Gray

Qué mujer tan intensa, Dios mío. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces la he bloqueado para que deje de llamarme. A estas alturas, me arrepiento profundamente de haberme acostado con Sofía. Una mujer que confunde atención con amor; la verdad es que le faltan muchas dosis de amor propio.

Como si alguien pudiera tenerme atada a mí.

Sonó el timbre y supe que, si Sofía había estado insistiendo por teléfono, quien estaba al otro lado era ella.

—Ya empezó otra vez —murmuré para mí misma.

Por un momento pensé en ignorarla, pero quizás fuera la oportunidad perfecta para dejarle claro que no me interesa en absoluto.

Así que, con mi taza de café en la mano, el pelo recogido en un moño descuidado y una bata blanca, abrí la puerta de golpe y sin paciencia.

—¡¿Qué carajos quieres?! —solté, todavía molesta por las llamadas insistentes.
Pero no era Sofía. Era su Mafe.

—Qué pena —rectifiqué de inmediato, suavizando el tono—. Pensé que era tu… no importa. ¿Qué haces aquí a esta hora?
—Te faltó pegarme —replicó ella, poniendo ambas manos en la cintura.

—No te esperaba. Pensé que era otra loca —respondí con total descaro—. Estuviste a punto de terminar con este café hirviendo encima.

Rodó los ojos y se llevó una mano al rostro, como si yo hubiera arruinado algo. Bueno, culpa suya por no avisar. ¿Cómo iba a saberlo? Pensé que era su sobrina obsesiva.

—Magnífica primera impresión para tu futura empleada, Gray —soltó de repente.

Fruncí el ceño y entonces la vi. A ella, escondida detrás de Mafe.

La recorrí con la mirada y por un instante me pareció frágil, casi delicada. Pero lo que parece delicado suele esconder filo, y esa contradicción me atrapó.

—Buenos días —me saludó tímida.

Su voz era demasiado limpia para estar en mi puerta.

Cualquier pensaría que no dibuja a personas como si ya se las hubiera llevado a la cama.

La miré de arriba abajo. No con morbo, sino con esa extraña sensación de que había algo en ella que encajaba con mi pasado, aunque no lograba decir exactamente qué.

—Buenos días —respondí al fin.

—La traje porque dijiste que tenías mucha prisa —intervino Mafe—. ¿Entonces?

Me quedé en silencio, clavando la mirada en la chica.

—Mira, maldita pervertida —me susurró Mafe con el ceño fruncido—, no la mires como si te la fueras a coger.

—No exageres, solo la estoy evaluando —respondí, arqueando una ceja.

—¿Evaluando cómo quitarle la ropa, quieres decir?

—Eso lo puedo hacer sin tantos trámites —le dije, casi sonriendo.

—Pues con ella no —me advirtió—. Nessy es inocente. No seas dura con ella.

Me reí suavemente, lo justo para irritarla.

—¿Inocente? —cuestioné, recordando aquellos dibujos que no tenían nada de inocente.

—Sí, inocente —insistió Mafe—. Y como tu mejor amiga, te lo digo en serio: no seas dura con ella.

—¿Dura en qué sentido? —pregunté con una calma peligrosa.

—Ya basta —casi gritó, pero bajó la voz enseguida—. ¿La quieres o no como empleada? Habla rápido que debo volver al trabajo.

Sonreí con esa misma calma peligrosa.

—Entonces déjamela.

—Ni lo pienses.

—Solo le mostraré la casa y le explicaré cómo funcionan las cosas. Y lo sabes, Mafe: si trabaja aquí, tendrás que dejármela. ¿O acaso piensas trabajar tú también aquí cuidándola?

Vi cómo dudaba, cómo calculaba el tiempo mirando su reloj. Al final cedió, con esa desconfianza en los ojos que tanto me divertía.

Retrocedió, tomó a la chica por los brazos y la empujó suavemente hacia el marco de la puerta.

—Nessy, ella es Gray —dijo con una sonrisa forzada—. Y si todo sale bien, será tu jefa.

La chica parecía rígida, demasiado tímida. La pobre se veía como un pajarito asustado.

—Ella te enseñará la casa y te explicará las condiciones. Tú decides si te quedas.

—¿Qué? —preguntó Nessy, insegura—.¿Usted no se va a quedar?

—No puedo —respondió Mafe—. Pero tranquila, debes acostumbrarte a tu jefa y a tu espacio de trabajo.
Le susurró un «estarás bien» y luego me lanzó esa mirada que pretendía ser una advertencia.

—Más te vale —sentenció, girándose para irse.

Yo me incliné un poco hacia Nessy, lo suficiente para que mis palabras fueran solo para ella.

—Tranquila, Nessy —le dije con una calma que era puro filo—. Yo nunca muerdo sin probar antes.

Mafe se giró de inmediato; seguramente lo escuchó. Y me lanzó una mirada que parecía querer arrancarme la cabeza.

La dejé en la sala mientras subía a cambiarme. Esa bata mañanera no daba la mejor imagen… aunque tal vez para ella sí lo había sido.

Mientras me ponía la blusa negra y el pantalón entallado, no podía sacarme de la cabeza su mirada limpia, demasiado ingenua para estar frente a mí. Y lo peor de todo: me recordaba a alguien, a alguien que preferiría no recordar.

No me gustaba lo débil que esa sensación me hacía sentir.

Cuando regresé, la encontré sentada en el sofá, con las manos entrelazadas, jugando nerviosamente con los dedos. Esa imagen me provocó un déjà vu que me incomodó profundamente.

Pero lo ignoré. Tenía que ignorarlo: soy su jefa. No puedo permitir que esa criatura me haga sentir vulnerable.
—De pie, criatura —ordené con calma.

Ella obedeció de inmediato, casi dando un saltito.

—Venga, le mostraré la casa.

Empezamos por el pasillo principal. Le señalaba las zonas con la mano, sin mucho esfuerzo.

—Aquí no acepto negativas —la miré fijamente a los ojos—. Lo que le pida, lo hace.

—Sí, señora —respondió ella, bajando la cabeza nerviosa.

—Y tampoco me gustan las repeticiones —me acerqué un poco hasta su oído, solo para ver cómo se ponía rígida—. Una vez es suficiente.

—Sí, señora —repitió bajito.

Sonreí apenas, divertida por su obediencia.

Le abrí una puerta al final del pasillo.

—Esta es su habitación.

Entramos y sus ojos se iluminaron como si hubiera entrado en un palacio: televisor, escritorio con computadora, cama impecable.

—¿Esto es para mí? —preguntó, incrédula.

—No, es para las visitas del perro —repliqué con sarcasmo; y al verla enrojecer, suavicé el tono—. Sí, es suya. Acostúmbrese.
Ella sonrió, tímida. Se notaba que nunca había tenido tanto para sí misma.

—Gracias, señora.

Después la conduje hacia el jardín y la piscina, aunque fui muy clara:

—Estas zonas no son de su incumbencia. No pierda el tiempo merodeando por aquí.

—Entendido, señora.

Seguimos el recorrido hasta llegar a mi rincón favorito: la librería. Aunque la llamara «mi pequeña librería», ocupaba casi media planta entera.

Vi cómo se le iluminaba el rostro al instante, como si acabara de encontrar un tesoro.

—¿Le gustan los libros? —pregunté, aunque la respuesta era obvia por la forma en que acariciaba el lomo del primero que tomó.

—Mucho, señora.

—Eso puede ser útil. No quiero gente ignorante a mi alrededor.

Me miró de reojo, nerviosa, sin saber si aquello era un halago o una amenaza.

—Yo… trataré de aprender todo lo que pueda.

—No lo intente, hágalo.

Su boca se entreabrió un instante, como si quisiera replicar, pero solo bajó la mirada.

—Sí, señora.

La tensión en el aire era evidente. Su timidez y mi dominio marcaban el ritmo. No dejaba de observarla: cada gesto, cada rubor en su rostro. Ella lo sentía, lo sabía, pero no se atrevía a enfrentarlo.

Finalmente, me crucé de brazos y la obligué a levantar la vista.

—Aquí, Nessy, no me gusta la gente que se esconde. Si va a trabajar para mí, quiero verla con los ojos al frente.
Titubeó, pero lo hizo: me sostuvo la mirada, llena de nerviosismo, como si fuera un reto demasiado grande.

No pude evitar sonreír con ese filo que siempre generaba presión.

—Eso está mejor —murmuré.

Ella tragó saliva.

—Bienvenida a su nuevo mundo, señorita. Veremos cuánto tarda en romperse o en sorprenderme.

Me dejé caer en el sofá, crucé una pierna y le señalé el asiento frente a mí. Nessy se sentó con torpeza, apretando las manos contra sus rodillas.

—Bien —dije con voz firme—. Ya le mostré la casa, le expliqué las reglas y lo que no tolero. Ahora responda: ¿está segura de que quiere este trabajo?

La observé en silencio, convencida de que dudaría, de que el miedo ganaría. Pero en su lugar, alzó el rostro y me miró directo a los ojos.

—Sí, señora. Quiero este trabajo.

Lo dijo con una seguridad que me desarmó por un instante. Como si me estuviera dejando claro que mi carácter no la asusta.

Y sonreí; no pude evitarlo.

—Qué valiente —murmuré, con una chispa de sarcasmo—. No todos tienen ese aplomo frente a mí.

Respiró hondo, y noté que había algo más que quería decir.

—¿Qué es lo que le arde en la lengua? —la presioné, inclinándome hacia adelante—. Diga lo que tenga que decir.

—Yo —titubeó, bajando la mirada un segundo antes de volver a encontrar la mía— necesito estudiar. Si me permite trabajar, debe dejarme estudiar.

La forma en que lo dijo —con respeto, pero también con firmeza— me sorprendió. Lentamente, asentí.

—Está bien. Serás mi empleada con condiciones —mi voz se volvió más tajante—. Le pagaré mucho más que el salario mínimo. Tendrá prestaciones, prima, fondo de pensiones y todo lo que corresponde a un trabajador. Pero quiero resultados, Nessy. Si eres «buena», me aseguraré de que valga totalmente la pena para ti.

Su rostro se iluminó, aunque intentó disimularlo.

—Gracias, señora.

—No me dé las gracias aún —me recosté en el sofá con una calma peligrosa—. Lo que quiero es verla aquí mañana. A primera hora.

—Sí, señora —respondió ella casi al instante.

Se levantó torpemente, con esa mezcla de emoción y nerviosismo que parecía vibrar en su cuerpo.

—Con su permiso —añadió, haciendo una torpe reverencia antes de retirarse.

La seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró tras ella. Y entonces me di cuenta: estaba sonriendo.

Volví la vista hacia la mesa, donde estaba el cuaderno. Lo tomé y pasé las hojas hasta dar con el dibujo más atrevido: aquel en el que su supuesta «inocencia» me había desnudado sin piedad.

Arranqué la hoja con cuidado y la guardé para mí.

—Esto me lo quedo yo —murmuré divertida, doblando el papel—. Te lo devolveré, Nessy, pero así sabrás que sé exactamente cómo me ves.

El silencio de la casa se sintió distinto después de esas palabras. Como si el juego apenas acabara de empezar.

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Vero
10 days ago

Bieeeen