—¡¿Quieres callarte, ya?! —Gruñí exasperada, arrojando todas mis herramientas al suelo con el lateral de mi brazo, en un acto hecho con el único fin de retener mis ansias por coserle la boca a la mujer que no paraba de retorcerse en la camilla a mis espaldas.
Ya no tolero sus gritos, no lo soporto. Me tienen loca. La nube oscura que nubla mis sentidos se expande por cada pequeña parte de mi cerebro, imposibilitándome casi por completo; la frustración me carcome los huesos, fibra por fibra, y mi consuelo se limita solo al borde metálico de la mesa que sostengo con mis manos, aferrándome con tal fuerza que incluso mi cuerpo tiembla. Los barrotes oxidados que decoran mi encierro se deshacen en mis manos, se parten por pedazos con la promesa de liberar a la bestia que ha contenido por una década entera, inmóvil, porque las correas seguían ahí, firmes por si la jaula en ruinas no fuera suficiente.
Las ataduras de Aneska eran lo que me mantenía anclada a este lado de la cordura, tocando apenas los dulces bordes de la locura.
Aquí, al filo del abismo, podía percibir el peso de nuestro trato, uno que no debíamos romper si no queríamos que el caos se propagara igual que una plaga en esta casa. Eso mantenía quieto mi deseo constante de romper todo a mi alrededor, diezmaba la necesidad casi insoportable de terminar todo esto de una vez, a mi manera, sin la intervención de mi gemela. En cambio, me conformaba jadeando como una perra hambrienta que ve su comida, saborea y saliva por ella, pero tiene prohibido tocarla. Cada segundo que pasa, cada acercamiento, cada respiración me incitan a caerle encima, a tomarla.
—Uy, ¿A qué se debe ese malhumor tuyo, muerte y condena mía? —las manos indecorosas de mi hermana envolvieron los costados de mis caderas, explorando cada parte debajo de la ropa. La sensación de sus uñas afiladas en mi carne funcionaba como un salvavidas en medio del océano; las tiras rojas que imaginaba dibujadas con cada paso de ellas me robaba un jadeo impropio de mis labios.
— ¿Nuestra flor te desespera tanto? Hemos esperado diez años a que madure, unos pocos días más no serán difíciles. Sé que puedes aguantar, lo has hecho bien hasta ahora — Cantó en la base de mi oído, deslizando la lengua en el caparazón de carne que lo cubría. El calor de su aliento poseía la cualidad de hacerme olvidar los lloriqueos en la habitación. Para mí ahora éramos solo mi dulce hermanita menor y yo. Sin embargo, la burla que se resbalaba de su lengua también me daba ganas de estrangularla hasta romper su cuello.
—En ocasiones, quisiera matarte — declaré, girándome para poder encararla. De un empujón la separé de mi cuerpo para ser yo la que la sostuviera, retratando físicamente lo que mi mente quería hacerle... con ciertas limitaciones. El cambio de posición me permitió tomarla firmemente del cuello y los hombros, retrocediendo hasta acostarla en la mesa de metal, quizás con un poco más de la rudeza necesaria, pero sé bien que eso nunca ha sido un problema para ella.
— Estrangularte, cortar tu cuerpo en pedazos y devorarlo lentamente hasta saciarme— No pude evitar apretar más mis dedos en su piel blanquecina, delirando por el bello diseño de marcas que dejaría en la zona. Desde arriba podía apreciar el brillo lujurioso de mi hermana, danzando y oscureciendo aún más sus ojos. Disfrutando de esta sensación tanto como yo lo hacía, tal vez más. Me vi tentada a volver a apretar, ahora con algo más de presión, solo para dejarle en claro lo que podría llegar a hacerle si quisiera, y ella, comprendiendo el mensaje, gimió de gusto, tirando de mi cuero cabelludo lo mejor que pudo, exponiendo mi cuello.
—Lo sé. No me tortures mucho más, por favor. Te lo ruego—. Sin evitar mostrar mi emoción, sonreí, estrellando mis labios con los suyos, en respuesta a los clamados que mi alma hambrienta de lujuria exigía. Nuestras bocas bailaban en perfecta sincronía, fundiéndose en lava ardiente; mi lengua degustaba la suya, reclamando cada una de sus esquinas humedecidas; mis manos inquietas, retiraban la tela que ya empezaba a fastidiarme. Quería verla, admirar cada parte de ella, lastimarla, hacerla sangrar del mismo modo en que mi amada Aneska hacía sangrar mi putrefacto corazón. Quería recordarle el camino que juntas trazaríamos al infierno por la perversión que nos azotaba a ambas.
Dos mujeres. Dos hermanas, disfrutándose en cuerpo y alma. Compartiendo la misma cama. Soy feliz al escuchar sus jadeos. Amo la vida al permitirme gozar de la sensación de mis dedos en su interior, porque su centro me abraza tan cálidamente que en ocasiones desearía no tener que usar mis manos en ninguna otra cosa. Y añoro el día en que muera por mi mano. El día en que podré saciarme con su carne antes de reunirme con ella en la oscuridad— Katrina, mi amor, libera tus sentimientos en mí. Quiero que te descargues conmigo, sabes que lo soportaré con gusto— me suplicó con esa sonrisa que tanto me encanta, conociendo desde siempre mis más profundos deseos y aflicciones.
Respiré profundamente, calmando los latidos que, sin poder evitarlo, se aceleraban más con cada segundo. La adrenalina se activó, drogándome en un instante sin esfuerzo, seguida de cerca de una corriente eléctrica realmente embriagadora. Besé, mordí y arañé su ser, dejando en evidencia mi reclamo. Tiré de sus rosados pezones hasta la piel, se tiñó de un rojo espeso, conteniendo las ganas de arrancarlos. Me fue mucho más al sur, lamiendo su ombligo, sus caderas, hasta que llegué al punto húmedo que tanto añoraba degustar. Aun así, no había dado la primera degustación cuando un tirón de mi cabello me hizo mirarla. Sus ojos entrecerrados destilaban una advertencia clara, una que no dudo en decir en voz alta—. Cuida esos dientes, Hermanita, porque estoy segura de que no querrás perderlos.
—¿Sigues molesta? Creí que ya me habías perdonado por eso, hermanita—me atreví a preguntar lo que era obvio, conteniendo las ganas de reírme baja y pausadamente ante el recuerdo. Gritaba tan bellamente ese día.
—Solo te advierto, por si lo olvidas de nuevo — Masculló secamente, devolviendo su cabeza a la superficie de la mesa — Y deberías hacer algo con tu muñeca antes de que yo le arranque la lengua. Sus ruidos me están crispando los nervios, Katy. No puedo concentrarme así, necesito silencio.
—¿No toleras el ruido ahora, Aneska? —Comenté por lo bajo, desviando mis ojos de su cuerpo desnudo para mirar a la chica en la camilla, retorciéndose en sus ataduras, jadeando debajo de la mordaza en su boca. Su estado era deplorable; aparentemente, se me fue de las manos el subido que tuve con ella. Sus cortes me generaban repulsión, una muy notoria, porque al separarme de mi hermana y elevarme hasta que mis piernas quedaron estiradas por completo, caminé en su dirección, viéndola de cerca; mi labio no tardó en contraerse en señal de la desagradable vista: sus senos cercenados me dieron la bienvenida, modificados en dos cortes planos, aún teñidos de rojo en los bordes suturados.
El olor de la sangre seca permanecía presente, metálico y espeso en mi nariz y en mi lengua, aguándome la boca en un solo segundo; mi garganta sé contraía en el vacío, conformándose con los tragos gruesos de mi saliva, por ahora. Más tarde degustaría esas dos partes de ella—. Mírate, pobre corderito — Exclamé con pena, observándola desde arriba. Deleitándome con el temor explícito en sus ojos miel al notar mi cercanía. Su cuerpo trató de alejarse de mi tacto, pero solo agravó sus heridas. La mujer... Harper, si no se equivoca mi memoria, lloraba desconsoladamente. Temblaba, como si estuviera muriendo de frío, aunque sabía más que nadie, que el motivo de sus temblores era el resultado del daño que le hice. Ignorando ese hecho, me incliné sobre ella antes de trepar por la camilla y llegar a sus piernas. Acaricié su lindo rostro con suavidad, alabando su parecido con Naomi; el tono de su piel, las pecas, incluso sus ojos, tenían el mismo color.
—Shh, no tienes por qué llorar. Nos estamos divirtiendo, ¿Verdad? No quieres estropearlo, ¿Cierto que no? —Negó frenéticamente, con nuevas olas de lágrimas decorando sus mejillas. Retrocedía sin llegar a ningún lado realmente. No había a dónde correr, ni siquiera podía mover sus piernas correctamente por el daño en sus pies para intentarlo.
— Te queda mejor estar quieta y en silencio, Harper, porque mi hermanita desea hacerte algo muy muy malo. Entonces tienes que prometerme que si te quito la mordaza mantendrás tus labios juntos, ¿sí? Porque si no lo haces — detuve un momento mi amenaza, deslizando mis ojos y mis dedos por su montículo podado, tirando con mi uña uno de los hilos que mantenía su piel unida—, usaré este mismo hilo para cocerte la boca, y no queremos eso. —Disfruté ver el llanto romperse en su pecho, negándose a soltarlo por su propio bien. Por fin el silencio que tanto añoraba mi hermana cayó sobre la habitación, pesado y a la vez provocador.
— Ves, Aneska. Mi linda muñequita ha aceptado tu petición. Ya no hará ruido.
Aneska, tan dulce y cínica como siempre, bufó, tragándose una risa excesivamente suave. La vi apoyarse en las palmas de sus manos y saltar de la mesa; mi hermana, una diosa hecha carne, fue dotada con la cualidad de hipnotizar a cualquiera que la viera, y claro que yo, aun siendo su propia sangre, no era la excepción.
El constante y natural andar de sus caderas atraía, parecía cantar en silencio, y si subías mucho más, la cosa se complicaba por aquellos tentadores labios color fresa de los que era dueña. Su boca, sus ojos, su cuerpo... claro que, enumerando todas esas cosas, lo único que hago es invocar a la lujuria, pero mi devoción va mucho más allá del cuerpo físico; tomo su alma, la veo y me alimento, así como sé que ella se alimenta de la mía. Sin verlo venir, fui presa de esas dos tiras finas de carne, su lengua reuniéndose con la mía otra vez, siendo ella en esta ocasión la que dominaba el beso. Ni siquiera me importaba estar aún encima de la chica, y a Aneska tampoco pareció importarle mucho cuando desabrochó mis pantalones para deslizar su mano a través de la tela de mis bragas de encaje, entrando en mi humedecido coño de golpe. El gemido animal que brotó de mi boca alertó a Harper debajo de mí; la sentí removerse incómoda. Sin embargo, lo que consiguió fue que mi hermana la notara, comiéndosela con la mirada. No le importó el daño ni las marcas en su piel.
—Katrina, ¿Puedo jugar con tu muñeca? Prometo no dañarla — maulló en mi odio, una súplica medida para que la chica debajo de mí no lo escuchara. Su mano desocupada cubría mi seno, arremolinando mi pezón oculto en mi sostén; no hice más que sonreír. El chantaje en sus movimientos no venía con disimulo, no. Aneska quería que lo supiera y lo aprobara. Le gustaba saber que no contaba con la suficiente voluntad para negarle algo que ella deseara, al menos no durante el sexo.
— Te daré un orgasmo y luego ella será toda mía por un par de horas, ¿sí?, di que sí. — No pensaba, no podía formular ni un solo pensamiento coherente con sus dedos enterrados en mi interior, entrando y saliendo; dividiéndose entre la rudeza y la suavidad. Cada que sus uñas me rasgaban las entrañas, lloraba de agonía, pero un fuego ardiente me cobijaba. Es esta muestra de dolor lo que enciende mi alma. La sangre que brotaba manchaba sus dedos, unos que no le desagradaba a mi hermana mostrarme antes de enterrarlos otra vez, sin cuidado. Sentí otro desgarro cruel que comenzó con una presión fugaz, escalando rápidamente a un ardor deliciosamente doloroso.
Puedo sentir mi carne interna latir, punzar; siento como la sangre se desliza dentro de mí hacia afuera, manchando mis pantalones de vestir e inundando el aire con un olor a sexo y metal. La adora, adoro a mi dulce Aneska por esto, porque me destruye, porque me pertenece tanto como yo a ella. Es así como sin siquiera notarlo me dejo llevar en un temblor descontrolado que me hace gritar desde el fondo de mi garganta, al mismo tiempo en que sus dientes me aprietan agresivos, abriendo mi piel, dejando una marca para añadir a la larga lista.
—Es... toda tuya — acepto entre palabras ahogadas a causa del esfuerzo, maniobrando con las pocas fuerzas que el orgasmo me deja. Me levanto, beso su mejilla y reclamo su boca.
—La próxima vez yo seré quien domine en la cama, hermanita.
—Por supuesto que sí, Katrina —respondió, separándose de mí— Anda, hermana. Descansa del mundo unas horas mientras yo me encargo de que nada te perturbe. Tal vez, si ruegas lo suficientemente alto, los ángeles te escuchen en sueños y te den esa flor que tanto anhelas.
—¿Le robas sus creencias a los muertos?
—Les robo muchas cosas. Sus palabras son una.