz de Mafe me llegó lejana, rota—. ¡Gray, por favor, abre!
Quise responderle, pero apenas podía mover los labios. Solo escuchaba su voz quebrarse, una y otra vez, gritando mi nombre. Lloraba; lo sabía porque su llanto tenía esa vibración temblorosa que casi nunca podías escuchar. Los segundos se arrastraron, o quizá fueron minutos. El sonido del golpe seco de la puerta resonó antes de que entrara otra voz desesperada.
—¡Mafe, muévete! —era Zafiro, agitada—. ¡Dios, Gray! ¡Mafe, llama a Daniel! ¡Ya! ¡Tenemos que llevarla al hospital!
Escuché pasos, gritos, el ruido de algo caer… pero todo sonaba cada vez más lejos, como si me hundiera bajo el agua.
Y, por un momento, lo último que sentí fue una mano cálida rozando la mía, temblando, antes de que todo se apagara.
Gray 🥺 no