Naomi

La inmovilidad rige en cada uno de mis huesos. Ni siquiera cumplo correctamente la función básica de tragar. Mi saliva se atasca en mi garganta, anudándose y amenazando con robarme el aire. Hoy se cumple el segundo día con ellas en esta casa, fuera de la influencia de las drogas que me han mantenido pasiva; inerte en esa cama que tanto odio. Sus acercamientos ahora son mucho más indiscretos y sus amenazas ya no se disimulan bajo el velo de la mínima suavidad que antes se esforzaban en mostrar.

No sé nada de mi hermana ni de Zay, y la ansiedad causada por la incertidumbre me está comiendo viva. Lo único de lo que soy verdaderamente consciente es que todas hemos caído en las garras de esta familia de locos, incluso los que no tenían nada que ver.

Justo ahora me encuentro frente a un plato repleto de comida, una comida que me revuelve cada tripa al recordar el asqueroso gusto de Katrina con la carne, porque justo eso es lo que está servido. Un pedazo considerable de lo que parece ser cerdo, pero esa hipótesis no es cien por ciento confiable. Es esa delgada brecha de posibilidades lo que me mantiene limitada en mi asiento mientras soy obligada a escuchar la animada conversación entre las cinco mujeres de la casa. Por un lado, me alivia ver que Darla, sana. No presenta ningún golpe, corte o rasguño. Su apariencia serena aún se mantiene y es una muy buena señal. El día en que esa mujer pierda la calma, se habrá perdido una parte de su esencia en manos de esa Evelyn.

Me hace recordar cada una de las palabras ofensivas de Zay lanzadas a su nombre. Debí dejar que las insultara más. Se lo tienen bien merecido.

—Deberías comer, florecita. Katrina mandó a preparar esto para ti — Aneska sentada a mi lado, habló, acariciándome el interior de mis entrepiernas juntas. Su mano se adentraba entre mi piel descubierta. Podía sentir el frío que parecía siempre estar presente en su cuerpo atravesar el mío. Cuando el final de su oración llegó a mi canal auditivo, apreté los labios, tal vez para callar lo que estaba a punto de soltar o tal vez para reprimir las ganas de vomitar que me generaba esa posibilidad.

—Esta mañana tampoco probaste nada. Come o yo misma te meteré esa comida a las malas. —Yo negué, bajando tanto como pude la cabeza para huir de su mirada, pero no lo logré, porque sus manos agarraron con destreza la trenza, enroscándola en su mano y tirando de ella hacia atrás — No me gusta ser brusca contigo, amor. Preferiría dejarle el papel de mala a mi hermana… y no me estás ayudando en eso. Así que come.

Reteniendo la amargura en mi sistema, me forcé a abrir la boca. La primera cucharada tocó mi lengua bañada con un sabor a ceniza pura que, para ser franca, empeoró la situación. Las náuseas regresaron y con ellas mi estómago protestó, dando una sacudida violenta. Quise devolver todo lo que había tragado, regresándolo a su estado original.

La cara llena de satisfacción de la maldita bruja que tenía en frente me disgustó tanto que reuní valor suficiente para apagar las alarmas de supervivencia y levantarme. Mis movimientos carentes de delicadeza generaron un estruendo en el silencio del comedor, acaparando las miradas del resto de mujeres. No me importaba nada de lo que pudiera pasarme. La cólera activó el botón de automático inconscientemente, para cuando quise darme cuenta, ya estaba corriendo por el extenso pasillo. Directo a la única salida que recordaba.

Los gritos de Aneska y de Katrina me seguían de cerca. Vociferaban amenazas sin descanso. Frases en las que detallaban la visión de cortarme ambas piernas para no correr más; otras en las que la más sanguinaria de las hermanas me ladraba, gruñendo su fantasía de atarme como un prisionero a su cama, con el cuerpo tan destrozado que tendría que depender de sus atenciones el resto de la vida; y la última —aquella que provocó sin ser una orden directa la quietud de mis piernas— fue mi límite. Uno que me negaba a cruzar: un niño, un pequeño ser inocente gestado en mi vientre. El fruto de un huerto putrefacto, cuyo destino sería ser devorado por los mismos gusanos del resto de esta aberrante familia. Me oponía con todas mis fuerzas a esa posible realidad. No quería. No lo quería. 

—Por favor, no. Aneska, eso no. Por favor —supliqué al sentir el impacto del cuerpo de Katrina pegar el mío a la superficie dura de la puerta de entrada contra mi rostro. Mis dientes dentro de mi boca retumbaron ante tal impacto, y la sangre que resguardaba mi labio brotó hacia fuera, entrando y tocando mi lengua—. Lo siento, en verdad lo siento. Pero no me hagas tenerlo, por favor. No quiero hijo, no los quiero. 

—Por tu propio bien, Naomi, cierra esa boca o te subiré a nuestro cuarto y te la coseré. 

La agresión que destilaba su cuerpo era muy perceptible. El olor imponente de su perfume sumamente costoso se expandía entre nosotras, marcando su dominio sobre mí. Sus uñas, demasiado largas para mi gusto, se clavaban en mis antebrazos, abriendo aberturas diminutas, pero dolorosas en mi carne. Las punzadas avanzaban, siendo transmitidas por las células nerviosas de mi cerebro. Puntos negros manchaban mi visión y las lágrimas de terror que liberaban mis ojos solo empañaban aún más mi ya dañada vista.

Aunque peor era el hecho de que Katrina separara mis piernas con su rodilla, subiéndola y clavándola en mi centro cubierto solo por unas bragas. El vestido que me pusieron le facilitaba cualquier idea retorcida que se les ocurriera justo ahora, y eso resultaba ser malas señales.  

—¡Katrina! —chillé al sentir el empujón en mi centro. Me removí por instinto, sacudiéndome como una solitaria.

La mujer detrás de mí giró mi cuerpo con facilidad. Su nariz perfilada delineó el contorno de mi cuello, deteniéndose cerca de la yugular que rozó con sus dientes. Por un momento temí que arrancara un pedazo de piel. De ellas esperaba cualquier cosa, y ahora que conocía su tendencia al canibalismo, mucho más.

Un silbido seco, similar al siseo de un gato llamó mi atención al rostro de la asesina que, sin percatarme, me miraba fijamente desde abajo, con sus ojos bien abiertos, sonriendo incluso más que el gato de esa comiquita de Alicia. El brillo malévolo que adornaba sus iris me daba escalofríos. ¿Qué estaba pasando por su cabeza? Últimamente no sabía si conocer sus pensamientos era mejor que la incertidumbre. No me atreví a separar los labios, aun con su insistencia en adentrar uno de sus dedos en ellos. Así, sin dejar de sonreírme, recogió una lágrima errante de mi pómulo izquierdo, saboreando la salinidad en la punta de su lengua. 

—Llévala al sótano, hermana. Naomi aprenderá a respetarnos. 

La mujer se apartó, dejando circular el aire otra vez. Su figura dio media vuelta y se marchó, desapareciendo por el pasillo. El silencio que quedó fue asfixiante e incómodo.

Su gemela solo me miraba, con una mueca mínima en la comisura del labio. No estaba muy contenta, eso se notaba, pero ¿Qué esperaba? ¿Qué ignorara todo esto y fingiera una relación normal? Por supuesto que no. La lista de defectos era extensa y a medida que pasa el tiempo, no hace más que crecer.

La pelinegra acortó los metros que nos distanciaban, acarició con los nudillos el borde de mi mentón, elevando mi rostro hasta que sus ojos delineados conectaron con los míos. Su toque era suave, cariñoso. Muy distinto al de su hermana gemela. Ella de cierta forma causaba un leve revuelo en mi pecho… Si tan solo fuera una persona normal, tal vez yo… no. No debo pensar en eso. Ya no.

—No debiste correr, Nao —exclamó, monótona. Sin ninguna emoción grabada en la voz—. Vamos antes de que hagas molestar más a mi hermana. — sus dedos rodearon mi muñeca, zona que arrastró por el pasillo, hasta llegar a unas escaleras que bajamos. El lugar era oscuro y profundo. Puerta tras puerta. Escalón tras escalón. El ambiente se sentía claustrofóbico. Daba la impresión un poco absurda de estar cada vez más cerca del infierno.

Mis sentidos se alarmaron en serio cuando el olor a humedad y podredumbre me acarició los pulmones. Algo muerto se filtraba por mi canal olfativo. Era agrio, fétido. Por la fuerza debía de tener mucho tiempo. Una puerta oxidada se alzó frente a mí, adornada por una luz roja en la entrada. Sin soltarme, Aneska sacó de su bolsillo una llave que minutos después abriría el cerrojo. Ambas nos adentramos en la habitación helada. Una nevera enorme, con cuerpos humanos guindando en ganchos como si fueran vacas. Abiertos, con las costillas expuestas. La imagen era traumática. Juro que cuando salga de aquí me volveré vegetariana.

Después de esto no pienso meterme otro trozo de carne de ningún tipo en la boca. — Sorprendente, ¿verdad? Mi hermana se siente orgullosa de su colección gastronómica. Cada uno está cosechado de manera distinta, y su sabor varía mucho —con cada palabra que decía mi estómago se retorcía sobre sí mismo. La fascinación con que explicaba me asustaba—. Katrina es una cultivadora excepcional, y una excelente cocinera también. Su clientela la aprecia bastante.

—Ella… —solté sin contenerme, callándome por un instante, arrugando los labios. Meditando cuánta información innecesaria necesitaba. Pero ya había empezado, y pretendía seguir—, ella vende a estas personas. ¿Cómo pueden hacer algo así? Es inhumano.

Su risa me erizó la piel. El sonido, chocando con las paredes acondicionadas, potenciaba su voz.

—Es raro el primer bocado, pero creo que, con el tiempo, terminarás apreciando el sabor —me dijo, segura de su argumento. ¿En serio pretendía darme a comer una persona? Admito que en su momento fui fan de Hannibal, sin embargo, esto ya es pasarse—. Ven Nao, elijamos uno para que mi Katrina te instruya en este nuevo trozo de mundo.

Tragué en seco, arrastrando mis pies en el suelo de baldosas blancas. Pasando por las filas de cuerpos guindados. Esta noche será difícil para mí, lo presiento.

El calor de la palma de Aneska era como un ancla en medio de tanta niebla dentro de mi cabeza. Incapaz de mirarlos, observaba el suelo. No fue hasta que nos detuvimos frente a uno de los desdichados que alcé la mirada, concentrándome únicamente en ella. La duda de si iba a ser comida en algún momento me invadió.

—¿Yo terminaré así? —pregunté, atrayendo la atención de la gemela junto a mí. Su entrecejo se arrugó. Sus ojos se movían por mi rostro, como si hubiera desarrollado alguna mutación.

—¡No! No pretendemos comerte. Eso nunca ha sido nuestra intención —me aclaró, tomando con sus manos mi rostro, acercándose tanto que su aliento se mezclaba con el mío—. No jugamos de ese modo con nuestra comida. Eres una flor. La más bella de nuestro jardín, Naomi. Mi florecita. Te enseñaremos todo. Absolutamente todo —ronroneó, bajando su tacto hasta mi clavícula. Su tacto, gélido por la temperatura que nos envolvía, me robaba temblores abruptos que, para ser honesta, eran la menor de mis preocupaciones cuando se trataba de esas gemelas. Su mera presencia en el mismo espacio que yo me alteraba los nervios hasta el punto en que dudaba de contener mi cordura lo suficiente como para no lanzarme de las escaleras. 

—No te molestes. No quiero aprender nada que tengas para enseñarme — musité entre dientes, ignorando el castañeo de los mismos e incluso haciendo caso omiso al quiebre de labios de Aneska. La pelinegra, sin borrar ni un centímetro su sonrisa, entrecerró sus ojos, ahora oscurecidos, y batió sus largas pestañas con sensualidad, alargando cada vez más la expresión; su cara casi que se parte en dos. El joker le quedaba corto, muy corto. Mi… ¿Tercer? ¿Cuarto? ¿Quinto? La verdad ya no sabía en qué número de error me encontraba, así que guardé silencio y me dejé arrastrar entre los cuerpos.

El mango liso de un cuchillo fue presionado en mi palma, firmemente agarrado contra la mano de Aneska. No me tomé ni siquiera la molestia de intentar forcejear con ella. La idea entró y salió con rapidez de mi mente, entendiendo que la diferencia de fuerza entre las dos me llevaría a la derrota de seguro. ¿Para qué arriesgarse? Ya la he cagado bastante por un día. Mañana sería otro inicio de capítulo. Una nueva oportunidad para detenerme a pensar y quizás atreverme a ser valiente. 

—Primera lección, florecita: aprenderás cómo cortar un buen trozo de carne —su aliento bailó en mi mejilla, desde mis espaldas. El calor de su pelvis presionaba mis nalgas, acercándome más al filo de la mesa metálica en el que descansaba una sierra enorme.

— Te acompañaré en cada parte y te diré cuáles son los mejores candidatos para tu degustación —dio otro paso al frente, pegándome más a la mesa. A mis costados, la mano desocupada de Aneska tocó el interruptor de la sierra. El chirrido de esa máquina me desestabilizaba, y en medio de ese ensimismamiento, sus dedos se adhirieron a mi muñeca, apretándola con firmeza. La guió hacia los bordes dentados de la sierra en movimiento y por más que trataba de retroceder, no me era posible— Mírala —dijo, con un toque de satisfacción en el tono—. No quiero que desvíes la mirada, Naomi, o terminarás perdiendo esta linda mano. 

Mis ojos ardían.

Mis labios se apretaban, pero aun así los sollozos se escapaban, toscos. El miedo de que cumpliera su amenaza liberaba una corriente desagradable alrededor de la línea de mi columna. La sangre que corría por mis venas me abandonó. Viajó a algún lado desconocido de mi cuerpo a pesar de la cantidad asombrosa que bombeaba mi corazón desbocado. Me estaba castigando por negarme a lo que ella me daba. Me castigaba por retarla, por hablar cuando no me fue permitido, por correr, por huir de ellas sin mirar atrás. Podría pensar en miles de razones y daría en el clavo con cada una.

 —¿Harás lo que te digo, Naomi?... ¿O la futura generación te conocerá incompleta?

No hubo necesidad de repetir, porque en menos de nada ya estaba asintiendo frenéticamente. Las gotas gruesas de salinidad corrían en picada, acumulándose en la línea de mi mandíbula antes de caer. Chillaba en silencio como un animal que camina hacia el matadero, plenamente consciente de su destino. El rechinido áspero de esa sierra rebotaba en las paredes forradas de la habitación. Un rrrk continuo de ida y vuelta chocaba contra el vacío, clamando un trozo de carne o hueso para atrapar entre los bordes dentados de sus dientes metálicos. Nunca odié tanto un objeto y un sonido como lo hacía ahora. No quería ver una sierra en los años… o meses que me quedaran de vida. Quedó vetada. Eliminada. Tachada.

—Quítala, quítamela. Apágala… por favor —hipaba, me ahogaba con el aire mientras repetía una y otra vez el mantra. Ni un nudo, ni una traba, nada, solo fluidez en mi lengua. 

—Adoro cuando desistes de pelear y empiezas a escucharme —tarareó empalagosa—. ¿Ves cómo las cosas se vuelven más sencillas para ti? Me hace recordar a esa niña que conocí en el parque: tierna, amable, inocente. Un bocadillo realmente dulce —Aneska divagaba con su nariz pegada a mi nuca. Sus dientes y labios amasaban la piel expuesta. Gemía en cada sílaba, tan pausado y distorsionado que hasta yo hubiera creído que era ella a la que estaban agrediendo. Sus manos iban y venían de mis caderas, cuello y pechos. Presionan mi garganta y a la vez elevan mi barbilla. Las luces del techo me deslumbran los ojos, manchas blancas se pintan en medio de mi visión e inconscientemente cierro las cortinas. Exhalo errática, manejo lo mejor que puedo mis impulsos.

Tengo muy cerca el arma carnicera todavía. Tal vez por ello me niego a formar pensamiento; mantengo mi mente en blanco, es lo mejor. Si no hay voces, no hay acciones. Sin embargo, eso no me da la impresión de gustarle a la gemela—. ¿No nos recuerdas, Nao? Porque yo sí lo hago —aseguró, haciendo presión con su rodilla en mi centro y apretando mi pecho a través de la ropa.

— Te recuerdo. Recuerdo lo mucho que deseé llevarte conmigo, pero Katrina se negó. Recuerdo… — Aneska chilló sugerente, olvidando el tacto en la parte superior de mi cuerpo para irse mucho más abajo, entrando dentro de mi ropa interior. Y yo… yo mordía mi labio con tanta fuerza que lo único que se me permitía hacer era sentir el sabor metálico y tibio de la sangre en mi boca. La única decisión que se me permitía tomar en todo esto era si quería tragarla o dejar que se acumulara—, recuerdo lo mucho que deseé que crecieras. Que crecieras rápido para ir a buscarte y tomarte de la manera en que me imagino ahora. No sabes cuánto te deseo, florecita. Pero no es solo lujuria lo que siento. No, no me malinterpretes. Lo deseo todo. Cada lágrima, cada sonrisa, cada mirada, palabra y contacto que puedas dar. Los quiero todos para mí. Quiero que tu vida sea solo mía, Naomi.

Otra mano jaló mi blusa, tan fugaz que ni siquiera me dio tiempo de reaccionar. Abrí los ojos. Fue tan precipitado que la luz me cegó unos segundos. Lo bueno fue que, no me mantuve en las sombras, pues Aneska se encargó de anunciar la presencia de su hermana junto a nosotras en la habitación, y al centrar mi vista, la vi, parada frente a mí con la camisa desencajada, la respiración alterada y el pelo enmarañado.

Las pupilas de sus ojos estaban dilatadas, tanto que los dos tonos de negro se mezclaban en uno solo, similares a los de un drogadicto en pleno viaje astral. No parpadeaba, no se movía y no parecía presente, sino todo lo contrario. Como si algo dentro de ella hubiera tomado el control… algo malo. No me despegaba la mirada, y eso me producía escalofríos horribles. Nunca era bueno si una de las gemelas se fijaba mucho en ti. He tenido el infortunio de comprobarlo más veces de las que quisiera. 

—Sueltala, Aneska —ladró, tan seco que quise por un instante encogerme en mi lugar hasta desaparecer—. Quiero hablar con ella. A solas —Inclinó apenas la cabeza. Una hebra de cabello cayó sobre su rostro sin que se molestara en apartarla; sus músculos tensados le enmarcaban el rostro ya definido. Lucía hermosa, muy hermosa, y cuánto odio tener que admitirlo, porque sería irrespetuoso para ella y para mi sentido de verdad, decir que Katrina y Aneska Larkin son feas. No lo son. He ahí la cuestión. Los dotes con los que fueron bendecidas al nacer actuaban como un arma de doble filo. 

—Pero Katrina.

—Aneska —Me alegró no ser el blanco de esos ojos ennegrecidos. El siseo elevado hacia su copia fue suficiente para que la mujer a mis espaldas retrocediera, llevándose consigo el agarre impuesto en mis caderas.

— Dejo mi confianza puesta en tu buen gusto culinario. Naomi y ya tenemos unos invitados que atender allá arriba — el deleite en su tono me atragantaba, pero no podía negar la punzada de curiosidad que disparó mi ritmo cardiaco. Lo único que quería hacer era salir corriendo de esa nevera lo antes posible sin mirar atrás. A pesar de ello, Katrina yacía como un muro que me imposibilitaba el paso, así que debía ser paciente. Paciente. La imagen de cada letra en mi cabeza formando esa palabra inofensiva me inundaba los sesos con su antónimo. ¡Y Katrina aún no se quitaba! —¿Por qué tanta prisa, Florecita? Nuestros invitados no se irán, sino todo lo contrario. Uno de ellos ha exigido verte a ti y a Darla desde que llegó —me informó, regalándome con toda la intención una pista obvia de quién era—. Su lengua se ajusta a la de su clase. Me resulta un enorme desperdicio ver que una mujer posea un lenguaje tan corriente. Puedes subir, estarás conmigo en todo momento, pero si ella se atreve a insultarme de nuevo, nos vamos. ¿Queda claro eso? Háblame. No te he arrancado la lengua… todavía.

—Queda claro.

—Vale.

Plantando un beso descuidado en mi mejilla fría, salimos. El cambio de clima me robó un respiro indiscreto al que no le di la menor importancia. Simplemente me dediqué a seguir el cuerpo de la mujer por las escaleras. Me sorprendía la tranquilidad en sus pasos: pausados, serenos, como si no le preocupara mi presencia justo detrás de ella. Podría golpearla, atacarla, brincarle encima y hacernos caer a ambas escalones abajo.

Nada de eso parecía llegarle a la mente. Su espalda se mostraba recta, sus hombros sueltos, derechos y sus caderas balanceadas a los lados con los movimientos de sus piernas le daban ese porte de diosa que me cautivó la primera vez que apareció en mi departamento. El silencio se hizo presente, un silencio que apreciaba incluso más que el mismo aire que llenaba mis pulmones. Hubiera sido incómodo para mí obligarme a seguirle cualquier hilo de una charla improvisada. He de decir, que la subida fue eterna, más que la bajada.

Al llegar a la última puerta, mis piernas danzaban, similares a las cuerdas de una guitarra en plena canción. Los jadeos pedían un descanso momentáneo, porque en serio que la falta de ejercicio me estaba afectando. Allí, apoyada en el marco de la puerta me concentré en normalizar mi respiración y darles descanso a mis pies unos segundos. Luego seguimos el camino hasta la sala de estar, lugar en el que mis ojos se abrieron y mis manos fueron directo a mi boca. Lágrimas, ahora de una inmensa felicidad, se regaron por todo mi rostro. La picazón en mi organismo me daba ganas de brincar, de saltar como una maldita loca, de correr hacia el pequeño cuerpo de mi hermanita y no soltarla nunca, nunca, nunca más. Sin embargo, las órdenes de Katrina me mantenían al margen.

—Luci —exclamé con la voz quebrada frente a tantas emociones juntas. El corazón me latía en la garganta, eufórico. No era capaz de quedarme quieta en mi lugar. Miraba de a momentos a Katrina, esperando esperanzada a que me dijera algo. Una seña, una palabra, un gesto. Algo —. Katrina, por favor —le pedí, haciendo a un lado mi orgullo—. Déjame ir con ella, por favor. Te lo pido.

 —¿Y qué gano yo? —la interrogante fue lanzada con la intención de joderme los nervios. La sugerencia camuflada me repugnaba, pero no está en mis manos hacer algo. 

—¿Mi agradecimiento? —proseguí—. Por favor, Katrina. En serio, déjame ir con ellas. Tú ganas, solo suéltame— le imploré, proponiéndome no escuchar lo que salía de mi boca. Además, al suavizar su agarre en mi brazo un choque tenue de seguridad volvió a afianzarse en mi sistema; corría por mis venas a una velocidad impresionante, excluyendo el flujo gélido de ellas para facilitar su circulación. De ese modo pude moverme otro paso, despacio. Analizando cada mínimo cambio en sus rasgos. Tal parece que a la gemela no le gustaron mis avances, pues se dispuso a acercarse, tanto que mi espalda golpeó contra su pecho; sus labios tintados sobaron el borde de mi oreja, y al hablar, no había más que promesas. 

— Siempre gano, Florecita. Me encantará tenerte esta noche en la cama… dispuesta. Esa es la condición que aceptaste. Ve.

La lengua se pegó a mi paladar con lo seca que quedó mi boca. Daba la impresión de que olvidé cómo retener el oxígeno en mis pulmones. El aire entraba a trompicones; una brisa superficial que no llegaba a quedarse el tiempo suficiente para cumplir su función. Había olvidado cómo respirar o tal vez mi organismo se negaba a hacerlo. No estoy segura. Di un paso torpe, inseguro, sintiéndome en una cuerda floja muy fina.

Las voces dentro de mi cabeza rasgaban las paredes; el torrente sanguíneo en mis oídos se llegaba a escuchar con claridad. Cada vena y pequeña molécula de sangre. Katrina, haciendo caso omiso a mi estado, me giró contra ella. Sus labios se estrecharon con los míos en un beso hambriento, exigente, devastador. Demolía las paredes mal construidas de mi dudosa seguridad. Cada vez el beso me reclamaba con más imponencia. Su lengua ágil se adentraba en la estrechez de mi boca, rosando mis mejillas internas, mi paladar y, si fuera un poco más larga, se hubiera adherido a mi tráquea. Los dedos alargados de su mano se clavaron en mis costados. No como un roce ni una caricia, sino como un agarre que me imposibilitaba cualquier vestigio de escape.

—Suelta… —escuchar la voz de Zay entre todo mi silencio interior fue una luz en medio de la oscuridad que me tragaba entera. Mis neuronas revivieron, dieron un choque eléctrico en mis piernas. Choque que se materializó con un brinco que dieron mis piernas hacia atrás, lejos de Katrina y más cerca de la morena y de la niña. En poco tiempo, ya estaba arrodillada en el suelo a su lado, tomando con mis manos el rostro infantil de mi hermanita, la cual lloraba amargamente en silencio. 

—Shh, shh. Potro, estoy aquí. Estás bien. Estamos bien —hice mi mayor esfuerzo para que mi voz no dejara entrever el engaño—. Me tenías tan preocupada, ¿te hicieron algo? ¿Te duele algo? —insistí, inconforme ante el silencio prominente de Luci, ni siquiera se movía, solo… permanecía estática. Apretó sus párpados. Temblaban por el esfuerzo, y su pequeña cabecita rizada insistía en mantenerse baja. Si mis manos no sostuvieran sus pómulos, de seguro caería en picada. 

—La niña no presenta ningún daño —habló un hombre al fondo de la sala que apenas notaba. Sus ojos se enfocaban en los míos desde arriba con agudeza; evaluaba mis acciones en silencio. Limitándose a contemplar la escena. Allí, con el cuerpo apenas inclinado hacia adelante, proyectaba una calma exasperante—. Luci y yo nos hemos hecho muy buenos amigos. ¿Verdad, cariño? Ha sido una compañera de juegos excelente — la dulzura en su tono me asqueó. Había un atisbo de algo oculto en sus palabras. Miraba a mi hermana con intensidad, con… un fuego que me removía las tripas. Ahí lo noté: ese brillo en sus pupilas negras, atravesando el ojo a la velocidad de la luz. La lujuria enfermiza se veía desde lejos, y no sentí más que genuino terror. Por mi hermana, por Zay, por mí. Por todas—. No lloró, no gritó. No sintió nada, ¿Verdad que no, florecita?

El asco me subió a la garganta. Abriéndose paso hasta tocar la base de mi lengua. En esos minutos transcurridos, la que temblaba era yo, de impotencia, de inutilidad, de tantas cosas al mismo tiempo que ni siquiera era consciente de la presión con la que mis dedos se cerraron alrededor de la mano de mi hermanita.

No hice más que mirar al malnacido de ese tipo con el máximo odio que se me permitía destilar. Tocó a mi hermana… o al menos eso me daba a entender. No había que ser muy inteligente para comprender lo que sus palabras calmadas dejaban inferir. Quería matarlo. Enterrarle un puto cuchillo en ese pecho paliudo y abrirlo, exponer su caja torácica al mundo. Luci, mi Luci. No pude defenderla. No pude protegerla. No pude proteger a nadie. 

—¡Eres un malnacido! ¡¿Cómo le haces eso a una niña?! —mi voz se dispersaba entre mis gritos desafinados por las gruesas gotas saladas acompañadas de sollozos. Mi hermana solo bajaba la mirada, pegándola a mis manos descubiertas. La humedad solo alimentaba a la furia encadenada que deseaba liberarse en mi interior. Juro, en verdad juro por lo más sagrado, que nunca le deseé la muerte a una persona. Nunca en mi vida lo había hecho, pero lo añoraba. Añoraba quemar hasta los cimientos a esta maldita familia de anormales.

— ERES UN ENFERMO. MALDITO. MALDITO UNA Y MIL VECES —vociferé, sin importarme quedarme afónica después. Con rapidez me puse de pie y sin haberlo previsto, ya estaba avanzando hacia él. Quería borrarle esa expresión serena del rostro con un solo puño.

—No vuelvas a mirar así a Luci — gruñí desde lo más profundo de mi pecho frente a su rostro o al menos hasta donde alcanzaba por la diferencia de altura. En menos de lo que canta un gallo, agarré un abrecartas que, por suerte, descansaba a nuestro lado, sobre una mesita en la que se apoyaba una lámpara de apariencia cara. Las hermanas Larkin y Katrina lo notaron, soltando a Zay para intentar arrebatármelo, pero la adrenalina que circulaba en mi sangre impulsó mis manos, enterrándole el objeto profundo en su abdomen. El abrecartas entraba y salía varias veces hasta que Katrina, de un empujón, me apartó. Ahí fue que lo miré, con una sonrisa de satisfacción enorme en el rostro. Sin embargo, al concentrarme, no divisé ni siquiera una sola mueca de dolor en su rostro. Su boca sangraba, sí. Pero nada más. Entré en shock. ¿Cómo él seguía en pie? ¿Cómo era posible que…? —¿Qué…? —empecé a divagar, tratando de huir del tacto de Katrina—. ¿Qué son ustedes? Debería estar muriéndose. Esto no es normal.

—Eso dolió, Naomi —murmurró el pelinegro envuelto en un tono escalofriante. Sonaba como si más de una voz hablara a la vez, desconcertándome. La mentira sobre lo que sentía me llegó. Lo deduje de inmediato, porque no había tensión en su cuerpo. Su postura seguía igual y su respiración no era distinta. Permanecía allí, erguido y tan elegante como segundos antes.

— Ahora que acabas de descubrir el secreto familiar de los Larkin, creo que mi prima deberá presentarnos apropiadamente, luego de que se lleve a cabo el debido castigo, por supuesto. 

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