Naomi

Después de mucho tiempo, pisar la universidad fue más liberador de lo que pude haber pensado alguna vez. Las clases, los chismes de mis compañeros y antiguos amigos, el papeleo, las tareas que había que entregar para la siguiente semana. Todo ayudaba a despejar mi mente.

En pocas horas olvidé el peso del mundo sobre mí. Me permití relajarme. Dejar atrás las voces de mi cabeza para poder entregarme completamente a mis clases de hoy. Sin dudas, fue la mejor semana que he tenido en meses. Al final, cuando el día casi terminaba, la invitación de Kasia para quedarnos el fin de semana en su casa nos resultó a todas algo sorpresiva. Luego de cómo terminaron las cosas con ella y Zay, lo menos que esperábamos era que la incluyera en sus planes, hasta que una de las dos decidiera hacer las paces y, hasta el momento, ninguna era capaz de dar el primer paso a la tregua.

Ahí, en la cafetería que quedaba no muy lejos del departamento de Darla, nos sentamos todas, meditando si era correcto ir. Zay no dejaba de gruñir palabras poco reconocibles a la vez que bufaba como un toro furioso. La pelirosa, por su parte, permanecía en silencio, dándole vueltas al contenido de su vaso, mientras que Scarlett permanecía ajena al verdadero problema. Ella no sabía nada de lo que habían sido nuestras vidas las últimas dos semanas, no quisimos decirle, era lo mejor. Además, Elliot me pidió, no. Me ordenó que no la involucráramos, y me pareció bien. No necesitaba saberlo.

— ¿Y bien?— Darla, incapaz de seguir moviendo los hielos semiderretidos en su vaso, habló, ampliando los ojos y elevando ambas cejas con una curva extraña en su entrecejo — ¿Alguien piensa decir algo, o nos quedaremos viendo las caras sin tomar una decisión?

Scarlett concentrada en el exterior, dio su respuesta.

— Yo no iré. Mi amistad con Kasia no es tan sólida como para quedarme en su casa. Yo paso.

— Yo también paso — Musitó entre dientes Zay. La morena no se había movido ni un centímetro desde que se sentó — No voy a ir a su casa. Prefiero ir a trabajar.

— ¿Desde cuándo golpear personas se considera trabajo? — Pregunté, permitiendo que la amargura se regara en cada palabra.

— Pues todo lo que genere dinero es trabajo, vaquera. Pido perdón por no tener la vida perfecta que llevan tú y Saher — Espetó, imitando mi amargura. Lo ácido de su tono se encargó de derretir cualquier sentimiento amable que hubiera entre las dos en ese momento, aunque, por lo obstinada que estaba, lo dudaba.

— ¿Por qué metes a Saher? Nadie está hablando de ella. Eso es completamente innecesario — Siseé, ignorando por completo a la reacción de las demás. Ni siquiera la voz de la propia Saher me detuvo de continuar —. Si sigues queriendo mantener tu humor de perros y comportándote como una verdadera mierda, es mejor que te largues y arregles tus malditos problemas antes de pagarlos con alguien que no tiene la culpa. Actúa de acuerdo a la edad que según tú dices tener, Zay.

— ¿¡Y tú quién mierda te crees que eres para hablarme así!? El que seas mi amiga, Naomi, no te da el derecho para decirme eso— Ladró con la voz tan grave que vibró en mis oídos. La vi temblar de rabia. La vi apretar los puños con fuerza, hasta que la sangre dejó de fluir con normalidad por sus nudillos. Su cuerpo se deslizó hacia el frente, desafiante, a la vez que sus ojos ardían al fuego vivo. Yo no me moví. Ni un centímetro. Me negaba a retroceder ante su demostración de bravuconería.

Scarlett apareció entre nosotras como un rayo de luz. La tomó de la muñeca con una fuerza inesperada y clavó sus ojos marrones en la morena, con una expresión tan contenida que dolía verla. La orden era clara. Ambas ganábamos más permaneciendo en silencio.

—¡Basta, Zay! —dijo, y aunque su tono era bajo, cada palabra tenía el filo de una sentencia.— Deténganse las dos, ahora.

Por un momento, nadie habló. El ambiente era un campo de guerra abandonado. Un suelo minado, esperando a que uno de nosotros fuera tan tonto como para que el fuego iniciara nuevamente. Zay simplemente se giró, colocándose de medio lado para no mirarme, dejando una estela de rabia no liberada flotando en el lugar. Y yo, sin más nada que hacer, apenas parpadeé. El corazón me martilleaba dentro del pecho, pero no me arrepentía de nada, porque era la verdad. Ella lo sabía y por eso reaccionó como lo hizo. Scarlett me miró por un instante, luego se giró hacia Saher, que seguía muda, y suspiró como si acabara de contener un incendio con las manos.

— Retomando la conversación, sería bueno ir — Propuso Darla, liberándonos de la pesadez en el lugar— Nadie quiere estar en su departamento, ¿Verdad? Su casa es grande y, por lo poco que he visto, su equipo de seguridad es bueno. La idea no es tan mala. Podríamos... pasarla bien.

— Es cierto — Saher le dio el lado a la pelirosa. Enmarcando una enorme sonrisa en su rostro y estirando su mano a la dirección de la chica, como queriendo enfatizar en sus palabras.

— Kasia me ha insistido toda la semana. Vamos. No será tan malo, lo prometo... creo que quiere hacer las paces contigo, Zay. Deja ese orgullo que tienes y acepta sus disculpas.

La morena bufó de nuevo. Sus ojos rodaron y por unos minutos me pareció que estaba meditándolo. El músculo de su mandíbula se movía apenas, tenso, como si intentara morderse las palabras antes de escupirlas. Noté la manera en que apretaba los labios y, aun si no lo admitiera en voz alta, sus hombros se relajaron. Fue un gesto pequeño, casi invisible... pero suficiente para hacerme saber su respuesta.

— Odio que me vean así, tan fijo — susurró, sin mirar a nadie para volver a hablar, seguida de una pausa y un suspiro dramático.— Bien, iré. Pero no aceptaré sus disculpas... No cuando fui yo quien la atacó. Pero, sigo creyendo que hay algo raro con ella.

— Excelente— Vitoreó Saher— Le escribiré para confirmarle que sí iremos.

Se incorporó enseguida, sacando su celular con agilidad teatral. El brillo al encender la pantalla ayudó a darle un toque más brilloso a su mirada. La emoción brotaba de cada poro y, me alegra por ella, pero a la vez... no sé. No me parecía correcto.

Sin darse cuenta le daba más alas a la rubia. Francamente, comenzaba a dudar de que en verdad no le gustara la chica. Sin embargo, también recordaba de qué era Saher. Nunca le ha gustado hacer sentir mal a nadie si no se lo merece. Lo que no ha entendido —y admito que en ocasiones yo tampoco lo aplico para mí — Son los límites que deben marcarse desde el principio. Luego recuerdo lo difícil que es hacerlo, y decido mantener mi boca cerrada, para no caer con mis propias palabras.

— ¿Y si esto es una mala idea?

— Piensa positivo, Zay. Pasaremos un fin de semana entretenido.

— No lo dudo— Murmuró la morena por lo bajo. Sin apagar la emoción de mi mejor amiga.

Al final, nos despedimos de Scarlett y fuimos a comprar las cosas que supuestamente necesitaríamos para este fin de semana. No compramos mucho en realidad.

Kasia fue muy específica argumentando que en su casa contábamos con casi todo. Solo llevamos unas cosas que compraron Zay y Darla. Más que todo mascarillas, cosas para el pelo y una que otra golosina personal que eligieron... en eso me incluyo yo. El ambiente era más relajado que hace media hora, como si la tensión anterior se hubiera evaporado entre los pasillos del supermercado y las risas entre cada cosa que veíamos entre las repisas. Pasábamos por cada pasillo, viendo todas las cosas con poca atención, deteniéndonos solo en lo que nos parecía, de cierta manera, interesante o extraño. Cuando ya teníamos todo listo, nos fuimos a nuestros apartamentos. Empacamos nuestra ropa y al estar todas listas, pedimos un taxi que nos recogería una a una en la puerta para dejarnos en casa de la rubia.

El camino fue sumamente corto entre charla y charla. Al bajar, por una extraña razón, no me sentía segura. Una corriente fría me recorrió la columna vertebral, erizó los pelos de la base de mi nuca y mi piel se heló por unos segundos. Incluso, dudé en poner un pie adentro de la casa, como si hubiera una barrera entre yo y la puerta. Eso me pareció raro, he venido, si mal no recuerdo, unas dos veces, y nunca había sentido esa sensación tan fea en el cuerpo. Literalmente me paralicé en mi lugar. Zay ignorando mi estado, pasó de largo. Entrando por la puerta principal, y Darla le siguió de inmediato, lanzando un "¡por fin!", exagerado mientras entraba, esquivando la cara larga de la mujer que con poca amabilidad nos abrió la puerta luego de tocar Dios sabe cuántas veces. Solo Saher notó que yo no me movía.

—¿Qué pasa? —Me preguntó con suavidad, moviendo mi brazo para que avanzara. Moví mis pies con lentitud, prácticamente arrastrándolos por el pulcro suelo. La cabeza, sin razón aparente, me comenzó a palpitar de una manera casi molesta.

— Creo... que no me siento bien — Susurré, sosteniendo el puente de mi nariz, echando mi cabeza hacia atrás cuando un dolor me atravesó la frente. Ella me observó con detenimiento por un segundo más, luego deslizó su mano en la mía y me dio un apretón suave. Sin darme cuenta, me condujo hasta dentro de la casa. Lo único que llegué a escuchar con claridad fue el clic que hizo la puerta al cerrarse.— Debería irme.

— Ya estamos aquí, Nao. No me siento cómoda dejándote sola en el departamento — Me expuso su punto de vista— Si te vas, me iré contigo.

Luché, en serio que luché por no sonar como lo hice.

— No necesito una niñera, Saher — espeté, bajando la mirada enseguida, consciente de que el filo en mis palabras no era justo con ella— Perdón... solo que... no quiero arrastrarte. Todas vinimos por ti. ¿Qué harán Darla y Zay solas con Kasia?

Ella no respondió de inmediato. Me observó como si pudiera leer entre las capas que trataba de cubrir, como si supiera que debajo de mi tono punzante había algo latiendo fuerte: miedo, pero ¿De qué?. Esa pregunta no obtuvo respuesta, no se le dio el tiempo suficiente, porque una Kasia hiperactiva bajó corriendo las escaleras, cayendo con la mayor delicadeza en los delgados brazos de mi amiga. Tomó sus manos entre las suyas, nos dedicó una mirada y subió con nosotras, regalándonos una corta mirada de atención antes de volver a concentrarse en Saher. Siempre se trataba de ella.

Dalia y yo intentábamos apaciguar el humor sarcástico que quería liberar la morena. Se le notaba en la cara las ganas de soltar una frase, una palabra, algo que pusiera de nuevo las cosas en otro plano. Por suerte, la advertencia hacia nuestra volátil amiga era explícita. No le convenía decir ni una palabra despectiva durante todo el fin de semana.

En pocos minutos, ya estábamos adentro de la habitación de la rubia, quien ya estaba observando, con emoción infantil desbordante, las cosas que Saher había traído en su bolso. Sus ojos brillaban como dos farolas encendidas mientras inspeccionaba cada uno de los frascos que la castaña trajo con ella. Las demás también se unieron, pero yo decidí sentarme junto al ventanal, sin decir mucho.

Me resultaba más entretenido ver las rosas que decoraban el jardín. Había algo en el ambiente... algo denso, como una electricidad latente bajo las risas y la aparente normalidad. Mis ojos se detuvieron por un segundo en la forma en que Kasia se inclinaba hacia Saher, en la forma en que sus dedos se rozaban sin querer mientras compartían las texturas de una mascarilla o el aroma de un aceite esencial. Cada movimiento era natural, medido, pero... quién era yo para decir algo al respecto. Si ella se dejaba, no es más que su problema.

— ¿Nao, qué ves ahí? —Zay, incómoda por el notorio acercamiento de las dos chicas, se acercó a mí. Sentándose a mi lado.

Suspiré, haciéndole espacio en el ventanal.

— Nada interesante.

— Jumm. Sea lo que sea, debe ser más interesante que la burbuja de amor que tienen esas dos — Bromeó, señalando con la barbilla a Saher y Kasia.— No sé cómo Darla puede soportar estar cerca.

Sonreí, o al menos, por el estiramiento que sentía en mi rostro deducía que había, por mínimo que fuera, alzado las comisuras de mi labio lo suficiente para mostrar el gesto.

— Sabes cómo es Darla. Le encanta el romance — Defendí a la pelirosa sin el menor esfuerzo, con la vista fija en el jardín. Cuatro figuras aparecieron allí: Katrina y tres mujeres más. A una de ellas la recordé por la fiesta de Kasia, pero las otras dos no las recuerdo. Aunque, eso no fue impedimento para molestar a la chica del romance. Con la voz cargada de diversión la llamé, haciéndole un gesto con la mano para que viniera sin hacer preguntas— ¿Recuerdas a esa mujer de ahí?

La pelirosa se sonrojó por completo hasta la clavícula. Sus ojos se ampliaron y su boca fue tapada por sus manos mientras susurraba ahogadamente un "Oh, por Dios" quitando su vista de la ventana al instante.

— ¡No puede ser! — susurró Darla, girándose hacia mí con los ojos encendidos.

Zay alzó una ceja sin disimular el interés. Mirando lo mismo que estábamos viendo nosotras dos, solo que en ella tuvo una reacción diferente. Sus hombros descubiertos se tensaron, su mandíbula se apretó y lo que pareció ser incomodidad se reflejó en su cara. Sus dedos tamborilearon sobre su muslo cubierto por un pantalón deportivo, como un gesto nervioso que intentaba disimular, pero que no pasaba desapercibido para quien la conociera un poco. En este caso, nosotras lo notamos.

— ¿Quién más está invitada a esta pijamada, Kasia? —preguntó de pronto, sin girarse hacia la rubia. Su voz no fue agresiva, pero tenía un filo sutil, tambaleante, como el de alguien que esperaba una respuesta muy específica para poder respirar tranquila. La rubia tardó un segundo en reaccionar.

Parpadeó varias veces e inclinó la cabeza, mirando primero a Zay y luego al jardín, como si apenas notara las presencias que nos tenían tan tensas. Yo, en cambio, observé a mi amiga con atención. La incomodidad en ella era un acto sumamente inusual. La morena no se ponía así porque sí.

— Ellas son mis primas. Se quedarán unos días junto con mi tía aquí. Me olvidé por completo decírselo.— Su mano tocó deliberadamente el hombro de la morena, lo que la hizo brincar como un gato en su asiento.

— Sí, pues debiste decírnoslo antes — Exclamó, poniéndose de pie.— Es tu casa y todo, pero creo que es justo saber con quién estaremos pasando la noche ¿No?

— ¿Vas a seguir con esa actitud, Zay? ¿En serio? — Saher le reclamó, notoriamente molesta al notar el estado decepcionado de la rubia — Kasia solo quería hacer las paces contigo. No tienes que ponerte así...

— ¿Así cómo? No le he gritado a nadie, solo le decía que...

No puedo terminar de defenderse por el ruido abrupto de la puerta al abrirse. La primera en entrar fue Katrina. Caminando como si el espacio le perteneciera, aunque, ¿Quiénes éramos nosotras para negarle tal afirmación silenciosa? Su andar era lento, balanceado.

Vestía como si acabara de salir de una revista de moda, sus tacones pisaban con la presión justa, generando un golpeteo sutil. Y, por último, su cabello, recogido en una coleta alta que parecía desafiar la gravedad, meciéndose en el aire con cada paso que daba. La otra mujer, la que sí reconocía como la tía de las hermanas, resultaba incluso igual o más imponente que la gemela.

— Buenas tardes— La mujer de apariencia intimidante habló, con un notorio acento británico que hizo vibrar el aire de la habitación. Su voz era profunda, pausada, como si no necesitara alzarla para reclamar atención. Y no, no la necesitaba. Toda ella ya se encargaba de ese trabajo sin esfuerzo. Darla a mi costado clavaba sus uñas en la parte interna de mi brazo con fuerza.

La punzada en mi piel me hacía silbar en silencio. Cada vez la presión se incrementaba más. En serio que mi mente solo pensaba en girarme y devolverle el pellizco a la pelirosa como si fuéramos niñas chiquitas jugando a lo brusco.

— Buenas tardes— Respondimos al unísono. Algunas con más ganas que otras. Zay fue una de las que no demostró su entusiasmo, seguida de Darla, por supuesto. Ambas se notaban bastante intimidadas ante la presencia de las tres mujeres que acompañaban a Katrina.

— ¡Prima, nos alegra mucho verte! —Dos mujeres pálidas, podría incluso decir que de mármol, caminaron entusiasmadas hacia la rubia, chillando de felicidad y rodeándola en un abrazo que sin dudas describiría como sofocante.

Toda esta familia parecía una colección antigua de muñecos de porcelana en perfecto estado. Pálidas, delgadas, con proporciones perfectas, demasiado precisas, casi inhumanas. Sus rostros eran finos, esculpidos como si hubieran sido moldeados con paciencia y una obsesión delirante. Cejas bien marcadas, labios pequeños, pero con la cantidad justa de piel en forma de arco y narices rectas sin imperfecciones. Hasta sus pestañas parecían colocadas una a una. Tenían esa clase de belleza que no tranquiliza, sino que inquieta. Como si mirar demasiado pudiera absorberte.

— Mi hermana y yo nos moríamos por visitarlas.

— ¡Si! —Estuvo de acuerdo la de cabello más corto— Papá no nos dejaba venir a verte, pero la tía logró convencerlo. Presionó en los puntos correctos.— Argumentó, regalándole una risa cómplice. Las tres se concentraron en ellas por un rato, hablando y riéndose de no sé qué cosas. El resto de nosotras quedamos a merced de las otras dos mujeres restantes.

— Darla, ¿No piensas venir a saludarme, querida? — Ignoraba el nombre de la mujer, pero su voz sí que no la olvidaría. El pecho de mi amiga clavado en mi espalda me permitía escuchar el latido desbocado de su corazón. Me atrevo a decir que corría más que un caballo salvaje. Sin embargo, se apartó de mi lado, tragando con sequedad el nudo que le apretaba la garganta para hablar y caminar hasta estar a solo centímetros de la pelinegra.

— ¿Cómo estás, Evelyn?

— Bien, pero estaría mucho mejor si me regalaras un saludo apropiado— Lanzó la petición y, por alguna razón, no me sonó a que lo estuviera pidiendo realmente.

Darla vaciló unos segundos, antes de dejarse llevar completamente hacia adelante, hasta aterrizar en los brazos de la que ahora sabía que se llamaba Evelyn.

Ella no dudó en atraparla. Un abrazo envolvente, exigente, dominante. Y fue entonces que noté la mirada de Katrina sobre mí, apoyada en el marco de la puerta, esperando. Esperaba tranquila, pero no relajada; más bien atenta, como si cada segundo que me demoraba en reaccionar alimentara una conclusión en su mente. Mientras tanto, Evelyn giró el rostro apenas, lo suficiente para rozar con la mejilla la sien de Darla, quien ahora parecía hecha de gelatina entre sus brazos por la poca estabilidad que poseía en el tiempo que la mayor la observaba.

— ¿No vas a saludarme, florecita? — su voz llegó a mí con la suavidad de una amenaza disfrazada de cortesía. Algo dentro de mí vibró, igual que esa vez en mi departamento. La sensación todavía permanecía en mi piel. En la superficie de mis recuerdos, incrustado.

Tomé aire como si pudiera llenarme de coraje con solo respirar, pero el oxígeno no alcanzó a llegar a los pulmones antes de que diera un paso hacia ella. Katrina seguía apoyada con falsa despreocupación en el marco, pero sus ojos se mantenían fijos en los míos, sin parpadear. Sentí el peso de esa mirada más que su presencia. Siempre había sido así con ella. Imponente sin necesidad de moverse.

— Hola — Dije finalmente, llenándome del valor que no tenía. Pero su ceja enmarcada me dio una señal de que no le bastó con ese saludo, así que continué— ¿Cómo has estado, Katrina?

— Esa no es forma de saludarme, florecita. Pensé que ya nos habíamos acercado lo suficiente para dejar las formalidades atrás.— Replicó con un puchero poco esforzado— Me decepciona mucho que aún no me tengas confianza. Tal vez —continuó, ladeando la cabeza— deba esforzarme un poco más para ganármela, ¿no crees?

Su voz era un murmullo cálido, tan envolvente como la seda misma. Se acercó lo suficiente para que nadie más lo notara, pero lo sentí: la tensión vibraba entre nosotras como un hilo invisible a punto de romperse. Un extraño tirón me atravesaba el pecho, como si una fuerza invisible me jalara hacia ella.

— No es falta de confianza— Respondí, con la voz más firme de lo que esperaba— Solo... no me esperaba verte aquí... No tan pronto. Eso es todo.

La gemela que invadía sin decoro mi espacio personal chasqueó la lengua, divertida. Como si hubiera dicho algo ingenuo. Ella extendió su mano, interceptando mi cadera sin que me diera cuenta. El movimiento en sí fue áspero. Su cadera chocó con la mia cuando ejerció la presión suficiente para juntarnos.

— Entonces esta visita resultó ser una sorpresa encantadora. A mí me emociona verte, florecita. ¿No te emociona volver a pasar tiempo conmigo?

 La tos indiscreta de Zay a nuestras espaldas causó en Katrina una mala mirada en el momento en que tuvo que desviar sus ojos de los míos. Me soltó con lentitud, dejando que sus dedos rozaran la tela de mi blusa el tiempo suficiente para hacerme temblar de anticipación. Darla también fue liberada de su agarre y tanto ella como yo pudimos respirar nuevamente con normalidad.

— Perdónenme por romper su burbuja encantadora, pero no vine para que me ignoren. Gracias.

Sabía que a la morena no le importaba eso. Estaba atendiendo una súplica silenciosa que la pelirosa le mandaba con los ojos, casi suplicándole. Pero, no todo resultó bien, porque al hablar, captó la atención de dos mujeres detrás de ella. Dos mujeres con las cuales mi peleonera amiga no quería tener la menor interacción.

Una de las chicas, la de pelo más largo, se acercó sin detenerse a preguntar siquiera si podía tocarla o no. Literalmente se abalanzó como una hiena sobre la morena, apoyando su mandíbula en su hombro. Zay se congeló al instante, mucho más cuando, atrevidamente, la chica plantó un sonoro beso en su mejilla.

— Hola trencitas, ¿Me recuerdas?

El descaro de la chica era notorio. Se veía en la manera en que se inclinaba a propósito hacia el cuerpo de Zay para quedar más pegada a su cuerpo. Y esa no era la mejor idea. De todas nosotras, la morena pintaba siempre un letrero de cero tolerancia en su frente y en su rostro.

— Quítate — murmuró entre dientes, sin mover un músculo. Tan seco que raspó mis oídos al escucharla. No fue un susurro amable, sino un rugido contenido que apenas logró escapar de su garganta. Y cuando la mujer que no sabía con quién se estaba metiendo no se movió, volvió a repetir con menos paciencia que antes.

—  Te dije que. Te. Quites. ¿Sí sabes lo que es eso?— Frente a la reacción defensiva de Zay, la chica alzó las manos con falsa inocencia, aunque no retrocedió, solo la soltó y la morena giró, quedando a centímetros la una con la otra.— Tócame otra vez sin permiso, y vas a arrepentirte.

— ¿Por qué tanta agresividad, Trencitas? Ese día en la fiesta te comportabas más... civilizada.

Darla, Saher y yo nos congelamos por el comentario que la pelinegra lanzó con toda la intención de provocarla. Lo peor y preocupante era... que lo estaba logrando con facilidad. No queríamos que en un arranque la golpeara o algo así. No terminaría bien para ella. Para ninguna de nosotras.

— ¿Qué quieres decirme con eso, blanca anémica?

Dios mío, que no le pegue.

Que no le pegue.

Dale mente a esa cabeza hueca.

— Tranquila. Solo jugaba un poco. No tengo problemas con los de tu raza. Me resultan muy divertidos en realidad... Son resistentes— Comentó con naturalidad, y sinceramente no tenía claro si intentaba arreglarlo o quería cagarla aún más, porque lo estaba logrando. Se estaba hundiendo en la mierda sin esfuerzo.

— ¿Quieres comprobar si tú también eres resistente? No tengo problema con romperte un brazo para ver qué tan frágil eres— Amenazó, mirándola con nada más que fuego en sus ojos. Gracias a Dios que las neuronas de Saher conectaron para separarlas, porque esa idea hace mucho que se había ido de la mía. No, no. Mejor dicho: ni siquiera lo pensé.

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