—¿Me van a decir algo? —cuestioné, sintiendo un escalofrío.
La sonrisa de Daniel había desaparecido, el rostro de Mafe era de pura compasión y la seriedad de Zafiro y Nessy era una losa que me aplastaba el pecho. Me preocupaba que todos me miraran con esa cara de funeral, como si estuvieran a punto de revelarme un secreto doloroso.
—Gray —empezó Zafiro, con la voz forzadamente suave—, lo que pasa es que…
—Zafiro, no —la voz de Nessy fue apenas un susurro áspero y roto, una orden casi inaudible—. Tengo que decírselo yo.
Me preocupé muchísimo más porque Nessy se veía devastada. Sus ojos estaban vidriosos por la angustia y sus manos temblaban.
—¿Qué pasó? Dímelo. ¿Algo te está lastimando a ti? —cuestioné, creyendo de verdad que la carga era de ella y no mía.
Ella tragó saliva, el movimiento visible en su cuello tenso. Se notaba que lo que quisiera decirme le estaba costando el alma.
—Gray, mi mamá… —se detuvo un momento, como si el aire pareciera escapársele—. Esa mujer que está en un hospital, al borde de la muerte…
Miró hacia atrás como si buscara fuerza en los demás. Zafiro, silenciosa como una sombra, se deslizó detrás de mí. Sentí sus manos firmes, pero no puestas sobre mis hombros, sino a los lados de mi cintura, como anclas discretas, listas para sujetarme.
—Mi madre es Julia, Gray —dijo finalmente, y el nombre cayó sobre la mesa de la heladería, congelando el ambiente.
Los recuerdos de mi mente estaban rotos, fragmentos de cristal girando en un torbellino oscuro, pero podía relacionar los nombres con visiones distorsionadas. Y ese nombre me recordó al dolor; no a un recuerdo, sino a una sensación física de sufrimiento agudo.
Un dolor punzante e inmediato estalló en mi cabeza, justo detrás de la frente, como si un martillo hubiera golpeado mi cráneo.
Golpes, rabia, miedo, dolor.
Las imágenes borrosas se movían con violencia en mi mente: una entrega, una voz que gritaba. Recuerdo el frío del suelo y el desesperado impulso de arrastrarme, con el cuerpo roto y pidiendo ayuda a gritos mudos.
Julia no solo me hizo daño. Julia me entregó.
El aliento me falló, todo mi cuerpo se tensó y comencé a temblar violentamente, un escalofrío que venía desde lo profundo de mis huesos. Mis rodillas cedieron, el suelo pareció desaparecer y, si no fuera por Zafiro sujetándome firmemente de la cintura, me habría desplomado.
—Maldición, me duele la cabeza —grité sin querer, con un gemido desgarrador.
Las manos de Nessy volaron hacia mí, tratando de tocarme.
—Gray, ¿qué pasa?
Pero, en medio del dolor físico, en el eco de ese nombre, los fragmentos se unieron en un único y horroroso punto:
Si Julia es la madre de Nessy y Julia es la que me entregó y me hizo daño…
…¡entonces Nessy y yo somos hermanas!
Esa revelación me golpeó con una fuerza diez veces mayor que el dolor de cabeza. El amor que sentía por ella, ese amor total y desesperado, se convirtió en una traición… en una imposibilidad.
Un sollozo desgarrador se liberó de mi pecho.
—¡No! —grité, intentando apartar a Nessy, aunque mi cuerpo no podía moverse sin Zafiro—. ¡No! ¡No puede ser!
Las lágrimas se desbordaron, no por el golpe o el miedo, sino por el terror de que mi amor fuera una abominación.
Nessy tenía el rostro contraído por el miedo y el dolor. Sus ojos estaban fijos en Daniel, exigiéndole una respuesta que me salvara de ese colapso.
—¡Ya, Daniel! ¡Maldita sea, diles! —exigió Zafiro, con la voz temblando por el esfuerzo de sujetarme.
—Tranquila, Gray —intervino Daniel, con una voz que intentaba sonar calmada, pero fallaba miserablemente—. Aunque casi te saco un ojo, conseguí lo necesario para una prueba de ADN. Lo que te está doliendo es la cabeza, no la verdad. Aún no.
Finalmente, mostró un sobre de manila arrugado. Con un movimiento innecesariamente dramático, sacó de dentro el papel del laboratorio: una hoja impresa con jeroglíficos científicos.
Zafiro me obligó a sentarme, empujándome suavemente de nuevo hacia la silla de terciopelo. Tenía miedo de que los resultados fueran tan impactantes que me desmayara.
Daniel, ajeno al cataclismo emocional que acababa de provocar, se inclinó sobre el papel.
—A ver, a ver, esto está en letra chiquita.
Se acercó el papel a los ojos, entornando la mirada. Lo alejó y volvió a acercarlo.
—Un momento —dijo, metiendo una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero.
Sacó unas gafas de lectura ridículamente pequeñas que se puso con una solemnidad absurda. Volvió a leer, pasando el dedo por el papel con una concentración que rompía la tensión.
—Aquí dice: «compatibilidad genética alta».
El aire se cortó. Nessy y yo nos miramos con un terror helado que superó el dolor de cabeza. ¡Compatibilidad alta! La posibilidad de ser hermanas se hizo palpable. Mi garganta se cerró; Nessy soltó un jadeo ahogado.
—¡No, no puede ser cierto! —gritó Nessy, dejándose caer al suelo.
El dolor en mi cabeza aumentó, los temblores también. Todo mi mundo parecía venirse abajo en ese momento. ¿Por qué la vida tiene que ser tan cruel conmigo?
—¿Estás seguro? —en la mirada de Zafiro se veía el dolor.
—Sí, aquí dice —insistió Daniel, frunciendo el ceño—. «El señor Miguel tiene una compatibilidad del 99,9 % con la niña Juana».
Hubo un silencio desconcertado.
—¡Daniel! —gruñó Zafiro, dándose cuenta antes que nadie—. ¡Esa no es la prueba!
—Ay, perdón —Daniel se quitó las gafas y sonrió como un niño—. Es que tengo varias cosas de esas. Este era de un padre que quería saber si su hija en realidad era suya. Qué alivio para Miguel, ¿no?
La cara de Zafiro era una máscara de pura exasperación. Me volví a hundir, mi corazón latiendo como un tambor desbocado, ahora entre el pánico y el coraje de querer estrangular a Daniel.
Daniel encontró el papel correcto, se volvió a poner sus gafas ridículas y, por fin, leyó en voz alta, pero se tardaba una eternidad, silabeando las palabras.
—Dice… la muestra de Gray con la de Nessy…
—¡TERMINA DE LEER, DESGRACIADO! —gritó Zafiro, el grito más fuerte que le había oído en la vida, resonando en la heladería y haciendo que la gente se girara.
Daniel saltó, asustado por el rugido de su hermana.
—¡Ya, ya! —se apresuró a decir—. «No presenta ningún tipo de relación o compatibilidad sanguínea».
El ruido de la heladería se desvaneció. No somos hermanas.
La verdad, tan simple y rotunda, entró en mi cuerpo no como un golpe, sino como una oleada de aire fresco y puro. La punzada de dolor de cabeza desapareció tan abruptamente como había llegado.
Mis ojos se encontraron con los de Nessy. El alivio la inundó por completo. Su respiración volvió a ser normal y una sonrisa, inicialmente temblorosa, se dibujó en su rostro.
¡NO SOMOS HERMANAS!
El amor que sentíamos no era un error. Era real, permitido y total. Nessy me miró y su sonrisa creció, radiante de alivio y promesa.
Pero ella sigue siendo hija de la mujer que me dañó. El pensamiento era un veneno amargo, pero duró apenas un instante. Nessy es Nessy, y la persona que la trajo a este mundo no tiene nada que ver con la mujer que tengo enfrente.
Y llegó para arreglarme. No voy a arruinar esto por un resentimiento que no es con ella.
Levanté mi mano, justo como hice esa primera vez en la clínica, pidiéndole que viniera a mí. Nessy, con el rostro aún surcado por las lágrimas de terror, se levantó del suelo con una mezcla de dificultad y prisa. Se acercó a mí sin dudar, aunque todas las personas en la heladería nos miraban; en ese instante, el mundo entero podía arder. Nos importaba un carajo.
Nessy casi llegaba a mí, inclinándose para abrazarme, cuando, de repente, bajé mi mano, retirando la invitación. El rostro de Nessy se contrajo y el brillo de sus ojos, recién recuperado, pareció romperse. Pude ver en su expresión la confusión, el miedo al rechazo, la idea de que ese muro se había levantado de nuevo.
Le rompí el corazón por un segundo.
Pero justo cuando la desesperación comenzaba a teñir su mirada, mi mano descendió suavemente hasta mis piernas y palmeó el muslo con una suavidad inequívoca.
La seña era clara, íntima y antigua entre nosotras: «sobre mí».
Nessy dudó un momento, mirando mis piernas.
—Gray, la terapia, tus rodillas… —murmuró, con la voz cargada de preocupación por la reciente sesión.
—Nada duele tanto como la distancia que nos separó, Ness —dije, con la voz ronca, una verdad tan poderosa que no dejaba espacio a la discusión—. Ven aquí, ahora.
Esa urgencia fue suficiente. Nessy se inclinó y, sin importarle la multitud, se subió sobre mis piernas de manera desordenada, hasta quedar montada sobre mi regazo, abrazando mi cintura con sus brazos.
Aferré sus caderas con mis manos, la piel cálida a través de su ropa. La sostuve con la firmeza de quien recupera un tesoro perdido. Nuestros rostros estaban a centímetros.
—No recuerdo cómo besar, Ness —susurré, con los ojos fijos en los suyos, mi aliento chocando contra sus labios temblorosos—. ¿Me enseñas de nuevo?
Ella no respondió con palabras. Su única respuesta fue inclinar la cabeza y atacar mi boca.
El beso fue una explosión de meses de dolor, culpa y amor reprimido. No fue suave; fue intenso, fuerte, duradero, inolvidable. Nuestras bocas se abrieron con urgencia, nuestras lenguas se buscaron y se entrelazaron en una danza desesperada. Era un beso físico, un ancla que nos decía que éramos reales, que nos pertenecíamos.
Mis manos se apretaron en su cintura; las suyas, en mi cuello, tirando de mí como si quisiera fundirnos en una sola persona.
Cada movimiento era una promesa, cada presión, un juramento. Nos besamos como si el mundo se fuera a acabar, como si ese acto pudiera borrar la agonía del hospital, la traición de la sangre y el dolor de la mentira.
Cuando finalmente rompimos el beso, por la necesidad vital de respirar, nuestras frentes quedaron pegadas. Ambas jadeábamos, el corazón latiéndonos al unísono, furioso.
Me quedé allí, solo sosteniéndola. Acaricié su espalda con la palma de mi mano, acunándola suavemente, calmando el temblor que recorría nuestros cuerpos.
Nuestras miradas se encontraron y, en ese silencio, mil emociones se transmitieron sin palabras: la gratitud de Nessy, mi alivio, la promesa, el perdón, la pasión y el miedo.
Me separé apenas un poco, mis ojos, ahora claros, fijos en los suyos.
Lo que soy está roto, pero incluso un espejo hecho añicos refleja a quien decide no huir de sus fragmentos.
—Gracias por quedarte, Ness —susurré, una verdad sincera y hermosa.
😭😭😭