Naomi

La oscuridad de la noche se cernía sobre nosotras con todo su peso, complicándonos la visión en los caminos de tierra. A menudo miraba el suelo para evitarme tropezar con una piedra, teniendo a mi hermana a cuestas. Ya mis piernas estaban lo suficientemente forzadas como para lidiar con un tobillo roto o algún otro golpe que redujera mi ritmo actual.

Mis pulmones eran otros que protestaban con la misma fiereza, ardiendo en cada inhalación de aire que daba; cada una de las bocanadas poseía un filo que cortaba mi garganta mientras encontraba el camino correcto en mi organismo. Subir por la colina fue un reto aún más complicado que mantener mi cuerpo obediente, pero era necesario si queríamos marcar una distancia segura entre nosotras y los hombres que se vieron obligados a bajar de sus camionetas porque el camino les imposibilitó seguir. De ese modo fue como terminamos escondiéndonos en los maizales, aunque ellos también jugaban de cierta manera en nuestra contra: las plantas eran altas, sí. Eso ya era una ventaja. A pesar de ello, los pasillos estrechos formaban un laberinto que en cualquier momento podría traicionarnos y llevarnos directo a nuestros perseguidores. Debía pensar en algo, y rápido.

Nos abrimos paso entre las hojas, sin seguir un camino específico. Yo en particular prestaba suma atención a cada mínimo ruido que percibía alrededor, elevando mi ritmo cardíaco cada vez que escuchaba cerca un crujido. Zay, armada con la estaca que minutos antes había servido como cuerpo de un espantapájaros, ahora le servía a ella como arma. La morena la partió en dos pedazos, dándome a mí uno y, con manos temblorosas, lo tomé, dejándole claro en los gestos de mi rostro que no sabía si sería capaz de lastimar a alguien. Ni siquiera estaba segura de tener posibilidad contra esa gente.

—Luci, no mires atrás —le pidió Zay a su lado, susurrando en todo momento y mirándola entre la oscuridad de vez en cuando. La verdad, no entendía cómo lo hacía. Mis ojos apenas y podían ver algo aquí... aunque bueno, considerando el hecho de que se supone que necesito lentes y no los tengo, porque no he querido usarlos, lo justifica mucho. Una explicación suficiente para seguir adelante—. Nao, ¿estamos muy lejos del pueblo?

—Sí —respondí con un sonido áspero y jadeante—. Una hora y media a pie, pero hay una casa cerca de aquí. A unos diez minutos, más o menos. —me recordé en voz alta prácticamente, porque ya había olvidado la casa que quedaba por aquí cerca. Si Dios se apiadara de nosotras, con un poco de suerte podríamos llegar allí sin problemas y llamar a la policía. No era una mala esperanza; una pequeña luz al final del túnel que me motivó a forzar mi vista en la negrura del maizal—. Si tan solo supiera ubicarme en este laberinto.

Siseé sin disimular mi disgusto, sintiendo cómo el cuerpo de Luci se pegaba a mi espalda baja, aferrándose con sus dedos al aparentemente tropezar con algo en el suelo.

—Nao —mi hermanita me habló, con la voz rota, reprimida. Un nuevo tirón de mi blusa llegó, más insistente que el anterior—. Nao, creo que... M-me due-le.

No entendía de qué me estaba hablando en ese instante. La moví, pero un llanto ahogado fue su única respuesta y me preocupé. ¿Con qué había tropezado Luci? Sin linterna, sin nada con lo que alumbras, me vi obligada a tantear con las manos sus piernas, hasta que al bajar a ras del suelo, me paralicé por el líquido caliente que manchó mis dedos. Con rapidez tapé mi boca con las palmas para evitar que saliera el jadeo horrorizado que luchaba por escapar de mis labios.

Mi hermana se portaba muy bien, aguantaba el dolor como una verdadera mujercita y no quería que el pánico la inundara. En silencio seguí inspeccionando en la poca visibilidad que tenía, tanteando con la yema de mis dedos un filo que le atravesaba la piel. Deducía, sin estar segura, que se trataba de un trozo grande de botella... y eso le había atravesado la piel por completo. Forcé aún más mis ojos, haciéndome a un lado para que la poca luz de la luna me ayudara a ver, y allí, vi mejor el daño: un trozo verdoso de vidrio se clavó en su pie, dejándole una herida del tamaño de mi meñique. Esto era malo, muy malo. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?

—Estás bien, Lu —me puse de pie, permitiendo que hundiera su rostro en mi estómago. Acaricié varias veces su cabello, repitiendo una y otra vez ese "estás bien" buscando valor y cabeza para saber qué haríamos ahora—. Eres muy valiente, mi amor. Sí. Muy valiente.

—¿Qué pasó? —Zay, ignorante al hecho, preguntó. Su cuerpo se puso a mi lado, rodeando a Luci para llegar a mi oído— Nao, tenemos que seguir.

—Luci no puede caminar —le lancé, cerrando mis ojos en un intento de regresar a mis ojos las lágrimas nuevas que nacían. Sentía a mi propia hermana tragarse los llantos de dolor y sus gritos en mí, enterrando aún más su cara en mi abdomen—. Se cortó, Zay. No puede cami-caminar. No puede....— me interrumpí a mí misma, asimilando la información que salía de mi boca en oraciones entrecortadas. Podía cargarla, sí. Lo haría, pero... —No puede caminar, y la herida parece profunda. No... no estoy segura. No puedo verla bien.

Respira, Naomi.

Respira.

Mantén la calma.

¡Respira, por el amor de Dios!

¡Maldita sea!

Quería estrellar mi cabeza con algo, quería dormir y despertar de esta pesadilla. Deseaba que todo esto fuera solo un mal sueño, una pesadilla. No me puede estar pasando esto a mí, ¿Qué mal he hecho para merecer esto? No soy una mala persona. Nunca he lastimado a nadie, ¿por qué yo? ¿Por qué me hacían esto a mí? Yo...

Simplemente me alejé un momento de ellas. No podía, necesitaba... necesitaba aire, espacio. Solo un momento. Unos cuantos segundos para pensar. Las punzadas de mi cabeza no me dejaban pensar; mis sienes latían sin cesar y las náuseas me mareaban. Llegué a un punto en que no pude más y mi bilis, junto con todo lo demás, salió de mi organismo, dejándome un sabor amargo en la garganta y en el paladar. Respiré con dificultad, sosteniéndome de lo primero que pude para no caer. Tomé aire una, dos, tres veces; cada bocanada más profunda que la anterior. No podía permitir que mis sentidos se nublaran. Debíamos salir de aquí. Luego habría tiempo de  desmayarme.

—Naomi —he de confesar, que Zay, en ese instante, fue como un ancla en medio del océano. Su voz me terminó de sacar de esa masa de bruma oscura que se abalanzaba contra mí sin piedad. Me enderecé, limpiando la comisura de mis labios con el dorso de la mano sin siquiera pensar verdaderamente en mi aspecto y aun cuando el mundo dio vueltas de nuevo, avancé, apretando los dientes para retener las náuseas que persistían.

— ¿Estás bien? —su mano se posó en mi espalda al agacharme para ver el pie de Luci de cerca. El tacto con el que habló me humedeció los ojos con las lágrimas que ya no se podían retener. Sin fuerzas para luchar con mis verdaderas emociones, negué con la cabeza, sin atreverme a abrir mi boca, porque sabía que lloraría en voz alta. Gritaría si me fuera posible, pero no me atrevía... por mi hermana. No... no quería hacerle saber la gravedad de la situación. No quería asustarla más de lo que ya estaba y la morena pareció entenderlo—. Tenemos que sacarle el vidrio del pie. Rápido. Antes de que nos encuentren —se agachó a mi altura y bajó el tono, y deducía que eran para que la niña que huía con nosotras, no escuchara—, y tenemos que ver cómo hacemos para salir de aquí cuando le saquemos eso, porque ese grito no lo contendrá como lo ha hecho hasta ahora. Te lo aseguro.

Reuniendo todo el coraje que pude encontrar, me aferré al rostro de Luci con fuerza, manteniendo su mirada fija en la mía, incluso cuando ella, mordiendo su labio sangrante, insistió en mirar su pie lastimado cuando Zay lo sostuvo para inspeccionarlo. Luci, presintiendo lo que iba a suceder, dejó escapar un llanto de su pecho, tan limitado que apenas se acercó a un gemido lastimero y desesperado. Sus manos sostuvieron mis muñecas y empezaron a forcejear sin obtener verdaderos resultados; su respiración se descompensó, trancándose y acortándose en cada uno de los intentos. 

—Sigue sosteniéndola —me pidió la morena en el suelo, encendiendo sin querer las alarmas en mi hermana, quien le rogó para que no hiciera lo que pensaba hacer.

—Zay, no. Por favor, no —cada letra fue ofuscada por sollozos y enredos de lengua. Luci era valiente, sí. Pero era una niña, seguía siéndolo. Y un niño emparejado con el dolor no es una compañía buena. 

—Shh —la silencié, apresando su rostro contra mi pecho, porque el absurdo pensamiento me hizo creer que, de ese modo, no se escucharía tanto —Quédate ahí, Lu. No te muevas. Será rápido. Será rápido. 

Esa fue señal suficiente para que Zay dirigiera sus dedos al pedazo de vidrio incrustado, agarrándolo con firmeza y sin ceremonias, porque tenía claro que tomarse su tiempo prolongaría aún más el dolor. 

Lo sacó de un tirón. La sangre brotó en chorros al instante y mi hermana no pudo contenerse más. La niña de ocho años que agarraba entre mis brazos no logró soportarlo y el grito fue inevitable. El sonido llegó transformado en un alarido agudo que se abrió paso entre la oscuridad del maizal, rompiendo el silencio como un cuchillo. Las voces externas se hicieron presentes. Las voces de los hombres que nos buscaban. Así que la sostuve con más fuerza mientras la morena envolvía la herida con la pañoleta que segundos antes le servía de cintillo.

—Tenemos que movernos. Ya —Zay me suplicó, ya poniéndose de pie y caminando en una dirección desconocida para ambas. Tensa a causa del miedo por el peligro que nos acechaba. Sin despegarse ni bajar la estaca que sostenía en su mano. Verla así me recordaba a un animal acorralado, sintiendo la amenaza y, por tanto, manteniéndose alerta. Mi respuesta fue instintiva: cargué a mi hermanita que aún lloraba lo más bajo posible, y caminamos sin saber a ciencia cierta a dónde; no porque no conociera los caminos, sino que, en medio de esta plantación, no estaba segura de nada.

Lo único que tenía claro era que debíamos ir en la dirección contraria a la de las voces si no queríamos toparnos de frente con esos sujetos. Porque en serio que deseaba evitarlo. Esa fue la razón por la que corrimos y corrimos, liberando la emoción de nuestros poros al contemplar la salida del laberinto. Por fin habíamos salido de ahí. Por fin podríamos escapar... o al menos, esa era la esperanza que nos motivaba a seguir.

— Veo luces, Nao. Ya casi, solo... —El estruendo de un disparo me hizo detenerme en seco. El mundo creó la ilusión equivocada de ir mucho más lento de lo normal cuando el cuerpo de Zay cayó, boca abajo. La imagen me dejó en blanco. Ya casi los perdíamos, ¿cómo fue que...? Las armasEllos tenían armas. Y lo había olvidado por completo. Estaba tan centrada en Luci que me olvidé de todo lo demás. Quise acercarme a ella y auxiliarla, pero al moverme, Zay me ladró adolorida—. Lárgate de aquí. Corre con Luci. Yo estaré bien, solo es la pierna — negué con la cabeza, queriendo hablar, pero no me permitió protestar. Liberando un gruñido de dientes apretados, forzó a sus piernas a ponerse de pie pese al dolor, reanudando su carrera, ahora pareciéndose más a un trote cojo. Las voces se intensificaban a solo unos cuantos metros de nosotras y al mirar los cuerpos ya se podían vislumbrar en la oscuridad.

— Naomi vete, por favor. Tienes suficiente con tu hermana, no puedes conmigo también. ¡Vete ya, maldición! ¡¿Qué haces aquí todavía?!

—No quiero dejarte, Zay —me quebré, gritándole de la misma manera en que ella lo hacía. Seguíamos huyendo, pero ahora mucho más lento. Mi corazón palpitaba en mi garganta y la ansiedad me comía viva—. No quiero dejarte aquí. Has hecho tanto por mí. No quiero... no quiero abandonarte.

—Naomi Jones, tienes que dejarme atrás, porque las estoy atrasando —la resignación bañó su voz. El pánico, el miedo se notaba en su expresión, pero luchaba por mostrarse segura—. Ya vienen, solo... por favor, hazme caso.

La verdad impresa en lo que me decía no podía negarse. Tenía que pensar en mi hermana, sí. Pero en la otra esquina del tablero estaba Zay también. Dos personas que ayudar, y no lo lograría si elijo a ambas. La vida me obligaba a tomar una decisión y lo odiaba. 

—El arroyo pasa por aquí cerca. No está tan lejos —le indiqué, soltándola—. Puedes... puedes esconderte ahí. Él tiene bastantes huecos por debajo. Son como pequeñas cuevas. Escóndete ahí y, en cuanto pueda esconder en un lugar seguro a Luci iré por ti. Lo prometo.

La morena asintió, lanzándose contra mí en un abrazo demasiado largo para mi gusto. Se sentía como una despedida, y eso no me gustaba. 

—Cuídate, Nao y tú también, Luci.

Con eso dicho, nos separamos. Le lancé una mirada rápida antes de agarrar por mi propio camino. Atrapé todo el aire posible en un respiro tembloroso y avancé, mirando al suelo en cada una de mis pisadas para no verme atraída hacia el suelo terroso. Corrí hasta que mis piernas ahora sí no daban para más; temblaron en protesta y, en una de las pisadas, no pude sostener el peso de Luci en mi espalda.

Me caí, estrellándome directo en el suelo, agotada. Las extremidades pesaban tanto, como si cargara botas de hierro; no me respondían, así que, sin atreverme a ver a mi hermana a los ojos, le pedí que corriera como pudiera. Que no mirara atrás y fuera directo a algún lugar que le sirviera de escondite. La casa ya no era una opción; la habíamos dejado atrás luego de concluir que no sería una idea buscar ayuda ahí. Luci, protestando y pidiéndome a mares de llanto que fuera con ella, se negó con terquedad a moverse de su lugar junto a mí. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me respondía, frustrándome más con cada intento fallido.

—Tienes que irte, Luci. Hazlo por mí — me resistí a mirarla, porque no quería que me viera así, derrotada. Odiaría que mi hermana cargara con ese recuerdo de mí. La sentí arrodillarse; sus manos apartaron el pelo que se me adhería al rostro por el sudor y las lágrimas. Y sus brazos se aferraron a mi cuello, enganchándose ahí.

—Prometiste que nunca me dejarías sola, Nao —me reclamó, escondiéndose más en mi cuello sudoroso. Haciéndome sentir el peso de un mundo entero sobre mí. Mi mundo. La razón de mi existencia luego de tantas muertes y tragedias a mi alrededor.

— Lo prometiste. Dijiste que... que si estábamos juntas podríamos con todo. Por favor, levántate. Por favor — se despegó, tirando de mi ropa, insistente. Para cuando elevé la mirada, me vi cegada por la luz blanca de una linterna por unos cuantos segundos, y al recuperarme, la silueta de un hombre alto con un arma en mano se presentó, imponiendo su estatura frente a mi cuerpo en el suelo. No me moví. No hablé. Solo lo observé en silencio, apretando a mi hermana como si de esa manera fuera capaz de protegerla. 

 —¿Dónde está tu amiguita, linda? —preguntó, pasándome el cañón del arma alargada por el mentón, bajando lentamente por la línea de mi barbilla, obligándome a alzar aún más mi rostro al darse cuenta de que no respondería tan fácil a su exigencia—. No te hagas la valiente, niña. No servirá —me dijo, como si esperara que eso removiera algo dentro de mí. Y sí, confieso que sí lo logró de cierto modo, pero no cedería. Antes muerta que permitir dejar salir de mi boca la posible ubicación de Zay. Y al ver de nuevo mi falta de respuesta, sonrío, mostrando todos los dientes.

— No importa. Ya la encontraremos. Llévenle la niña al señor Larkin, y a esta llévenla con sus primas —añadió sin una pizca de compasión en la voz.

Me separarían de Luci.

Se llevarían a mi hermana con uno de esos psicópatas.

No.

No.

No.

No podían llevársela.

No podía permitirlo, pero... ¿Cómo?

El miedo activó mis músculos atrofiados con la fuerza de una descarga eléctrica y me removí en el agarre que uno de ellos ejercía sobre mí, dispuesta a llegar hasta mi hermana. Tiré, arañé y mordí, pero nada fue suficiente contra ese matón que me tenía. Pataleé sin obtener resultados. Me resistí a que me inyectaran ese líquido extraño, grité, grité y grité. Mantenía la absurda esperanza de que un milagro ocurriera. De que mis padres aparecieran, o mi hermano... o alguno de los vecinos... o el sheriff. Alguien. Quién fuera.

—No, no, no —repetí una y otra vez. Dejé mi orgullo y rogué—. No, no, no se la lleven, por favor. No se la lleven. ¡Luci! ¡Luci! ¡No te preocupes, mi amor! ¡Todo estará bien!

Lo escuché reír. El maldito hombre se estaba riendo de mí. No lo veía, pero sí lo escuchaba. Disfrutaba de mi desesperación. Y antes de caer inconsciente por la inyección, me juré, por Luci, buscarlo hasta debajo de las piedras y matarlo yo misma con mis propias manos si se atrevían a lastimarla. Por Florian, por mis padres y por mi hermanita. Esto no se quedaría así. No lo permitiría. Por primera vez en toda mi corta vida, me permitiría dejar de temerle al castigo divino y desear la muerte de estos malditos. 

— Dulces sueños, chica del campo.

En la interminable oscuridad que me atrapó. Aquella de la que llevaba mucho tiempo huyendo, me dio el espacio para que las paredes que mantenían a raya el caos que me rodeaba desde lejos, cayeran estrepitosamente. Le dejaron vía libre para cruzar el umbral y entremezclarse con mi buen juicio y valores. Porque esa noche algo se rompió dentro de mí. Algo gritó dentro de mi mente: un basta. Y si despertaba. Si sobrevivía a los planes que tuvieran conmigo, no volvería a ser la misma... Eso, de alguna u otra manera, me reconfortaba. Me daba paz. Después de tantos episodios inoportunos en mi vida, era tiempo de aprender y encontrar fortaleza en cada uno de ellos.

Es un poco amargo tener que llegar a esta situación para darme cuenta.

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