GRAY

Había pasado muchísimo tiempo sin que yo pudiera dormir tan cerca de Nessy, y la sensación era una de las mejores terapias que podían existir. Jamás me había sentido tan anclada, tan a salvo, después de toda la locura de la heladería. Nos habíamos puesto a conversar, susurrando, sobre quién podría no ser la hija de ese infeliz y sobre el fantasma de la posible hermandad de Nessy. Yo no quería serlo, pero tampoco quería que Nessy corriera con esa desgracia. Prefería serlo yo.

—Nunca lo sabremos —dije en un susurro final, con la respuesta de Daniel como la única verdad que importaba: no éramos hermanas.

—Siento que mi mamá lo sabe, Gray. Pero prefiero que nos quedemos así, aunque ella quiera hablar contigo.

Nessy se tapó la boca al instante, con los ojos abiertos por el pánico, como si hubiese liberado un secreto que debía permanecer enterrado.

¿Por qué Julia querría hablar conmigo? La pregunta se quedó suspendida entre nosotras, pesada e inquietante.

En ese momento, el celular de Nessy sonó, con un tono estridente y cruel que cortó la intimidad. Contestó rápidamente y puso el altavoz de inmediato, como si quisiera hacerme parte de una conversación que no me pertenecía.

—Ness…

Era Ángel. Su voz sonaba demasiado aguda, el aliento entrecortado.

—¿Estás bien? —preguntó Nessy, con la voz ya teñida de alarma.

—Ness —volvió a decir Ángel, y esta vez el tono era de un miedo infantil que le encogió el corazón a Nessy—. Tuve un sueño muy raro.

—¿Qué soñaste, Ángel? —preguntó Nessy mientras me miraba, sus ojos rogando que mi presencia le diera la fuerza para sostener a su hermano.

Se hizo un silencio breve al otro lado del teléfono, solo roto por el sonido de pelotas rebotando y gritos amortiguados del entrenamiento.

—Soñé que… que alguien me llamaba y decía que mamá se había ido —Ángel luchó contra las palabras, con la voz quebrándose—. Que había muerto, Ness. Y cuando fui a verla, el ataúd estaba cerrado y nadie me dejaba entrar.

El dolor y el miedo en la voz de Ángel eran tan palpables que a Nessy se le rompió el corazón en el pecho. Era su hermano menor, el soñador, el más apegado emocionalmente a Julia, y ahora estaba aterrorizado.

—Ness, dime algo. Dime que está bien —suplicó Ángel.

La súplica fue la gota final. Nessy ya no pudo mentir. Se separó ligeramente de mí, con el rostro contraído por la culpa, y cerró los ojos.

—Ángel, escúchame —dijo—. Tienes que ser fuerte. Mamá no está bien.

Respiró hondo, las lágrimas luchando por salir.

—Tiene cáncer, Ángel. Es terminal. Le queda poco tiempo, muy poco.

El sonido de la respiración de Ángel en el altavoz se detuvo. Nessy se inclinó sobre el teléfono, susurrando las palabras que la habían ahogado durante meses:

—Lo siento, Ángel. Lo siento mucho por mentirte. Yo no quería arruinar tu sueño de ser futbolista profesional, no quería que dejaras todo por esto…

La respuesta de Ángel no fue de rabia. Fue un sollozo cruel, un sonido de dolor tan crudo y profundo que me puso la piel de gallina. Era el llanto de quien se siente traicionado por la vida y por el futuro. Nessy y yo escuchamos el caos del otro lado: la voz de Ángel entrecortada y las voces de otros jugadores del equipo, jóvenes y torpes, intentando consolarlo.

—¡Hermano, cálmate! ¡Vamos! —se oía de fondo.

—¡No! ¡Mi mamá se va a morir! —gritó Ángel.

Nessy acercó el teléfono a su boca, con los labios temblando.

—Ángel… Ángel, contéstame.

Lo llamó por su nombre una y otra vez. La voz de Ángel, rota, y el sonido de sus llantos fueron el único eco. Él ya no contestó; se había derrumbado por completo.

Nessy no pudo soportarlo más. El teléfono cayó de su mano sobre la cama con un golpe sordo. Se desplomó, un gemido ahogado escapó de su boca y se hizo un ovillo, cubriéndose el rostro con las manos. El sonido de su llanto era más discreto que el de Ángel, pero más desgarrador: un lamento silencioso y profundo por la culpa y el dolor de su hermano.

Sin dudarlo, me volteé hacia ella. La abracé con una ferocidad protectora, atrayéndola a mi pecho. La sostuve fuertemente, sin decir una palabra, dejando que mi calor y mi presencia fueran el único refugio para su dolor. Su llanto se convirtió en un temblor contra mi hombro. La abracé, la única certeza en medio de la inevitable y desgarradora pérdida.

Me duele mucho ver así a mi cachorra, esto duele demasiado. Sé que no está llorando solo por la pérdida inminente de su madre. Está llorando por la culpa de haberle mentido a Ángel, por el peso de ese secreto y por el dolor que ahora siente su hermano.

Ella temblaba sobre mi cuerpo como una hoja al viento. Sus sollozos se habían reducido a pequeños hipos que me traspasaban el pecho. Yo seguía allí, inmóvil, tratando de arrullarla y dormirla. Mi único objetivo era que encontrara paz.

Lo esperado era que Ángel regresara, y eso era triste, no solo para él. El equipo había avanzado demasiado y era obvio que él se perdería ese desenlace, el inicio de su sueño, sacrificado por el final de su madre.

Casi una hora después, finalmente sentí la respiración de Nessy más calmada, profunda y regular. Yo estaba en una posición incómoda, con el brazo dormido bajo su cabeza, pero decidí que podía pasar la noche así. No iba a moverla ni despertarla por nada del mundo.

Mientras ella dormía, con el rostro húmedo y sereno, yo solo pensaba en lo que Julia querría decirme. ¿Qué cosa tan importante la obligaba a pedir verme al borde de la muerte?

Ni siquiera sabía si valdría la pena el riesgo de escucharla; nada bueno había salido jamás de sus labios. Pero me carcomía la curiosidad. Me carcomía una corazonada fría y extraña: por primera vez en mi vida, algo que dijera Julia valdría la pena.

Es algo que necesito saber.

Casi a las cinco de la madrugada, la inquietud la despertó de nuevo. Se movió con un murmullo, sus ojos se abrieron y me miraron, cansados y turbios.

Rápidamente, le di un poco de leche tibia con miel para que volviera a conciliar el sueño. Se veía agotada, como si su alma estuviera luchando por volver a su cuerpo.

Mientras ella bebía y esperaba que el remedio hiciera efecto, decidí compartir uno de mis pensamientos, probando el terreno.

—¿Sabes? Estaba pensando en hablar con Julia —le dije de repente, con la voz baja y pausada—. Ya sabes, para saber qué cosa oculta y para que, al fin, esté tranquila.

El efecto del sueño se desvaneció por un instante.

—No, Gray, no puedes hacer eso —se negó ella, con una rapidez alarmante, justo antes de empezar a rendirse al sueño—. Eso podría hacerte daño… demasiado.

Bostezó a mitad de la frase y casi se le cayó el vaso de vidrio. Lo tomé de sus manos con cuidado y luego acomodé su cabeza sobre la almohada, sintiendo el peso de su miedo y su negativa. Ella se durmió casi al instante.

Yo me quedé allí, observando su rostro tranquilo. La negativa de Nessy era una barrera de protección, pero aquella corazonada en mi pecho era una pared que no podía derribar.

Tenía que ir. Tenía que escuchar a Julia, y lo haría antes de que fuera demasiado tarde.

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