Ir a dormir después de un momento así: tan cálido, en el que la mujer que amas te confiesa que ama cada versión de ti y te obliga a soltar la vergüenza. Esa rendición no tenía precio.
Al llegar el amanecer, solo faltaría un día para el cumpleaños número diecinueve de Nessy. Tenía que hacer algo que estuviera a la altura. Pero, al amanecer, como dije, íbamos a cabalgar en los caballos.
Me monté con sumo cuidado, disfrutando de la lentitud del trote. Sé que la Gray de antes, la impulsiva, habría aceptado sin dudar la carrera que Daniel proponía con su caballo. Pero hoy no. Hoy me deleitaba en la calma.
Después de cabalgar, caminamos por los senderos cercanos a la granja, observando los animales, la sombra de los árboles, los colores de las flores silvestres y el murmullo del río cercano.
Pero todo cambió cuando, en una parte del tramo, lo vimos.
Un hombre. Estaba encogido, dormido y abandonado junto a un tronco. Todos nos quedamos inmóviles. No era normal que un extraño estuviera allí, bajo un sol tan abrasador, tan vulnerable.
Dudamos durante muchísimos minutos antes de acercarnos. Mi instinto me decía que no lo hiciera, que continuara la marcha. Pero la curiosidad era magnética y, poco a poco, todos nos fuimos acercando.
Daniel fue el primero en romper la tensión, siempre tan brusco. Fue hacia un lado y tomó un palo largo y seco.
—A ver si está vivo o solo es un vagabundo —murmuró.
Sin delicadeza, usó el palo para mover al hombre.
—¡Daniel! —Zafiro lo reprendió con un tono agudo, espantada por la falta de tacto.
—¿Qué? Solo lo estoy despertando —se defendió él, encogiéndose de hombros.
—Es un ser humano, Daniel. Merece ser tratado con dignidad, esté dormido o no —intervino Mafe, con esa firmeza gentil que solo ella tiene.
Daniel, que no disimula ni por un segundo lo enamorado que está, soltó el palo como si le quemara la mano y obedeció de inmediato, avergonzado.
El hombre, finalmente, se despertó. Se levantó con movimientos lentos y temblorosos; era muy flaco y se le veía desgastado, como si llevara mucho tiempo a la intemperie. Nos miró a todos y a cada uno mientras le hacíamos preguntas sobre su nombre y cómo había llegado allí.
Sus ojos, profundos y hundidos, parecían no registrar las palabras. Pero, cuando su mirada vacía se posó en mí, se detuvo. Sus ojos se clavaron en los míos y algo pareció encenderse detrás de ellos.
El hombre se levantó completamente. Sus pasos eran lentos, inseguros, pero deliberados mientras se dirigía hacia mí. Sentí un frío recorrer mi espalda y comencé a retroceder, buscando instintivamente la mano de Nessy.
Daniel y Zafiro se tensaron a mis costados, listos para detenerlo, pero algo en la desesperación de su rostro me obligó a pararme.
Me detuve en seco, permitiendo que él llegara.
El hombre levantó sus manos, que parecían hechas de hueso y piel curtida, y las posó en mis mejillas. Sentí un escalofrío de reconocimiento.
Nos miramos fijamente a los ojos, una eternidad… intentaba encontrar algo.
Entonces, el hombre tembló. Sus labios se movieron y pronunció un solo nombre, roto y lleno de una pena antigua:
—Marina —susurró.
El mundo se detuvo.
Marina.
El nombre de mi madre, la mujer que había muerto hacía años. Sentí mi control resquebrajarse.
El hombre no me veía a mí, a Gray. Me estaba viendo a través de los años, viendo a alguien más.
Mi mente se puso en blanco, pero una sensación helada y terrible me invadió.
Yo conocía ese rostro.
En ese instante, en medio del sendero y bajo el sol abrasador, mi pasado, creído muerto y enterrado, acababa de encontrarme.
El papá de gray 😮