Mafe estaba de pie en el andén de la casa de sus padres, con la postura tensa de quien está a punto de desarmar una bomba. Miraba a Daniel, que lucía despreocupado y radiante, y le susurraba, con la garganta apretada:
—Ni se te ocurra, Daniel. No vas a salir con tus idioteces. Recuerda el plan.
—Calma, Caramelo —respondió Daniel con esa sonrisa pícara y desarmante—. ¿No confías en que tu familia me va a amar? Seré el yerno ideal.
Mafe se llevó las manos a las sienes con un gruñido bajo. Luego, se acercó a él, acortando la distancia de forma intimidante, y le apuntó al pecho con el dedo índice, como si quisiera atravesarle el músculo.
—Mira, recuérdalo bien. Esto es una reunión de…
En ese instante, la pesada puerta de madera se abrió de par en par. La madre de Mafe, impecablemente vestida y con una sonrisa formal, apareció en el umbral.
—Hola, mamá —saludó Mafe, tratando de enderezar la postura y forzar una sonrisa que le salió más bien como un tic.
—¡Querida! —exclamó su madre, con los ojos brillando de expectativa mientras la invitaba a pasar—. ¡Qué alegría! ¿Cómo has estado?
Mafe apenas pudo murmurar un inicio de respuesta cuando su madre dejó de mirar a su hija para fijarse, con detalle, en el hombre alto y elegantemente vestido que estaba a su lado.
—¿Y quién es este muchacho tan presentable? —cuestionó, arqueando una ceja inquisitiva.
Mafe abrió la boca para, al menos, hablar, pero Daniel ya había actuado. Se adelantó un paso y extendió la mano a la madre de Mafe con calidez.
—Señora —dijo, haciendo una ligera inclinación de cabeza—. Me llamo Daniel Gutiérrez. El novio oficial, futuro esposo de su hija y, si todo sale bien, padre de sus futuros nietos. Un placer.
El tiempo se detuvo. No, el universo se detuvo. Dentro de la casa, los cubiertos dejaron de sonar contra los platos y las risas se extinguieron a mitad de camino. Los familiares que caminaban por el pasillo se quedaron congelados a mitad de paso. Toda la familia, desde el tío en el sillón hasta el perro sabueso que dormía bajo la mesa, dirigió miradas inquisitivas hacia ellos.
Mafe se llevó la mano a la cara, cubriendo completamente la frente en un gesto de vergüenza. Sentía el calor subirle hasta la raíz del pelo.
Idiota. Iba a matarlo.
Sofía, que ya estaba dentro, fue la única que no se inmutó demasiado. Pero el resto de la familia quería saber TODO sobre el hombre que había osado hacer semejante declaración.
—Y bien, joven Gutiérrez —intervino el padre de Mafe, un hombre serio y con voz de trueno. Había dejado el tenedor en el aire—. ¿Y de qué vive un futuro padre de mis nietos?
Daniel ni siquiera pestañeó.
—Soy Fiscal Delegado ante Jueces de Circuito, señor.
El padre de Mafe asintió lentamente, una pequeña sonrisa de aprobación tensando las comisuras de su boca.
—Excelente. En mi familia casi todos somos abogados. Yo fui juez. Es un buen rango.
El juego había terminado antes de empezar. No era solo que Daniel tenía un puesto respetable en la Fiscalía; no era solo su físico imponente. Era el paquete completo: un hombre que conocía las leyes, que podía proteger a Mafe, con presencia y, para colmo, con unos ingresos que rondaban los doce millones de pesos al mes.
Para unos padres de clase alta que solo deseaban seguridad y estatus para su única hija mujer, era la combinación perfecta.
La madre de Mafe estaba positivamente radiante, con ese brillo en los ojos que solo tienen las suegras satisfechas.
—¡Finalmente mi hija ha traído a alguien que me agrada! —declaró la señora en voz alta. Se acercó a su esposo—. Para ser psicóloga, siempre había escogido tan mal.
—¡Mamá! —se quejó Mafe.
—Es cierto —contestó la madre, encogiéndose de hombros.
Sería una noche interminable y de profundo suplicio para Mafe, viéndose obligada a navegar por aquel circo. Pero para Daniel era un éxito rotundo. No solo podía abrazar y tener a Mafe cerca sin disimulo, sino que encajaba tan bien con su estricta familia que parecía haber nacido para ello.
El padre de Mafe y Daniel hablaban animadamente, saltando de las leyes a la política, de la Fiscalía al fútbol. El falso novio se había ganado a sus padres en menos de diez minutos.
Mafe solo observaba la escena desde la distancia, con los brazos cruzados tan apretados que sus uñas se clavaban en su piel. Incluso sus primas más inquisitivas se acercaron a ella.
—¿Dónde lo tenías escondido, Mafe? —cuestionó una, con los ojos como platos.
—¿Te gusta? —respondió Mafe, sin apartar la mirada de Daniel, que reía con su padre.
Era la primera vez que sus padres recibían a un yerno con ese nivel de entusiasmo. Mafe suspiró y, justo cuando su madre la miró con una sonrisa satisfecha, susurró, con una mezcla de orgullo y frustración:
—Es porque no saben que está completamente loco.
Pero todo empeoró cuando llegó la hora de dormir. Mafe estaba más que lista para despedirse de Daniel en el umbral y enviarlo a su casa, pero el resto de la familia no se lo permitiría.
—Ya les he preparado una habitación —anunció la madre de Mafe.
—¿Qué? ¿Juntos? —cuestionó Mafe, sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza mientras arqueaba una ceja en pura incredulidad.
—Por supuesto, son pareja —respondió su madre con total naturalidad.
Como si nada, la madre de Mafe se dirigió a la habitación. Daniel simplemente la siguió con una sonrisa radiante y triunfal, obligando a Mafe a ir detrás de él, arrastrando los pies como una niña castigada.
—Ahí está —señaló la madre, con una picardía mal disimulada—. Solo no hagan mucho ruido, hay niños.
—¡Mamá! —Mafe se llevó ambas manos a la frente, sintiendo que el poco autocontrol que le quedaba se desvanecía.
—Tranquila, nena, somos adultos —respondió la madre, con una calma espeluznante—. Pero es difícil explicarle a los niños ciertos sonidos. Que duerman bien.
Mafe tomó una bocanada de aire temblorosa, jurando en diez idiomas diferentes mientras su madre cerraba la puerta. Cuando se giró, su falso novio ya se estaba acomodando. La camisa, que antes le daba un aire formal, ya estaba en algún lugar del suelo.
—Actúas como si de verdad fueras a dormir en mi cama —dijo Mafe, entrecerrando los ojos con rabia controlada—… ¿y dónde está tu camisa?
—Es que duermo así —respondió Daniel, con una calma exasperante, mostrando ese pecho firme y bronceado que no necesitaba excusas.
—Vete a dormir en la sala, Daniel. El sofá es cómodo y grande.
—Qué mala impresión. ¿Una pelea el primer día que me presentas? —Daniel se reclinó contra la cabecera—. Lo primero que preguntarán mañana es: «¿Por qué enviaste a tu novio a dormir a la sala?». ¿Quieres tener esa conversación? ¿Con tu padre, el exjuez?
Mafe solo se quedó mirándolo, su cuerpo ardiendo de frustración y por la humillación sutil de la noche.
—Yo tampoco —continuó Daniel, con el desafío brillando en sus ojos.
Mafe se quedó paralizada, observando el descaro con el que él se recostaba en su cama. Pero la vista era, objetivamente, muy buena. Tan buena que la psicóloga no pudo evitar morderse el labio por un instante fugaz, una rendición minúscula de su control.
Y claramente, Daniel lo notó. Se puso de pie, acortando el metro de distancia entre ellos con una lentitud premeditada, y susurró junto a su oído:
—Como psicóloga, deberías saber que reprimir cosas como el deseo no es bueno para la salud mental, Mafe. Es mejor expresarlo.
Hubo un silencio muy corto y, en ese silencio, se escuchó la cordura de Mafe romperse en mil pedazos.
La ira se transformó en algo mucho más caliente y urgente. Mafe llevó ambas manos sobre el pecho desnudo de Daniel y lo empujó hacia atrás con mucha fuerza, hacia la cama. Él cayó con un golpe seco; la fuerza creó una expresión de pura sorpresa y, quizá, un rastro de placer en su rostro.
Mafe se subió inmediatamente a la cama sobre él, arrodillándose entre sus caderas, y lo miró fijamente, con los ojos oscuros por una mezcla de rabia y deseo. Su voz, ahora, era un ronroneo bajo y amenazante.
—No voy a permitir que solo mi familia disfrute esto, Gutiérrez.
Había llevado a la psicóloga a un límite. Un exquisito y explosivo límite.
Y, mientras tanto, ajenas al desastre que se gestaba en el hospital, Zafiro intentaba darle ánimo a Sol, celebrando la buena noticia que esta le había dado.
—Aun así —dijo Sol, con una calma que sonaba a derrota mientras removía su café—, la relación con mi familia será muy incómoda. La tensión será un cuchillo en cada cena.
Zafiro la escuchaba, con el rostro lleno de paciencia y calidez.
—Ya no sé si quiero volver a casa —confesó Sol, con la voz apagada.
—Pues no vayas —dijo Zafiro con una sonrisa ladeada y tranquila—. Pasa esta noche en mi casa.
Sol la miró fijamente. Zafiro continuó, ofreciéndole una visión de un futuro tentador:
—Es más, si no quieres volver a esa incomodidad, yo tengo una casa. Es grande, espaciosa.
Sol apoyó ambas manos sobre la mesa, con los ojos grandes y llenos de una chispa de asombro.
—¿Quieres que abandone a mi familia, escape de la incomodidad y me vaya a vivir contigo? —cuestionó.
—Ajá. Ganamos las dos.
Sol no pudo responder. La palabra se le ahogó en la garganta justo cuando el celular de Zafiro comenzó a vibrar de forma insistente sobre la mesa.
Zafiro, en principio, iba a ignorarlo. Estaba teniendo un momento importante con Sol. Pero, al ver mi nombre en la pantalla y sentir una corazonada fría en el pecho, decidió contestar de inmediato. Apenas llevó el teléfono a su oído, le hablé. No hubo preámbulos, no hubo saludos; solo la verdad, cruda y letal.
—Zafiro, Julia está muerta.
A Zafiro se le escapó el aire de los pulmones con un siseo y casi dejó caer el teléfono. El sonido del nombre de Julia, junto a la palabra «muerta», impactó en su rostro como una bofetada helada. Se llevó una mano a la boca, no para contener un grito, sino para frenar el sabor amargo de la bilis que subía por su garganta.
En su mente solo podía ver a Nessy, a la pequeña Nessy, y a Ángel, destrozados en el suelo.
—No, no puede ser… —susurró Zafiro, y la voz le temblaba hasta en los huesos.
—¿Qué pasó, Zafiro? ¿Qué te dijo? —indagó Sol, que había visto su palidez mortal. La preocupación inundó sus ojos.
Zafiro hizo un gesto frenético con la mano, pidiéndole silencio, y, sin decir una palabra más, colgó el celular con un golpe seco.
La había escuchado lo suficiente. Miró a Sol, y la tranquilidad de su propuesta de vida se desvaneció por completo. Solo quedaba la urgencia.
—La mamá de Nessy murió, Sol —informó Zafiro, y la frase cayó como una piedra pesada sobre el café—. Tenemos que irnos.
Sol se quedó completamente helada, rígida, con la palabra «muerte» resonando en el eco de su mente. No era una desconocida; se trataba de la madre de su mejor amiga, de la madre de Nessy.
—Vamos —dijo Zafiro, tomando las llaves y el bolso de la mesa con movimientos cortantes y rápidos.
Ya estaba de pie, la calma reemplazada por una necesidad feroz. Sol se levantó de un salto, sin cuestionar, sin pensar en su familia, sin siquiera tomar su bolso con calma. La noticia había cortado todas las ataduras.
Lo único que importaba era Nessy y Ángel.