Para algunas personas, los Gutiérrez podrían ser unos migajeros. Yo diría que, en realidad, luchan por lo que creen que les corresponde. Y justo así, con esa determinación ciega, estaba Zafiro.
—Tienes que decírselo, Sol —insistió Zafiro, golpeando suavemente la mesa con un dedo—. No puedes seguir cargando con un secreto así por mucho tiempo. Es una bomba de tiempo.
—No es tan sencillo. Mi familia es horrible —respondió Sol, con la voz tensa—. Van a destruirme, me van a destrozar.
Zafiro se quedó pensativa solo por unos segundos y, en su mirada, se encendió una chispa de travesura.
—¿Y si se lo dejo claro yo?
—Sin ofender, Zafiro, pero desde que casi te matas con esa pastilla, ya no confío mucho en tus métodos —respondió Sol, con el recuerdo de aquella tragedia aún fresco y doloroso.
Zafiro sonrió con esa extraña mezcla de orgullo y locura que la caracterizaba.
—No confíes en los métodos, pero piensa en los resultados —dijo con calma imperturbable—. Déjame hablar con él, Sol. Puedo manejar al viejo, y te aseguro que no dirán nada de nuestra relación después de eso.
Sol guardó silencio un momento, parpadeando mientras procesaba la última frase.
—Espera. ¿Qué relación? Aún no somos novias.
—¿Aún? —cuestionó Zafiro, arqueando una ceja con coquetería y una sonrisa absolutamente segura.
Sol contuvo la propia sonrisa que amenazaba con traicionarla.
—Hagamos un trato —dijo Zafiro, acercando su rostro al de Sol y susurrando—. Si logro que tu padre no se interponga y que se mantenga en silencio, serás mi novia de forma oficial.
Sol suspiró, un sonido largo que mezclaba resignación con emoción. No dio una respuesta verbal, pero el silencio fue un asentimiento. Zafiro lo tomó como un sí y se puso de pie de un salto, desbordando energía.
—¡GRACIAS, MI AMOR! ¡NO TE DEFRAUDARÉ! —gritó con la euforia de una niña que acaba de ganar un premio.
Sol se puso de pie detrás de ella, intentando frenar esa locomotora sin éxito.
—¡Zafiro! ¡Espera! —gritó, corriendo—. ¡Solo no pongas en riesgo tu vida! ¡Ni la de alguien más!
Solo Dios sabía qué haría Zafiro esta vez. Bueno: Dios, Zafiro y Daniel.
Porque Daniel es la mala influencia ahora que yo estaba más normal. Zafiro llamó a su hermano para que le diera la respuesta que necesitaba.
—¿Encontraste algo? —cuestionó Zafiro, con la impaciencia burbujeando—. Por favor, dime que sí. Mi futuro noviazgo depende de esto.
—¿Sabes? Cuando investigas a personas normales, encuentras cosas malas —respondió Daniel, con su tono tranquilo—. Y cuando lo haces con personas religiosas podrías encontrar cosas peores. Secretos enterrados bajo la fe.
—Entonces, ¿sí supiste algo? —preguntó Zafiro, con la voz subiendo un tono.
La respuesta de Daniel le daría el punto de presión para tener una charla muy civilizada con el padre de su futura novia.
—Bueno, nada muy terrible —respondió Daniel.
Zafiro sintió un pequeño bajón de ánimo.
—Excepto una infidelidad bien documentada —completó Daniel.
La depresión de Zafiro se evaporó en una sonrisa radiante. Eso le serviría; le sería muy útil.
—Envíame las fotos ahora mismo —pidió Zafiro, con un tono de mando—. Esto me servirá para mi redención.
Zafiro guardó el celular, con la certeza de que su hermano cumpliría. Decidió que no había tiempo que perder y partió de inmediato a darle una pequeña visita al padre de Sol, directamente en su centro de poder: la iglesia. Nadie la detuvo al entrar. Al fin y al cabo, era una iglesia; se supone que las puertas están abiertas para todos, incluso para el pecado andante.
Pero en cuanto el padre de Sol, un hombre de rostro piadoso, vio a la pelirroja irrumpir en su centro de adoración, se acercó a ella con una sutileza forzada, fingiendo una bienvenida cortés.
—¿Qué haces aquí? —susurró, con una firmeza que no alcanzaba a ser una orden.
—Tranquilo —dijo Zafiro, con una sonrisa amplia y lenta—. ¿No puedo venir a la casa de Dios a contemplar su hipocresía? ¿No son bienvenidos todos?
—Pero tú tienes un pecado encima que no tienes la menor intención de soltar.
—Por supuesto que no, es exquisito —dijo Zafiro con calma, ladeando la cabeza—. Me gusta su hija. ¿Y?
—La estás confundiendo —insistió él, con la mandíbula tensa—. ¿No te quedó clara mi posición?
—La están confundiendo ustedes —replicó Zafiro, sin inmutarse.
—¿Viniste aquí solo para eso? ¿Para restregar tu pecado en este lugar santo?
Zafiro hizo una pausa, llena de una satisfacción predatoria.
—Supongo que usted sabe mucho de pecados, ¿no, señor? De los que se cometen a puerta cerrada.
El hombre se mostró desconcertado, pero rápidamente recompuso su expresión.
—Permítame mostrarle un ejemplo de uno de los peores pecados que menciona la Biblia —dijo Zafiro y, sin mediar más palabra, deslizó el teléfono y le mostró la foto.
El hombre palideció.
—«El que comete adulterio carece de juicio; el que así actúa se destruye a sí mismo. Sufrirá heridas y vergüenza, y su afrenta jamás será borrada» —citó Zafiro, con una voz melodiosa y gélida—. Lo dice la Biblia, en Proverbios, señor.
Él se quedó perplejo, con su fachada de santidad derrumbándose.
—Solo su esposa sabrá esto, por ahora. No me parece justo que ella siga siendo engañada, ¿o sí? —dijo Zafiro con calma, deslizando la uña por la pantalla—. Probablemente ella siga con usted por el miedo a lo mal que se vería el divorcio en este círculo.
Zafiro inclinó la cabeza.
—Pero ¿qué pasaría si toda la congregación viera esto? —cuestionó Zafiro, alzando apenas el celular y permitiendo que la foto captara la luz.
El hombre reaccionó de inmediato, bajando la mano de Zafiro con fuerza, desesperado por ocultar la evidencia.
—Yo seré la novia de su hija y usted será un mentiroso, deshonrado e infiel. Todos ganamos, ¿no le parece un trato justo?
—Eres una desgraciada —murmuró el hombre, con rabia reprimida.
—Y la novia de su hija, algo que usted no va a poder cambiar —respondió Zafiro, con una sonrisa que se volvía dura—. No importa cuánto la atemorice, usted no tiene derecho a eso.
Zafiro sonrió y se dio la vuelta, dando un paso dramático hacia la salida.
—Guarda ese teléfono —pidió él, con la voz apenas un siseo, casi una súplica.
Zafiro obedeció, pero antes de salir por completo, se giró para decirle:
—Si vamos a terminar todos en el infierno, procuremos al menos tolerarnos. ¿Le parece un buen comienzo?
Él no respondió. Su rostro era una mezcla de derrota y furia. Para Zafiro, eso era un sí rotundo.
—Le repito: soy la novia de su hija —repitió, para que quedara claro—. Y si usted no se interpone en mi pecado, yo no me meteré en el suyo.
Sí, es la Gutiérrez más tranquila, la más normal. Pero cuando se lo proponía, Zafiro sabía exactamente cómo conseguir lo que quería.
Mientras tanto, Daniel intentaba hacer que Sofía se confesara.
—¿Secuestraste a mi sobrina? —cuestionó Mafe, mirando con escepticismo el entorno—. ¿Para esto me llamaste? ¿Para un secuestro de bajo presupuesto?
—No la secuestré —se defendió Daniel de inmediato, haciendo un gesto hacia Sofía, que estaba atada a una silla—. La voy a llevar a prisión por pagarle a un trío de retrasadas para que casi maten a Nessy.
Mafe se giró hacia su sobrina. Había reproche en sus ojos, pero no sorpresa. Ella conocía a su sobrina mejor que nadie.
—Te llamé porque no quiere responder —continuó Daniel—. Y como no quiero tortu… digo, llevarla a prisión sin el debido proceso, sácale tú la verdad. Eres su tía.
—¡No mandé a matar a nadie! —interrumpió Sofía, con una sonrisa irritada—. Pero suena divertido imaginarla en esa situación. Me molesta no haberlo hecho yo misma.
—Tienes la culpa grabada en toda la cara —insistió Daniel, cruzándose de brazos—. Eres una mentirosa pésima.
—¿Cree que me da miedo reconocer las cosas malas que hago? —cuestionó Sofía, inclinándose hacia adelante contra las cuerdas—. Si hubiese metido a esa perra a una lavadora, lo presumiría con gusto y me encargaría de que en verdad se ahogara para después subir su sufrimiento y deleitar a otros en la deep web.
Mafe suspiró, llevándose una mano a la sien.
—Tiene razón en eso —admitió Mafe, con resignación—. Siempre reconoce lo que hace, hasta en las peores atrocidades.
—Las tres chicas que atacaron a Nessy me dijeron que fue ella —insistió Daniel.
—Le mintieron —replicó Sofía, poniendo los ojos en blanco—. Yo solo estoy esperando a que Gray, como la mujeriega cínica que es, deseche a la niña y sufra al saber que fue una más. Esa es la única recompensa que me interesa.
—Oh, qué ingenua y sinceramente ridícula —se burló Daniel, sacudiendo la cabeza—. Hablaré de nuevo con las tres escuinclas babosas esas. Pero tú no te moverás de esta silla, ni un centímetro, Sofía.
—¿Vas a dejar a mi sobrina atada? —cuestionó Mafe, señalando la soga con escepticismo.
—Pensaba hacer algo peor —respondió él, con una sonrisa fugaz—. No le pasará nada, te lo prometo. Ahora, acompáñame.
Aunque Mafe se cuestionara cada mala decisión que tomaba Daniel, terminó siguiéndolo.
—¿Está mal que a veces no soporte a mi propia sobrina? —preguntó Mafe, caminando junto a él.
—Raro sería que la soportaras —respondió él, sin mirarla.
Mafe puso los ojos en blanco ante la franqueza de Daniel antes de continuar su camino por el pasillo, dejando a Sofía atada, pero extrañamente satisfecha.
Así, Daniel se encontró con las tres chicas en la sala de interrogatorios de la prisión preventiva. Eran jóvenes y se veían asustadas; la fachada de bravuconería se desmoronaba bajo la presión.
—¿Y por qué quiere ayudarnos? —cuestionó una de ellas, con la voz áspera.
—Porque ustedes me dirán quién las contrató realmente —respondió él, apoyándose en la mesa con la calma de un depredador.
—Ya se lo dijimos, se llama Sofía —respondió otra, tratando de sonar convincente.
—¿Y quién es Sofía? ¿Su madre? ¿Su jefa? —cuestionó Daniel, con un tono burlón, sabiendo que mentían—. Denme un apellido, un contexto. Algo.
—No lo sabemos exactamente —musitó la primera.
—¡Mentira! Hay alguien más, una mano que las mueve —insistió Daniel, con la voz bajando a un susurro peligroso.
—¿De verdad cree que creemos su intención de sacarnos de aquí? —replicó la chica más combativa.
—Es tan cierto como el hecho de que, si no cooperan, haré que les vaya muy, muy mal. Que las envíen a El Buen Pastor. Y ya estando allí, mis amigas se encargarán de que su vida sea un infierno constante.
Las tres chicas intercambiaron miradas cargadas de pánico. Como siempre, fue la más joven quien se quebró primero, la de apenas dieciocho años que aún no entendía la gravedad de su situación.
—Alguien nos hizo seguirla sutilmente en la universidad —confesó, con la voz temblorosa— para descubrir un enemigo al cual inculpar.
—¡Cállate, estúpida! —le reprochó la más hostil.
—¿Les pidieron espiar a Nessy y después meterla a una lavadora? —cuestionó Daniel, con la frialdad de su voz contrastando con la brutalidad del acto.
—Sí —continuó la chica, secándose una lágrima—. Supimos de una tal Lincy y luego de Sofía. Pero Lincy era cercana a la persona que nos contrató.
—¿Les dieron dinero por eso? ¿Cuánto les pagaron por intentar asesinarla? —insistió Daniel.
—No, no fue dinero —respondió la joven, bajando la mirada—. Fue una ayuda extra para pasar el semestre. Para salvar las materias.
Daniel se puso de pie de inmediato. El asiento se deslizó hacia atrás de golpe, con un chirrido estridente. No estaban hablando de un compañero, ni de un matón. Estaban hablando de un profesor. O, peor aún, de Claudia.
—¿Un profesor? —cuestionó Mafe, con el ceño fruncido—. ¿Por qué un profesor haría algo tan criminalmente elaborado?
—Lo tengo que averiguar. Y cuando lo haga, me vengaré —respondió Daniel, con la determinación implacable en su voz.
Su lealtad a mí era innegociable.
Mafe no reprochó. Sabía que, si yo estuviera siendo la misma de antes, ella misma habría hecho cosas peores.
—Bien, me iré —dijo Mafe, con un tono de resignación—. Y tienes que soltar a mi sobrina, Daniel. Tenemos una reunión familiar y no puedo llegar sin Sofía.
—¿Por qué tan aburrida? —cuestionó Daniel, siguiendo a Mafe por el pasillo.
—Van a empezar a cuestionarme, como siempre, porque aún no les presento a alguien —dijo Mafe, empezando a caminar más rápido—. El interrogatorio es agotador.
—¿Y por qué no me llevas y me presentas? —propuso Daniel, deteniéndose justo frente a ella.
—¿Y por qué demonios haría algo así? —respondió Mafe, escéptica.
—Tu familia dejaría de hacer preguntas molestas. Tú presumirías de un hombre físicamente atractivo, con dinero y un buen puesto en la Fiscalía —respondió Daniel, con una sonrisa que destilaba suficiencia—. Es un ganar-ganar.
Mafe se quedó pensativa, evaluando rápidamente los pros y contras. El alivio de evitar a su familia era un punto muy fuerte.
—Tú decides si soportas a tu familia o me soportas a mí —insistió Daniel, dando el golpe final.
Mafe suspiró, la derrota evidente.
—De acuerdo —aceptó Mafe, con la cabeza gacha—. Pero nada de idioteces, Daniel. Solo será una fachada.
Daniel se acercó más, bajando la voz a un tono conspirador.
—Tendremos que ser convincentes, ¿no crees? —propuso, con los ojos brillando de picardía—. Si queremos que realmente se lo traguen, necesitamos un par de besos, un poco de mano en la cintura. Lo justo para que tu familia crea que estamos profundamente enamorados.
Mafe abrió la boca para protestar, luego la cerró, tragándose el impulso.
—Un beso, solo si es estrictamente necesario —accedió Mafe, sintiendo que acababa de firmar un pacto con el diablo.
—¡Trato hecho! —Daniel sonrió, extendiendo la mano con un brillo peligroso en los ojos—. Prepárate para ser mi novia falsa, Mafe.
Mafe puso los ojos en blanco, pero aceptó el trato. Solo Dios sabía en qué se estaba metiendo.